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1680. La sed de conocimiento se sacia en plena guerra






Un colegio de jesuitas ha sido convertido en un centro de formación para trabajadores.

De la corresponsal del Dagens Nyheter, Barbro Alving (Bang)

En plena guerra con sus hambres y horrores, han abierto un instituto para formación popular, y dentro de pocos días abrirán otro parecido en Madrid.

Sobre esto trata la carta de la corresponsal del Dagens Nyheter, que ha visitado el instituto, donde alumnos de los ambos sexos, entre los 14 y 35 años, algunos de ellos analfabetos en el momento de la matriculación, van a presentarse a exámenes después de dos años de estudios.


Valencia, noviembre.

El camino entre Barcelona y Valencia es una pesadilla. No en sí mismo; es un viaje muy hermoso entre olivares verdes y un Mediterráneo azul con su playa roja. Pero para mí, esta vista soleada queda oculta por la visión de otra cara. Por delante de nosotros, durante los últimos 10 kilómetros va una ambulancia, y en la parte de atrás está sentado un chico joven. Lleva toda la cabeza vendada y su cara tiene el mismo color amarillo pálido que el vendaje; la cabeza va balanceándose sin resistencia en las curvas y sus ojos negros no están en su sitio por el dolor. Se ve cómo adolece de una locura en cada bache del camino y se siente que ha ido así, balanceándose, las veinticuatro horas del día.


Ahora no hay ni pollo, ni pan.

Hay una segunda razón para no ver el camino como aparece ante la vista. Todo este camino, que dura ocho o nueve horas en coche, infunde temor y tensión a causa de los pilotos «héroes» de Mussolini, y también del hambre que provocan los aliados de estos desde el mar y las vías del tren hasta Valencia.

Se les pide a los pueblos fuerza para resistir, pero parece que esto no funciona, así de lejos se ha llegado; no son solamente las ciudades grandes como Barcelona y Valencia con sus enormes poblaciones quienes están pasando hambre: falta comida también en los pueblos pequeños. Recuerdo el otoño pasado, cuando estuve aquí recorriendo otro camino, que paramos en un restaurante; no tardó mucho en llegar a la mesa un pollo, una botella de vino tinto y un pan grande. Pero eso era entonces y Madrid estaba cerca de Valencia. Ahora estamos lejos de todo, de la capital, del hambre y del frente, y aquí ya no hay ni pollo ni pan. El campo de España va a pasar un invierno sin pan y cuando digo pan no lo digo simbólicamente, no es una metáfora, sino que pan significa ‘pan’.

No hay ni un trozo de pan para dar a los niños que están gritando en las calles del pueblo; al caer el día, entre las casas de los payeses crecen las colas para coger la comida, y en la puerta del mayor hotel de Tarragona, donde almorzamos, hay colgado un cartel con un texto tan horroroso para un español como los sanguinarios boletines de guerra: «No hay pan». No hay nada para masticar. Viene a la cabeza una idea: en el Primer Mundo hay excedente de cereales.


La gente es barrida de la calle cuando suena la señal de alarma.

Bueno, a pesar de todo, la vida tiene que continuar. Se sientan los conductores con caras desesperadas, para ellos el pan es como para nosotros las patatas. Pero no están sentados mucho tiempo. En la calle mayor y apacible de Tarragona comienza el sonido de las alarmas y la gente es barrida de la calle como con una escoba gigante, pero da tiempo a ver dos aviones antes de que desaparezcan con rapidez, como una flecha, sobre los tejados de las casas. Anoche, a las cuatro, había bombardeos sobre la ciudad y a las once de esta mañana, también; ahora se reanuda el grito de la muerte. Estoy intentando imaginarme las ciudades suecas como Strängnäs, Mariefred, Trosa con ese ajetreo constante; intento imaginarme a sus nobles familias empujando a sus hijos a refugios parecidos a estos que acabo de visitar. La visita, que creí sería larga, fue más corta de lo que pensaba porque no aguantaba más. Una escalera empinada daba a un agujero, oscuro, húmedo, frío. Estar aquí es la muerte, que se siente durante horas. Así es la vida aquí; las madres, día tras día van de los refugios atestados y oscuros a las cocinas vacías; por las tardes los pueblos quedan oscuros de guerra y de hambre, como una agonía.


Esto es increíble.

Así es la vida aquí. Y ante esta tesitura, ante el desconsuelo y la tristeza, hace otro intento, conquista el alma española tierra nueva, y eso es lo más increíble. Mientras las bombas y el hambre los arañan, tienen voluntad y ganas de construir y avanzar como humanos. Suena pomposo, pero yo vengo de una universidad popular y me sentí muy emocionada al ver el primer instituto de formación para trabajadores españoles. A pesar de la guerra, el año pasado se publicó, el 21 de noviembre, el decreto de los trabajadores españoles; iban a tener la oportunidad de desarrollar su inteligencia y en pleno caos de organización durante ese año de lucha, de dificultades y de falta de todo, aquí en Valencia ha crecido un instituto para la formación del pueblo.


Alumnos de 14 a 35 años.

Un viejo colegio de jesuitas cerrado desde 1931 ha sido transformado en un centro moderno. Ahora están ampliándolo, todavía no está listo, pero los estudiantes del pueblo no han podido esperar. Han empezado a estudiar entre latas de pintura, argamasa y andamios. Entro en una clase donde están deletreando sus primeras palabras en francés; allí encuentro sentados a trabajadores-alumnos de 14 a 35 años, y también guapas niñas morenas consultando sus antiguos diccionarios. La guerra ha paralizado el aprovisionamiento de libros. El profesor pasea por la sala, con su camisa marrón de cuadros, aunque aquí no hace falta nadie que controle a los alumnos: trabajan tanto que el aire se para. En la pared, un cartel dice: «Tanques, tanques, tanques, los vehículos de la victoria» en color rojo sangre. El tanque avanza sobre las cabezas morenas concentradas en el estudio, que avanzan por otro camino: el camino de la cultura.


Prueba de inteligencia antes de la matrícula: sólo los más dotados pueden continuar.

La imagen quiere ser una reflexión, pero la idea que me queda es otra. Si nunca lo había entendido antes, lo entiendo ahora: ¡Qué profundamente criminal es aquel que deja a esta joven, inteligente España en el analfabetismo y en la oscuridad de la ignorancia! ¡Cuánto talento sin aprovechar ha quedado en este país! Solamente 150 chicos y chicas han podido matricularse el primer cuatrimestre. Al abrir las puertas, la cola era de 600 personas y muchos de ellos ni siquiera sabían leer. Ahora van a tirar paredes y ampliar espacios para que el próximo cuatrimestre puedan matricularse 300 alumnos más. Hay que presentarse a exámenes a los dos años, excepto de latín, y en la primera selección pasarán 89 alumnos. La prueba de entrada es una prueba de inteligencia, no de conocimiento, y después de dos meses de prueba pueden continuar sólo los más inteligentes. El Gobierno español no tiene dinero para dar formación a la mitad de la mano de obra, todo es gratuito, y algunos estudiantes reciben incluso su salario perdido.


Una casa de la que nosotros en nuestra tierra estaríamos orgullosos.

Mi camino continúa, pero una cosa es segura: nosotros estaríamos orgullosos de ese centro en nuestra tierra. Por largos y limpios corredores de azulejos caminan desde las clases a sus habitaciones; los que no viven en Valencia pueden vivir en la escuela. Tres personas en cada habitación con cuarto de baño de paredes azules y bañera, algo que nosotros no tenemos en algunos pueblos suecos. Las 32 chicas tienen su propio departamento. Para las madres, al principio era un poco raro. Cuando se enteraron de que todas vivían juntas tenían miedo, pero ahora han comprobado que funciona bien. La sala de estar, con sus sillones de mimbre, parece un barco transatlántico por su amplitud; la biblioteca tiene ceniceros; en el techo se cuelgan aros para hacer gimnasia sueca, y por la gran cocina circula una enorme cafetera que lleva una pequeña mujer negra con un palillo de dientes en su boca. Hay baños reservados para el personal de la cocina y una persona que cuida de que sean utilizados adecuadamente. Entre los alumnos de agricultura hay también muchos que nunca han visto una ducha; a otros hay que enseñarles cómo usar los cubiertos; pero después de la primera lección están contentos y después de la primera reprimenda saben que no se debe saltar por encima de la valla del colegio por la noche.

Estamos otra vez en la entrada del edificio. Salgo bajo la banderola roja con el texto: «Aquí está la nueva brigada de trabajadores, estudiando». Pero el director del instituto me para y me hace un ruego. En plena guerra, con bombarderos amenazándolos y sin pan en las mesas de los hogares, aquí hay un puñado de estudiantes trabajadores con un deseo muy fuerte: necesitan material pedagógico: revistas, periódicos, folletos, obras populares. Le prometo que voy a decírselo a mis compañeros estudiantes suecos, y hay pocas promesas en mi vida que tenga más ganas de cumplir. Lo creáis o no, dentro de unos días abren un centro parecido en Madrid.


Barbro Alving (Bang) 
«La sed de conocimiento se sacia en plena guerra»
Dagens Nyheter, 9 de noviembre de 1937 
















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