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1574. Vida y muerte de Ramón Acín VII

El arte de Acín era personal. No tenía estilo comercial. Tal vez no tenía sus días, sino mas bien sus horas. Hay pintores que trabajan para el cliente, para el modelo, para el crítico o para el corredor de cuadros. Acín trabajaba para recrearse (recrearse, crearse otra vez) y tenía un “primer tiempo” en su producción que la hacía intocable.

De la misma manera que una flor a medio abrir no puede forzarse para que se abra con naturalidad, a marchas forzadas; de la misma manera que no pueden precipitarse las fases de la luna, las obras de Acín no podía ya tocarlas ni el mismo Acín cuando éste había pintado unos minutos con acierto que no siempre tenía, pero gozaba inesperadamente y a menudo en la soledad, hada de múltiples motivos para Acín. Sobrepasaba a los surrealistas en cuadros de humor como aquel “Tren” inolvidable que expuso en Barcelona el año 20 en la desaparecida Sala Dalmau; en aquellos “Marineritos” expuestos también en Barcelona como unos ex votos laicos de carácter tan nuevo y tan atractivo, que las pinturas premeditadas por perfectas que fueran parecían redichas y refritas después de contemplar los “Marineritos”. Pero lo mejor de Acín eran dos retablos bosquejados con una gracia también “intocable”; “Arrieros” y el “Circo”. Viendo las estampas de Barradas de la última etapa, nos acordábamos de Acín, y lo mismo viendo cartones de Goya. Sin embargo, Acín era distinto de todos y distinto un día de lo que era él mismo horas antes.

Los cartones gruesos, la cuerda de empaquetar espelmas, los travesaños de madera, el papel de estraza, la hojalata y el zinc adquirían en sus manos calidades insospechadas. Era muy amigo de no trabajar con las llamadas materias nobles -el marfil, el oro, la plata- porque decía que no se podían tutear. Con metal barato hizo su “Agarrotado”, figura que puede parangonarse con lo más profundamente expresivo salido de manos humanas. Tiene un valor de síntesis y unas dimensiones trágicas que encrespan y sofocan a la vez. Como su “Cristo”, que según el autor, tiene gesto de banderillero con los brazos abiertos para prender los rehiletes en carne de toro. Y tiene Acín unas viñetas de tauromaquia crítica con su moraleja favorable al buey arador que son un prodigio. Las publicó en una revista zaragozana titulada “Claridad” que él y yo planeábamos y no tuvimos ocasión de continuar en 1921, muriendo la revista apenas nacida como tantas publicaciones primerizas: “Aragón”, “Revista de Aragón”, “Floreal”, nobles propósitos que unirían mi nombre al de Acín con un imperdible de afinidad y afecto si hiciera falta la prueba cordial de aquellos sentimientos.

Un día fue Acín a Tarragona con propósito de pasar allí una semana. Estaba yo en Tarragona haciendo un periódico confederal y la policía detuvo a Ramón por haberle visto conmigo. Aquella arbitrariedad me soliviantó y nos fuimos una vez libre él a Huesca. En la “bodegueta” de Jarno improvisamos una cena a base de magras viejas y vino negro. Eran “años de mal en mejor” como decía Acín. Su optimismo intransigente le hacia tan bueno como era y probablemente mas confiado de lo que debió ser.

Recuerdo que al despedirnos a hora avanzada de la madrugada, Ramón lo hizo cantando una copla de ronda oída en una aldea del Somontano:

Mi corazón dice dice
Que se muere, que se muere
Yo le digo, yo le digo
Que se espere, que se espere.

Sano como el cierzo de Aragón, animoso y afectivo como pocos; como pocos digno y ferviente sin manotadas, fue Acín. Era un valor aragonés no cuadriculado en el regionalismo ni en ningún “ismo” exclusivista. Supo mirar cara a cara a la vida. Heroicamente supo mirar cara a cara a la muerte. Tuvieron que matarlo gentes de presa, miserables hienas de manotada impune en el minuto del sacrificio. Y se atrevieron a matar también a su compañera Concha, tan abnegada, tan madre de dos capullos que nacieron y vivieron la niñez junto a sus padres como junto a dos camaradas de confianza y de bondad sin límites.

Se perdieron dos vidas acordes, dos vibraciones que al desaparecer nos han dejado sin dos hermanos en quien confiar. Aquellas balas nos han tocado un poco a los que tanto les queríamos.

Los detalles de aquellos asesinatos no están aún en nuestra seguridad. Sabemos que los asesinos amenazaron de muerte a Concha en presencia auditiva de Acín y que éste se dio a las zarpas enemigas para salvar a su compañera. Ni aún así pudo salvarla de los impactos.

Ramón Acín era un constructor, un auténtico constructor, siempre con iniciativas en acción y preocupaciones en vilo. Sabía atraer a los perversos con bondad y a los torpes haciéndose en ocasiones el torpe para no malograr con la visión de una excesiva diferencia de calidad que podía incrustarse en la retina ajena, el afán de proselitismo limpio y probo.

Murió de pie como el legendario Enjoiras y su vida fue corta, pero llena.

Los que fuimos sus amigos hemos de realizar su pensamiento creando el Museo de los Oficios, inventario popular del trabajo embellecido y de la belleza trabajada y matizada.

Y pensar en él, pensar en el maestro bueno que desconocía el desaliento y la doblez. Acín, en su pensamiento y en su obra, es ya nuestro. Siempre será nuestro. Y el día de la victoria tan nuestro como siempre. Seamos siempre dignos de él.


Felipe Aláiz
"Vida y muerte de Ramón Acín"
Ediciones Umbral, París, 1937
(Reproducción de la edición original aparecida en 1937 en Barcelona)



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