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1566. Vida y muerte de Ramón Acín III

Ramón Acín Aquilué (Huesca, 30 de agosto de 1888 - 6 de agosto de 1936), con sus padres




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Vivía España una época que todavía no ha sido bien estudiada. El romanticismo literario era una ráfaga de agonía lenta de vals, no exenta de belleza. Contrastaba con el romanticismo popular, más vivo y efectivo que el escrito. Todavía en las veladas invernales las viejas hablaban de brujerío, bandolerismo generoso, molineras alarconesas, amores contrariados, ruinas, gestas sin cronista y recios caracteres perdidos por los campos y las aldeas. Todavía los veteranos de la última guerra carlista explicaban en el carasol batallas sin nombre. Las batallas de renombre parecían inexplicables para los autores de aquellos relates que habían empuñado las armas sin saber por qué.

Todavía quedaban por los pueblos del Alto Aragón viejos “tornos” de aceite con sus pesadas prensas, su “fogaril” enorme, sus espuertas y sus “torneros” empapados de caldos fuertes sin refinar y sin manosear. Se trillaba con triíllos de pedreña y cuchillas. El pueblo tenía sus héroes, y no les tenía estima si no podía tutearlos. Estos héroes no eran el Cid ni Bernardo del Carpio, sino viejos vaqueros maldicientes que interpretaban como profetas el lúgubre canto de la lechuza, las fases de la luna y la dirección del viento. Para el romanticismo popular, la ronda valía más que la ópera. La ronda despierta y la ópera hace dormir.

En las estancias solariegas, las damiselas cantaban “Las golondrinas” o aquella “Tortolica” de ritmo lento o el vals de “Château Margaux” Era el vals un aire enjaulado: “Bello Danubio Azul”, “Mabel”, “Danzas” húngaras, polonesas de Chopin, mazurcas, “Vals de las Olas”, “El anillo de hierro”, las zarzuelas nietas de Barbieri, “La Oración de una Virgen”, “E1 ensueño de un Ángel”. Y evocaciones coloniales armonizando con loros coloniales supervivientes, mantones de Manila, cigarreras de bambú o de sándalo, cornucopias isabelinas, retratos descoloridos...

En aquella época nació a la vida una conciencia tan vital y matizada como la de Ramón Acín. Se extinguían las guerras coloniales con merecidas derrotas y surgió como acabada expresión nacional de postrimería y estrechez, el genero chico. Todo era chico, pero los toreros eran califas. Hasta las bailarinas se hicieron sabias y egipciacas para molestar más. Tenía España un rey de bastos y unas cuantas sotas de oros que manejaban a los caballos de espadas y copas. La clase media se incrustaba en los casilleros burocráticos de seis mil reales. Cada pueblo un poco grande tenía general, obispo y beatería acaudalada.


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Pasó la primera juventud. Acín se adentró por la vida. Su medio familiar era el más grato del mundo. Tenía una de esas madres hogareñas con una capacidad de afecto para Ramón que solo comprenderán los que hayan tenido la suerte de prolongar la vida de la madre viviendo doblemente a su lado y guiando los pasos de la ancianidad más venerable: esa ancianidad limpia que abraza al hijo con más solicitud cuando éste vuelve a casa sin maleta tras una salida más o menos quijotesca con los zapatos rotos y el corazón un poco desalentado, pugnando por no endurecerse para los suyos ni ablandarse para el oportunismo de los otros.

La ancianidad de la madre de Ramón, tenía la delicadeza exquisita de no hacer preguntas al recién llegado. En vez de preguntarle nada, le decía como si no se hubiera apartado de su lado:

- Vamos a hacerte aquel guiso que tanto te gusta...

Todo para no provocar la emoción y derivarla hacía un guisote cualquiera. ¡La poesía de las salsas caseras!

Ramón volvía de Granada. Sus amigos llegábamos a saber de él:

- Y, ¿cómo te fue?

- Pintaba, pintaba...

- ¿Decepciones?

- ¡Bah! Si verdaderamente hay decepciones, no tienen importancia. Si no las hay, tampoco.

Llegaba de Granada cargado de platos azules, de marcos hallados en casa de un anticuario, de telas rameadas, de velones.

- ¿Y las tertulias?

- Por todas pasaba y todas pasaban.

Tenía el don seguro de apuntarlo todo como en bosquejo y dejarlo a veces apuntado sólo, pero bueno para el arrastre.

Se insinuaba ante Ramón lo que él llamaba una “teoría eruptiva”, una cosa que le pica al autor hasta que habla, haciendo en el autor la palabra el efecto de rascarse. Entonces Ramón daba la razón al hombre eruptivo; pero empezaba a hacer distingos y poco a poco iba quitando la razón con garbo que no tenía vuelta de hoja. El hombre eruptivo quedaba en estado delicuescente, escandalizado ante su propia conciencia de convencido más que de vencido.

Un día presenté a Acín en Madrid siendo yo redactor de “El Sol” como si Ramón hubiera sido novicio fugado de un convento. Su risa leve, su “tic” nervioso, aquel su gesto tan ágil y tan matizado que se anticipaba cuando opinaba a prevenir al interlocutor como pidiendo permiso para opinar, eran todo lo contrario de lo que hace un novicio que cuelga los hábitos. A primera vista un observador mediano hubiese confundido los dos gestos. A segunda vista, no.


Felipe Aláiz
"Vida y muerte de Ramón Acín"
Ediciones Umbral, París, 1937
(Reproducción de la edición original aparecida en 1937 en Barcelona)


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