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1540. Dircurso de Juan Marinello en el II Congreso internacional de escritores

Alejo Carpentier y Juan Marinello. Detrás Felix Pita y Nicolás Guillén, 1937



Camaradas:

Damos término esta tarde a un Congreso de veras histórico, a una obra que será advertida mañana como de impar significado. Hombres de libro y meditación han acudido de todos los rumbos a decir una coincidencia esencial en ciudades agostadas por el sitio y deshechas por la metralla; cabezas de resonancia exclusiva, cabezas singulares, han venido a inclinarse ante una misma verdad; gentes que fundan su poder y su excelencia en el hallazgo de hondas particularidades, se han dado aquí las manos en el firme entendimiento de un caso de sentido universal.

Hace algunos años esto hubiera lucido categoría milagrosa. Ayer se llegaba a Roma por todos los caminos. Hoy todos los caminos conducen a Madrid. Y cuando los hombres de parajes diversos y de vidas distintas andan caminos que van hacia un mismo lugar, es que se trata del grave caso de su salvación. A Roma se iba, en efecto, a salvar el alma, peleada con el cuerpo, que es impulso de evasión. A Madrid se llega para salvar el cuerpo con alma, que es ímpetu de comunicación. Por eso para llegar hasta Roma precisaba una fe; para arribar a Madrid, una evidencia.

El hombre que viene a Madrid es dueño de una experiencia decisiva, madre de su evidencia y sustento de una fe explicada por los hechos. No es hombre de partido, sino de justicia. Viene a Madrid— a España—porque siente en sí mismo el caso español; porque ve en la obra de los sitiadores, de los opresores, un ademán contra el hombre; está con los sitiados heroicos de Madrid, con los defensores de España, porque ha descubierto que su batallar es un esfuerzo para realizar al hombre. Los que sitian Madrid, los que—lo hemos visto— usan la noche para despedazar carnes inocentes, quieren el mantenimiento de diferencias injustas, de crueles opresiones. Y como el ansia, los hombres que han venido a este Congreso quieren un mundo a semejanza del que están construyendo, a duro precio de sangre, los defensores de Madrid, los representantes verdaderos de la España popular: un mundo de paz y de superación. Mundo de paz, porque en el no puede hallar puesto la ira que enciende el mando injusto. Y Mundo de superación, porque en su seno puede darse el hombre por entero a la búsqueda de sí mismo y a la proyección libérrima de sus potencias. Pero, ¿se está forjando efectivamente ese mundo en España? Para mí no hay dudas. El espectáculo más asombrador para el que llega a esta tierra no es la heroicidad del pueblo —y ya sabemos que es inmedible—, sino el sentido íntimo, animador, de esa heroicidad. Pueblo de los más valerosos y peleadores de la tierra, jamás ha acertado España a entender su coraje como una virtud utilitaria. Aquí jamás ha sido, aquí no será nunca la guerra, como en otras latitudes, negocio nacional. Ya dijo Ángel Ganivet cómo lo militar, el profesionalismo de la violencia, no se compadecía con el ánima española. España -pueblo en armas- no es un cuartel, sino una escuela. En cada frente el maestro va del brazo del soldado, cuando éste no es también maestro. Lo que está diciendo cómo la milicia es aquí hábil herramienta en manos que conocen su poder, obligada etapa, esfuerzo necesario para impedir la vuelta de una realidad maldecida. Y sólo eso.

Ante hecho de tal tamaño; ante un pueblo que, cercado por la barbarie más poderosa del mundo, funda escuelas excelentes y publica revistas insuperables y cuida de su niñez y orienta a su juventud; ante un pueblo que tiene fuerza tan perspicaz que hace la guerra con arrojo inusitado sin empedernirse en la guerra misma, es explicable y obligada la adhesión de los hombres escritores. Los que aquí han venido han visto en este gesto de violencia sin odios y de guerra sin militarismos, en este impulso de construir desde ahora una convivencia mejor, la señal más rara, más alta y más noble de los tiempos actuales. Por eso, al ver de cerca la creación de una nueva Edad y la defensa anticipada de los valores de esa Edad, a decir la reverencia honda a un pueblo que defiende la cultura mientras pelea contra la muerte; a tocar el milagro de quien se salva del enemigo salvándose en sí mismo, a eso hemos venido, icamaradas!

Todos los hombres de sensibilidad y pensamiento, como lo sean de veras, han de estar junto a este espectáculo inesperado. Pero, digamos en seguida, que los hispanoamericanos lo estamos con un singular modo de adhesión. No hay que esforzarse demasiado para comprobarlo. Aparte el fortísimo vínculo sanguíneo y actuando sobre él, ha operado en esto el común impulso histórico. Sobre diferencias de raza y de geografía, primó en todo instante la común injusticia de una economía enfeudada. De un largo dolor, de una agonía de siglos y no de otra cosa, viene este entendimiento carnal de ahora. ¿Quién podrá entender mejor la razón del campesino de Andalucía que el indio de Bolivia? ¿Quién podrá saber de agresiones del poder económico mejor que el negro antillano? ¿Quién podrá sentir más de cerca la injuria de un pueblo ofendido y maltratado por castas reaccionarías que quien es maltratado y ofendido por tiranías torpes y crueles? Hace algunos días se asombraba un ilustre profesor chileno del parecido, de la identidad, entre los procedimientos inhumanos de Franco y los puestos en práctica por los sátrapas hispanoamericanos de ayer y de hoy. ¿Cómo no si responden a intereses de igual fisonomía y son, además, hijos de la misma tradición opresora? Si son hasta las mismas gentes —padres, hijos, hermanos—; si nuestras masas obreras y campesinas descubren la misma piel que las españolas en la mano que las ofende... ¿No sabemos qué buena cantidad de explotadores españoles, expulsados de aquí por la justicia popular, continúa en París una vida dispendiosa gracias a las rentas que les llegan de sus tierras americanas ?

Nada une, camaradas, como la desdicha común. Hay en el hombre, es cierto, un insobornable sentimiento de lo justo; aún en los peores hay una sed de realización benéfica, pero la vida es varia y solicitadora y mil veces un canto acariciador hace olvidar un deber ceñudo. Hay una sola cosa que el hombre no olvida nunca: su destino. España, ya lo sabemos, es el destino del mundo, pero de modo más cercano, más preciso, más enérgico; es el destino de Hispano América. Por eso es una herida abierta en el costado más sensible de nuestros pueblos; por eso la adhesión hispanoamericana es de toda intensidad y de todo instante. Por eso Madrid ha venido a ser, sin literatura, la capital verdadera de nuestras patrias.

Yo podría traer ante vosotros mil casos que os dijeran con la elocuencia mejor, la de los hechos, cómo la adhesión de los pueblos hispánicos de América a la causa española traspasa todo límite, lo mismo allí, donde, como en el gran México, los gobiernos la comparten ejemplarmente, que en los países en que se le persigue y se le pena. No hay país nuestro en que los hombres explotados no presten su ayuda material al pueblo español. En parte alguna de la tierra se realiza una labor de prensa más continuada y ardorosa. Dados a la defensa del pueblo peninsular ven la luz numerosas publicaciones, y en la Argentina existe ya un periódico diario, de vida próspera y creciente, destinado de modo exclusivo a esa defensa. Yo he visto, camaradas, echarse a la calle toda una gran ciudad, la de México, ante la llegada de quinientos niños españoles, víctimas de la barbarie fascista, que iban allí a encontrar cultura y amor. Yo he visto a una multitud enorme llorar silenciosamente lágrimas hermanas de las que nosotros derramamos en Minglanilla en el instante en que los quinientos huérfanos gritaron ¡Viva México! con el puño alzado. (Yo sé que en mi tierra, donde estar con el pueblo de España no puede tener las simpatías de los que mandan, no pudo impedirse un homenaje grandioso a Federico García Lorca, y otro, no menos importante, a Pablo de la Torriente Brau.) Y sé también que desafiando todas las asechanzas gubernativas, el pueblo de La Habana conmemoró el aniversario de la República española con un mitin que, al decir de la prensa enemiga, pasó de diez mil asistentes. Yo sé, camaradas, que en el fondo de las prisiones crueles de nuestra tierra, donde miles de hombres están purgando ahora su amor de libertad, España es un nombre venerado y Madrid una devoción entrañada. España y Madrid son hoy el fondo animador y la esperanza y la luz de nuestras masas torturadas. Yo sé que en todos los frentes de España dan su sangre con ejemplar gallardía hombres nacidos en nuestras tierras. Yo só que hay en nuestros países como una noble emulación para combatir mejor aquí las hordas del fascismo internacional, y que hay países, como el mío, que, como para impedir que se confunda la actitud de su Gobierno con las simpatías de su pueblo, ofrece, y no se olvide su pequeñez, el mayor número de combatientes. Yo sé que ya han sellado con la muerte, españoles e hispanoamericanos, un pacto por primera vez respetable, eficaz e indestructible: un pacto no asentado en retóricas trasnochadas, sino en realidades que andan hacia un mañana de claridades.

Bien sabemos que esta adhesión hispanoamericana significa la más grave responsabilidad profesional y humana. Hemos convenido aquí en que la literatura ha de ser parte de la vida, modo exaltado de la vida misma. Lo que más nos importa, pues, como escritores, es la vida más trascendente. Para nuestras tierras, el hecho español es vida intensa, honda, vida de nuestra literatura. Porque España es nada menos que nuestro mañana. La derrota del pueblo español, derrota imposible, sería el inicio de una terrible edad media hispanoamericana; nuestras dictaduras se darían las manos en una alegría satánica, bendecidas por terratenientes, clérigos, soldados de pillaje y escribas traidores. El triunfo español será, en cambio, un ejemplo de trascendencia inmensurable. Nuestros pueblos habrán visto triunfar, contra todos los obstáculos a una nación débil; nuestras masas habrán aprendido que no precisa el arribo normal a las etapas superiores de organización capitalista para quebrar en su esencia al capitalismo.

La ejemplaridad específica de lo español, la esperanza firme en su trascendencia, ha de ser expuesta y esclarecida continuadamente por nuestro escritor. No es que pidamos en cada uno de nuestros hombres de pluma un político o un economista. No. Hace dos tardes me decía en Castellón el camarada Malraux, que entre el político y el escritor sólo había una diferencia de calidad de obra, de disposición mental, de método, en una palabra. El político y el escritor que merezcan tal nombre, deben coincidir, por vías distintas, como hemos coincidido ahora los asistentes a este Congreso con el impulso del soldado del pueblo. Uno y otro han de entender lo español —por ser lo universal— como un hecho totalizador, como una realidad transformadora del mundo, España es, más que tema, atmósfera; más que ocasión, necesidad. España es novela y tratado, poema y ensayo, teatro y crónica, porque es la vida mejor de nuestro día. Hunda en España su mano creadora el escritor hispanoamericano; húndala, sabiendo que ha de expresar en su obra la palpitación española, universal, con el hondo querer español de su vecindad esclavizada. No puede hablarse hoy de España sin hablar de la Argentina, de Cuba, de Venezuela, del Ecuador. No se puede combatir al fascismo sin atacar a su hermano gemelo el imperialismo. Y no se puede estar con España, que es caso trágico y urgente, sin estar con América, que es caso de humanidad, de libertad. Y no se puede estar con España y con Hispanoamérica, sino con todo el rendimiento útil del espíritu.

Yo os afirmo, escritores de toda la tierra, que el escritor de nuestras patrias sabrá ser español. Lo tiene en la sangre y en la conciencia. Ya no caben, por suerte, ni estrecheces ni resentimientos de los que dejó en América la insurrección contra la España de Alvarado, de Pizarro, de Weyler, de Franco y de Marañón, porque lo español es ahora un modo —excepcional— de ser hombre, una manera grande de herir la opresión totalitaria del dinero. A todo puede renunciarse, jamás a la hombría. 

Las Delegaciones hispanoamericanas en este Congreso me han hecho, por una de esas generosas equivocaciones, tan de nuestras gentes, su Responsable ante este Pleno. Ellas dicen por mi boca que entienden y miden el tamaño de su compromiso y que lo aceptan. Así será, camaradas. Lo prometemos, fijo el recuerdo en un hombre que por escritor, por español, por hispanoamericano y por héroe, merece y exige nuestra mejor palabra y nuestra más comprometida decisión; en un cubano cuyo nombre, grabado en las paredes de esta sala, es orgullo y deber: Pablo de la Teniente Brau, camarada intachable en los mejores días de lucha, camarada ejemplar ahora en su presencia sin mudanza, camarada guiador en el alba que ya apunta, por Brunete y por Villanueva de la Cañada, en la claridad del triunfo de España y del triunfo del hombre. 


Juan Marinello (Cuba)
Presidente de las Delegaciones hispanoamericanas
Valencia, 10 de Julio de 1937


Publicado en Hora de España VIII
Valencia, Agosto 1937



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