Lo Último

1529. Discurso de José Bergamín en el II Congreso internacional de Escritores

Entre los enunciados de nuestra tarea figura uno que pudiera ser el que me correspondiese: los problemas de la cultura española. 

Empezaré por confesar que no entiendo qué pueda ser eso exactamente. No sé si una cultura puede siquiera tener problemas. No entiendo mucho de la problemática cultural. A mi parecer, la cuestión no es esa. Porque es precisamente eso: una cuestión. Y una cuestión o es lo mismo que un problema. Ser o no ser, no es un problema para Hamlet. Es una cuestión. Y una cuestión vivísima. Una verdadera cuestión palpitante. Los llamados problemas de la cultura, no lo son, sino cuestiones. Cuestiones palpitantes. Cuestiones vivas y, por consiguiente, mortales.

Cuando un hombre se hace cuestión de sí mismo, como quería San Agustín, es que ahonda en su ser hasta lograr, aun dolorosamente, conciencia alegre de sí mismo. La cuestión viva y palpitante de nuestra cultura es esta voluntad dolorosa y alegre de sentirse ser o no ser; de adquirir conciencia verdadera de serlo. Y esta conciencia se hace más viva, clara y precisa cuando a la apetencia de su existir se opone, como sombrío cerco de muerte, la negación de su existencia. Jamás un pueblo tiene conciencia más clara de su ser, de lo que es, de lo que piensa, de lo que quiere, que cuando este mismo ser quiere arrancárselo. Entonces diríamos que un pueblo se humaniza de este modo trágico. Porque como el hombre en su propio ser, se encuentra definitivamente solo ante sí mismo. Y esta es la cuestión, su cuestión palpitante: la de ser o no ser ante la muerte; la de ser o no más poderoso, más fuerte que la muerte.

Un hombre solo, como un pueblo solo, no es un problema, es una cuestión viva y mortal. O todo lo más, si nos empeñamos en lo problemático, es un problema puesto en cuestión. Toda problemática de la cultura debe ponerse en cuestión de este modo previo, si de veras quiere vivificarse. Los problemas de la cultura española se nos ponen hoy en cuestión de este modo. En cuestión viva, palpitante. 

Hay, pues, para nosotros, ante todo, entre cuestión y problema, la misma diferencia que entre soledad y aislamiento. Un problema es una lorma aislada de plantear cuestiones. Como una cuestión es todo lo contrario: la manera total de resolverlo. El hombre es cuestión de sí mismo cuando pone todos sus problemas en cuestión humana de ser o no ser. Del mismo modo el pueblo. Y del mismo modo, por lo tanto, la cultura. La cultura puesta aquí en cuestión de cultura española, es cosa humana, viva, palpitante. Y por serlo, tiene para nosotros todos sus problemas resueltos en la totalidad de la cuestión palpitante, viva y mortal en que la ponemos: cuestión hamlética de ser o no ser. 

Pero no hay que olvidar que Hamlet no es el símbolo de la inteligencia, sino más bien su caricatura, la caricatura trágica del intelectual; plantea la cuestión problematizándola, es decir, aislándola, separándola de sí mismo. Por eso permanece indeciso, vacilante. Y siendo como es intelectual puro, contradice la virtud misma de la inteligencia que encarna: que es virtud o facultad de decidir y no de vacilar. Hay todo un intelectualismo hamlético que se alimenta de sí mismo en ese empeño vacilante e indeciso de problematizarse. Lo cual le aisla, le separa. El intelectual aislado se cree de ese modo independiente como la tortuga. Y se siente feliz en su propio reblandecimiento viscoso, protegido de todos por la personal pesadez y penosa de su caparazón. El caparazón de la personalidad intelectual es como el de la tortuga: la máscara del miedo. Pero del miedo a la vida, no a la muerte. Ea cobardía no es miedo a la muerte, es miedo a la vida. Y ese intelectual blindado a toda prueba de comunión o comunicación humana, vive, se pudre en sí mismo y de sí mismo: se encierra faraónicamente en ese inconsciente empeño suicida, se pudre y momifica en vida, encerrándose en su propia tumba. 

Este hamletismo ha sido el peor mal de nuestro siglo; el del personalismo intelectual; no siempre personalismo dramático. El intelectual cultiva su caparazón, su máscara de muerte. Trabaja con cuidadoso empeño la ornamentación de su tumba, pero la personalidad dramática del hombre, como pensó Nietzche, como sintió Santa Teresa, no está en esa máscara o mascarón grotesco. Porque está en el rostro. La mejor máscara es el rostro. La máscara de la sangre. 

A veces he pensado que nuestra conciencia personal no es más que la máscara de otra más profunda conciencia humana. Y que el hombre no es hombre, sino en tanto se entera de ella, se integra o reintegra en ella. 

La conciencia humana es esa misteriosa conciencia por la sangre de un hombre con su pueblo. Cuando decimos los escritores que queremos ser pueblo, como deda La Bruyére, expresamos sencillamente el hallazgo más profundo de nuestra conciencia, su verificación plenamente humana —yo añadiría que divina—. Porque entonces se identifica naestra voluntad con otra totalizadora. Yo no sé si quiero ser pueblo, o quiero, puedo querer, porque ya lo soy. Y este ser o no ser popular fué y sigue siendo la cuestión palpitante de toda la cultura española. 

Por eso os diría entre paréntesis que no puedo comprender —o no lo quiero— cómo sedicentes intelectuales españoles más o menos hamletizados y ridiculamente, se alejan, se apartan, se separan del pueblo español cuando a este pueblo se le ha puesto en cuestión todo, porque se le pone en cuestión su vida misma, su propio ser o existir. Esos fenomenales o fenomenalísticos intelectuales que de este modo se caracterizan o caricaturizan para serlo, si como españoles neutrales son sólo traidores despreciables, como intelectuales puros son mascarones de gigantes y cabezudos grotescos. 

No es soledad la suya, viva, sino aislamiento mortal. No es nuestra quijotesca soledad popular española: es robinsoniano y hamlético aislamiento intelectual inglés, cuando no italiano o alemán. Es sencillamente pasarse al enemigo. 

Porque sólo hay para el escritor, como tal, una preocupación primera: la de su comunicación o comunión humana. En ella radica su propio existir. Por ella tiene razón de ser profunda y sentido vivo su trabajo. Esta comunión humana, esta comunicación verdadera, se hace, con el tiempo y por el tiempo, por la palabra. «La palabra del hombre» -dice el profeta- es como la flor de la hierba.» El pueblo español llama a esas florecillas verdaderas, cuya vida pende sólo de un soplo, exactamente así: «La palabra del hombre.» La fragilidad de nuestra palabra humana es certísima. En un soplo se pierde, como el hálito de nuestra vida. Y esa tan leve razón y sentido de nuestro ser ha de estar, como el alma misma de nuestra comunicación humana, según escribía Cervantes, «con un pie en los labios y el otro en los dientes». Esa alma que ha de estar así, como afirma nuestro poeta, «con un pie en los labios y el otro en los dientes»; esa lengua o lenguaje humano por el que inciden en el tiempo nuestras palabras como florecillas de la hierba, lo que constituye para nosotros, escritores, la materia viva de nuestro empeño. La realidad única y total que nos comunica con todo y con todos. En una palabra: la afirmación de nuestra soledad y la negación de nuestro aislamiento. 

En el tiempo, en la totalidad de nuestro tiempo humano, plenamente sentido como movimiento que nos impulsa de atrás adelante, del pasado a lo porvenir, reuniendo ambos en una sola conciencia que diremos voluntad revolucionaria del hombre; en el tiempo nuestro, se verifica por la palabra, por el lenguaje invisible de la sangre que es la palabra humana, la afirmación del hombre como pueblo y también la afirmación del pueblo como hombre. Como un solo hombre y como un hombre solo. Que el hombre solo encuentra la plenitud de su soledad por la palabra libertadora de su sangre: por el lenguaje que le populariza de ese modo. Por la palabra y lenguaje de la sangre popular silenciosamente secreta o vertida. 

Toda nuestra mejor literatura en el pasado, la que impulsa y mueve los anhelos populares hacia el porvenir o en los presentes, es un testinionio popular, por el lenguaje, de una voluntad única y total de ser de España. De esa posible y ansiada comunicación o comunión humana por la palabra, por la sangre, que todos los verdaderos escritores españoles compartieron íntegramente con el pueblo, surge nuestro luminoso Mediterráneo descubierto: es de la cultura popular española; porque en España toda nuestra riqueza cultural es expresión viva y verdadera de nuestro pueblo. 

Yo hubiera querido extender ante vosotros hoy este paisaje, para señalaros en él las claras verdades populares de España. No tengo tiempo para eso; para mostraros cómo precisamente el tiempo es el determinante dramático de nuestro pensamiento popular español. En nuestros místicos, en nuestros poetas. Y cómo precisamente por eso no hay diferencia para un verdadero español, entre lo temporal y lo eterno. Y una palabra y por su palabra—por su sangre—, como todo verdadero español, por serlo, es revolucionario. Y solo, independiente, libre. Porque quiera la verdadera comunión y comunicación humana con el pueblo y entre los pueblos. Entre los hombres. La palabra divina, popular, de liberación de la sangre y de liberación por la sangre. Porque sólo la sangre es espíritu. 

El espíritu de nuestras letras es el que por la sangre popular sentimos ahora acelerarse en nuestro pulso. El ritmo vivo de esta sangre, que no mide dramáticamente el tiempo, coincide en la oscura entraña de los pasados, con la misma inquietud interrogante con que el porvenir nos acecha. La reflexión íntima del pueblo español nos trae a la memoria, ahora, en imágenes imborrables, las palabras que venimos recordando. 

«No vale fui, sino soy», dice el héroe más popular de nuestras letras, el burlador Don Juan. Y con resonancia distante a su rítmico burlón, al «¡tan largo me lo fiáis !», responde la voz popular de nuestro teatro por otro poeta : 

«sangre quisiera tener 
como tengo pensamiento» 

¡Tener sangre que dar! La fianza dramática de lo temporal en que e! pensamiento popular español se empeña eternamente, no se paga más que con sangre. Con sangre que es espíritu y es verdad: es la verdad viva, la verdad única y total del hombre, por la palabra que crea y recrea revolucionariamente el tiempo. 

Volved los ojos hacia la lejanía histórica que nos separa de esas círandes cumbres del pensamiento popular español: Cervantes, Quevedo, Santa Teresa, Calderón, Lope... Veréis como esos nombres se os aparecen plenamente arraigados en el pueblo, y, por eso mismo, plenamente solos en él. ¡Como que son la voz divina, por humana, del pueblo mismo! Del pueblo, decíamos, como un solo hombre y como un hombre solo. Por eso nos aparecen solos y no aislados. Solos como el mar: el terrible mar popular por el que nacieron y en el que murieron como ríos, dándole a ese mar vivo, la corriente pura de su lenguaje nuevamente rejuvenecido, eternamente recién nacido: con revolucionaria permanencia. Como hace en el hombre la sangre, hace en el pueblo la palabra, que es por la sangre y como la sangre nace y muere en un soplo por el aire, en las entrañas invisibles del aire, en que se engendra laberínticamente en nuestro pecho, para ir a morir y renacer en nuestros oídos. 

Toda la literatura española está escrita con sangre, con la sangre del pueblo español; y esa sangre que, como decía Lope, «nos grita la verdad en libros mudos», es la misma que sigue gritándonos hoy su misma Verdad, en víctimas mudas. Es la sangre libertadora de la muerte por la palabra. La que grita en nuestro Don Quijote inmortal, la plenitud de la soledad del hombre, en el tiempo que le separa de la muerte. La afirmación permanente y revolucionaria de la vida contra la muerte. Por eso nuestro pueblo español, consciente de la plenitud humana y humanizadora de su pasado, está solo, plenamente solo, ante la muerte. Y se levanta quijotesco en Madrid, el glorioso 18 de julio inolvidable, cumpliendo el empeño libertador de su palabra con su sangre. ¡Como un solo hombre! ¡Y como un hombre solo! Solo y no aislado. Solo como nuestro Don Quijote y no aislado como Robinsón. La soledad es todo lo contrario del aislamiento. La soledad es plenitud de comunión o comunicación humana. Con el pueblo español siempre solo, en definitiva, en su Historia, se salvan, también siempre, como se salvarán ahora, todos los valores humanos de la cultura y, sobre todo, el de la generosidad contra el egoísmo. 


José Bergamín
Valencia, Julio 1937

Publicado en Hora de España VIII
Valencia, Agosto 1937



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada