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1546. Nuestro día más largo (Así comenzó la Guerra de España)

Milicianos en la azotea de la Iglesia de Santa Cristina de la Puerta del Ángel de Madrid - 19 de Julio de 1936



III: DOMINGO, 19 DE JULIO

La calle de la Luna está a cuatro pasos de la redacción de «La Libertad». Apenas leído el manifiesto de la C. N. T abandono el periódico para volver a los locales de la organización confederal en busca de noticias. Son ya las doce y media de la noche y acaba de comenzar un nuevo día —el 19 de julio— que puede y debe ser decisivo para el futuro de todos.

En los alrededores del viejo caserón hay más gente que a primera hora de la noche. Con una sensible y fundamental diferencia: muchos hombres armados que nada hacen por esconder o disimular sus armas. Grupos apostados en las bocacalles cercanas detienen y registran todos los coches que pasan. Tres o cuatro automóviles, con las luces encendidas y los motores en marcha, aguardan estacionados delante de la puerta.

Trabajosamente, abriéndome paso a empujones, logro llegar a la entrada del edificio. En el amplio portal tropiezo con Isabelo Romero, que sale precipitadamente, seguido por un grupo de obreros.

—Si quieres algo, vente. Tengo mucha prisa, pero podemos hablar por el camino.

Habla anticipándose a mis preguntas y en tanto se dirige a uno de los coches parados ante la puerta. Sube al baquet, junto al conductor y yo me siento a su lado; en el asiento posterior van sentados tres hombres a los que conozco de vista. Los tres visten mono azul y dos de ellos llevan la pistola en la mano.

—¡Síguele de cerca y no le pierdas de vista un solo momento! — ordena Isabelo al chófer, señalándole otro de los automóviles que acaba de ponerse en marcha.

Los dos coches, casi emparejados, desembocan en la Gran Vía y descienden rápidos hacia Cibeles. Todos los cafés están abiertos y en las aceras se ven nutridos grupos que hablan y gesticulan nerviosos y agitados. En las calles de Alcalá, Negresco, Aquarium y La Granja aparerecen desbordantes de público; también hay mucha gente agolpado en los alrededores del Ministerio de la Guerra.

—Vamos a Usera —explica Isabelo —, donde hace rato que nos esperan.

Recorremos a buena marcha el Paseo del Prado. Hago algunas preguntas y advierto que Isabelo está perfectamente enterado no sólo de la designación de Martínez Barrio, sino de las gestiones realizadas por el presidente de las Cortes cerca de algunos de los generales sublevados. Incluso cree conocer la respuesta de éstos: una negativa deferente, pero enérgica, a las sorprendentes proposiciones de don Diego.

—¿Cómo lo sabes? —inquiero sorprendido.

—También nosotros tenemos un servicio de información que funciona rápido.

Isabelo espera que la negativa de Mola baste para hacer desistir a Martínez Barrio. En realidad, lo desea mucho más que lo espera. Si el presidente de las Cortes abandona voluntariamente su intento de formar un extraño Gobierno, ahorrará a los obreros el tiempo y el trabajo de echarle en forma violenta.

—¿Qué obreros? ¿Los confederales solos?

No; tan decididos en su oposición como los integrantes de la C.N.T están ahora ugetistas y comunistas; incluso los socialistas moderados pese a todos los esfuerzos de Prieto y hasta los mismos republicanos. ¿Que muchos de ellos prometieron ayudar a don Diego y la mayoría de los partidos le ofrecían ministros?

—Fue antes de sospechar siquiera que pudiera soñar en llegar a una inteligencia con Mola. Después de saberlo, todos están indignados y furiosos.

Le doy la razón, naturalmente. Por Lezama conozco la violenta reacción de buena parte de los afiliados madrileños de Izquierda Republicana, a los que no basta a tranquilizar la posible presencia en el pretendido gobierno futuro de Marcelino Domingo, Augusto Barcia y Domingo Barnés. Pero aún seguro de que el golpe fallará —que ha fallado ya en este momento—, Isabelo se muestra indignado por la intentona.

—Es un golpe bajo, una maniobra sucia —dice colérico—. Por miedo y odio a los trabajadores, Azaña y Martínez Barrio quieren ponerse de acuerdo con las derechas, ofreciendo el poder a los militares sublevados. Tan ciegos están que no quieren darse cuenta de que si triunfa la rebelión les fusilarán a ellos antes que a nosotros.

Los coches cruzan la glorieta de Atocha, más animada en este momento que a las doce de la mañana de un día cualquiera, y siguen rápidos por el paseo de las Delicias. Ante la estación de las Delicias, igual que poco antes en la del Mediodía, advierto grupos de obreros que vigilan todos los accesos.

—Hace ya unas horas —explica mi acompañante— que los comités obreros se hicieron cargo de las estaciones. Las organizaciones ferroviarias controlan perfectamente el movimiento de trenes y viajeros.

Pasada la plaza de Legazpi, a la entrada misma del Puente de la Princesa, entre el Mercado Central y el Matadero, dos camiones atravesados forman una especie de barricada. Junto a ellos un grupo de paisanos detienen todos los coches y piden la documentación a sus ocupantes. El automóvil que marcha delante continúa tras una breve detención; a nosotros no se molestan en pararnos, limitándose a saludar nuestro paso con el puño en alto.

—¡Salud, camaradas!

Están armados con revólveres y pistolas; sólo dos de ellos llevan en las manos sendos rifles. A la derecha, por encima de las tapias del Matadero, asoman los cañones de varias escopetas. Hay otros parapetados detrás de los muros dispuestos a impedir a tiros el paso de quien pretenda burlar el control de los que se mueven en torno a los camiones.

Al otro lado del Manzanares comienza Usera, un barrio proletario que ha crecido desmesuradamente en los últimos años. Esta noche del sábado no debe haberse acostado nadie y todo el mundo se encuentra en la calle. Hay una verdadera multitud en la plazoleta que se abre al final del puente, donde concluye por un lado la calle de Antonio López y comienza por el otro la carretera de Andalucía.

La muchedumbre se espesa un centenar de pasos a la izquierda, en un punto al que se dirigen en línea recta los dos coches. Muchos hombres, no pocas mujeres y algunos chicos trabajan de prisa, levantando un serie de barricadas, sucesivas y escalonadas. Por delante de ellas, en actitud vigilante, mirando recelosos hacia Villaverde y Getafe, grupos de choque armados de cualquier manera y una mayoría con las manos vacías. Todos corren a rodear entre expectantes y esperanzados los coches.

—¿Los traes por fin, Isabelo?

—Menos de los quisiera, pero los traigo. Tendréis que arreglaros de momento. Si luego conseguimos más..

Un grupo nutrido rodea a Isabelo, que se ha apeado del segundo coche y se acerca al que ha venido precediéndonos, lo mismo hacen varios de sus acompañantes y yo les sigo. Cuando abren las portezuelas del primer automóvil, una sola ojeada me basta para comprobar que transporta fusiles. No deben ser arriba de veinticinco o treinta con tres o cuatro cajas de municiones.

Los que aguardan las armas son diez veces más numerosos y todos discuten y se pelean por conseguir una. secundado por algunos compañeros, Isabelo va distribuyendo los fusiles. Vive hace años en Usera y conoce a todo el mundo. Elige a los que considera capaces de manejar con mayor decisión y acierto los «máusers».

Finaliza el reparto cuando distinguimos a lo lejos las luces de unos coches que se acercan a lo largo de la carretera de Andalucía.

— Deben ser los compañeros de Villaverde y Getafe.

Lo son, en efecto. En cada automóvil vienen seis individuos armados con revólveres. Vigilan la carretera y sirven de enlace entre los trabajadores madrileños y sus compañeros de los pueblos inmediatos. Dan apresuradamente sus noticias. En Getafe los soldados continúan acuartelados, pero no se han movido; los obreros vigilan los alrededores del cuartel y las entradas y salidas del pueblo. Lo mismo hacen en Villaverde donde todo el mundo permanece alerta.

Y no creas que sólo nosotros. También los socialistas, los comunistas, los republicanos. Todos unidos como en Asturias!

—¿Qué pasa con los guardias?

—Nada. Saben que todos defendemos lo mismo y no van a ponernos pegas.

—Pero las órdenes de Casares.

Isabelo se encoge despectivo de hombros y sonríe. ¿Qué diablos pinta ya Casares Quiroga? Diga lo que diga, nadie le hará caso. Y lo mismo puede sucederle a Martínez Barrio si se empeña en seguir por el camino emprendido.

—Si no me crees, fíjate allí.

«Allí» es la plazoleta en que desemboca el Puente de la Princesa. Aunque hasta este momento no me haya fijado en él porque tiene las luces apagadas, ahora descubro que en un lado de la glorieta está parado un camión de asalto. Algunos de los guardias permanecen dentro del coche, descabezando un sueñecito en sus asientos; otros han echado pie a tierra y charlan cordial y amistosamente con los obreros que les rodean.

—¡Vámonos! Aquí ya no tenemos nada que hacer

Es un solo coche el que emprende el regreso; el otro, en el que quedan aún diez o doce fusiles, irá a llevárselos a los compañeros de Villaverde, donde escasean las armas y los esperan con impaciencia. Cuando el automóvil se pone en marcha, pregunto interesado a Isabelo.

—¿Dónde conseguistéis los «mausers»?

—En el Parque de Artillería. Los socialistas convencieron al jefe, que es republicano, para que les entregase esta noche dos o tres mil fusiles. Nosotros hemos tenido que conformarnos con unos doscientos.

Contra lo que supongo por anticipado, no cruzamos el río para volver al centro de la población, sino que seguimos a toda marcha por la calle de Antonio López hacia el Puente de Toledo.

—Tengo que hablar con los compañeros de Carabanchel y el paseo de Extremadura y ver cómo andan las cosas por allí.

Durante más de una hora recorremos los barrios que se extienden entre la Casa de Campo de un lado y la carretera de Toledo por otro y van desde la orilla derecha del Manzanares hasta las alturas de Campamento y Carabanchel. En todas partes se ofrece a nuestros ojos el mismo espectáculo: calles más concurridas en esta madrugada que en cualquier hora de un día corriente; grupos armados que vigilan en puntos estratégicos al amparo de barricadas improvisadas; centenares de obreros en los alrededores de todos los círculos socialistas, los ateneos libertarios o los radios comunistas esperando ordenes y reclamando armas, coches que van de un lado para otro transmitiendo las últimas noticias y dando instrucciones. En el alto de Extremadura, los dos Carabancheles, Mataderos y los puentes de Segovia y Toledo la preocupación fundamental son los cuarteles de Campamento. Hay en ellos dos o tres regimientos y se teme que en cualquier momento inicien la marcha sobre el centro de Madrid y el aeródromo militar de Cuatro Vientos.

— Contra lo que los fascistas suponen, no será un simple paseo. Lucharemos todos juntos con uñas y dientes y no les dejaremos pasar.

Es fácil advertir que en estas barriadas hay bastante más armas que en Usera y son muchos los trabajadores que empuñan orgullosos y satisfechos los fusiles recién conseguidos. Algunos llevan uniforme de las milicias socialistas; los mas van en mangas de camisa o con un simple mono. ¿Y los guardias? Ni los civiles ni los de asalto muestran la menor hostilidad contra los obreros armados; los primeros, concentrados en sus cuarteles, parecen esperar órdenes del Gobierno, que cumplirán disciplinadamente; los segundos, aun manteniéndose un poco apartados, no ocultan y disimulan sus simpatías.

—Cuando empiecen los tiros —asegura Isabelo—, estarán con nosotros.

—¿Qué pasa en las otras barriadas?

—Lo mismo que en éstas. Vallecas, Ventas, Cuatro Caminos y Tetuán se encuentran en pie de guerra, controladas por las organizaciones obreras.

Son las dos de la madrugada cuando emprendemos el regreso al centro. Durante el camino recuerdo una frase reciente y certera de Prieto: «Si la reacción sueña con un golpe de estado sin sangre, se equivoca.» Tiene razón. No será posible repetir la aventura de Primo de Rivera en 1923. En 1936, tanto en Madrid como en el resto de España y cualquiera que sea el que triunfe al final, la lucha costará millares de víctimas por ambos lados.

A las tres de la madrugada vuelve a llenarse la redacción de «La Libertad». Regresan precipitadamente para redactar unas notas rápidas la mayoría de los redactores que, lo mismo que yo, han buscado por todas partes las últimas noticias e impresiones. Desgraciadamente no parece que nada de lo que escribamos tenga muchas posibilidades de ver la luz en el número del diario que está a punto de cerrarse.

—La Censura está imposible; todo la asusta y tacha sin dudarlo galeradas íntegras.

Tras unas horas de dudas y vacilaciones, Hermosilla ha optado por respetar las normas impuestas por un Gobierno que habrá desaparecido cuando el periódico salga a la calle. Telefónicamente ha conferenciado con los directores de «Política», «El Liberal» y «El Socialista». Ninguno de ellos ve con buenos ojos las gestiones iniciadas por Martínez Barrio, pero todos consideran peligroso y contraproducente saltarse la censura a la torera, creando nuevos conflictos y dificultades al régimen tan gravemente amenazado en estos instantes.

—Entonces —protesto— es inútil escribir nada. No vale la pena si sólo van a leerlo los censores.

Hermosilla y Haro defienden una postura que no les agrada en el fondo. Temen que la inactividad y la debilidad de los gobernantes durante los últimos días conduzcan al país a la catástrofe, pero les asusta un poco enfrentarse de manera abierta y resuelta con ellos; ni siquiera en estos momentos se deciden por una conducta que juzgan revolucionaria. Igual opina Lezama, pese a toda la indignación que siente por los intentos de don Diego de llegar a un acuerdo con los generales rebeldes.

—Zugazagoitia cree que, dadas las circunstancias, debemos estar incondicionalmente al lado de cualquier gobierno republicano. Si Martínez Barrio forma un nuevo ministerio, daremos la noticia sin el menor comentario.

(Julián Zugazagoitia es director de «El Socialista», diputado y afecto a la tendencia moderada que encabeza Indalecio Prieto dentro de su partido. Refugiado en Francía al terminar la guerra, es entregado en 1940 por los alemanes.)

Como «La Libertad» se someterá disciplinadamente a las instrucciones de la censura, no hay nada que hacer. Basta y sobra con publicar las escasas, contradictorias y confusas noticias que dejará pasar de lo que sucede en provincias y un editorial —que ya ha redactado Eduardo Haro — en el que se recomienda serenidad y un general agrupamiento de voluntades en torno al Gobierno —aunque nadie sabe cuál será cuando el periódico salga dentro de unas horas—, para defender la República y salvar al régimen en la hora más grave de su corta y azarosa historia.

Contra lo que muchos dan por descontado, en las últimas horas —conocida de un lado la negativa de los militares sublevados y del otro la actitud resueltamente hostil de las organizaciones obreras—, Martínez Barrio no desiste de su empeño. Según Gómez Hidalgo — que ha estado a su lado hasta hace unos minutos y volverá en cuanto abandone la redacción —, espera dar aún esta misma noche la lista del nuevo Gobierno.

—¿Con Mola en el Ministerio de la Guerra y Queipo en Gobernación?

Hidalgo niega con aire indignado. Aunque otra cosa hayan propalado socialistas y anarquistas, don Diego no piensa entregar el poder a los enemigos del régimen. Es cierto que ha hablado telefónicamente con algunos de los generales sublevados y con otros que pueden imitarles en las próximas horas; pero no para darles la razón ni menos aún invitarles a tomar posesión del Gobierno del país.

—Quiere hacerles comprender su error y que vean que la revolución que temen no pasa de ser una fantasía. Su presencia al frente del nuevo gabinete constituye una plena garantía de que no existe el complot comunista que propalan los elementos monárquicos para justificar el pronunciamiento.

Es totalmente falso que su intento de convencer a los militares haya constituido un completo fracaso. Martínez Barrio está convencido del éxito de su gestión y de que sus apelaciones al patriotismo y sensatez de los generales habrán de dar muy pronto los frutos apetecidos.

—Veréis cómo no tardan en desistir de su actitud levantisca y volver a los cuarteles las tropas que sacaron a la calle, ahorrando al país un baño de sangre.

Las rosadas esperanzas de Gómez Hidalgo no encuentran mucho eco en la redacción. Nadie que conozca la realidad española puede tomar en serio lo del complot comunista; los comunistas son una minoría insignificante entre los trabajadores organizados. Su pretendida amenaza no pasa de ser un pretexto para justificar el alzamiento de las fuerzas reaccionarias. Lejos de contribuir a disipar el peligro que amenaza a la República, las gestiones de Martínez Barrio lo centuplican.

—Es como dar a entender a los sublevados que tienen ganada la partida y que no tropezarán con ninguna resistencia seria. En esas condiciones lo natural y lógico es que no acepten otro régimen que el suyo.

—¡Todo lo contrario! —sostiene con creciente acaloramiento Hidalgo—. Los militares depondrán las armas en cuanto se convenzan de que no existe amenaza alguna de revolución marxista.

Llegan en este momento transmitidas por teléfono unas noticias alarmantes. La rebelión ha estallado pasada la medianoche en Valladolid y Zaragoza. En ambas ciudades se ha proclamado la ley marcial y las tropas ocupan el centro de la población.

—Ahí tiene Martínez Barrio la respuesta de los militares…!

La discusión se agria y las voces suben de tono. Aparte de no convencer a las derechas, el presunto sucesor de Casares tampoco cuenta con la confianza de las izquierdas. ¿Qué apoyos tiene para poder gobernar?

—¿Os parecen pocos la confianza del presidente de la República y el respaldo de su partido, de Izquierda Republicana, del Nacional Republicano, de los catalanes y de los vascos que le han ofrecido ministros?

—Muy pocos —respondo—, cuando le faltan los socialistas y, sobre todo, la U.G.T y la C.N.T

No hay manera de llegar a un acuerdo. Para Martínez Barrio parece suficiente contar con los sectores republicanos y la benévola condescendencia del ala moderada del socialismo. Pero ¿es humanamente posible hacer frente a la subversión militar sin el concurso activo, directo y entusiasta de las organizaciones obreras?

—Sin ellas —afirma Fernández Evangelista con desgarro barriobajero—, el gobierno durará lo que un caramelo a la puerta de una escuela.

—Especialmente —ratifico— cuando los sindicatos están en pie de guerra y empiezan a disponer de las armas que les negó Casares y seguirá negándoles Martínez Barrio.

A las cuatro de la mañana hay que cerrar la edición. Se espera hasta el último minuto la noticia de la formación del nuevo gobierno o de la renuncia oficial del encargado por Azaña de formarlo. No llega ninguna de las dos.

—Es inútil aguardar más. Don Diego no dará la lista hasta que los periódicos de la mañana estén en la calle. Como esta tarde por ser domingo no se publica ninguno, tendrá veinticuatro horas de relativo silencio para sus maniobras.

Se cierra el periódico y empiezan a trabajar febrilmente estereotipia y rotativa. «La Libertad» estará en la calle apenas amanezca como todos los días; pero, amordazada por la censura de un gobierno inexistente, sus columnas no reflejarán con exactitud toda la gravedad desesperada de la situación.

Personalmente, nada tenemos que hacer ya en el periódico y nos lanzamos a la calle. Estoy cansado, tengo mucho sueño atrasado y nada me gustaría más que poderme tumbar unas horas. Lo mismo en mayor o menor proporción les ocurre a todos mis compañeros. Nadie se va a dormir, sin embargo. Es demasiado trascendental lo que se ventila en esta madrugada dramática para pensar siquiera en meterse en la cama. Nos separamos a la salida de la redacción y cada uno encamina sus pasos a donde espera encontrar mayores y más exactas noticias. Gobernación, Teléfonos, la Dirección de Seguridad, el ministerio de la Guerra y la entrada del Palacio Nacional, junto con las sedes de los partidos políticos y las organizaciones sindicales ejercen sobre todos nosotros una atracción irresistible.

No ha disminuido la afluencia de público en la Puerta del Sol y los primeros tramos de la calle de Alcalá; incluso puede afirmarse que aumentó considerablemente en las últimas horas de la madrugada. Todos los cafés continúan abiertos, las tertulias, más concurridas que nunca, hierven en comentarios, gritos y discusiones. No obstante, la multitud que llena las calles céntricas parece menos nerviosa, agitada y vocinglera que a las doce o la una. No es, desde luego, que se deje ganar por el cansancio o haya perdido interés y apasionamiento por cuanto sucede. Da la clara sensación de estar esperando algo y reservando sus energías para cuando ese algo se produzca. De momento han cesado las manifestaciones pidiendo armas, probablemente porque los millares de fusiles sacados del Parque de Artillería — en contra de la voluntad, las órdenes y los deseos de Casares y Martínez Barrio— han tranquilizado un poco los ánimos. En cualquier caso, circulande un lado para otro automóviles con obreros armados en misión de vigilancia y enlace, repartiendo instrucciones y consignas entre los diversos grupos políticos.

—Es la calma que precede a la tempestad; veremos lo que tarda en estallar la tormenta.

Pasadas las cinco de la madrugada, Martínez Barrio anuncia a los periodistas la formación del nuevo gobierno, cuya lista ha sido previamente remitida a la «Gaceta» para su publicación en el número de este 19 de julio. La constitución del gabinete no produce la menor extrañeza entre los informadores; excepto, claro está, la fundamental de que lo integren personas que prácticamente no representan a nadie, ausentes las dos grandes fuerzas políticas dispuestas a enfrentarse violentamente en las calles.

Martínez Barrio —que aparece cansado, deprimido y triste ante los periodistas, con un aire pesimista que denota la escasez de sus ilusiones— califica su gobierno de conciliatorio; alejado por igual de ambos extremos, su programa se limitará a restablecer el orden alterado y evitar una sangrienta catástrofe nacional. ¿Lo conseguirá? Si personalmente debe abrigar las mayores dudas, aún es más negativa la opinión unánime de los informadores que le escuchan.

—No durará ni siquiera lo suficiente para que los ministros sigan siéndolo cuando aparezcan sus nombres en la «Gaceta» —profetiza certero uno de los periodistas que abandonan precipitadamente Gobernación para divulgar la noticia.

Pero la noticia se ha divulgado —nadie sabe exactamente cómo ni por quién—, incluso antes de que los informadores abandonen el viejo palacio de la Puerta del Sol, donde acaban de oírla de labios del jefe del nuevo gobierno. A las cinco en punto de la mañana está ya en la multitud que invade las calles céntricas; en los cafés más abarrotados de público que nunca en este amanecer tormentoso; en los centros republicanos, en la Casa del Pueblo y en los locales de los sindicatos; ha llegado velozmente hasta los barrios extremos y en todas partes suscita las mismas reacciones de colérica indignación.

—¡Nos han vendido… ! ¡Hay que colgar a todos los traidores…!

La furiosa protesta no se circunscribe a los elementos obreros. Alcanza también a los republicanos de todos los matices. Marcelino Domingo lo comprueba a su pesar al hacer acto de presencia en la sede de Izquierda Republicana. Es su propio partido, en el que hasta anoche mismo gozó de sólido prestigio y grandes simpatías. Quiere con su simple presencia disipar el clima general de hostilidad y trata de dirigir la palabra a sus correligionarios. Una tempestad de gritos, silbidos y denuestos impide oír sus palabras. Algunos exaltados rompen airados sus carnets y se los tiran a la cara del ministro.

—¡Fuera..! Fuera! ¡Que se vayan! ¡Cobardes!

A duras penas, protegido y rodeado por un grupo reducido de amigos, Marcelino puede escapar de las iras populares. Abandona el local confuso y destrozado. Se da perfecta cuenta de que su carrera política, cualquiera que sea el curso futuro de los acontecimientos, ha terminado de una manera definitiva.

En las calles se forman grandes manifestaciones. Afluye gente de todas partes. De las barriadas llegan coches y camiones cargados de trabajadores que esgrimen iracundos fusiles y pistolas. Los centros políticos y los cafés se vacían en un abrir y cerrar de ojos. Los gritos atruenan el espacio, repetidos incesantemente por millares de gargantas.

—¡ Traidores! ¡Traidores! ¡A colgarles, a colgarles…!

Oradores improvisados arengan a las multitudes. Son discursos violentos, tajantes, incendiarios. Martínez Barrio quiere entregar el país a los enemigos del régimen; dejar a trabajadores y republicanos a merced de las iras de monárquicos y fascistas. No hay que darle tiempo a consumar sus siniestros designios. El pueblo tiene que imponerse sin más tardanza si quiere salvar la República.

—¡ Vamos por ellos…! ¡Que no quede ni uno…!

Entre gritos y amenazas, tremolar de puños cerrados y armas que se agitan por encima de las cabezas, las manifestaciones marchan sobre el ministerio de la Gobernación, sobre el de la Guerra, con rumbo al Palacio Nacional, donde debe estar Azaña.

Advertido de lo que sucede, Martínez Barrio trata de contener la marejada popular que amenaza llevárselo por delante. Empieza a dar órdenes y pronto comprueba que nadie las cumple. Los guardias de asalto se han retirado de las calles céntricas o no hacen nada por disolver a los manifestantes; algunos incluso se suman abiertamente a la manifestación y no son quienes menos gritan y amenazan. En un intento desesperado y postrero, don Diego recurre a los socialistas. Prieto le ofrece su apoyo y simpatías personales, pero nada más porque tiene una prohibición tajante de la Ejecutiva, Largo Caballero exige una vez más la entrega de todas las armas de que disponga el gobierno a los sindicatos obreros.

Paralelamente, la rebelión militar se extiende. De Barcelona llega la noticia más temida. Las tropas del cuartel de Pedralbes se dirigen hacia el centro de la población. En la plaza de Cataluña comienza una lucha feroz con los trabajadores que las hacen frente. Algo parecido sucede en Zaragoza y Valladolid. Lo mismo ocurrirá con toda seguridad dentro de unas horas en Valencia y Madrid, donde las guarniciones continúan encerradas en sus cuarteles.

Desbordado por los acontecimientos, sin apoyos firmes en la derecha, la izquierda o el centro, Martínez Barrio no tiene nada que hacer Su gobierno es una reunión de políticos totalmente aislados del país, que se mueven en el vacío y a los que nadie hace caso, empezando por las fuerzas armadas. Una hora después de anunciar la formación del nuevo gabinete y una hora antes de que los nombres de los ministros recién nombrados aparezcan en la «Gaceta», Martínez Barrio presenta su dimisión al presidente de la República. La noticia trasciende inmediatamente a la calle y es acogida con grandes demostraciones de júbilo.

—Hemos ganado la primera batalla. ¡Viva la República!

La caída del gobierno de Martínez Barrio se extiende con mayor rapidez aún que la nueva de su constitución, pero con efectos diametralmente opuestos. Las multitudes exteriorizan su júbilo y gentes desconocidas se abrazan en mitad de la calle, cantando a voz en grito himnos revolucionarios. Un grupo de guardias de asalto es vitoreado con entusiasmo en la Puerta del Sol; responden a las aclamaciones de la multitud agitando los fusiles por encima de las cabezas.

—¿Qué le parece todo esto? —pregunta Hermosilla, con quien me encuentro a la puerta de Teléfonos.

—Que se han perdido estúpidamente doce horas preciosas en un intento descabellado, condenado desde el principio al más inevitable de los fracasos.

Es día claro ya cuando en Teléfonos coincidimos la mitad de los redactores de «La Libertad»; también se concentran allí otros muchos informadores de los demás periódicos de la mañana y de la tarde, así como numerosos corresponsales de diarios de provincias y de las agencias internacionales. En la destartalada sala de prensa reina una espantosa barahúnda. Hablamos todos a un tiempo, comentando lo sucedido o haciendo pronósticos para un futuro inmediato; chillan para hacerse entender los que desde las cabinas dan o reciben informaciones; de vez en cuando, alguno que llega corriendo de la calle o que abre violentamente la puerta de una de las cabinas, anuncia alguna noticia sensacional:

—En el centro de Barcelona se está librando una batalla encarnizada.

—Un tabor de Regulares acaba de desembarcar en Cádiz.

—¡Media Málaga está ardiendo…!

—Los obreros atacan a las tropas que declaraban el estado de sitio en Zaragoza.

—En Valladolid, los militares dominan la situación.

Alguien recuerda entonces que de Oviedo partió anoche un tren lleno de mineros que acudían en defensa de Madrid. ¿Qué habrá sido de ellos?

— Pasaron antes de estallar la rebelión. Dicen que están en Avila y dentro de dos horas…

La noticia sensacional de un minuto se olvida al siguiente, relegada a segundo plano por otra más alarmante o esperanzadora. Es posible que no todas sean ciertas, pero no hay tiempo ni ocasión de comprobar el origen y veracidad de ninguna. En cualquier caso, no ofrece la más remota duda que se lucha en media España en el amanecer de este decisivo domingo de julio. En Madrid todavía no han comenzado a dialogar fusiles y ametralladoras, pero no tardarán en hacerlo porque la mayor parte de la guarnición está ya sublevada.

—Dicen que en la Montaña están Fanjul y en Campamento García de la Herranz al frente de los soldados.

Resulta perfectamente viable, aunque toda comprobación inmediata y directa resulta imposible. Fanjul ha sido diputado derechista por Cuenca en varias legislaturas y García de la Herranz es un antiguo ayudante de Sanjurjo, condenado por su participación en el movimiento del 10 de agosto.

La amplitud del movimiento insurrecional y el dominio por parte de los sublevados de buena parte del territorio nacional hace que cunda el pesimismo entre los periodistas republicanos que andan por Teléfonos. Hermosilla, Lezama y Haro no comparten el júbilo popular que acoge la dimisión de Martínez Barrio, porque ven muy amenazador y negro el porvenir inmediato del régimen.

¿Quién puede suceder con alguna posibilidad de éxito al presidente de las Cortes?

—Un gobierno decidido a defender la República por todos los medios a su alcance, respaldado por el pueblo y apoyado por las organizaciones obreras.

Acogen la idea con marcado escepticismo. La solución llegará demasiado tarde. Pudo ser eficaz en la tarde del 17 de julio, no en la mañana del 19. En dos días los políticos republicanos no han hecho nada a derechas, mientras la rebelión iba extendiéndose por toda la geografía nacional.

—Ya domina en Marruecos, Canarias, Navarra, Andalucía y Castilla la Vieja. Si triunfa en Zaragoza y Barcelona, todo estará perdido.

—En Barcelona fracasará —afirmo, convencido.

Gestos de escepticismo y sonrisas melancólicas acogen mis palabras. Todos tienen muy presente lo sucedido en 1934. Un batallón de infantería y tres piezas de artillería fueron suficientes para obligar a rendirse a la Generalidad, mientras tiraban las armas y huían sin combatir escamots y rabassaires. Ahora no será un solo batallón, sino varios regimientos completos, los que intervengan en la lucha mandados por jefes decididos y enérgicos.

—Inevitablemente, volverá a repetirse lo del 6 de octubre.

—¿Olvidáis que ahora la C. N. T. participa en la contienda?

Ninguno de mis oyentes ignora que la Confederación agrupa a la inmensa mayoría del proletariado catalán; tampoco que, perseguida sañudamente por Dencás y Badía, se abstuvo de intervenir en la rebelión de 1934. Pero, aun admitiendo que los sindicalistas son gente decidida que se dejará matar antes de entregarse.

—No tienen nada que hacer frente a unas tropas disciplinarias y provistas de armamento moderno.

Discrepo, pero no consigo que nadie comparta mi parecer. Entre los periodistas que ahora llenan Teléfonos hay muchos republicanos, no pocos socialistas y algún comunista; ninguno de ellos admite que los anarcosindicalistas —individualistas, indisciplinados y un poco caóticos— puedan ser factor decisivo en la batalla empeñada. Ni siquiera en Barcelona.

—En dos horas, los militares serán dueños absolutos de la población.

Es día claro ya, pero nadie piensa marcharse a dormir. En la sala de prensa de Teléfonos no disminuye la animación, ni los gritos y las discusiones en torno a cada una de las noticias que van llegando como un alud ininterrumpido. Entre ellas se recibe la nueva de la constitución apresurada de un nuevo gobierno, el último de la República quizá.

—Lo preside Giral y cuenta con el apoyo y colaboración de todos los partidos del Frente Popular.

La noticia no produce la menor sorpresa, porque era lógico esperar algo por el estilo luego del rotundo fracaso de Martínez Barrio. El doctor Giral, catedrático y decano de la Facultad de Farmacia, es un prestigioso hombre de ciencia, pero un político grisáceo y borroso. Republicano histórico, nadie duda de su lealtad al régimen, de su honradez y de su decisión. Como contrapartida, carece de la popularidad e incluso de la personalidad de Prieto, Largo Caballero, Azaña o Martínez Barrio, acaso porque no es orador de mitin ni polemista parlamentario. Ha sido ministro varias veces, sin sobresalir demasiado en ninguna.

—¿Giral? —preguntan muchos con un leve encogimiento de hombros—. ¿Y qué puede hacer el pobre Giral a estas alturas?

—Continuar la lucha resueltamente en defensa del régimen, apoyarse en las masas trabajadoras, armar al pueblo y licenciar a los soldados en filas.

Son medidas revolucionarias, las únicas adecuadas para hacer frente a una situación desesperada; las mismas que anoche reclamaban a voces los manifestantes de la Puerta del Sol y que Largo Caballero lleva meses enteros pidiendo inútilmente. No cabe duda de que serán acogidas con agrado por todos los que votaron el 16 de febrero al Frente Popular Pero ¿llegarán a tiempo? ¿No es ya demasiado tarde para intentar nada eficaz?

—Todo depende de Barcelona; allí se juega en estos momentos el futuro de España.

Avanza lentamente la mañana. Vencidos por el sueño y el cansancio, algunos periodistas duermen echados de bruces sobre las mesas de Teléfonos, en medio de la algarabía, de los gritos y los comentarios con que sus compañeros reciben cada nueva noticia que les llega de los acontecimientos que con rapidez vertiginosa se están desarrollando en la mayor parte de España. Todos estamos destrozados físicamente, agotados por un día prácticamente interminable, que para nosotros empezó en la noche del anterior domingo y no sabemos cuándo ni cómo terminará. Pero si en las jornadas precedentes apenas hemos pegado los párpados, menos podemos hacerlo en la mañana de este 19 de julio, en que la lucha, esperada y temida a un tiempo, alcanza ya su máxima virulencia y se ventila a balazo limpio en mitad de las calles el destino de cada uno y el porvenir de la nación.

Tomamos café una y otra vez; nos lavamos repetidamente la cara, como recurso para ahuyentar el sueño que nos invade y logramos permanecer despiertos y en pie. En un momento de calma, en que la recepción de noticias sufre una ligera interrupción, me asomo al amplio ventanal de Teléfonos, desde el que se domina la Puerta del Sol y el primer trozo de la calle Alcalá.

Aunque las bocas del «metro» siguen despidiendo repetidas oleadas de gentes que acuden procedentes de Vallecas, las Ventas y Cuatro Caminos, en la gran plaza va disminuyendo el inmenso gentío que la ha llenado por completo desde la tarde anterior Siguiendo instrucciones que los delegados de las distintas organizaciones transmiten de grupo en grupo, millares de trabajadores armados de cualquier manera marchan a tomar posiciones en las entradas de Madrid o las cercanías de los cuarteles. De la cercana plaza de Pontejos salen con igual dirección varios camiones de asalto provistos de ametralladoras. Al pasar entre la multitud los guardias son aclamados con entusiasmo y contestan a los vítores agitando las armas que empuñan por encima de las cabezas.

—¿Y si hablásemos con Pozas?

El general Pozas, Inspector General de la Guardia Civil hasta esta madrugada, es ahora nuevo titular de Gobernación. Durante los dos últimos días, cuando todo el mundo parecía haber perdido la cabeza en el Ministerio de la Puerta del Sol, supo conservar la sangre fría y la calma, actuando en todo momento con dinamismo y eficacia. Tiene que ser por fuerza quien mejor enterado esté de cuanto sucede, que no en balde permanece en constante comunicación con las distintas comandancias de la Guardia civil, luchando desesperadamente por impedir que se propague una subversión que ya alcanza a las tres cuartas partes de las provincias españolas. Prácticamente, Pozas es el único que ha sabido estar en su puesto en una hora trágica, mientras a su lado se hundían tanto el ministro don Juan Moles como todos sus colaboradores, empezando por Alonso Mallol, director general de Seguridad.

Falta bastante aún para la hora en que el ministro suele recibir a los informadores; además, ni esta tarde se publican periódicos, por ser domingo, ni antes del mediodía de mañana aparecerá otra publicación que la «Hoja Oficial del Lunes». No obstante, lo excepcional de las circunstancias aconseja que intentemos entrevistarle cuanto antes y somos muchos los informadores políticos que, abandonando Teléfonos, cruzamos la Puerta del Sol para encaminar nuestros pasos al Ministerio.

Al penetrar en el edificio advertimos un cambio sustancial en la atmósfera que se respira. No es sólo que se hayan redoblado las precauciones y numerosos guardias estén apostados en las entradas del caserón, en la escalera y en los balcones que dan a la Puerta del Sol — en algunos de los cuales se han instalado ametralladoras que cubren la enorme plaza—, sino que ha desaparecido por completo el aire de vencimiento y pesimismo de cuantos se mueven y trabajan en las distintas dependencias. A diferencia de la tarde anterior, todo el mundo parece darse cuenta exacta de la gravedad extrema de la situación y de la necesidad de multiplicarse para lograr superarla.

La impresión se confirma plenamente cuando conseguimos hablar unos momentos con el nuevo ministro. Don Sebastián Pozas es un hombre de mediana estatura, corpulento, que ha superado la cincuentena y a quien el paso de los años llena de canas la cabeza y de arrugas la frente. Tiene los ojos enrojecidos por la falta de sueño y un gesto claro de cansancio en el semblante. Resulta lógico y comprensible, porque lleva varias noches sin dormir, pendiente de teléfonos y teletipos a través de los cuales transmite constantes órdenes e instrucciones a los gobernadores civiles y a las fuerzas de seguridad, asalto, Guardia Civil y policía. Recién posesionado de la cartera, en horas trágicas en que se pelea con sangriento encarnizamiento en toda España, no puede dedicarnos mucho tiempo. Tampoco entrar en ‘detalles minuciosos de lo que ocurre en cada ciudad donde ha comenzado la lucha. Pero sí darnos, y resulta suficiente por el momento, una visión de conjunto de la situación planteada. No peca del incomprensible optimismo de que Ossorio Tafall alardeaba veinticuatro horas antes en el mismo lugar; tiene conocimiento pleno y exacto de la gravedad del trance y se expresa sin eufemismos ni ilusiones engañosas.

—La situación es gravísima, desde luego —reconoce—. Sin embargo, y aunque se ha perdido un tiempo precioso en dos días de lamentables inhibiciones y desconciertos, todavía no está todo definitivamente perdido.

Aunque la contienda habrá de ser difícil y costosa, cabe la posibilidad de superar en un plazo relativamente corto los peligros que amenazan al régimen. No niega —acaso porque sería pueril intentarlo a estas alturas— que los sublevados son dueños de todo Marruecos, donde al parecer se encuentra desde primera hora de la mañana el general Franco, hasta ayer comandante general de Canarías; tampoco que en la zona del Protectorado disponen los militares alzados en armas de fuerzas de choque tan aguerridas y eficientes como la Legión y los Regulares, que el general conoce perfectamente por haberlos mandado durante las campañas del Rif y Yebela.

—Pero que dispongan de quince o veinte mil hombres perfectamente armados en Marruecos no quiere decir que puedan emplearlos de manera inmediata en combatirnos en la Península.

La distancia de Ceuta a Tarifa no sobrepasa los veinte kilómetros y entre anoche y esta mañana ha sido franqueada por dos tabores marroquíes que lograron desembarcar en Algeciras y Cádiz. Como contrapartida esperanzadora confirma algo que ya circula por Teléfonos como simple rumor: que los tres destructores mandados el viernes contra Melilla y que ayer se creía sumados al movimiento insurreccional se han puesto hace unas horas a las órdenes del Gobierno republicano, luego de imponerse la marinería a los oficiales sublevados.

Y lo mismo sucede con el «Churruca», que esta misma mañana condujo a Cádiz un grupo de Regulares y que en estos momentos está en el Estrecho al servicio de la República y dispuesto a impedir el paso de ningún transporte rebelde.

Es la noticia más sensacional, precisamente por no contar nadie con ella, y que modifica de manera sustancial la situación planteada. En efecto, salvo Casares y alguno de sus corifeos, ningún sector del Frente Popular —y mucho menos las organizaciones obreras— confiaban en que los sublevados de Africa tropezasen con dificultad alguna en el transporte de sus tropas a la Península. Todo el mundo pensaba, conforme proclamaba anteayer a gritos en los pasillos del Congreso el comandante Ristori —que como marino parecía estar perfectamente enterado—, que la escuadra secundaria unánime y entusiasta el movimiento. Ahora vemos que no es así; quizá no sea la única sorpresa que recibamos en estos días. Son tantos los factores que intervienen en la contienda que ahora se inicia, que nadie puede estar seguro de tomarlos todos en cuenta para predecir con posibilidades de acierto el desarrollo de la lucha durante las próximas horas.

—Probablemente —indico—, será decisivo lo que ocurra en Barcelona.

Pero de Barcelona, Pozas no habla una sola palabra. Es posible que carezca de noticias directas o que no juzgue conveniente divulgar las que tiene. Pone fin al breve diálogo con los informadores alegando, probablemente con razón sobrada, que ya nos ha concedido más tiempo del que puede disponer en estos momentos. Tornamos, pues, a Teléfonos un poco contrariados por la carencia de informes sobre lo que está sucediendo en la ciudad condal. Los periodistas que continúan en Teléfonos están igual o peor que nosotros. No son muchas las noticias que tienen y aún cabe en lo posible que algunas de ellas no guarden el más remoto parecido con la verdad auténtica. Hay no obstante, un hecho evidente: que, a diferencia de lo sucedido en 1934, los militares no triunfan en un abrir y cerrar de ojos y sin encontrar prácticamente resistencia. Hoy llevan ya cinco o seis horas luchando encarnizadamente, deben haber sufrido centenares de bajas y no parecen tener la victoria al alcance de sus manos. Si las tropas salidas de los cuarteles consiguieron llegar al centro de la población —los combates más duros parecen librarse en la misma plaza de Cataluña—, distan mucho de haber aplastado la eficaz resistencia de republicanos y sindicalistas.

— Es muy importante que las emisoras de radio continúen en manos de la Generalidad. Cuando los militares no las utilizan ya, como hizo Queipo en Sevilla ayer, es porque las cosas no les van nada bien.

De la noche a la mañana la radio se ha convertido en el más eficaz y valioso instrumento de propaganda. Tiene sobre los periódicos la inmensa ventaja de una mayor rapidez y de poder llegar a todas partes, saltando, sin que haya modo de impedirlo, por encima de las líneas que delimitan las zonas en que empiezan a repartirse España los dos grandes bandos en pugna. Aun descontando que haya mucho de exagerado y parcial en las noticias contradictorias y las consabidas arengas que lanzan a los cuatro vientos las emisoras barcelonesas, el simple hecho de que los sublevados no las controlen a las varias horas de haber declarado el estado de guerra constituye un síntoma en extremo alarmante para sus partidarios.

Paralelamente llegan a Teléfonos en estos momentos dos noticias del propio Madrid. La primera es que a la estación del Norte acaba de llegar un tren de mineros salido la tarde anterior de Oviedo y que ha pasado por León, Palencia y Valladolid —donde en estos momentos los militares son dueños de la situación— antes de producirse el levantamiento. (Aunque acaso sería más exacto decir que el movimiento no se inició en dichas capitales hasta que los mineros asturianos hubieran continuado su viaje con rumbo a la capital.) La segunda es que se ha producido en las calles madrileñas el primer choque armado y caído las primeras víctimas.

—En Torrijos ha habido cuatro muertos y bastantes heridos. Un grupo socialista se dio de cara con otro falangista y unos y otros echaron mano a las pistolas.

La contienda sólo dura un par de minutos; cuando un camión de asalto acude con toda rapidez atraído por el estruendo de los disparos, sólo quedan tendidos en tierra los que han sido alcanzados por los balazos. Pero nadie se hace ilusiones de ningún género. A este primer choque no tardarán en seguir otros cien veces más encarnizados y sangrientos.

De la Puerta del Sol nos llega en este momento un clamoreo ensordecedor de gritos y aplausos. Al asomarnos al ventanal vemos que avanzan despacio por el centro, entre una masa humana que les vitorea con entusiasmo, unos cuantos camiones ocupados por hombres que empuñan fusiles y pistolas y saludan con el puño cerrado a la muchedumbre que les aclama. Son los mineros asturianos que acaban de llegar a Madrid y cuya presencia en el centro de la capital constituye una inyección de fe y optimismo para los trabajadores.

—¡U.H.P…! —gritan a voz en cuello con un ritmo monótono y obsesionante—. ¡U.H.P.!

Millares de gargantas les hacen coro. Los primeros asturianos gozan de un prestigio casi mítico después de la revolución de octubre. Para los campesinos castellanos o los obreros industriales de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla son los adelantados de la revolución, los luchadores esforzados, capaces de imponerse a todos sus enemigos a fuerza de explosiones de dinamita. Que estén ahora en la Puerta del Sol constituye la más sólida garantía de que el enemigo no pasará.

Salgo de Teléfonos cuando ya los camiones con los mineros se alejan por la calle de Alcalá en medio del tableteo de los aplausos. En la misma puerta encuentro a alguien que acude en mi busca. Es Pedro Orobón, miembro del Comité Regional de Defensa confederal, que quiere saber qué noticias tengo de Valladolid, donde reside su familia. No puedo decirle mucho más de lo que ya sabe: que el movimiento parece haber triunfado en la ciudad castellana, pese a que los obreros han declarado la huelga general y se defienden a tiros en la Casa del Pueblo y en los talleres de la estación. Orobón, por su parte, me informa de algo que aún desconozco. Varios de los militantes de la C.N.T. detenidos con motivo de la huelga de la construcción han salido hace una hora de la Cárcel Modelo.

—David Antona está ahora en Gobernación hablando con Pozas para exigir la libertad inmediata de todos los compañeros que continúan encerrados.

Me interesa hablar con él y lo consigo diez minutos después cuando sale de su entrevista con el ministro. David Antona —albañil, treinta y dos años, hombre de fuerte complexión, aire decidido, mandíbula voluntariosa y palabra fácil —es el secretario del Comité Nacional de la Confederación Nacional del Trabajo, que ha de jugar —que está jugando ya especialmente en Barcelona— un papel decisivo en la lucha entablada en la mayor parte de España.

—He dicho a Pozas que si no salían esta misma mañana los compañeros que siguen presos, asaltábamos la cárcel. Delante de mí ha dado por teléfono orden de que los suelten. Espero que ya estén todos en la calle, empezando por Mera y Mora.

—¿Qué sabes de Barcelona?

—Que la C.N.T. aplastará en pocas horas a los sublevados.

Aunque habla con aire convencido, expresa más un deseo que una realidad tangible. En efecto, aunque ha procurado ponerse en contacto con la regional catalana de la Confederación en las pocas horas que lleva en libertad, no ha conseguido una información detallada y concreta de lo que está sucediendo en las calles de la ciudad condal. No obstante, Antona argumenta con rapidez y acierto precisando las razones de su optimismo.

—Tanto los militares como el Gobierno han hecho todo lo posible por perder la partida empeñada. Ni unos ni otros pudieron hacerlo peor.

De sublevarse por sorpresa un mes antes —y no cuando tras los asesinatos de Castillo y Calvo Sotelo todo el mundo esperaba que lo hicieran de un momento a otro—, el triunfo del alzamiento hubiera resultado mucho más fácil, incluso si el día 17 los comprometidos se lanzan en todas partes a la ocupación de los puntos estratégicos del país, los defensores del régimen no habrían podido reaccionar con la necesaria rapidez y energía.

—Al escalonar su acción los sublevados, levantándose unas guarniciones mientras otras permanecen a la expectativa encerradas en los cuarteles, han dado tiempo sobrado para el Gobierno, de proceder con decisión y fuerza, hubiese podido aplastarles.

Por desgracia, la acción del Gobierno ha sido todavía más torpe y vacilante que la de sus enemigos. Pudo anticiparse a éstos, deteniendo a todos sus jefes —cuyos nombres eran del dominio público—, y desarticular el movimiento. Más tarde, al sublevarse la guarnición de Melilla, pudo armar al pueblo, licenciar a los soldados, conminar a la rendición a los dudosos y acometer sin mayores tardanzas el asalto de los cuarteles que se resistieran. No hizo nada de esto, sin embargo, perdiendo un tiempo precioso en titubeos, discusiones bizantinas y torpes maniobras condenadas de antemano a un rotundo fracaso.

—Casares Quiroga y Martínez Barrio —afirma Antona— pasarán a la historia como los enterradores de la República.
—Entonces —inquiero sorprendido—, ¿das por seguro el triunfo de los sublevados?

Mi interlocutor alza la voz para responder con una negativa indignada y rotunda. Además de los militares y del Gobierno republicano, hay un tercer factor —fundamental para él— en el sangriento drama que empieza a vivir España. Es, naturalmente, el proletariado revolucionario del que muchos han hablado de sobra en los meses precedentes, pero al que nadie ha tomado verdaderamente en serio. Casares lo ha estado utilizando como un fantasma para amedrentar a terratenientes y capitalistas; las derechas como pretexto en la preparación y justificación anticipada de la necesidad ineludible del movimiento.

—Pero ni unos ni otros creían de verdad en su fuerza ni contaban con que el pueblo auténtico tuviese nada que decir, y menos que decidir, en sus disputas.

Los tres días perdidos estúpidamente por los gobernantes republicanos y desperdiciados asimismo de manera incomprensible por los militares —que repiten tácticas y procedimientos de los cuartelazos clásicos del siglo XIX, olvidando que estamos en el XX—, han permitido a los trabajadores movilizarse para la lucha y contra la voluntad expresa y manifiesta de Azaña, Casares y Martínez Barrio hacerse con las armas precisas para combatir eficazmente.

—Van a luchar desde luego; lo están haciendo ya en Barcelona y otros cien lugares distintos. ¡Pero que no se llame nadie a engaño! Si los obreros están arriesgando sus vidas, si la perderán muchos en el transcurso de la contienda que ahora se inicia, no será, naturalmente, para defender intereses ajenos, sino sus propios ideales de trabajadores revolucionarios.

Fogoso orador de masas, Antona se exalta al hablar. No expresa una simple opinión personal, desde luego, sino que expone los puntos de vista de una organización que enrola a más de un millón de obreros y cuyo Comité Nacional preside en esta hora decisiva para el proletariado español.

—La lucha será empeñada y cruenta. Pero los trabajadores seguirán adelante sin contar sus muertos y no dejarán que nadie les arrebate el fruto de la victoria. Cuando la lucha acabe, todo habrá cambiado de manera radical en España, terminando para siempre con la explotación, el hambre y la injusticia.

Cruzamos la plaza del Callao, en cuyas esquinas vigilan grupos de obreros armados con fusiles y pistolas, que detienen y registran los automóviles que suben o bajan por la Gran Vía. Allá abajo, en la plaza de España, grupos mucho más nutridos levantan barricadas y miran con hostilidad y recelo en dirección al cuartel de la Montaña.

—¿Estarán sublevados ya?

—Oficialmente, todavía no. En realidad, lo están desde el viernes.

Resulta extraño y desconcertante que unos militares levantados contra el Gobierno permanezcan más de cuarenta y ocho horas encerrados en los cuarteles sin lanzarse a la calle.

—Creo que cometen una grave equivocación —dice Antona—. Anteayer, incluso ayer mismo, pudieron apoderarse del centro de Madrid por sorpresa y casi sin lucha. Hoy domingo ya les resultaría mucho más difícil y mañana les será totalmente imposible.

Sólo con la mentalidad decimonónica de un conspirador clásico español se comprende esta actitud. Es la misma de los «espadones» progresistas o moderados del siglo pasado, que una vez pronunciados creían innecesario combatir porque estaban seguros de que todo el país compartía su manera de pensar y sentir. Como la nación entera estaba a su lado, el solo hecho de pronunciarse, de dar el grito, resultaba más que suficiente para que sus enemigos huyeran amedrentados sin atreverse a disputarles el botín del poder.

—Cabe otra explicación —arguyo—. La de que, convencidos de que el Gobierno ha concentrado en Madrid todas sus fuerzas, consideren precisa la llegada de refuerzos para dar la batalla en la capital de la nación con alguna posibilidad de victoria.

Que no sea cierto, conforme comprobamos todos ahora, no excluye naturalmente que los elementos militares puedan suponerlo por anticipado. Es una medida elemental de precaución y sólo la incomprensible ceguera de Casares Quiroga —desafiando a gritos a todos sus adversarios sin preocuparse de tener a su lado las fuerzas precisas para aplastarles en el caso de que recojan su guante— hace posible esta realidad tan increíble como desconcertante.

Un enorme gentío llena por completo la calle de la Luna. Abundan los individuos armados, pero son mucho más numerosos los que esperan con impaciencia una pistola o un fusil con que poder participar en la lucha inminente. Trabajosamente nos abrimos paso para llegar al portal del edificio donde tiene su sede los sindicatos madrileños. De pronto un grito repetido por cientos de gargantas anuncia el acontecimiento esperado:

—¡Ahí vienen…!

Los que vienen son los presos confederales que acaban de ser puestos en libertad. Llegan en los coches que han ido a recogerles a la puerta de la Cárcel Modelo y de los que salen materialmente en volandas. Abrazados, estrujados más bien por sus compañeros, González Marín, Cipriano Mera, Julio, Verardini, Cecilio, Villanueva, López y medio centenar de militantes más detenidos por la huelga de la construcción.

—¡Uf! —gruñe Villanueva—. Ya temía que nos dejaran encerrados hasta que los fascistas fueran a liquidarnos.

—¿Qué sabes de Barcelona? —pregunta Mera apenas me ve, sin duda por creerme mejor informado.

Respondo con la verdad. Sé prácticamente lo mismo que todos. En Barcelona se está combatiendo con encarnizamiento porque, a diferencia de Madrid, los militares se han lanzado a la calle, llegando hasta el centro mismo de la población. Según las encendidas arengas que constantemente trasmite Radio Associació de Catalunya, la rebelión debe estar a punto de ser vencida. Sin embargo, es posible que los locutores catalanes exageren los éxitos propios y disimulen u oculten los adversarios. En cualquier forma, el hecho indudable de que a las seis o siete horas de haber comenzado la lucha emisoras de radio continúan en manos y al servicio de la Generalidad, ya constituye el mejor de los síntomas.

—Desde luego —añado— no se repite lo sucedido en octubre, porque ahora los trabajadores combaten en primera línea. Sin embargo, la pelota sigue en el tejado y nadie sabe de que lado caerá.

—Yo sí —me interrumpe Isabelo Romero, que llega presuroso, abriéndose paso por entre el grupo que nos rodea—. ¡Del nuestro! Antes del anochecer, la C.N.T será dueña de Barcelona.

Precipitadamente explica el fundamento de sus afirmaciones. Merced a los compañeros de la Telefónica ha conseguido hablar hace unos minutos con el Comité Regional de Cataluña, con Marianet concretamente, que estaba exaltado, eufórico y radiante.

—Se está luchando en todas partes, pero la pelea se inclina ya del lado confederal. En la avenida de Icaria, cerca de la Barceloneta, los compañeros del puerto se lanzaron sobre un regimiento de artillería, y utilizando como parapetos móviles las bobinas de papel de periódicos depositadas en uno de los muelles, lograron apoderarse de varios cañones.

Algo de esto ha dicho ya la radio barcelonesa, aunque en Teléfonos, donde se comentó la noticia, todo el mundo la ponía en cuarentena. Ahora la noticia parece confirmada. Ni el secretario de la regional catalana de la C.N.T. es un fabulista ni mentiría hablando en estos momentos con el secretario confederal del Centro.

—Seguro que no ha exagerado —insiste Isabelo cuando se lo digo—. Estaba contento y alborozado porque las cosas van mucho mejor de lo que todos esperábamos.

Cuando regreso a Teléfonos, luego de comer a toda prisa en una taberna de la calle de la Luna, el optimismo de Isabelo Romero tiene plena confirmación. No se trata de que en cualquier otro punto de Barcelona los obreros hayan derrotado a sus enemigos alzados en armas, sino de algo que tiene mucho mayor alcance y trascendencia. Tanta, que en un primer instante me resisto a admitir su veracidad.

—¿No será un bulo más? —inquiero, desconfiado.

—¡Ni pensarlo! Tras anunciarlo desde Barcelona, acaba de ser confirmado por el propio Pozas.

Se trata, naturalmente, de la actitud de la Guardia Civil. Nadie hasta este momento ha confiado demasiado en su lealtad a la República. Por el contrario, son varias las provincias en que no sólo ha secundado el levantamiento, sino que lo ha encabezado. Durante toda la mañana los civiles barceloneses —más de dos mil hombres en total— se han mantenido neutrales, encerrados en sus cuarteles. Ahora, de pronto, aparecen en las calles, peleando al lado de las autoridades republicanas.

—Eso basta y sobra para decidir la contienda —afirma un periodista.

—Discrepo —le contradice otro—. Acaso la Guardia Civil se haya decidido, precisamente, porque la lucha está ya decidida.

Sea como sea y por lo que sea, la resolución de la Guardia Civil aumenta considerablemente las posibilidades de triunfo izquierdista en Barcelona, aunque todavía se continúa peleando con dureza en cien puntos distintos de la ciudad condal y nadie puede predecir cuándo acabará el trágico dialogar de fusiles y ametralladoras. Mientras envueltos en el bochorno de la tarde estival aguardábamos impacientes noticias de lo que sucede en el resto de España, se impone una pregunta inquietante:

—¿Qué pasa con la Guardia Civil de Madrid?

Un poco por encima se puede calcular que en la capital de España hay en este momento entre tres mil y tres mil quinientos guardias civiles. Profesionales y veteranos en su totalidad, perfectamente armados, con una disciplina férrea, buenos jefes y un entrenamiento adecuando, constituyen una fuerza combatiente de primera magnitud. Lo malo es que ninguno de los que estamos en Teléfonos podemos asegurar nada concreto y firme acerca de su actitud.

—El ministro de la Gobernación —asegura Hermosilla, que acompañado de Lezama acaban de hablar con Riquelme— tiene plena confianza en su lealtad al régimen.

Lo dice sin demasiada convicción; probablemente con la misma íntima desconfianza con que hace unos minutos se lo ha dicho Riquelme. Es comprensible y lógico que Pozas, que hasta esta madrugada fue Inspector General de la Guardia Civil, lo crea, aunque acaso, y luego de lo sucedido en diversas provincias durante las últimas horas, lo diga únicamente! para evitar alarmas. Pero una cosa es lo que crea o diga el ministro, y otra muy distinta la realidad. Y la realidad es que en las cuarenta y ocho horas transcurridas desde que se inició la lucha en Marruecos, los civiles han desaparecido de las calles para concentrarse en sus cuarteles.

—¿Acuartelados por el Gobierno? ¡Ni pensarlo! Si Pozas confiase en la Guardia Civil como dice, la utilizaría en las calles o en vigilar los cuarteles, como hace con los de asalto.

Es cierto, no obstante, que los cuarteles madrileños de la Guardia Civil ni se han sumado abiertamente a la rebelión ni parecen inclinados a hacerlo; de una manera inmediata cuando menos. La impresión general de cuantos nos hallamos en Teléfonos en estos momentos es que, luchando entre sus simpatías ideológicas y la promesa empeñada de fidelidad al régimen, tratan de mantenerse un poco al margen de la lucha iniciada, guardando una aparente y difícil neutralidad que —como demuestra lo sucedido en Barcelona— puede romperse en un sentido o en otro en el momento más inesperado.

—Por si acaso, hay grupos armados y guardias de asalto vigilantes en las cercanías de sus cuarteles.

Hoy es domingo y mañana sólo saldrá por la mañana la «Hoja del Lunes». Lógicamente en esta jornada estival debiéramos descansar tranquilamente la inmensa mayoría de los periodistas. Dudo mucho, sin embargo, que ninguno lo haga. Ahora mismo, Teléfonos está más concurrido que nunca con redactores de todos los diarios madrileños y corresponsales de los de provincias, con muchas de las cuales están totalmente interrumpidas las comunicaciones. Es inútil pretender hablar con cualquier punto de España, aunque nunca se sabe si es el Gobiemo o son los sublevados quienes han interceptado las líneas. Como consecuencia lógica, aunque se habla mucho y se discute con el lógico apasionamiento, son más los rumores de imposible confirmación que las noticias exactas, y las opiniones personales que los hechos concretos y confirmados. Todos estamos sudorosos, cansados, rotos por dos días de insoportable tensión y de escaso dormir en medio de un calor asfixiante.

—¡Ya empezó, muchachos! —grita uno que habla por teléfono en una de las cabinas—. ¡En el cuartel de la Montaña ha comenzado el «tomate»!

No ha terminado de hablar cuando muchos estamos en la calle, ansiosos por comprobar personal y directamente la veracidad de la noticia. Ignacio Barrado tiene un coche ante el bar Flor con el motor en marcha y un gran letrero que dice «Prensa» en el parabrisas. Un minuto después marchamos por la calle de Arenal. Al desembocar en la plaza de Oriente, unos guardias nos dejan pasar, pero nos detienen a los pocos pasos un grupo de obreros armados, en mangas de camisa y con un pañuelo rojo anudado en torno al brazo derecho.

—¡Salud, camaradas! —dicen apenas indicamos quiénes somos y adónde vamos—. ¡Pero cuidado, porque los tíos de la Montaña están zumbando de firme!

Señalan con un gesto expresivo en dirección al cuartel. Exageran o el combate ha concluido con la misma rapidez que debió iniciarse. Se oyen, sí, muy espaciados, algunos disparos; pero no el estrépito y fragor de la batalla que desencadenará la salida de los militares o el asalto de quienes los cercan. No ha ocurrido nada de esto, en efecto, como comprobamos dos minutos después en la plaza de España.

Numerosos guardias de asalto vigilan tercerola en mano en las esquinas o descansan en sus camionetas o en los jardines que rodean el monumento a Cervantes y al Quijote. Muchos obreros trabajan afanosos levantando los adoquines de las calzadas-para formar barricadas. Enfilando la calle de Ferraz, dando cara al cuartel de la Montaña, dos carros blindados de asalto con las ametralladoras enfiladas al reducto adversario. Centenares de trabajadores, armados con fusiles o pistolas, o con las manos vacías en espera de conquistar un arma, van de un lado para otro, toman posiciones tras las improvisadas barricadas o forman grandes corrillos. Desde el comienzo de la calle Ferraz, vemos algunos guardias y milicianos parapetados tras los árboles en torno a la estatua del general Casasola y ante la iglesia de los Carmelitas y al fondo la masa imponente de la Montaña, con las puertas cerradas y algunas ametralladoras emplazadas. Todo está preparado y dispuesto para iniciar la batalla; pero la batalla no ha comenzado aún.

El comandante Burillo —alto, delgado, con grandes bigotes un tanto pasados de moda, pero que constituyen el rasgo más característico de su fisonomía— charla con unos oficiales de asalto, rodeado por un nutrido grupo de curiosos junto al jardín de Caballerizas, en el arranque mismo de la cuesta de San Vicente. Le conocemos tanto corno él nos conoce a nosotros, pues casi todos los días le vemos en Gobernación e incluso en el Congreso. Sus primeras palabras son para confirmar nuestra impresión al llegar a la plaza de España. El combate encarnizado que todos damos por descontado que habrá de librarse allí, no ha comenzado en contra de cuanto pudiera suponerse diez minutos antes en Teléfonos.

—Están dentro, sublevados evidentemente —afirma—, pero no dispararán de momento si no los atacamos.

El reciente tiroteo que ha sembrado la alarma en medio Madrid y que justifica tanto su presencia como la nuestra en las proximidades del cuartel, no ha sido un intento de salida y menos aún un ataque a fondo de las fuerzas gubernamentales y obreras. Una camioneta, procedente de la Playa de Madrid y llena de trabajadores, fue atacada al pasar cerca del cuartel. Alguien disparó contra el vehículo una ráfaga de ametralladora y hubo dos muertos y diez o doce heridos. Como respuesta al ataque, los guardias apostados en el paseo de Rosales y las bocacalles próximas contestaron a tiros y se entabló una breve y sangrienta pelea en la que han debido resultar víctimas por las dos partes. Al final, y luego de recogidos los muertos y heridos, se ha restablecido, como comprobamos, la calma.

—No puede ser muy duradera, naturalmente —afirma Burillo—. Si antes del amanecer no se han rendido, tendremos que asaltar el cuartel con todas sus consecuencias.

Parece que los sublevados en la Montaña —regimientos de Infantería números 31 y de Zapadores número 1, además del Batallón de Alumbrado, aparte de varios centenares de oficiales retirados que se han presentado en el cuartel y doscientos o trescientos paisanos monárquicos y falangistas— no se consideran con fuerzas suficientes para iniciar por si solos la salida y tratar de ocupar el centro de la ciudad. Esperan que vengan a reforzarles columnas militares procedentes de otras provincias y esencialmente de los cantones que rodean Madrid, con los que han estado en comunicación constante hasta hace pocas horas.

—Es inconcebible —añade Burillo, pero hasta hace poco funcionaban con toda normalidad las líneas telefónicas entre los diversos cuarteles sublevados ya o a punto de sublevarse. Al final las hemos cortado. Por lo que algunos han dicho por fragmentos de conversaciones telefónicas, se sabe que los encerrados en la Montaña reclaman ayuda urgente del resto de los cuarteles madrileños. De no recibirla —y será muy difícil que la reciban—, tienen el proyecto de continuar como hasta ahora, faltos de fuerzas para realizar con éxito una salida.

—Pero tendrán que salir muy pronto —concluye Burillo—, por las buenas o por las malas. Les dejaremos unas horas para que se convenzan de que nada tienen que hacer. Pero si por la mañana no se han entregado, les aplastaremos sin consideraciones de ningún género.

En vista de la calma reinante, Burillo se vuelve rápido al cuartel de Pontejos. Nosotros damos una vuelta en torno a la Montaña. No podemos ir, naturalmente, por la calle de Ferraz, porque desde el cuartel tirotean a quien se aventura por ella. Lo hacemos por la de Mendizábal, que corre paralela, separada de la primera treinta o cuarenta metros. En las esquinas de Ventura Rodríguez y Luisa Fernanda, grupos de milicianos, reforzados por guardias de asalto, vigilan tras las improvisadas barricadas. Mirando hacia arriba podemos ver en los balcones de los pisos altos y en algunas terrazas parapetos rudimentarios, por encima de los cuales asoman los cañones de varios fusiles que apuntan a la impresionante mole del cercano cuartel.

Por la calle de Quintana bajamos hasta el paseo de Rosales. Estamos a medio centenar de metros de la parte trasera de la Montaña. Se repite aquí el espectáculo de la plaza de España y el comienzo de la calle Ferraz. Aunque menos numerosos, también abundan los guardias parapetados, tercerola en mano, tras los troncos de los árboles y los milicianos que amontonan las sillas metálicas para protegerse de los posibles disparos. Una camioneta, acribillada a balazos, aparece abandonada muy cerca de la entrada del batallón de Alumbrado, protegida por sacos terreros por sobre los cuales asoman amenazadoras las bocas de los fusiles.

—Es la camioneta de la Playa —indica un guardia, que abandonando la protección de uno de los troncos avanza hacia el centro de la calzada—. Mataron a varios de sus. ocupantes, pero no tardarán en pagarlo caro.

Formamos un grupo a medio centenar de metros de los muros del cuartel. Desde dentro, desde las ventanas —algunas de las cuales aparecen protegidas por gruesas pacas de paja—, pueden vernos perfectamente. Mientras charlamos en torno a la suerte corrida por los ocupantes de la furgoneta, aumenta el número de los que nos rodean. Un poco maquinalmente, sin darnos cuenta exacta del posible peligro, avanzamos unos pasos en dirección a la furgoneta; más de uno de los que nos rodean agitan rabiosos las armas que empuñan, fijos los ojos en los muros del cuartel.

De pronto, suenan varios disparos, a los que sigue inmediatamente una ráfaga de ametralladora. Es seguro que no tiren a dar; que pretenden únicamente advertirnos de su presencia e impedir que nos acerquemos. En cualquier caso, las balas pasan silbando por encima de nuestras cabezas. Bastan, sin embargo, para que el grupo se disuelva en un abrir y cerrar de ojos. Se tiran unos al suelo, corren otros a refugiarse en la barricada más próxima o buscar protección tras el tronco de cualquier árbol. Barrado, que por su cojera se ha quedado bastante atrás, me llama desde la esquina de Quintana. Yo vacilo un instante, mientras los guardias y los milicianos de las terrazas y balcones de Rosales disparan a su vez contra los defensores del cuartel.

En cuatro saltos estoy a cubierto junto a la barricada. Advierto entonces que los disparos de la Montaña han cesado; lo advierten también algunos de los que segundos antes se tiraron al suelo y se incorporan ahora. Un sargento de asalto contiene a sus compañeros y a los milicianos que tiran contra el cuartel.

—¡Basta, basta! ¡Estáis malgastando estúpidamente las municiones!

Tiene razón, desde luego. Tras lanzar su primera ráfaga de advertencia al grupo que parecía aproximarse, los militares han dejado de disparar Las voces enérgicas del sargento de asalto consiguen que quienes nos rodean en este momento hagan lo mismo, convencidos de la inutilidad de proseguir el fuego.

—Es una treta de esos. —masculla rabioso el sargento—. Como saben que andamos escasos de la munición que a ellos les sobra…

Es cierto, desde luego; si ayer y hoy se han repartido cinco o seis mil fusiles entre los trabajadores madrileños —quedan otros treinta o cuarenta mil más, cuyos cerrojos se guardan en la Montaña—, apenas si a cada miliciano han podido entregársele arriba de tres o cuatro peines. De caer en la trampa de sus enemigos y contestar con un fuego graneado a cualquier agresión o disparo suelto de los sitiados en la Montaña, se quedarán sin municiones antes de que llegue a iniciarse en serio el asalto.

—Mira con lo que tengo que luchar yo —dice García Pradas, a quien encuentro en la plaza de España, y que se ha apeado un momento de un automóvil con grandes letreros «CNT-FAI», pintados en blanco sobre el negro de la carrocería—. Creí que en el Comité de Defensa me proporcionarían algo mejor, y si me descuido, me quitan esto.

«Esto» es una escopeta de caza de dos cañones; es nueva, posiblemente sin estrenar aún, será magnífica para tirar a los conejos o a los pájaros, pero no es lo más apropiado para luchar contra los cuarteles. La escopeta es el botín que mi interlocutor logró en el asalto de una armería. Lleva más de veinticuatro horas deseando cambiarla por otra arma más efectiva; se lo ha pedido a centenares de compañeros y no ha tenido el menor éxito.

—Ha habido fusiles para los socialistas, los comunistas e incluso los republicanos, que son cuatro gatos; en cambio, a la C.N.T. se los niegan sistemáticamente.

De mediana estatura y fuerte complexión, José García Pradas, ha sido compañero mío durante años en la redacción de «La Tierra». Más tarde, cuando el periódico desaparece víctima de la hostilidad de los gobernantes del segundo bienio, abandona la pluma para subir a un andamio y trabajar como obrero de la construcción. Vive en el puente de Segovia y forma parte de los grupos confederales de defensa.

—Todos los compañeros —añade—, están en la calle dispuestos a dejarse matar antes de que triunfen los fascistas. Somos más de dos mil; pero, entre todos, no tenemos ni cincuenta fusiles.

El barrio de que habla es el que al otro lado del Manzanares se extiende a lo largo de la carretera de Extremadura, bordeando las tapias de la Casa de Campo. Es el camino más corto y recto para alcanzar los cuarteles de Campamento y el aeródromo de Cuatro Vientos. Constituye, por ello, un punto de valor decisivo en la contienda que Madrid se apresta a librar; que, con toda seguridad, comenzará dentro de unas horas.

—Cipriano está allí, naturalmente —agrega al subir de nuevo al coche en unión de otros cuatro individuos para reanudar la marcha—. ¡Ah, también tu hermano Angel!

No me sorprende en lo más mínimo. Cipriano Mera vive en el puente de Segovia, y es lógico que apenas recobrada su libertad, haya vuelto para luchar con sus vecinos. También mi hermano, criado en el mismo barrio, donde preside un club de atletismo, resulta natural que ande por allí. Máxime cuando Mangada organiza unos batallones en la Casa de Campo y Angel es muy amigo suyo, desde que recientemente hizo el servicio militar bajo su mando, precisamente en la época en que el teniente coronel, luego de un ruidoso incidente, fue desposeído del mando y recluido en prisiones militares.

Un momento pensamos Barrado y yo marchar al puente de Segovia —adonde se puede llegar en menos de cinco minutos—, para ver las medidas de precaución tomadas para impedir que las fuerzas acuarteladas —sublevadas —en Campamento puedan avanzar sobre Madrid. Lo impide una noticia que alborozadamente nos da un miliciano socialista, que asegura haberla oído momentos antes por la radio.

Los sublevados de Barcelona han sido aplastados. Hace una hora que se rindieron todos en la plaza de Cataluña.

Puede ser verdad, y varios que se acercan al grupo que formamos en la plaza de España la ratifican con una seguridad impresionante. Yo quisiera creerles, pero me cuesta trabajo admitir que sea verdad. Lo mismo le pasa a Barrado, y decidimos volver cuanto antes a Teléfonos para averiguar lo que haya de cierto.

Cuando minutos después estamos de nuevo en la destartalada sala de prensa de la antigua central telefónica, una sola mirada basta para advertir cambios sustanciales con el aspecto que mostraba una hora antes. Es posible que ahora haya más gente, más excitada y vociferante que nunca; pero son menos, evidentemente, los periodistas profesionales y, entre ellos, son muy escasos los pertenecientes a los diarios derechistas.

—A enemigo que huye —responde Barrado cuando se lo hago notar—, puente de oro más que de plata.

Entre los que continúan en Teléfonos — de izquierdas en su casi totalidad—, reina un desbordante optimismo. Tanto, que en un principio doy por descontado que la noticia dada por el miliciano socialista sea cierta y la lucha haya concluido en Barcelona con un triunfo completo.

—Todavía no —dice Eduardo Castro en mangas de camisa. sudoroso, con cara de cansancio, que sentado ante un receptor de radio parece mirarle hipnotizado, bebiéndose las palabras de los distintos locutores —, pero tardará muy poco.

Los soldados sublevados que luchaban en el centro de Barcelona —plaza de Cataluña, Universidad y Paralelo—, se han rendido en las últimas horas y los anti-fascistas han hecho centenares de prisioneros. Sin embargo, aún resisten algunos núcleos, la capitanía general y el cuartel de Atarazanas entre ellos.

—Capitanía, donde aseguran que se encuentra el general Goded, está siendo cañoneada, y milicianos y guardias se preparan para tomarla por asalto; posiblemente tardará poco en caer; pero todavía no ha caído.

Del resto de España, las noticias son mucho menos satisfactorias. Se lucha en la mitad, como mínimo, de las capitales de provincias, y la pelea se muestra desfavorable para las fuerzas republicanas. El Movimiento parece imponerse en todo León y la mayor parte de Castilla la Vieja, en Aragón, Cáceres y algunas ciudades andaluzas y gallegas, aparte, claro está, de toda la zona marroquí, Navarra, las Canarias y las Baleares, donde ha triunfado sin tropezar con ninguna resistencia seria. Nada de esto puede sorprendernos, porque lo damos por descontado, no sólo desde ayer, sino desde antes incluso que se produjera el primer alzamiento melillense. Hay, en cambio, algo nuevo que produce auténtico estupor: Oviedo. ¿Cómo es posible que el coronel Aranda, a quien muchos juzgaban republicano entusiasta y del que se llegó a hablar hace dos meses como futuro director general de Seguridad, se haya adueñado de la ciudad en un golpe de audacia? ¿Cómo se dejaron engañar los líderes mineros que ayer mismo enviaron un tren con centenares de luchadores obreros en ayuda de Madrid, convencidos de que en Asturias nada intentarían los militares?

— Bueno —concede Hermosilla, que, como todos los periodistas madrileños y millones de españoles de todas las profesiones, va inquieto y afanoso de un lado para otro en busca de las últimas noticias—. No creo que después de lo ocurrido con Cabanellas y Queipo pueda sorprendernos nada.

Desde que nos vimos unas horas antes, el director de «La Libertad» ha hablado una vez más con el general Riquelme, a quien Casares tenía un poco apartado por razones difíciles de explicar y comprender Desde por la mañana parece que Riquelme, con un grupo reducido de jefes y oficiales de toda confianza, está trabajando en Guerra con eficacia y dinamismo, organizando la resistencia contra el alzamiento reaccionario.

—¿Qué tal el nuevo ministro?

El nombramiento de Castelló —un general poco menos que desconocido, gobernador militar de Badajoz hasta hace unas horas—, constituyó de madrugada una sorpresa para todos. Su designación se atribuye, por unos, a su pretendida afiliación a la masonería; por otros, a su energía para hacer abortar el movimiento militar en la ciudad extremeña, y por algunos, a su parentesco con un diputado socialista, Vidarte. La verdad parece ser que Giral le designó luego de que ningún otro militar de su graduación —ni siquiera Miaja, Masquelet o Riquelme—, quisieron aceptar la cartera en momentos tan trágicos.

—Creo que es un hombre nervioso, exaltado, un poco desequilibrado; pero de cuya lealtad nadie tiene la más ligera duda.

Bajamos a la calle para ver si un café bien cargado nos despeja un poco. Todos llevamos cuarenta y ocho horas sin acostarnos y apenas podemos mantener los ojos abiertos. Es ya noche cerrada y grupos armados, apostados en todas las esquinas, detienen los coches y exigen la documentación a sus ocupantes. Tanto los guardias como los improvisados milicianos dan claras muestras de excitación y nerviosismo. Muchos, tienen los fusiles o las pistolas en posición de disparar y advierto que en los automóviles que circulan va un individuo de pie en el estribo, mirando receloso en todas las direcciones y con un arma en la mano derecha, mientras con la izquierda se sujeta a una ventanilla del vehículo.

—¡Nos tiran desde las terrazas y balcones altos! —explican los ocupantes de un coche con las iniciales de la U.G.T pintadas en blanco en la carrocería—. Así se han cargado ya a un puñado de los nuestros. ¡Pero como cojamos a uno de esos cabrones, no tendrá tiempo para arrepentirse!

Cruzando la Puerta del Sol entramos en el viejo café de Levante. En el fondo, como todas las tardes, tienen su habitual tertulia un grupo de veteranos periodistas. Pese a las circunstancias que vive España —acaso por ello mismo—, la tertulia está más concurrida que nunca. Aparte de los periodistas —Ezequiel Endériz, Víctor Gabirondo, Avecilla, Paredes, Tamayo, etc.—, hay varios músicos, amigos o simples conocidos. Hablan y discuten con la acostumbrada vivacidad, aunque, como siempre, Endériz parece llevar la voz cantante. Sin embargo, todos callan y se hace un profundo silencio cuando el aparato de radio, que en el mostrador tienen puesto a todo volumen, anuncia la transmisión de alguna noticia.

No son muchas ni distintas a las que circulan por Teléfonos las que se comentan en la tertulia. Pese a que dos de sus integrantes forman parte de la redacción de la «Hoja del Lunes» —único periódico que se publicará mañana—, y uno de ellos se ha pasado la tarde en el ministerio de la Gobernación, hablando en varios momentos con Pozas, no pueden añadir nada sensacional, ni siquiera interesante, a lo que ya sabemos. Maquinalmente, una vez que he tomado el café, reclinado en el cómodo aunque excesivamente caluroso diván, cierro un momento los ojos. Sin darme cuenta, me invade un profundo sopor, y por unos minutos pierdo incluso la noción de dónde me encuentro.

Un repentino clamoreo en que se mezclan vivas, aplausos y gritos ininteligibles, me arranca de la somnolencia y abro desconcertado los ojos. Asombrado, contemplo el cuadro inesperado y asombroso que ofrece ahora el café, tan distinto al de pocos minutos antes. Todo el mundo está en pie, gritando y alborotando; muchos se abrazan, mientras otros tiran al aire los sombreros o las chaquetas e incluso tres o cuatro bailan subidos encima de las mesas de mármol. Hasta las peripatéticas de Aduana, Paz o Jardines —más numerosas que nunca en el café, acaso porque en esta tarde dominical su trabajo ha sufrido una radical disminución—, exteriorizan en forma inequívoca su ruidoso júbilo. Un instante creo seguir dormido y soñando, tan difícil resulta admitir lo que creo estar viendo; pero al siguiente he de convencerme de que estoy completamente despierto.

—¿Qué diablos pasa? —pregunto una y otra vez sin conseguir de momento que nadie me responda, ni siquiera me oiga en medio de la jaula de locos en que se ha transformado el café. En vista de ello cojo de un brazo a Endériz y le grito casi en el oído: ¿Qué ocurre?

Un momento me mira con aire estupefacto; luego, recordando sin duda que medio minuto antes me ha visto dormitar en el diván, sonríe y contesta:

—¡Casi nada, muchacho! ¡Que Goded ha caído prisionero en Barcelona y hablando por radio acaba de reconocer su derrota y pedir a todos los facciosos que se entreguen…!

Me sorprende oírlo; no que Goded haya caído prisionero, cosa que cabía esperar ya que se encontraba en Capitanía y quienes cercaban el edificio se disponían a tomarlo por asalto; sí que haya hablado por radio y sobre todas las cosas que haya pedido a los militares alzados en armas que abandonen la lucha. Voy a formular nuevas preguntas cuando los que se amontonan junto al mostrador, en torno al aparato de radio, reclaman imperativamente silencio:

—¡Callarse, callarse. ! ¡Van a repetir la noticia…!

En el enorme café se hace un completo silencio. Cesan en el acto los gritos, los vivas y las conversaciones. Todos aguzamos el oído y llegan con perfecta claridad a nuestros oídos las palabras del locutor anunciando que el general Goded, jefe del Movimiento militar en Barcelona, que acaba de ser hecho prisionero, va a dirigir la palabra a todos los españoles. Un segundo después una voz serena, impregnada de profunda tristeza, dice, dirigiéndose evidentemente a sus compañeros:

—La suerte me ha sido adversa y he caído prisionero; si queréis evitar derramamientos de sangre, quedáis desligados del compromiso que teníais conmigo.

Sigue después una corta alocución del presidente de la Generalidad. La voz de Companys, jubilosa y emocionada a un tiempo, anuncia en catalán que la rebelión ha sido vencida en la ciudad condal y tras un cálido elogio a las fuerzas de orden público y a las masas populares que han aplastado la intentona concluye con un doble vitor:

—¡Visca Catalunya! ¡Visca la República…!

Centenares de voces responden entusiasmadas a los vivas del presidente de la Generalidad. Sin dejarme arrastrar por el júbilo de quienes me rodean, yo abrigo una importante duda. Conozco perfectamente a Companys, con quien he hablado personalmente en innumerables ocasiones, y no cabe la más remota duda de que la voz escuchada es la suya. Pero ¿es también auténtica la voz de Goded o se trata de una habilidad propagandística?

—¡Ni pensarlo…! —niega rotundo Endériz—. ¡Conozco a Goded desde Marruecos y tengo la seguridad absoluta que no se trata de ningún truco!

Quiero creerle, pero me queda un resto de duda pese a que varios de los que nos rodean apoyan rotundos las afirmaciones de Endériz. Todavía estamos discutiendo cuando Eduardo Castro, que corrió a Gobernación apenas se anuncio la sensacional nueva, afirma que Pozas en persona la ha confirmado. Con un suspiro de satis- facción y cansancio, añade:

—¡Al fin, creo que esta noche podremos dormir unas horas!

Pero las palabras de Castro expresan más una esperanza que una realidad. Aunque la lucha haya concluido triunfalmente en Barcelona, todavía se sigue combatiendo en media España y no es de creer que las frases de Goded basten para hacer desistir de su empeño a los militares sublevados. Ni siquiera en Madrid, donde los tiroteos callejeros parecen intensificarse a medida que avanza la noche.

Al volver a Teléfonos encuentro la escena que cabe esperar por anticipado. Todo el mundo está jubiloso y optimista y no pocos dan por totalmente aplastado el alzamiento, voluntariamente olvidado, que a estas horas ha triunfado en muchos puntos de España. Sólo una minoría reconoce y proclama que la contienda no ha hecho más que comenzar y que el resultado continúa siendo peligrosamente incierto.

Yo pienso como la minoría, pero no tengo fuerzas ni ánimos —el cansancio, el calor y el sueño me tienen destrozado— para enzarzarme ahora en pueriles discusiones. Me interesa mucho más el papel jugado por la C. N. T. en los sucesos de Barcelona, donde los militantes anarcosindicalistas han sido factor decisivo en la victoria alcanzada y abandono la antigua central telefónica de la calle Alcalá para dirigirse una vez más hacia la calle de la Luna. En la puerta encuentro a Isabelo Romero que acude en mi busca. Ha oído la noticia mientras volvía de Vicálvaro donde ha pasado unas horas agitadas y dramáticas y quiere que se la confirme. Lo hago, mientras en el automóvil que le ha traído hasta aquí — y en el que van otros tres compañeros armados— nos dirigimos a la sede madrileña de la organización confederal. Le alegra comprobar que la noticia es cierta y que la lucha está decidida en Barcelona; pero que lo esté en Barcelona, no quiere decir que esté resuelta en los demás sitios, especialmente en Madrid.

—Aquí tendremos que pelear duro dentro de unas horas y no sé si ni aun lanzándonos todos los trabajadores a una lucha a vida o muerte lograremos vencerlos.

Lleva cuarenta y ocho horas largas yendo de un lado para otro, repartiendo armas, organizando grupos de choque, comprobando la situación en las diversas barriadas y los alrededores de los cuarteles. Aunque no todos están sublevados y en muchos de los que lo están son escasos los efectivos, siempre serán doce o catorce mil hombres perfectamente armados y disciplinados, parapetados en sólidos edificios de fácil defensa, los que se opondrán a los trabajadores antifascistas, sin contar que la Guardia Civil —que sigue vacilante— puede sumarse en cualquier instante al movimiento.

—Vengo ahora de Vicálvaro. Allí trataban de sublevarse algunos oficiales del Regimiento de Artillería, pero entre los militares republicanos y los soldados, que son todos de la U. G. T y la C.N.T., han frustrado la intentona y mañana habrá cañones para las fuerzas antifascistas.

Espera que no sea el único cuartel que no haga armas contra el pueblo. Los compañeros de Leganés y Getafe, parece que con la colaboración y ayuda de republicanos, socialistas y comunistas lograrán que las tropas que guarnecen dichos cantones no participen en la rebelión. Tampoco en los cuarteles del Pacífico cuenta con muchos simpatizantes la intentona derechista.

—El peligro está en la Montaña y Campamento, y la Guardia Civil que puede atacamos en cualquier momento. Pero si nos adelantamos a todos y asaltamos los cuarteles antes de que salgan, ganaremos en unas horas la partida empeñada.

Las calles adyacentes a la plaza del Callao rebosan de gente. Una serie de camiones, apresuradamente semiblindados con unas simples chapas de hierro por el Sindicato Metalúrgico, esperan alineados en la Gran Vía el momento de partir hacia los lugares de lucha, en cada camión hay quince o veinte hombres armados de cualquier manera y algunos sin annas de ninguna clase. Deben llevar allí largo rato ya y mientras unos cuantos vigilan, muchos se han tumbado en su interior a descabezar un sueño intranquilo y nervioso. Numerosos coches, ocupados por grupos de todas las barriadas, van y vuelven de la calle de la Luna de recibir instrucciones del Comité de Defensa y en todas las esquinas a cuerpo limpio o protegidos por incipientes barricadas, centinelas piden la documentación y cachean a quienes no pueden mostrar un carnet sindical o de cualquier partido político de izquierdas.

En una de las habitaciones del primer piso, Val, embutido en un mono azul, con un pistolón al cinto, con ojos de no dormir en muchas horas, con aire de cansancio y la cara empapada en sudor, se inclina sobre un plano grande de Madrid y va señalando el lugar en que deben actuar a la mañana siguiente los compañeros de las distintas barriadas.

—Los del puente de Toledo deben subir hacia Carabanchel y Campamento; los de Usera y Villaverde, preparados para acudir a Getafe si la cosa no se arregla y si se soluciona sin lucha, subir a Campamento; los de Cuatro Caminos y Tetuán deben bajar al centro y los de Vallecas y el Sur.

En la secretaría del Comité Nacional encuentro a Antonio Moreno. David Antona está en estos momentos en el ministerio de la Guerra cambiando impresiones con los militares leales a la República acerca del asalto a los cuarteles rebeldes de Madrid y poniéndose de acuerdo con republicanos, socialistas y comunistas acerca de la colaboración entre todas las fuerzas izquierdistas y obreras. Quiero hablar con él y lo consigo tras una espera relativamente breve. 

—Apenas amanezca —dice Antona en cuanto me ve—, atacaremos los reductos facciosos y en pocas horas quedará totalmente resuelta la situación en Madrid.

Aparte de las fuerzas de asalto y de algunos militares republicanos, los asaltantes contarán con la ayuda de la republicanos, los asaltantes contarán con la ayuda de la aviación. Los aeródromos militares de Getafe y Cuatro Vientos están en manos de elementos de absoluta confianza. De tanta como Díaz Sandino, que hoy, luego de asegurarse el dominio del Prat de Llobregat, ha contribuido al triunfo barcelonés. Satisfecho, David añade algunas noticias esperanzadoras.

El teniente coronel Ortiz domina la base de Los Alcázares y acaso esto contribuya a que parte de la escuadra, sublevada por los oficiales de marina ayer mismo, haya encerrado a los rebeldes, poniéndose de nuevo a disposición del Gobierno.

Por su voluntad, que es la de todos los militantes de Madrid, el ataque a los cuarteles comenzaría sin la menor demora. No obstante, los militares republicanos y socialistas prefieren aplazar unas horas el asalto, esperando que los rebeldes, en vista de que no acude nadie en su auxilio y del fracaso de Barcelona, depongan las armas.

—Es una pérdida lastimosa de tiempo —comenta Antona malhumorado—, porque saben la suerte que les espera y no se rendirá ninguno. De cualquier forma...

—¿Qué?

— Antes del mediodía de mañana lunes se habrá repetido en Madrid lo sucedido hoy en Barcelona.


Eduardo de Guzmán
"La muerte de la esperanza", 1973
Primera parte: Nuestro día más largo (Así comenzó la Guerra de España)

















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