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1488. Traigo una voz encarcelada

Discurso de Marcos Ana pronunciado en el acto público en homenaje a los presos antifranquistas, celebrado en el Mahatma Gandhi Hall de Londres el 3 de junio de 1962, y editado en Buenos Aires por la Organización para la Amnistía General en España y Portugal.


Queridos amigos:

Me siento honradísimo de poder dirigirme desde esta tribuna a mis compañeros de esperanza y de lucha, a mis compatriotas exilados y a nuestros buenos amigos ingleses que apoyan la noble causa de nuestra libertad.

Agradezco a los organizadores de este acto el honor que se me ha concedido y el entusiasmo que han puesto para presentarme a los españoles de Inglaterra.

Yo creo que este acto va a ser algo más que la presentación de un hombre. Basta mirar el rostro de los asistentes y el clamor de las pancartas, extendidas como un grito de solidaridad y de protesta para comprender que este mitin organizado por la Asociación de ex Combatientes, es ante todo una denuncia implacable contra la tiranía que encadena a los mejores hijos de nuestro pueblo.

Yo sé que este acto está concebido para que yo, el hombre que más años, posiblemente, ha estado encarcelado en la historia contemporánea, os hable de sus experiencias humanas, de la vida de los hombres presos en España, de la noche terrible de sus cárceles.

Pero mi historia, la historia de los presidios españoles, está íntimamente ligada a la historia del pueblo español y de sus hijos, a la historia de su sacrificio, de sus luchas y de sus esperanzas.

Yo quiero aprovechar esta tribuna para manifestar mi emoción al vernos reunidos. Nada nos separa a los españoles de dentro y de fuera, a los que pasamos estos años bajo la dictadura y a los que os visteis obligados a abandonar la patria. Lo importante es que aquí y allá nos hayamos mantenido dignos y fieles al pueblo, fieles a los ideales de la democracia y la libertad, sin arriar nuestras banderas ni cambiar de hombro el fusil. Lo que nos identifica a unos y otros no es este forzado accidente geográfico, sino la consagración, sin cálculos personales, a la causa de la libertad y del porvenir de España. Para los de dentro y de fuera existen las mismas esperanzas y las mismas obligaciones, acabar con la dictadura, reconquistar la democracia y la libertad del pueblo español y de sus hijos.

Yo, que he pasado veintitrés años en las cárceles, saludo a los españoles que, en el exilio, rodeados por la luz y la vida, no se olvidaron de la noche de España y conservaron en su corazón, a pesar de los años y de la distancia, el fuego indomable de la libertad y el ansia del retorno.

Como ustedes saben, acabo de salir de las cárceles franquistas. En ellas he dejado toda mi juventud y la mitad de mi vida. Al terminar la guerra civil fui detenido en el puerto de Alicante y conducido al campo de concentración de Albatera. El hambre era tan horrible en aquel campo que el que tenía la suerte de encontrar unas briznas de hierba las devoraba con un ansia salvaje. Para beber un vaso de agua había que guardar cola ante una cisterna, a veces durante veinticuatro horas. Pude fugarme de este campo, pero a los pocos días fui entregado por un confidente a la policía. Ingresé en la cárcel de Porlier y en mi expediente personal consta que tuve que ser hospitalizado durante tres meses para curarme de “ciertas heridas”. Esas “ciertas heridas” fueron los malos tratos sufridos en la comisaría de la calle Almagro Nº 39, uno de los centros de tortura más famosos de Madrid. Desde entonces, desde mayo de 1939, he permanecido encarcelado hasta la tarde del 17 de noviembre de 1961. En total veintidós años y siete meses de cautiverio. Cerca de nueve mil días y nueve mil noches sepultado bajo las piedras y los cerrojos de los presidios. Dos veces estuve con la pena de muerte y he conocido las cárceles de Porlier y Conde de Toreno, de Yeserías y Ocaña, de Alcalá de Henares y la prisión de Burgos, donde he pasado los últimos quince años de mi cautividad.

Una breve ficha cosida a mi hoja histórico-penal decía simplemente: “Fernando Macarro Castillo, conmutado de la pena de muerte. Sesenta años de condena. Cumple el 3 de noviembre de 1980. Ha sido varias veces aislado por razones políticas. Peligroso, téngaselo bajo vigilancia”.

Durante esta larga noche que ha durado veintitrés años, he vivido intensamente las historias más tristes y hermosas que pueda conocer un ser humano.

En la cárcel de Porlier, en Madrid, he despedido a miles de compañeros y amigos que con las sienes altas y orgullosos iban a recibir, cantando, el plomo de los asesinos. En aquellos tiempos los fascistas habían construido un matadero humano en el cementerio del Este. Levantaron un muro de ejecución y una rampa de cemento, con una boca de riego en el centro y unos canalillos para el desagüe. Después de los fusilamientos, cada mañana limpiaban con una manga de agua la sangre que derramaban nuestros hermanos. Este matadero de hombres fue posteriormente destruido.

En el triste penal de Ocaña, donde estuve nueve meses condenado a muerte en el llamado “tubo de los cerrojos”, y desde una celda húmeda y tan estrecha que con los brazos en cruz se tocaban las paredes, he oído mil veces los vivas a la libertad y a la República y las postreras canciones de los que cada madrugada eran asesinados en el Hoyo de las Gallinas. Por aquel entonces escribía un joven poeta encarcelado:

Tengo los ojos más grandes y más remota la frente, que he visto marchar cantando los hombres hacia la muerte.

Jamás olvidaré aquellas horas inciertas de nuestra vida. Nos subíamos a las estrechas ventanas y, agarrados a las rejas, veíamos las sombras de los camiones, y a veces de los carros, que cargados de compañeros desaparecían en el camino de Yepes. Después escuchábamos con el alma en vilo, hasta que nos llegaban las descargas de los piquetes de ejecución. A veces, en el silencio de la terrible cárcel podíamos oír, uno a uno, los tiros de gracia.

Con la pérdida de nuestra guerra se abrió este alucinante período, un período de sombra y sangre para España. Miles de españoles eran conducidos como rebaños a las cárceles y a los mataderos. En algunas partes, como en la Plaza de Toros de Colmenar y en Paracuellos de Jarama, en los barreros de Villarrobledo y en los fosos de Montjuich, en el Hoyo de las Gallinas y en el Barranco de la Virgen del Val, en Alcalá de Henares, se barrían los hombres con ametralladoras para hacer más rápida la matanza. Era una época espantosa.

La máquina de matar trabajaba sin descanso. Recuerdo que por ese entonces se modificó el catecismo en España y en el quinto mandamiento donde decía “No matarás”, pusieron “Matarás con justicia”. Se mataba fría, sistemáticamente. No era el acaloramiento de las pasiones desatadas. Era el ideario gubernamental: matar, destruir el espíritu democrático del pueblo, aplastar a culatazos la cabeza, el corazón de la clase obrera y de las fuerzas progresistas.

El general Franco creía que envuelto en ese baño de sangre podía dormir tranquilo. Pero se ha equivocado. Ni la cárcel ni la muerte pueden exterminar la lucha y el resurgimiento de un pueblo. Y hoy, a los veintitrés años de tiranía, nuestro pueblo sigue vivo y en pie, sigue quitando el sueño al dictador de España, y terminará arrancándole el poder.

Yo he vivido en medio de ese cataclismo. Veintitrés años tienen miles de días y miles de noches. Parece imposible que un ser humano pueda vivir tantos años como un topo bajo la tierra. He tenido que cruzar esa noche tremenda, un mar de sangre y pasión. Sólo he tenido un patio y un trozo de cielo, cuya claridad bebíamos ávidamente. Recuerdo que hace años me escribieron unos poetas argentinos pidiéndome que les contara algo de mi vida. Les mandé un poema brevísimo, bastaban cuatro versos:

Mi vida,
os la puedo contar en dos palabras:
un patio y un trocito de cielo
por donde a veces pasan
una nube perdida
y algún pájaro huyendo de sus alas.

Los presos tuvimos que apretar el corazón para poder soportar soportar los tiempos más crueles. Varios hermanos nuestros perdieron la razón y se suicidaron. Pero llenamos en seguida nuestra vida de contenido. Para salvarnos físicamente aplicamos una solidaridad conmovedora y heroica. Convertimos, además, las cárceles en universidades. El ejemplo de los que caían nos ayudaba a ser mejores. He conocido tal fiebre de estudio en las cárceles que hasta en las galerías de los condenados a muerte estudiaban con ahínco hombres que podían cada noche ser fusilados. He visto a muchos dejar los libros sobre el petate para marchar ante los pelotones de ejecución. Yo debo todo lo que soy al ejemplo, a la solidaridad y a las enseñanzas inolvidables de mis compañeros de prisión.

Naturalmente que esta vida no transcurría lisa y llanamente; había muchos problemas, grandes tragedias y dificultades. La mujer y los hijos constituían la herida sangrante de los presos. La fuente de mayor sufrimiento fluía de cada hogar destrozado, de los ojos de cada esposa angustiada, de los hijos enfermos y desamparados. Yo he visto amigos míos a los que no pudieron doblar los tormentos, quedarse sin fuerza en las rodillas y estar a punto de caer sobre ellas, por el dolor de sus familias. No les importaba perder su propia vida. Pero no podían soportar la idea de haber destrozado la juventud y la vida de sus mujeres.

Claro que es triste y rompía el alma ver el sacrificio de las madres, de las novias y las esposas que con una fidelidad inmarchitable han dejado diez, quince o veinte años de su vida en las puertas de las prisiones.

Por eso agradecemos la solidaridad del mundo. En los primeros años nuestras mujeres y nuestros hijos vivían en la soledad, precisamente cuando la noche era más espesa. Acudían a la cárcel mordiéndose los labios para contener las lágrimas. Y aunque pocas veces nos dirigían un reproche, veíamos en sus ojos un dolor sin esperanzas.

Pero desde hace unos años todo cambió para ellas y para nosotros. Y era hermoso verlas llegar a los locutorios, llenas de orgullo, enseñando la carta que habían recibido, o el giro, o el paquete de tal o cual parte de la tierra. Ahora ya no se sienten solas, ahora ya saben que allí donde habita un ser humano hay una mano tendida hacia los presos.

Hay historias conmovedoras del sacrificio y lealtad de nuestras familias. Era para contar y no acabar nunca. Yo dedico a las mujeres, a las madres que hay en este salón, la triste historia de Ana Faucha, una viejecita del sur.

Ana Faucha era una viejecita del sur de España. No le quedaba en la vida más que un hijo preso en la cárcel de Valdenoceda. Esta madre se sentía morir, pero no quería dejar este mundo sin ver por última vez a su hijo. Ana Faucha no tenía recursos, vivía pidiendo limosna. Pero era una mujer del pueblo, tenía el temple de las madres españolas. Y sin pensarlo más se puso en marcha, decidió ir a pie a la cárcel donde se encontraba su hijo. Y andando, pidiendo limosna por los caminos y en los pueblos que encontraba a su paso, formando un pequeño paquete de comida con lo mejor que recogía, siguiendo las vías del ferrocarril, esta madre cruzó el mapa de España. Yo no sé cuántas semanas o cuántos meses tardaría esta madre en llegar a Valdenoceda, pero llegó. Imagino cómo saltaría su corazón cuando por fin vio la cárcel donde penaba su hijo. Se acercó a la ventanilla de comunicaciones y dio el nombre de su hijo. El funcionario miró un fichero y respondió “Usted no puede ver a su hijo porque está chapado en una celda de castigo”. Aquella madre no comprendía, no le cabía en la cabeza y el corazón que después de haber andado media España no pudiese comunicarse con su hijo, porque estaba castigado en celda. (Me contaba este episodio un amigo mío que estaba de ordenanza en la ventanilla de la cárcel). Desde entonces, todos los días, aquella madre se acercaba tres y cuatro veces a la ventanilla de paquetes y recibía la misma contestación. A todas las horas se la veía rondar la cárcel, acercarse a los muros, golpearlos con sus manos pálidas, como pidiéndoles una explicación.

Yo no sé cuánto tiempo hubiera estado aquella madre esperando para ver a su hijo, pero apareció muerta en una cuneta cercana a la cárcel, como un pequeño pájaro, cubierta de nieve, abrazada al paquete que inútilmente fue formando para su hijo.

Dan ganas de gritar: ¡ASESINOS, aguardaremos mil años si es preciso pero os acordaréis de esta muerta! Así murió Ana Faucha, símbolo de las madres de los presos, a la puerta de una cárcel de España.

Nosotros, los presos políticos y sociales españoles, estamos tan en deuda con nuestras familias, que cuando nuestro pueblo sea libre propondremos que se levante en el corazón de España un monumento a la mujer española.

Aquellos tiempos fueron pasando, pero la tragedia de los presos políticos españoles, el drama de sus familias, no ha terminado todavía. Cuando salí en libertad dejé en la prisión de Burgos cuatrocientos sesenta y cinco presos. Son antiguos y recientes dirigentes obreros, intelectuales y artistas, jóvenes estudiantes, campesinos del sur, hombres de todas partes de España, de todas las ideologías y profesiones, hombres que han sido torturados, condenados a penas monstruosas por tribunales militares, hombres que han pasado de la juventud a la madurez. Muchos dejaron a sus hijos cuando eran niños y estos niños ya les han dado nietos, sus esposas eran jóvenes cuando fueron detenidos, y ahora ya empiezan a blanquear sus cabezas. Algunos llevan ya veinte años encarcelados.

La situación de estos hombres es impostergable, merecen nuestro esfuerzo, el sacrificio de nuestros pequeños intereses, la suma de la fuerza necesaria para arrancarlos de sus cárceles. No tenemos derecho a descansar. No hay descanso posible mientras sobre nuestra conciencia se proyecta la sombra trágica de las cárceles españolas.

La mayoría de los presos nos hemos planteado siempre una cuestión aún no resuelta. Comprendemos –aunque cueste trabajo comprender algunas cosas– que existen diferencias políticas e ideológicas. Pero a pesar de los pequeños o grandes problemas que puedan separar a las fuerzas de oposición, ¿por qué no ha sido posible un acuerdo para defender en conjunto la vida de los presos y dirigir en común la lucha por su libertad?

Personalmente respeto las diferencias políticas; considero, aunque no las comparta, todas las razones que puedan dificultar la unidad en planos más elevados. ¡Pero es monstruoso que, por lo menos, para arrancar a esos cientos
de hermanos de las cárceles, no se pueda llegar a un pacto limitado que permitiera movilizar, unir y organizar la solidaridad hacia los presos!

Yo he traído a Inglaterra una voz encarcelada, la voz de los presos políticos españoles, el drama de sus mujeres y sus hijos, la esperanza de la solidaridad. En todas partes he encontrado una buena actitud solidaria. El pueblo inglés ha manifestado su adhesión a la causa de nuestra libertad. He hablado en diversas partes de Inglaterra. En Londres, a distintos sindicatos y grupos de personalidades. He tenido una conferencia de prensa y los periodistas se han ocupado de los presos antiguos y de los últimos detenidos. He recibido la solidaridad de los sindicatos de Manchester, de la Federación Sindical de Derbishire, me he sentido emocionado por la acogida y la fraternidad de los mineros galeses. He sido recibido por un grupo de parlamentarios en la Cámara de los Comunes, he conferenciado con los estudiantes de Oxford y he sido invitado a participar en la sesión inaugural del Consejo Nacional de los liberales ingleses. Me han entrevistado diversos periódicos, revistas y emisoras. En todas partes he encontrado una gran disposición ante esta llamada de solidaridad. La causa de la libertad de los presos políticos de España y de los últimos detenidos inspira los más grandes sentimientos de solidaridad.

¿No es necesario que reflexionemos nosotros? ¿Es mucho pedirnos que seamos nosotros, los españoles, los primeros en ocupar la línea de vanguardia en esta solidaridad, organizándola, fomentándola, dirigiéndola y hallando las formas más urgentes y eficaces?

Estamos en deuda con el mundo. Sin embargo, es legítima la solidaridad que el mundo nos presta. Es un fenómeno obligado del mundo para con nuestro pueblo. Recuerdo que un día en la cárcel, valorando la solidaridad internacional, dije yo a un grupo de compañeros que “estamos en deuda con el mundo”. Y alguien en la reunión me respondió: “Es cierto. Pero el mundo también está en deuda con nosotros”. Tenía razón aquel compañero, porque antes que los ejércitos aliados se enfrentaran con el nazifascismo, el pueblo español ya había vertido torrentes de sangre frente al fascismo internacional. Antes de las batallas de Narvik y de Tobruk, de Guadalcanal y Stalingrado, estuvieron las batallas de Madrid, de Guadalajara y el Ebro. Antes que los nazis llenaran las fosas y los crematorios de sus campos de concentración, se llenaron las cárceles españolas y habían rodado ante los piquetes fascistas millares de demócratas de nuestro país.

Los españoles que estábamos en la cárcel seguíamos con ansia la suerte de las armas aliadas. Vosotros los ex combatientes, los que luchasteis en los ejércitos aliados, creíais que cada batalla ganada al enemigo era un trozo de libertad que conquistabais para nuestro pueblo. Así debiera haber sido. Pero terminó la guerra, todos los caminos fueron un regreso para los soldados y los prisioneros, y sin embargo vosotros no pudisteis regresar a vuestro país, ni nosotros salimos de nuestras cárceles. Han pasado diecisiete años y aún sigue la tiranía aplastando el rostro y el corazón de nuestro pueblo. Veintitrés años después de nuestra guerra civil aún sigue España arrancándose del corazón a sus hijos ¿Hasta cuándo?

El gobierno del general Franco ingresó en la ONU, pero Franco y su gobierno, en lugar de cumplir la Carta de las Naciones Unidas, sigue aplicando los métodos y las leyes terroristas que aprendieron en las escuelas de la Gestapo.

Tenía razón, mucha razón, aquel camarada. Mientras Franco desgobierne y tiranice nuestro país, mientras se permita que los derechos más elementales del hombre sean pisoteados en España, mientras no se derriben las puertas de las cárceles y puedan volver los exilados a su patria, mientras no se restauren las libertades del pueblo español, el mundo estará en deuda con nosotros.

La lucha por la amnistía general de los presos y exiliados ha constituido en estos dos últimos años un acontecimiento internacional internacional que los presos hemos saludado con emoción.

Las campañas para obligar al general Franco a dar una amnistía y a suprimir las leyes de excepción y los tribunales militares, han dejado al desnudo la política terrorista de la dictadura y la coloca en un callejón sin salida.

La lucha desarrollada en todos los frentes del humanismo, de la jurisprudencia y la política, del arte y la cultura y en el terreno de la solidaridad material, ha dado un serio golpe a la política represiva de la dictadura, que negaba la existencia de presos políticos y sociales en España.

A pesar de que Iturmendi aseguró que no habría más indultos en España, se han visto obligados a entreabrir nuevamente las puertas de las cárceles. Vuestro folleto, con la carta al reverendo Owens, ha contribuido a dar fondo a la denuncia que pesa sobre el gobierno español y las prevaricaciones de su justicia.

Yo debo mi libertad a los esfuerzos realizados por la solidaridad de mi país y el mundo. El indulto que me ha puesto a mí en libertad establecía, singularmente, el requisito de llevar veinte años ininterrumpidos de prisión. Yo era prácticamente el único preso beneficiado. Mi libertad ha sido una manera de tirar banderas al agua, de quitarse de encima el peso de mis veintitrés años que facilitaba la lucha por la amnistía general. Como yo, otros presos pueden ser liberados. Lo importante es no decaer en el esfuerzo y dar continuidad a la denuncia y a la campaña de movilización. Hay que golpear sin descanso, hasta desbordar la resistencia de la dictadura.

Pero la lucha por la amnistía tiene que ser considerada como un elemento más de la lucha por la libertad de España. La lucha por la amnistía es un sentimiento nacional que ha permitido unir a las gentes más diversas. En la lucha por la amnistía se ha conseguido movilizar a personalidades y a asociaciones, a parlamentos y a gobiernos, a la prensa y a las emisoras democráticas. Nunca tuvo una causa tanta audiencia como la causa de nuestra amnistía; no sólo la posibilidad de liberar a cientos de hombres, sino de golpear, a la vez, duramente contra la dictadura, desmantelando su demagogia y denunciando sus procedimientos fascistas de terror.

Como ustedes saben por la prensa británica, en estos momentos se están llenando nuevamente las cárceles españolas. Los trabajadores españoles sostienen una huelga sin precedente. La iniciaron el 7 de abril los mineros asturianos.

Las compañías mineras tuvieron la desvergüenza de publicar en las estadísticas oficiales que habían obtenido el noventa y ocho por ciento de beneficio sobre el capital invertido. Pero los mineros no podían comer y se declararon en huelga. Franco, secundado por los sindicatos franquistas, rodeó la cuenca minera de policías y ametralladoras, detuvo a cientos de huelguistas. Pero los trabajadores españoles ya están cansados y no temen a la policía, ni a las cárceles, ni a las ametralladoras. Hace más de un mes que comenzó la huelga y la huelga continúa. Los trabajadores de Cataluña, de Vizcaya, de Córdoba y Jaén, de León, de Puertollano y otras zonas han declarado a lo largo del país una huelga de solidaridad. Los intelectuales y los estudiantes se han sumado ejemplarmente a este grito del movimiento obrero. Hasta la Iglesia se ha visto obligada a tomar posiciones. Esto es muy sintomático.

Sin embargo, la lucha de los trabajadores españoles se lleva a cabo en medio de dramáticas dificultades. No tienen sindicatos que defiendan sus intereses, porque en España los sindicatos son sindicatos fascistas al servicio de los patronos. No tienen prensa legal que divulgue y apoye su lucha, porque en España no hay libertad de prensa. Los huelguistas españoles no tienen más caja de resonancia que la solidaridad de los trabajadores del mundo, el apoyo de su propio pueblo y las decisiones que en este momento histórico adopten las fuerzas de oposición.

Vivimos unas horas trascendentes para la libertad de España. La adhesión de otras capas sociales a la lucha de los mineros y trabajadores españoles demuestra que el mal de España es la falta de libertad, la falta de democracia, es la existencia de la dictadura. Lo que hay que resolver en España es el problema de la libertad. Pero el problema de la libertad no puede resolverse sin la unidad de los españoles.

Yo creo que el juicio de la historia y de nuestro pueblo será inexorable con quienes no comprenden este momento dramático pero esperanzador que vive nuestro país. Yo, en nombre de nadie, con la triste autoridad de mis veintitrés años encarcelado, aprovecho esta tribuna para pedir la unidad que España necesita.

Unidad es el grito que sube de las minas asturianas, de las fábricas de Vizcaya y Cataluña, de los secos campos andaluces, de las universidades de Barcelona y Madrid. Unidad es el clamor que traigo de las cárceles. Unidad era la última palabra que escribían en las paredes de su celda los hombres cuando iban a ser fusilados. Estoy seguro que unidad es la palabra que en estos momentos está escrita en vuestros corazones.

Yo tengo grandes esperanzas. En la cárcel siempre fui un profesor de optimismo. Yo creo en la unidad. Necesito creer en ella. En las prisiones he conocido a hombres que renunciaron, que dejaron caer sus banderas al suelo. Creían que no valía la pena continuar. Pensaban que habían sacrificado su vida inútilmente. Pero yo jamás consideré mi vida perdida. Yo he vivido la vida que he preferido vivir: la vida dura pero noble de un revolucionario.

Por eso confío en la unidad. Si no confiase en la unidad y en la lucha del pueblo, tendría que dar la razón a los que renunciaron, y llegar a la conclusión de que había dejado inútilmente veintitrés años de mi vida en las prisiones. Pero, afortunadamente, no es así. En mi corazón soplan los vientos mágicos y ardientes del entusiasmo y estoy convencido de que mi vida es justa. Si mil veces naciera, mil veces volvería a ser como soy y a pensar como pienso.

Tengo, además, razones para confiar en la unidad y ser optimista. Porque, en fin de cuentas, la unidad la están forjando ya los trabajadores y el pueblo de España. No es una unidad sellada en una mesa redonda, sino en el duro crisol de la solidaridad y de la lucha. Los trabajadores españoles han hecho muy bien.


Marcos Ana
"Te llamo desde un muro"



2 comentarios:

  1. ¡¡llanto, llanto, porque eso ocurrió y no puede borrarse, aunque quieran que se olvide!!!
    danielle triay

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