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1801. Viaje a la aldea del crimen XXIV





Una vieja teoría respecto al delito. Filosofía mural en verso. 

Si la ley no existe mientras no ha sido consagrada por su uso y aplicación, lo mismo se podría decir del delito, invirtiendo los términos. El delito no existe mientras no es reconocido por los jueces y sancionado. En este caso de Casas Viejas, mientras no lo haya conocido y condenado la opinión. Por lo tanto, en Casas Viejas no sucedió nada hasta que nosotros lo hemos contado. Nada de particular tenía que los propietarios de Casas Viejas quisieran evitar ese delito. Al menos, ésta era la teoría de ellos.

En los patios de las cárceles y de los presidios, los delincuentes de «sangre», de pura sangre propia y de sangre ajena, tienen una idea análoga del delito. El hecho criminoso no es todavía el delito. Lo es cuando, conocido por los periódicos, descubierto por los funcionarios del Estado, la opinión y los jueces, a la par o en discrepancia, según los casos, crean la atmósfera de la inmoralidad a su alrededor, en contraste con los sentimientos normales y morales de los demás. Entonces el criminal se siente criminal. Hasta entonces se considera un hombre como los demás, que ha cometido un hecho extraordinario.

En la Cárcel Modelo, de Madrid, pudimos comprobar el año 1927 esa observación. Nos habían dado una celda común que tenía las paredes llenas de grafitos. Por allí habían pasado, a lo largo de los años, los tipos más variados de delincuentes, dejando sus huellas en las paredes. Estaban casi todos los géneros literarios. Verso, prosa, diálogos dramáticos. Y al lado de la castiza y rotunda expresión española, una frase comedida en francés, y más arriba, una larga parrafada en inglés. Nos entretuvimos en copiarlas. Los versos estaban al lado de la puerta, y decían:

Has de estudiar la moral 
en el Código penal, 
y ten por lema profundo 
que el mal no es mal 
hasta que lo sabe el mundo.

Versos que acreditaban a un delincuente de la escuela retórica de Campoamor y que nos interesaban porque venían a corroborar aquella teoría de los asesinos profesionales de que lo malo no es el crimen, sino las dificultades de la ocultación, ya que el crimen comenzaba en cuanto era descubierto y divulgado. Luego supimos que los versos los había escrito un alto empleado de una gran Compañía, que fue allá por diversos delitos. Uno, de sangre.

«Las dificultades de la ocultación.» Iba a existir el crimen en el momento en que lo descubriéramos. Había que evitar ese crimen. Los que se lo propusieron en Casas Viejas eran también de la escuela retórica de Campoamor, probablemente, y, desde luego, cofrades del filósofo y poeta mural que estuvo en la cárcel y que tenía a la cabecera de su cama un crucifijo de plata que le había llevado su mujer. 


El temor de que nos enteráramos. Primeras argucias.

Cuando poseíamos ya todas estas notas cayeron los propietarios de Casas Viejas en que aquel ir y venir con los campesinos, aquellas visitas a los altos de la colina y a las chozas, aquellas notas en varios blocks, las rectificaciones sobre los propios periódicos madrileños de horas, fechas y nombres que en las prisas del teléfono fueron confundidos; todo aquel despliegue de papeles y de actividades podía tener verdadera trascendencia. Había que evitar que siguiéramos enterándonos antes de que fuera demasiado tarde. Pero no había manera, una manera lógica.

Nos habíamos propuesto obrar con la natural discreción, y nos abstuvimos, aun en los momentos en que más duro resultaba contenerse, de hacer juicios. Tuvimos un especial cuidado en no hacer comentarios que implicaran censura para nadie, ni siquiera exhibir sentimientos humanitarios que pudieran interpretarse como juicios contra alguien. 

Sabíamos la curiosidad y las suspicacias con que se seguían nuestros pasos, y no dudábamos de que cualquier imprudencia podía dificultar o impedir que acabáramos de informarnos.

Sin embargo, serían ya las nueve de la noche del día 14, cuando dos guardias civiles vinieron a decirnos:

—Hay cierto ambiente contra ustedes. Tengan cuidado.

—¿En dónde?

—En el pueblo.

¡Bah! Eso era absurdo. Al ver que no les comprendíamos, los guardias añadieron:

—Quizá no es conveniente que hablen ustedes como hablan.

Seguíamos sin comprender. El guardia añadió:

—Dense ustedes cuenta de que el pueblo está muy excitado, y si ahora van diciendo que se han cometido con ellos tantos crímenes...

Nadie había hablado así. Ya digo que nos abstuvimos de hacer comentarios, entre otras razones, porque una estrategia elemental obliga a conducirse con pies de plomo cuando se está en el campo del enemigo, en aquel campamento feudal. Yo comprendí que los propietarios comenzaban a desplegar sus argucias y que querían presentarnos combate franco.

—Eso se lo han dicho a ustedes los terratenientes; pero es mentira. Podemos pensar lo que queramos; pero nos abstenemos de hablar cuando es inútil o contraproducente.

—Hombre, —vacilaban los guardias.

Había uno corpulento que hacía gestos de impaciencia. De pronto, nos preguntó:

—¿Están ustedes autorizados para hacer información? ¿Llevan el permiso de la Dirección de Seguridad?

Seguían insistiendo en que el ambiente en el pueblo se enrarecía. Tomaron nota de mi cédula. Un guardia insistió

—Si van ustedes diciendo esas cosas... es natural

Aunque lo hubiéramos dicho, no se hubiera sorprendido nadie. Eso lo pensaban todos los campesinos. Los caciques quisieron echarnos encima a la Guardia civil y les fueron con ese cuento. No lo consiguieron. Los sucesos estaban demasiado recientes y el «triunfo» era demasiado terminante para que la Guardia civil —a la que no iba enderezada directamente la responsabilidad— se preocupara mucho de nosotros. Eso les falló, de momento, a los terratenientes.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas),  1933














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