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1666. Hughes ve en España moros utilizados como peones por los fascistas.





Por otra parte, simpatizantes de color de distintos orígenes ayudan al Ejército Popular; en zonas rurales aún se usan yuntas de bueyes.

Segundo de una serie de artículos semanales escritos especialmente para los periódicos afroamericanos sobre España y la gente de color en España, enviados con fotografías directamente desde el frente de guerra.


Langston Hughes
Madrid

En un viaje por carretera a través de la campiña catalana, nuestro coche pasa por pueblos tan antiguos como los romanos, y hacia el Mediterráneo, brillante y azul como el cielo de la mañana. Al otro lado, Italia; al norte, Francia; y aquí, España. Las tierras latinas. Italia, fascista. Francia, demócrata. España, desgarrada entre el fascismo y la democracia.

¿A qué he venido a España? A escribir para la prensa de color. Yo sabía que España perteneció alguna vez a los moros, un pueblo de color que abarca desde el oscuro claro al blanco oscuro. Ahora los moros han regresado a España con los ejércitos fascistas como carne de cañón de Franco. Pero en el bando republicano hay mucha gente de color de diversos países dentro de las Brigadas Internacionales. Quiero escribir sobre ambos: los moros y la gente de color.

Yo iba sentado cómodamente en el asiento trasero del coche junto al excelente escritor de color Nicolás Guillén, que ha venido de Cuba enviado por la revista Mediodía, de la cual es editor. Nos dirigíamos al sur, hacia Valencia, desde Barcelona, la noche después de un ataque aéreo, contemplando campos de trigo, olivares y naranjales, así como ciudades que habían sido bombardeadas recientemente desde el aire o desde el mar. Y, a medida que contemplaba el trágico y bello paisaje, empecé a recordar las primeras etapas de mi viaje a España.

Llegué de California tras escribir una ópera con Grant Still. Navegué solo en el Aquitania desde Nueva York, pero una vez a bordo me encontré con algunos conocidos. Entre ellos estaba Mary Church-Terrell, de Washington, que viajaba a Londres para dictar una conferencia sobre «Los avances y problemas de las mujeres de color» en la Asamblea Internacional de la World Fellowship of Faith. Me presentó al obispo J. A. Hamlet y a su esposa, de Kansas City, quienes iban a Oxford para asistir a la conferencia mundial del Universal Christian Council, a la que, dijeron, asistirían otros clérigos de color, como el Dr. Mays de la Universidad de Howard, el Dr. King de Gammon, el obispo Ransom y el obispo Kyles.


Muchos de Washington.

Washington, sin duda, estaba bien representada a bordo. La señora de Lorenzo Turner se dirigía a Londres a reunirse con su esposo, el Dr. Turner del Departamento de Inglés de Fisk. La señora Marie B. Schanks, relacionada con el trabajo juvenil del Departamento de Policía del Distrito de Columbia, se iba de vacaciones a Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica con la señora Kathryn Cameron Brown, profesora de Ciencias en Washington, y la señora E. T. Fields de Chatanooga. La señorita Catherine Grigsby, también de la capital, se dirigía a un curso de verano en la Universidad de París.

Todos ellos formaban un amplio grupo representativo de la gente de color. Algunos de ellos viajaban en misiones culturales y cristianas, y otros con fines de estudio o de placer.

Además, otras cuatro personas nos dirigíamos a España: yo mismo, en calidad de escritor; dos muchachos en tercera clase que no informaron de su destino, pero a los cuales encontré más tarde en España —aviadores de una isla del Caribe—; y por último, C. G. Carter, antiguo alumno de la escuela de Medicina de la Universidad de Minnesota.

Este último era la única persona de color entre los miembros de la Novena Unidad Médica de la Agencia Médica Americana de Ayuda a la Democracia Española, que también viajaban en el Aquitania. Los doce miembros de la unidad, con sus elegantes uniformes, resultaron ser un grupo atractivo e interesante.

La Agencia Médica Americana ha enviado a España más de cien médicos y enfermeras, quinientas camas, gran cantidad de material sanitario y más de treinta ambulancias. No se han establecido diferencias de color en la selección de médicos, enfermeras y ayudantes, y al menos una enfermera de color, Salaria Kee, de Harlem, ha venido a España bajo su auspicio. También hay varios conductores de ambulancia que son de color.

Hasta el momento, me parece que no hay médicos de color en España, aunque la Agencia aceptaría gustosa la participación de doctores para trabajar con ellos, según me aseguró el médico encargado de la novena unidad.

Carter, que es natural de Ogden, Utah, llamó bastante la atención en el barco por su uniforme color caqui. Las enfermeras iban ataviadas con unas largas capas de color azul con capuchas. Carter me comentó que le parecía un magnífico grupo y que, a pesar de que una de las enfermeras era del Sur, había demostrado ser una persona espléndida y cordial.

Esta Novena Unidad Médica estaba a cargo del Dr. S. N. Franklin de Milwaukee y compuesta, además del Dr. Franklin, de un radiólogo, un técnico dental, seis enfermeras graduadas, dos conductores de ambulancias y un mecánico. Habían enviado ya cuatro ambulancias, dos camiones y un gran suministro de mantas, sábanas, instrumentos quirúrgicos y alimentos enlatados, así como lavadoras automáticas, secadoras y otros equipos para instalar una lavandería de hospital moderna.

En su unidad participaban dos católicos, así como protestantes y judíos. Iban a España para realizar trabajos humanitarios en el territorio del Gobierno y parecían estar encantados de tener entre ellos a una persona de color como colaboradora. Cuando vi a Carter unas semanas más tarde en España, me contó que había aprendido más en el poco tiempo que había estado en el extranjero que en sus treinta y tantos años en Estados Unidos.

«España es un país magnífico», dijo. «Yo espero que esta gente gane su guerra. Mussolini quiere apoderarse de España igual que hizo con Etiopía, pero tal como es esta gente, no creo que vaya a hacerlo. ¿Quién quiere ser esclavo de Mussolini?».

Aquella mañana soleada, mientras nuestro coche se apresuraba hacia el sur en dirección a Valencia, dejé de recordar el inicio de mi viaje para mirar por la ventanilla y comprendí de pronto, con toda claridad, que el pueblo español no quería ser esclavizado por nadie, nativo ni extranjero.

Saludos de los campesinos.

Cuando pasábamos en el coche por los campos de labranza, los campesinos levantaban los puños cerrados con el saludo del Gobierno. En los muros rotos por los bombardeos fascistas había lemas recién pintados aclamando al Ejército Popular. En los pueblos, los hombres jóvenes se instruían, preparándose para ir al frente.

Los bellos paisajes españoles discurrían frente a nosotros mientras el coche circulaba por la carretera. Es la España que desde hace más de un año ha ocupado las portadas de los periódicos del mundo.

La España de las grandes reuniones a las que había asistido en mi país, con colectas de tres o cuatro mil dólares para alimentos y material médico, así como leche para los niños más pequeños.

La nueva España democrática, cuyas pancartas he visto en las calles principales de ciudades como Denver y Salt Lake City, a las que he ido a dar conferencias. ¡AYUDA PARA LA ESPAÑA REPUBLICANA! ¡LECHE PARA LOS NIÑOS DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA! La España para la que Josephine Baker había danzado en una fiesta benéfica en apoyo de los niños refugiados; y para la que Paul Robeson había cantado en Londres.

También una orquesta de color del Moulin Rouge de París había tocado a su regreso a Francia desde Madrid en honor del Segundo Congreso Internacional de Escritores al que han acudido el escritor franco africano René Maran, el poeta franco antillano Leon Damas y el poeta haitiano Jacques Roumain, además de Nicolás Guillén y de mí mismo, cinco escritores de color, cada uno de un lugar distinto del mundo.

En el último año, personas de color de muchos países han enviado hombres, dinero y solidaridad a España en su lucha contra los ejércitos que han violado Etiopía y que claramente no traen nada bueno a ningún pueblo pobre e indefenso. ¡No sólo los artistas y los escritores con nombres conocidos, los Paul Robesons o René Marans, de fama internacional, sino la gente de color normal, como los que conocí en el club cubano de Barcelona y como Carter, el conductor de ambulancias, o la enfermera del Harlem! Esta es la gente que está en España y sobre la que quiero escribir especialmente.


Interés por los moros.

Naturalmente, también estoy interesado en los moros y en todo lo que pueda descubrir sobre ellos. Tal como suele suceder con las tropas de color al servicio de los imperialistas blancos, los moros han sido colocados en las primeras líneas de la ofensiva de Franco en España y se les mata como a moscas. Han sido traídos a miles desde el Marruecos español, donde los fascistas se adueñaron del poder en los primeros días del levantamiento.

En primer lugar, vinieron a España las unidades regulares de la caballería y la guardia mora, después los reclutas civiles obligados a ingresar en el ejército o engañados por promesas falsas de botines y salarios altos. Cuando llegaron a España, tal como ya han escrito reputados corresponsales de prensa, les pagaban con marcos alemanes sin valor alguno que les dijeron podrían gastar cuando volvieran a África.

Pero la mayoría de los moros no logró sobrevivir para regresar a África. Ahora, en el segundo año de guerra, ya no son las potentes huestes del ejército de Franco. ¡Muchos de ellos han acabado muertos!


¿Y qué hay de los prejuicios?

Lo que yo debía averiguar en España era el efecto —si acaso había alguno— que podía haber causado la llegada de tropas oscuras a Europa en el pueblo español respecto a sus sentimientos raciales. ¿Se habían creado prejuicios y odios en una tierra que no los había conocido hasta entonces? ¿Cuál había sido el trato hacia los prisioneros moros por parte de los republicanos? ¿Son segregados y maltratados? ¿Hay moros en la facción del Gobierno?

Mientras pensaba en estas cosas, nuestro coche disminuyó la velocidad y me di cuenta de que el tráfico se había hecho más denso. Se iban sumaban burros, camiones y carros tirados por bueyes formando largas hileras de nubes de polvo. Coches Ford y bueyes, ¡lo viejo y lo nuevo! Campesinos a lomos de mulas, soldados en enormes camiones americanos. A ambos lados había naranjales hasta donde alcanzaba la vista. Y a lo lejos las altas torres medievales se mezclaban con las estructuras modernas. Nos acercábamos a una ciudad, a una gran ciudad.

«Valencia», dijo el conductor. Valencia, el antiguo puerto marítimo del Mediterráneo y hoy sede del Gobierno español. Había estado allí hacía doce años cuando era marinero en la época en que había un rey en el trono de España. Ahora, es el pueblo el que está en el poder y prevalece la democracia, a pesar de que los ricos, los generales y los antiguos amigos del rey están tratando de aplastarla y han contratado a Franco para volver a poner cadenas al país.

En su ayuda llamaron a soldados profesionales, italianos, alemanes y moros, para castigar al Gobierno legítimamente elegido. Sólo cuatro regimientos del ejército regular permanecieron con el Gobierno, por lo que éste tuvo que formar su propio ejército, el Ejército Popular, constituido por campesinos y trabajadores.

Han llegado a España hombres de todo el planeta para ayudar al Ejército Popular a luchar contra el fascismo, antes de que obtenga mayores triunfos sobre el mundo. Todos ellos formaron las Brigadas Internacionales. En estas brigadas hay mucha gente de color. Para conocerles y estar cerca de ellos, he venido a España.


Langston Hughes «Hughes ve en España moros utilizados como peones por los fascistas»
The Afro American, 30 de octubre de 1937 




















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