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1778. Viaje a la aldea del crimen XIV

Fotografía: Campúa
Noche cerrada. «Seisdedos» no quiere parlamentar. Intento de asalto.

Los guardias civiles y los de asalto, después del ataque de «Seisdedos», retrocedieron y fueron a ocupar, con un pequeño rodeo, las alturas inmediatas. Como hemos dicho, esas alturas caían verticalmente sobre la torrentera y alcanzaban hasta cuatro o cinco metros por encima de la choza asediada. La distancia que les separaba en el caso máximo era de un tiro corto de piedra. Ocupadas las alturas fronteras a la choza, rompieron el fuego. Se daban órdenes apresuradas. Los guardias —siete guardias civiles y una compañía entera de asalto— hacían fuego en descargas sobre la choza, de arriba abajo y a una distancia de quince metros. El fuego se dirigía por dos frentes y las balas se cruzaban en la techumbre. Como ignoraban que los sitiados se encontraban en un plano inferior a la rasante del campo, no podían explicarse que después de dos horas de fuego incesante continuaran en pie. El pueblo seguía colina abajo, apenas acusado por los ángulos iluminados aquí y allá por algunas bombillas. También en los momentos en que atenuaba el fuego se oía desde allí el fatigado restallar del motor. Una parte de las fuerzas atendía a los detenidos y cubría la espalda de los restantes. Como el terreno era muy quebrado y lo desconocían por completo, y como las noches sin luna son mucho más negras aquí que en Castilla o en el Norte, cualquier rumor, cualquier sombra o engaño de la vista enturbiada por los nervios determinaba alarmas y disparos en todas direcciones. Aquellas primeras horas de la noche toda la parte alta de la colina crepitaba como una hoguera de ramas verdes.

Dos guardias de asalto intentaron penetrar en la choza por el boquete que la comunicaba con el corralillo de al lado. Saltaron la cerca. «Seisdedos» y su yerno percibieron la maniobra y cambiaron de frente. Hicieron dos disparos. Uno de los guardias retrocedió y volvió a saltar la pequeña tapia. El otro recibió una herida en el hombro y cayó. El resto de las fuerzas no habían advertido lo que ocurría porque las sombras eran muy densas. Una hora después oyeron grandes lamentos y voces pidiendo auxilio.

Cesaron los disparos y se oyó la voz del guardia herido:

—¡No tiréis más! Acercarse y hablarles, que se entregarán.

Los guardias creyeron que eran los de la choza, que era el «Seisdedos», y redoblaron el fuego. Pero seguían los lamentos y de nuevo los guardias dejaron de disparar. 

—¿Quién eres tú?—preguntaron. 

Dijo su nombre. Le pidieron los de sus jefes, y los soltó de carrerilla. Entonces, y ante el temor de matar al compañero, destacaron a uno de los detenidos, advirtiéndoselo a «Seisdedos». El detenido era Manuel Quijada. Sin quitarle las esposas bajó y se acercó a la choza. No se entendieron. «Seisdedos» no se entregaba.

Pedía que dejaran salir a las mujeres y a un niño; pero advertía que él, por su parte, seguiría defendiéndose. El detenido insistió, y «Seisdedos» repitió su súplica. Los guardias pensaron que aquello era una añagaza para escapar y se negaron. Entonces «Seisdedos» insultó y retó a sus sitiadores. Cuando volvía Quijada cayó herido por seis balas disparadas al mismo tiempo. Balas de máuser. (El forense tiene el informe.) El fuego se reanudó con la misma tenacidad. De la choza disparaban menos, quizá porque no podían hacer puntería y querían ahorrar cartuchos. Pero el guardia seguía gimiendo.

—Asaltad la casa. Si seguís así me vais a matar.

Se fue a intentar el asalto; pero de tal modo aumentó el fuego de los sitiados, que tuvieron que desistir. Eran ya las diez de la noche. El jefe de las fuerzas de asalto dio orden de que pidieran más a Jerez y bombas de mano a Cádiz.

Antes de media noche se oyeron algunas descargas cerradas al otro lado de las cercas. Las balas no pasaron sobre la choza. Se oyeron, en cambio, lamentos, súplicas y gemidos.

Algunos vecinos oyeron con toda claridad voces pidiendo auxilio:

—¡Compañeros, que nos asesinan!


El viejo de la guerrera de rayadillo, muerto. Más fuerzas. Ametralladoras y bombas de mano.

En la total obscuridad de aquel sector, las fuerzas pensaron que habían obrado con ligereza al permitir que las chozas próximas quedaran ocupadas. Un destacamento salió para desalojarlas. El guardia de asalto Fidel Madras había recibido una perdigonada en el brazo y la mano derechos, estando a cubierto del fuego del «Seisdedos». Atribuyeron el disparo a algún campesino de los que habitaban en las inmediaciones.

En vano fueron recorriendo las chozas. Sólo había dentro de ellas mujeres, algún niño y viejos inermes. Obligaban a encender luz bajo la amenaza de disparar, y después cacheaban y registraban, haciéndoles salir seguidamente a la calle y marchar hacia el centro del pueblo. En algunas chozas encontraron hombres jóvenes, que fueron acusados de dirigir el movimiento, y esposados, fueron conducidos a las cercas donde estaba el grueso de las fuerzas.

Sucumbieron allí, José Toro y Manuel Pinto, éste hijo único de una anciana de ochenta y dos años, que en el momento de la detención se hallaba enferma en la cama, y que no contaba con más familia. Penetraron también los de asalto en la choza del viejo aquel a quien presentamos al principio vistiendo una guerrera de rayadillo. Era el septuagenario Antonio Barberán. Estaba, en la choza con un nietecillo de once años. Uno de los oficiosos informadores afirmó haberlo visto la noche anterior haciendo acusaciones ante «Seisdedos» y excitando a la rebeldía a los campesinos. Se refería, quizá, a las protestas del viejo —que nadie tomó en cuenta— contra los jóvenes descomedidos que le atropellaban con sus burros en las calles estrechas. Aunque un guardia del puesto declaró que no se había metido en nada, como el viejo, irritado, se levantara lanzando exclamaciones de protesta y el chico insultara a los guardias de asalto, éstos dispararon sobre el anciano, que quedó muerto en la propia choza. Tanto el cadáver del viejo como el de Andrés Montiano fueron llevados aquella misma noche al cementerio.

Cuando se hubieron convencido de que los alrededores de la choza del «Seisdedos» estaban totalmente desalojados, las fuerzas volvieron a su puesto. Seguía la lucha. De la choza partían fogonazos de escopeta con lenta regularidad. De vez en cuando se oía también el estampido del mosquetón cogido por «Seisdedos» al guardia. Estos tiros eran poco frecuentes.

Pero las fuerzas no querían que se hiciera de día sin haber liquidado aquéllo. Todo tenía que estar resuelto aquella misma noche. Al día siguiente, con la luz del día, podían surgir complicaciones. El fuego no cesaba. Advirtieron que ya no tiraban con bala ni con soñeras, sino con perdigón; pero hacia las doce, en lugar de disparar sólo dos escopetas disparaban tres. Sin contar el mosquetón. La muchacha Francisca Lago había vuelto a entrar —nadie ha podido averiguar todavía por dónde ni de qué manera— llevándole a su padre la escopeta prometida. Quedó a su lado, disponiendo la carga. A medianoche tenían dos heridos: Pedro Cruz, con un balazo en la cabeza, y Josefa Franco, con el pecho izquierdo destrozado por un rebote. Francisca Lago había dicho al entrar:

—El guardia de la serca ha palmao, padre.

Pedro Cruz se mantuvo hecho un ovillo en el suelo, con la cabeza ensangrentada. Su sobrina, Mariquilla Silva, quiso hacerle un vendaje y curarle; pero vio que había muerto.

Como el cadáver dificultaba los movimientos, fue sacado el del guardia y asomado a la cerca de al lado, donde quedó colgado hacia el corralillo. El de Pedro ocupó su lugar sobre el arca. Junto al cadáver del guardia dejaron dos gorras en lo alto de dos listones, que fueron acribilladas a balazos. Trataron de distraerlos para que pudieran huir las mujeres y el niño. Los atacantes, que tenían linternas de bolsillo y dejaron dos enfocando la choza desde lo alto, se dieron cuenta de la maniobra y arreciaron el fuego sobre la techumbre y los flancos. El guardia del corralillo seguía gritando y pidiendo auxilio, a pesar de lo que dijo Francisca Lago. En otro instante en que cesó el fuego, «Seisdedos» volvió a pedir una tregua para que se retiraran las mujeres y el chico. Los sitiadores consintieron en que saliera sólo el último. En cuanto a las mujeres, podía ser una estratagema para huir todos disfrazados. El muchacho salió, saltó la cerca sin dificultad y bajó hacia el pueblo corriendo.

«Seisdedos» ordenó a Mariquilla:

—¡Anda tú también! ¡Vivo!

Ella se resistía. «Seisdedos» la empujó. Mariquilla se vio fuera, sintió unas ráfagas de luz a su alrededor y corrió a resguardarse junto al borrico. Le hicieron fuego; pero pudo saltar y huir. El animal quedó acribillado a balazos.

En aquel momento llegaba otra compañía de asalto completa, con bombas de mano y ametralladoras.

Sería la una de la madrugada o quizá algo más. Los cuatro hombres que quedaban en la choza tenían las armas siguientes: dos escopetas con perdigón conejero, una con postas sotreras y el mosquetón del guardia, al que todavía le quedaban lo menos ochenta tiros. Quedaban allí dentro dos mujeres: Francisca Lago, de dieciocho años, y Josefa Franco, de algo más de treinta. Ésta, herida.

Cuando comprobaron que Mariquilla, «la Libertaria», se había salvado, se sintieron reanimados. Era un verdadero triunfo. Quizá «Seisdedos» pensó que no se acabaría del todo su familia.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933















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