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1567. Vida y muerte de Ramón Acín IV

Ramón Acín en la redacción de El Diario de Huesca / Museo de Huesca



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Ramón Acín con Bel, Samblancat, Maurín y yo formamos en el Alto Aragón desde 1915 a 1920 una guerrilla con todas las características de alianza antifascista. Gil Bel tenía la responsabilidad de una publicación republicana en Zaragoza y yo le decía siempre:

- Déjate de eso. Lo único es Bakunin.

Y me confiaba todo el espacio libre que yo quería para escribir artículos bakunianos cien por cien. Dentro del republicanismo de estado llano, sobre todo en la rama federal que no quería cargos hubo siempre en Aragón hombres enteros y dignos, de verdadero espíritu libre, el mismo del Pi y Margall traductor de Proudhon, aunque no fuera el mismo de Pi y Margall gobernante con sus represiones tan bien reflejadas por nuestro inolvidable Anselmo Lorenzo, haciendo la critica anarquista de Pi y Margall sin confusiones ni equívocos y situando aquella figura federal en el lugar que le corresponde.

Los directores de la política republicana aragonesa no estaban conformes con Bakunin. Tampoco lo estaban, naturalmente, conmigo. Pero Gil Bel sí, y dio un salto tremendo desde la dirección de aquella revista -que por cierto representaba en Aragón la tendencia autonomista antilerrouxista- al inmenso horizonte libertario.

Maurín era entonces muy joven y seguía con precisión las alternativas de la política. Gil Bel, Samblancat y él editaron una revista en Huesca, que se titulaba “Talión”. ¡Ojo por ojo, diente por diente! Ramón Acín y yo estábamos poco quietos. Yo andaba entonces saltando fronteras y Acín también. A ratos escribía yo en el “Sol” unos artículos bakunianos muy modosos, pero firmes, haciendo una labor disimulada con léxico enfocado contra la propiedad, a la que desahuciaba perentoriamente, después de ponerla, con razón, como no lo hablan dueñas.

Maurín salto desde su republicanismo algo marcelinista y algo victorhuguesco a la organización confederal, de la que fue militante, como Gil Bel, desde las primeras horas que siguieron al Congreso de Sans del 18. Samblancat estaba en el Sinaí de sus truenos costistas y pegaba muchas palizas a la caciquearía, que en Aragón tenía un aire insufriblemente sonriente, pero virulento en los hechos.

- Bakunin, Bakunin - decía yo siempre con una cachaza enteramente baturra.

Acín y yo éramos de Bakunin, y no rebajábamos ni un ápice. Pero Ramón tenía una virtud persuasiva capaz de desentumecer un obispo. Se enfrento casualmente en cierta ocasión en Huesca con uno de los más entrometidos obispos y le empezó a hablar de la santidad de Bakunin con palabras enteras y firmes. El obispo no sabía nada de Bakunin y quedó deslumbrado al conocer a un santo completamente nuevo para él. Enterado el prelado días después por un jesuita de quien era Bakunin, profesó desde entonces a Acín un odio completamente episcopal.

Recuerdo el relato que me hizo el propio Acín de su entrevista con el prelado, entrevista debida al azar.

- “Tenía el obispo fama de santo, pero era tan gordo como una cuba y no había manera de identificar a tan sesudo varón con la santidad, incompatible ésta con los noventa kilos. Me habló del padre Vicent, una especie de “manager” de los obispos organizadores de los sindicatos católicos y le dije que aquel padre Vicent era un cruzado sin cruz... Una santidad de noventa kilos como la del obispo creyó que yo hablaba del cruzado sin cruz en tono irreverente y me dijo que los descreídos éramos unos bromistas, que nos zafábamos de la discusión con una frase ingeniosa, pero que sentíamos resistencia a enfrentarnos con problemas serios. Yo repliqué entonces muy serio que ninguna culpa tenía el jesuita Vicent de que los obispos poco serios lo tomaran en serio cuando el mismo Vicent no se tomaba en serio al hablar y escribir contra la anarquía sin saber lo que era, demostrando con ello una desesperante falta de seriedad. Le cité libros de Vicent y añadí que se puede estar en contra o en pro de las ideas anarquistas pero sabiendo lo que son... Entonces fue el prelado el que empezó a bromear y yo corte repentinamente el diálogo con aquel mastuerzo lo suficiente torpe, ignorante y plebeyo para ser obispo.”

Este era Acín. Iban acusándose en su rostro los trazos gruesos. Eh la estrechez alargada de su faz morena apuntaban ya unas patillas ochocentistas. Yo le decía que parecía un guerrillero del tiempo de Espoz y Mina, un contra-bandista de Merimée o un calesero Borrow.

Su delicadeza no la he visto superada por nadie para afrontar discusiones penosas. Desvanecía cordialmente cualquier enojo de buena persona. A las malas personas las desorientaba con una lógica abierta que sabía reírse imperceptiblemente cuando el antagonista iniciaba la retirada como la inicia un atropellaplatos.

Acín tenía una vocación decidida por lo que en el Alto Aragón llaman risalleta. La risalleta es la media risa. Podríamos decir que es la risa pensada, estilizada, aséptica, racionalizada, no insistente en exceso ni malévola como defecto o supervit. Es un pensamiento dibujado, la boca a medio abrir y en los ojos no siempre malignidad. Tenía Acín una grosura labial que con el bigote corto y negro bajo uno de aquellos sombreros de contrabandista gibraltareño que usaba, le hacía parecer como perfecto guerrillero contra la Aduana, contra los civiles, contra los curas y contra los carabineros. El labio grueso destinado a plegarse con suavidad y malicia bondadosa, le hubiera dado a primera vista aire de mozo de estoques, cantador de flamenco o cura disfrazado si Acín no hubiera amenizado su cara con unas patillas doceañistas y un bigote, no recortado como un cineasta, sino, cepilloso, destinado a dar reciedumbre a su estampa.

Era muy distinto físicamente de cualquiera. Su fisonomía no podía olvidarse nunca si se veía una vez. Pero si se le veía apuntar la característica risalleta, se olvidaba mucho menos su figura. Decía las cosas con una mordacidad cordial o con una bondad agresiva, pero al que tenía afecto -no merecido en todos los casos- le dejaba siempre una puerta abierta, una escapatoria, a veces con puente de plata. Era un maestro en procurar salvavidas al antagonista. Cuando no podía lanzar un cabo de socorro padecía, pero en la tempestad dialéctica era rotundo de esa manera viril que no conocen los temperamentos fuertes sin freno, sino los temperamentos ponderados que saben poner en su sitio el punto final, sin exhibirse excesivamente como vencedores.

Conoció el destierro, la cárcel, la aversión de los peores y la soledad por la incomunicación, aun estando acompañado. Pero lo que conoció sobre todo fue la serenidad y el amor irrefrenable a la eficacia. Dedicado a la enseñanza como a una profunda preocupación, sus discípulos pueden decir que no conocía el dogmatismo ni la testarudez. A los testarudos les daba un baño de familiaridad y les hacía ver que la testarudez puede ser un defecto y también una cualidad excelente si se matiza y se hace educada.

-El potro es tozudo- acostumbraba a decir, pero solo mientras tiene un domador tozudo como potro sin domar. Si el potro y el domador no se doman mutuamente, no hay doma posible.

¡Inolvidable Ramón! Cuando las malditas balas falangistas taladraron su cerebro, entraban en una de las mentes más finas de Europa. Cuando la sed de sangre se sació con la sangre de Acín, la inmunda fiera pudo decir que destrozaba una de las vidas más puras, una de las vidas que latían con más decoro y con más esplendidez.


Felipe Aláiz
"Vida y muerte de Ramón Acín"
Ediciones Umbral, París, 1937
(Reproducción de la edición original aparecida en 1937 en Barcelona)


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