Lo Último

1673. La evacuación, el terror rojo y el derecho de asilo





A seis metros bajo tierra las bóvedas rezuman humedad y sobre la pintura blanca y reciente se marcan pronto los chorreones negros de las filtraciones. Ha sido necesario colocar un zócalo de hule rojo de dos metros de altura cubriendo los gruesos muros. El aire, que huele a humedad, a desinfectante y a humo de tabaco, va y viene empujado morosamente por unos pequeños ventiladores que lo llevan de la antesala al despacho y del despacho a la alcoba en capas densas que se desplazan con absoluta regularidad. Cada olor, cada colonia de bacilos, conoce ya su itinerario normal en este espacio de unos centenares de metros cúbicos excavado en los cimientos del viejo caserón construido en la calle de Alcalá por Carlos III. Estamos en la residencia del general Miaja.

Como los aviones enemigos, ayudados por la artillería, han emprendido pacientemente la tarea de destruir Madrid poquito a poco, ha sido necesario buscar un refugio seguro para el Estado Mayor del Ejército y para el general Miaja, que desde el cinco de diciembre quedan instalados en estos sótanos del Ministerio de Hacienda, de los que se han desalojado unos archivos que ya nadie podrá consultar jamás.

La residencia del general Miaja es una pieza poco más grande que la celda de cualquier prisión separada de otra celda que le sirve de alcoba por una cortina de terciopelo rojo. Se entra por una puertecita estrecha forrada de gutapercha roja también, que da a una antesala de dos metros y medio de lado en la que trabaja una mecanógrafa a las órdenes del secretario del general. Unos divanes para los visitantes, una mesita con dos teléfonos, el de la red urbana y el de la red militar, y una estufa eléctrica. Esto es todo.

El despacho de Miaja lo forman una mesa sencilla de roble y una silla pegada a la pared donde el general se sienta a trabajar; a la derecha, dos grandes butacones y dos sillas de cuero claveteado. En un testero cuelga un cuadro de Romero de Torres que representa, claro es, una mujer morena. A un lado del cuadro, en el rincón, hay una bandera tomada a los rebeldes y en el otro, olvidado seguramente, un aparato eléctrico incongruente que nadie sabe por qué está allí ni quién lo ha llevado. Una vista panorámica de la Ciudad Universitaria, un mapa de la provincia de Madrid junto con un retrato de Fermín Galán y
otro de Buenaventura Durruti completan el decorado de la pieza. Sobre la mesa de Miaja hay una carpeta muy usada y un tríptico fotográfico en el que aparecen la esposa del general y sus hijos. No hay más en la pieza.

Detrás de lo cortina roja está la alcoba; una cama de tubo de acero, una mesilla de noche, una lámpara con una pantalla verde que, se ponga como se ponga, molesta a la vista; unos baúles, un armario de luna pequeña, una nevera y, separados por otra cortina, el lavabo y la bañera de zinc. Preso en estas cuatro paredes, sin ver jamás la luz del sol y sin respirar otro aire, ha de permanecer el general Miaja durante año y medio.

La modestia y la incomodidad de esta instalación del general contrasta con el pueril afán de grandezas que ha llevado a los más secundarios personajes de la República a instalarse en suntuosas residencias. Los jóvenes revolucionarios de la Junta de Defensa se han aposentado en el soberbio palacio del infante don Carlos, que era últimamente residencia del financiero don Juan March.

Al viejo y curtido militar que es Miaja le basta con estas cuatro paredes. El espacio es tan reducido que las comisiones que van a visitarle, a poco numerosas que sean, tienen que dejar la mitad de sus miembros en la antesala alargando el cuello desesperadamente para poder ver al general.

Aquí se reúne, sin embargo, la Junta de Defensa con sus nueve miembros, el secretario, dos taquígrafos, el general Cardenal y el teniente coronel Rojo, que son quienes de ordinario acompañan a Miaja.

Sentado ante su mesa de trabajo y esgrimiendo una campanilla que apenas se oye preside Miaja las tumultuosas sesiones de la Junta. Los fogosos y juveniles revolucionarios que la forman se exaltan con la discusión mientras Miaja, de bruces sobre su vieja carpeta, les escucha paciente y sosegadamente. Cuando el orador grita ya de una manera desaforada, Miaja agita por pura fórmula su minúscula campanilla. Alguna vez, uno de los delegados de las Juventudes Libertarias se ha lanzado a una furiosa y provocadora peroración. Miaja, prudente, le ordena «¡Cállate!». El orador sigue gritando y los miembros de la Junta, irritados, están a punto de acometerse. Miaja repite conciliador: «¡Cállate! ¡Cállate!». Llega un momento en que la colisión es inminente; alguno de los delegados echa mano a su pistola. Miaja, sin levantarse de su silla, con ademán reposado y firme alza el brazo empuñando la campanilla y amenazando con ella la cabeza del provocador le dice con voz tonante:

—¡Te callas o te doy!

Hay un momento de estupor. La querella que amenazaba zanjarse a tiro limpio queda reducida a una mera reprimenda. El ademán del viejo general es tan natural, tan sereno, y reduce el incidente a tan mínimas proporciones que todos advierten la insensatez de la propia exaltación e incluso el orador que estaba a punto de provocar una tragedia balbucea unas torpes excusas:

—¡Si se pone usted de ese modo!

—¡No consiento tonterías! —replica Miaja imperturbable—. ¡Adelante!

El verbo de la mayoría de los delegados no se presta a circunloquios académicos. Hay alguno que no sabe hablar si no es vomitando injurias y blasfemias. Miaja le reprende severo:

—¡Aquí no se habla así!

—Es mi manera de hablar —replica malhumorado el orador.

—Pues te marchas de aquí y te estás en el pasillo hasta que hayas aprendido a hablar como las personas —le dice Miaja con un tono autoritario de dómine que no tiene réplica. En realidad Miaja tiene frente a los muchachos de la Junta de Defensa el aire de un maestro de escuela bonachón de ordinario, pero al que es peligroso irritar. El espíritu zumbón de los madrileños percibe bien este matiz y llama a la Junta de Defensa y a su presidente «la guardería infantil».

Alguna vez un delegado rebelde ha querido amedrentar a la Junta imponiéndose con amenazas:

—Lo que yo exijo —dice— se hará por las buenas o por las malas. ¡Ah! —replica Miaja levantándose a su vez con ademán colérico—. ¡Si es por eso, si se trata de riñones, no se te olvide que aquí los primeros son los míos! ¿Te enteras?


El éxodo

¡Los camiones! ¡Los camiones!

El grito de alarma corre por todas las callejuelas de la barriada soliviantando a las vecinas, que abandonan a toda prisa sus hogares llevándose a rastras a sus hijuelos ¿A dónde van? Al campo. Huyen al campo a esconderse en los desmontes próximos o en la Dehesa de la Villa porque no quieren caer en manos de los agentes de evacuación que en vista de la resistencia desesperada del vecindario madrileño a abandonar Madrid van a los barrios populares con unos camiones en los que de grado o por fuerza meten a todas las personas cuya presencia en la capital asediada no es necesaria. Los agentes de evacuación van casa por casa obligando a las vecinas a hacer precipitadamente sus míseros petates y a subir a los camiones que las transportan a la región de Valencia. Las escenas que se desarrollan son penosísimas. Nadie se quiere marchar. Sobre todo, los viejos. No hay manera de hacerles abandonar sus hogares.

—¡Pero abuela, si va usted a morir aplastada por una bomba!

—¡Qué me aplaste! ¡Yo no me voy de mi casa!

—¡Si en Madrid no hay que comer!

—¡Me moriré de hambre!

En esto es en lo único que el vecindario madrileño se pone enfrente del general Miaja. Todos los esfuerzos son inútiles. Se da el caso de que huyendo de los camiones de la evacuación hay vecinos que se refugian en la zona de guerra, donde en cualquier instante una bala perdida puede matarlos.

Se hace una gran propaganda de la evacuación, se colocan carteles en todas las calles, se amenaza incluso con no suministrar víveres a las personas que no justifiquen la necesidad de permanecer en Madrid. Inútil. Cada día hay más gente. Porque si bien es verdad que poco a poco la falta de víveres obliga a muchos madrileños a marcharse, por cada madrileño que se va vienen a instalarse en Madrid dos vecinos de los pueblos próximos.

Al día siguiente de cada gran bombardeo se intensifica algo la evacuación. Las escenas que se desarrollan al partir los camiones que llevan a los evacuados a Levante son tristísimas. El que se queda llora por el que se va considerando que la mayor de las desgracias es la del que va a verse rodando por el mundo expulsado de su hogar. El que se marcha recomienda a sus deudos que no abandonen su mísero menaje. Hay advertencias curiosísimas. Una madre, al despedirse de su hija, le dice seriamente:

—¡Y, sobre todo, ten mucho cuidado con los obuses! ¡Tú eres tan distraída!


Miaja acaba con el terror rojo

¡Hay que acabar con los asesinatos!

Esta fue la obsesión de Miaja desde el primer día. En la primera reunión de la Junta de Defensa planteó ya claramente su firme propósito:

«¡Poco he de poder si no acabo con esa canalla!».

La empresa no era fácil. La impotencia del Gobierno ante las masas armadas que hicieron frente a la rebelión militar había permitido que se formasen unas cuadrillas de asesinos que, sin ningún control, por sí y ante sí, crearon un régimen de terror que estuvo a punto de ahogar en sangre a la República. Millares de personas, inocentes en su mayoría, fueron vilmente asesinadas. Lo que fue el «terror rojo» en Madrid causó espanto al mundo civilizado. El Gobierno de la República no supo impedir aquella monstruosidad y la disculpa de que la sublevación militar le había privado del instrumento indispensable para la represión no será nunca bastante para indultarle de la responsabilidad tremenda que entonces contrajo.

Cuando Miaja se hizo cargo de la defensa de Madrid los asesinatos continuaban. Las escuadrillas de asesinos seguían sacando a la gente de sus casas y llevándosela a los alrededores de Madrid para darles muerte. Miaja dispuso que se vigilaran las salidas de la capital por fuerzas de toda confianza; se quitaron las llaves de las casas a los vigilantes nocturnos; se prohibió practicar registros y detenciones durante la noche. Todo inútil. Los asesinatos continuaban.

Los asesinos se habían provisto de insignias de la Policía y de autorizaciones en regla. Se llegó a la convicción de que obedeciendo a secretas instrucciones de las centrales sindicales, arrastrados por sus propios impulsos homicidas o movidos solo por el afán de, lucro y rapiña, eran los mismos que se titulaban agentes de la autoridad quienes cometían aquellos crímenes a espaldas de sus jefes naturales.

Miaja tuvo que montar un servicio especial para vigilar precisamente a los que se titulaban agentes de vigilancia. Llegó incluso a establecer un control de los servicios que prestaban, hora por hora, los grupos armados que se hallaban aparentemente a las órdenes del gobierno de la República, pero que en realidad utilizaban sus carnets e insignias de policías como patentes de corso.

Milicianos desertores del frente, pistoleros profesionales, agentes provocadores y criminales de toda laya asesinaban a favor de la impunidad más absoluta por pura venganza personal, para despojar a sus víctimas de las joyas y el dinero que tuvieran o por delaciones infames de simples resentidos y de revolucionarios delirantes. Apoyándose en un pequeño núcleo de agentes de confianza empieza Miaja a practicar detenciones. En algunas ocasiones hay choques y tiroteos entre dos grupos de agentes. Se fusila en el acto a varios asesinos y al fin, «los paseos», la horrible lacra de la República, comienzan a decrecer.

Todavía hay algunos. Miaja, cuando por la mañana recibe la comunicación de que ha aparecido un nuevo cadáver, enrojece de ira y de vergüenza.

—¡Extirparé a esa canalla o me asesinarán a mí! —exclama.
Por fin, el día cinco de diciembre, a las cuatro semanas de haberse hecho cargo del Poder, el viejo general recibe el primer parte de la Policía en el que figuran las dos palabras que le permiten alzar con orgullo la frente: «Sin novedad».

Aquél es el primer día en que no aparece ni un solo cadáver en las calles o los alrededores de Madrid. El «terror rojo» ha terminado.


El problema de los refugiados

El problema de los refugiados en las embajadas, legaciones y consulados de Madrid fue uno de los más graves que tuvo que resolver Miaja. No le acompañó el acierto. Le faltó tacto. Miaja es lo que menos se parece a un diplomático y la difícil casuística diplomática es acaso lo que menos puede comprender.

Los innumerables crímenes cometidos en Madrid por las bandas de asesinos que se enseñorearon de la capital a raíz de la sublevación, hicieron que millares de personas que temían por sus vidas buscasen refugio bajo pabellones extranjeros. El legendario derecho de asilo les fue otorgado ampliamente a todos y por un impulso humanitario los encargados de misión ensancharon los límites de los derechos de extraterritorialidad acogiendo bajo su protección a millares de españoles sin preguntarles si eran o no beligerantes, sin meterse a averiguar la índole de sus actividades, pensando solo que eran vidas que arrancaban a las garras de los asesinos que pululaban por Madrid.

Unos catorce mil llegaron a ser los refugiados que hubo en los edificios de las representaciones diplomáticas extranjeras. Para albergar tal cantidad de refugiados no bastaban las embajadas, las legaciones y los consulados y cada país incorporó a los derechos de extraterritorialidad varios inmuebles en los que vivían, pagando sus pensiones como en un hotel centenares y centenares de españoles.

El humanitario impulso de los representantes diplomáticos extranjeros se prestaba, sin embargo, a no pocas corruptelas y abusos que no se hubiesen producido si todas las naciones hubiesen mantenido estrictamente la no intervención en la guerra civil española y si la sublevación militar no hubiese estallado en ocasión en que casi todos los embajadores acreditados se hallaban ausentes de Madrid, lo que dio lugar a que un personal subalterno y poco idóneo tuviese con los refugiados complacencias inadmisibles en toda guerra.

Las embajadas de Alemania e Italia, convertidas en verdaderos arsenales, eran el acuartelamiento inexpugnable de la famosa «Quinta Columna» con la que contaba el general Mola para la victoria de Madrid. Cuando Alemania e Italia reconocieron al Gobierno de Burgos se encontró en las embajadas de estos países grandes depósitos de bombas, fusiles, ametralladoras, pistolas y municiones.

Miaja estaba informado minuciosamente de la actividad subversiva de los refugiados; conocía su organización de espionaje; sabía que habían constituido unas cooperativas de abastecimiento que en realidad no eran más que organizaciones de enlace con el mando rebelde; estaba al tanto del tráfico clandestino de armamento que venían haciendo; no ignoraba que disponían de emisoras de radio clandestinas que por onda extracorta transmitían los informes y las consignas rebeldes; sabía que impunemente iban haciendo el sumario que iba a servir de base para las futuras represalias y estaba al tanto incluso de que por las medianerías de las casas lindantes con los refugios se hallaban los refugiados en comunicación con sus agentes del exterior que difundían por Madrid las consignas rebeldes y hacían una intensa campaña derrotista.

Todo esto le ponía furioso y le hacía revolverse contra los representantes diplomáticos que lo favorecían, de cuyos humanitarios sentimientos abusaban los facciosos. Miaja no era más que el jefe de un ejército en lucha desesperada contra un enemigo que no vacilaba en utilizar el arma desleal que las circunstancias le brindaban.

Desde un punto de vista exclusivo de jefe militar nadie hubiera sido más transigente de lo que Miaja fue. Brusco, grosero a veces con los representantes diplomáticos que atentos a su humanitaria misión olvidaban fácilmente el primer deber de Miaja, que era el de defender Madrid, no hizo, sin embargo, nada contrario al derecho de gentes y en cambio facilitó personalmente cuanto pudo la evacuación de aquellos millares de enemigos jurados que escudándose en la inmunidad diplomática conspiraban abiertamente contra la República.

—¡Qué se los lleven! —decía—. ¡Qué se vayan, sanos y salvos, a luchar lealmente al lado de los rebeldes; pero que no sigan aquí apuñalándonos por la espalda impunemente!

Él mismo facilitaba los camiones, los salvoconductos y las escoltas armadas para que las embajadas y legaciones condujesen hasta los puertos de Levante a sus refugiados. Millares de partidarios de Franco que después han tomado parte en la lucha como soldados ganaron así la zona rebelde. De los catorce mil refugiados ni uno solo era súbdito extranjero. Baste decir que hubo un momento en que el representante diplomático del minúsculo Principado de Mónaco tenía bajo su protección seiscientas personas. Podía creerse que el pueblo monegasco en masa se había trasladado a su legación de Madrid.

Había embajadas a las que Miaja tenía que facilitar diariamente hasta tres mil raciones de pan para «sus empleados». Esto, sin contar con los millares de ciudadanos españoles que circulaban por Madrid con falsos pasaportes extranjeros. Las buenas intenciones lo justificaban todo.

El abuso fue escandaloso. La humanitaria protección degeneró en vergonzoso tráfico. Pero si aquella anómala situación sirvió para salvar unos centenares de vidas basta con ello para disculpar todas las corruptelas. El mismo Miaja lo reconocía tácitamente cuando al firmar las autorizaciones para que salieran las caravanas de refugiados decía con tristeza:

—¡Si al menos hubiera habido en Andalucía y en Galicia embajadas que hubieran salvado las vidas de los miles y miles de republicanos que han sido asesinados porque para ellos no había «derecho de asilo»!


Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid - Capítulo XI
















La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.


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