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1631. Cuando los Pingüinos entraron en París





Raúl Monteaguado es licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid y su tesis doctoral, Cuando los Pingúinos entraron en París, se ha reconvertido en novela. Narra la aventura de un miliciano que tras la Guerra cruza la frontera por los Pirineos, recorriendo un periplo desde las playas del sur de Francia hasta entrar en París para liberarla de los Nazis con la famosa "Nueve" Un largo camino por cinco países y dos continentes donde conocerá a personajes como Robert Capa, Ernest Hemingway o De Gaulle, estará al borde de la muerte en cárceles y campos de concentración y se jugará la vida contra el fascismo, experimentando la derrota y el triunfo, la euforia y la decepción. 

Todo un homenaje a los republicanos españoles que formaron La Nueve. Según su autor: «Esta novela relata una de las millones de historias relacionados con nuestro pasado que aún quedan por contar. Representado en ocasiones por el cine, prensa, etc. con un sesgo ideológico en el que se escamotea la versión de aquellos que dejaron su vida en la lucha contra el fascismo, desde las tapias de Badajoz hasta el Hôtel de Ville de París. La Democracia Española ha acumulado desde 1975/78 una gran deuda con la lucha antifranquista y el exilio acallando, a veces bajo tierra en las cunetas de todo el país, un legado que en cualquier país de Europa se encontraría con letras mayúsculas en libros de texto y medios de comunicación de masas».

Para poder editar el libro Raúl Monteagudo necesita la ayuda de todos. Por eso ha lanzado una campaña de crowfunding a través de la página Libros.comQuedan apenas ocho días para colaborar.

Os dejamos un video y el primer capítulo de la novela.


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Al cruzar la frontera

Al cruzar la frontera miré un instante las ramas de los árboles, desnudas de hojas y frutos, con aspecto desvalido y tristón. Estábamos en pleno invierno y la naturaleza se había retirado a la espera de que volviera a salir el sol y la temperatura permitiera que resurgieran nuevas yemas.

La columna avanzaba con parsimonia bajo el gélido aire pirenaico, el cansancio, la falta de alimento, el sueño y la derrota. Aunque ya estábamos a la mitad de la estación invernal, este era el momento en el que la sentíamos con más fuerza. Los cristales de hielo atravesaban nuestra ropa y nuestra piel punzándonos como miles de alfileres.

La larga fila de sombras pardas, grises o negras de soldados, ancianos, hombres, mujeres y niños cabizbajos se distribuía como buenamente podía en las cunetas y tras los cercados esperando a que más soldados, ancianos, hombres, mujeres y niños cabizbajos pasaran delante de sus ojos. Algunos miraban la longitud de aquella serpiente humana que contrastaba con el blanco de la nieve. Los raídos capotes militares sirvieron para que muchos se acomodaran en el suelo, así como para que los niños no sintieran la humedad de la tierra helada. Las madres se aferraban a los bebes y les daban el alimento que ya no manaba de sus pechos. Quien más y quien menos miraba para atrás un instante pensando en el retorno.

A pesar de lo ocurrido no sentía especial pena; estaba aterido y hambriento, y me recorría la rabia y el desánimo, pero no la pena. Quizás, es la misma sensación que cuando uno se da un martillazo, por un rato el dedo deja de doler, incluso hasta de existir, pero después comienza el hormigueo y la profunda desazón por sentirlo reventado.

No sé porqué azar del destino tuve que atravesar la frontera por un paso pirenaico al son del himno de Riego tocado por una banda del ejército. Aquello me parecía una alucinación, igual que los gendarmes gesticulando con los brazos indicándonos en francés con caras de tempano y gesto de pocos amigos, donde depositar los fusiles y demás pertrechos que llevábamos encima. Algunas armas nos las habían dado en la Batalla del Ebro y no tenían más que unos meses; otras eran viejos fusiles de la Guerra Franco-Prusiana cansados de tanto guerrear.

A pesar del celo de los gendarmes, entre las ropas se perdieron infinidad de pistolas y granadas para cuando pudiéramos volver a España.

Tras depositar contra un muro de pizarra todo aquel material, ya nunca más seríamos un ejército, o eso creímos. Por otro lado, tampoco lo habíamos pretendido, aunque los vientos de aquellos años nos empujaron a formar unidades militares con rangos y disciplinas que anteriormente aborrecíamos. Nos dejamos tanto en el camino, que al final tuvimos que posponer y hasta renunciar, sin fecha, a la revolución...


Raúl Monteaguado
Cuando los pinguinos entraron en parís - Capitulo I



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