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1577. La abuela Canuta




Era de un pueblo próximo a Madrid. La detuvieron y la condenaron porque no pudieron atrapar a su hijo, luchador de siempre y que logró pasar a Francia con nuestro Ejército. Tenía más de setenta años, de pelo canoso, bajita, con la cara curtida aunque algo pálida por el encierro. Pañuelo a la cabeza, saya, blusa y varios refajos.

Aquella noche, cuando me escapé, como cada noche, pasé a despedirme de la amiga a quien llamaban "la madre de las penadas" Matilde Landa, la encontré con la cara tensa, aunque más pálida y con los rasgos tensos y con los ojos con una expresión de tristeza contenida. Comprendí que había "saca" (sacar hacia la muerte).

Las compañeras que trabajaban en la oficina de la prisión se las arreglaban para avisarlas. Solo pregunté. ¿Quién? Con la barbilla me señaló a la abuela, dormía en la celda que estaba enfrente. En aquel momento, con el petate extendido, la mujer se iba a despojar de sus ropas. Nos miramos aterradas. ¿Qué iba a pasar cuando se la llevaran? La mujer volvió la cabeza y yo sonreí, supongo que con una sonrisa torpe. "Que hija: ¿A despedirte de las penadas?" "Si abuela, a darles las buenas noches." "Hasta mañana." "Hasta mañana."

Pasé la noche en blanco, a mi lado, en el petate inmediato, tenía una chiquilla con su madre condenada a muerte, a su padre ya le habían fusilado, estaba como siempre, con los ojos abiertos y el corazón en tensión. El silencio de las noches tristes se fue extendiendo, era un silencio espeso, duro, único, un silencio audible lleno de odio, miedo, impotencia. Ni un grito de rebeldía, nada.

Por la mañana volé a la galería; la mujer había estado tan serena, tan firme, que no hubo ni un grito. Se vistió lenta y segura. La funcionaria, nerviosa ante el silencio y los ojos llenos de expresión de las mujeres, quiso meterle prisa, la respuesta, tan clara como llena de desprecio, fue: "Espere, ¡no ve que me estoy amortajando en vida!"

Se despidió de todas y ya desde la puerta de la galería se volvió para decir: "Y para esto le he rezado yo tanto a San Antonio; ya no le rezo más."


Tomasa Cuevas
Presas. Mujeres en las cárceles franquistas



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