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1802. Viaje a la aldea del crimen XXV






En la posada. Segunda parte de la ofensiva.

Otra vez en la planta baja de la posada, fuimos rodeados por los campesinos. Seguimos hablando y anotando. Lo fundamental lo sabíamos ya y lo habíamos podido comprobar. Lo que nos decían ahora eran detalles complementarios que servirían para dar un carácter literario documental a las informaciones.

Continuábamos en amigable charla. Ninguno de los que quedaban en el pueblo era campesino sindicado ni rebelde. Los que no murieron ni fueron a dar en la cárcel —el número de estos últimos ascendía ya al centenar— estaban en el campo todavía. Pero, naturalmente, había muchos hermanos, primos, hijos de las víctimas. Los «dolientes». 

Con un aire sombrío nos daban detalles, rectificaban el dato que nos facilitaba otro e insistían con verdadero entusiasmo, todos ellos, en que la familia de «Seisdedos» era «la más honra del pueblo». Podíamos haberles dicho a aquellos hombres lo que ellos ya sabían: que se habían cometido crímenes terribles, sin que nadie se sobresaltara.

Al decir a uno de ellos lo que ocurría con la Guardia civil, confirmaron nuestra impresión:

—Son los propietarios.

Pero en aquel momento, unos mozalbetes, parientes dé los caciques, y al frente de ellos el hijo del más caracterizado, comenzaron a dar voces en la puerta:

—¡Son los que dieron la orden pa que asesinaran ar pueblo!

Los que nos rodeaban se volvieron extrañados, y no se atrevieron a contradecir a los amos. Yo no había oído bien. Avanzamos, preguntando con el gesto:

—¿Qué es eso? ¿Qué quieren?

Oímos frases sueltas en el tumulto: «Echar del pueblo.» «Cabeza.» «Sangre.» Al frente seguía el hijo del propietario señor Pina. Repitieron la frase:

—¡Son los que dieron la orden pa que asesinaran ar pueblo!
Aquello era absurdo. Alguno nos dijo al día siguiente que habían tratado de convencer al pueblo de que éramos los responsables de la matanza. Comprendimos que la ofensiva de los caciques seguía creciendo y que no cejarían mientras pudieran intentar algo. Avancé hacia el grupo:

—Pasad aquí y vamos a hablar cara a cara. Os están engañando.

No los engañaba nadie. Eran los interesados. Sabían lo que hacían.

En lugar de pasar retrocedieron y buscaron el contacto con algunos grupos de curiosos que había en la plaza.


La Guardia civil nos ruega que salgamos del pueblo.

Aquella situación era tan ilógica, que no podía prosperar. Y no prosperó mucho tiempo. Pero la expectación y los grupos seguían en la plaza. Había una atmósfera irritada. Menos mal que habíamos terminado ya con plena satisfacción nuestra tarea de indagar y teníamos los cuadernos llenos de notas y la conciencia de evidencias.

Cuando aquella versión se deshizo sola, los terratenientes monárquicos lanzaron otra. Desde que anocheció hasta la madrugada, los propietarios no descansaron un segundo. El ánimo de los que habían quedado en el pueblo, sacudido por las terribles impresiones de los sucesos y abrumado por el pánico, con la sensación de la omnipotencia de los terratenientes y las autoridades, a los que la mayor parte temían contrariar, era el más a propósito para que prosperara cualquier absurdo. Decían que el día anterior á los sucesos nos habían visto en el pueblo, que habíamos engañado a los campesinos, diciéndoles que toda España estaba sublevada y en armas. Que los responsables de todo éramos, en suma, nosotros. Nos atribuían caprichosamente, en forma verdaderamente estúpida, una ideología especial inventada por su ignorancia y su miedo. Había que evitar que habláramos, coaccionándonos como fuese. En último extremo sería para ellos un éxito político formidable y un descargo de conciencia ante la opinión si podían decir: «El pueblo ha reaccionado por sí solo contra los responsables.» Si el crimen sólo existe en cuanto se descubre y conoce, es natural que nosotros lo íbamos a revelar, y que, por tanto, éramos los responsables.

Lo cierto es que a las diez y media la Guardia civil nos obligó a salir de la plaza, donde intentábamos explicar al pueblo la maniobra de los caciques, y nos indicó que lo más conveniente sería que nos marcháramos.

 —Claro está —añadió el sargento— que si ustedes quieren quedarse a todo trance un día más o dos, nosotros nos ponemos a sus órdenes.

Quizá eso de que la Guardia civil se nos ofreciera entraba en los planes de los caciques. No podía ser más absurdo todo aquello. Nos negamos terminantemente, y pensando en nuestros cuadernos repletos de notas y en la imprudencia que representaba meterse en el campo enemigo después de una batalla y de veintitantas ejecuciones, optamos por marcharnos.




No hay quien nos lleve, y nos quedamos a dormir —y dormimos perfectamente— en la posada.

El coche correo no se atreve a salir de noche. Lleva impactos, cristales rotos a balazos. El chófer, un hombre gordo y pacífico, tiene mujer e hijos. Suplica. Hay otro auto y otro chófer; pero ante la perspectiva de tener que salir de noche al campo, se pone enfermo. Teme al pueblo, por un lado, y por otro, a las sombras de la carretera.

—Ya ven ustedes —decimos a los guardias— que no es posible marchar.

Estamos en la puerta de la posada. Se acercan unos grupos. Siguen los hijos de los terratenientes, los incondicionales del duque y los adláteres de esos incondicionales, obstinados en evitar que digamos lo que hemos visto y lo que hemos oído.

—Hagan el favor— dicen los guardias, haciéndoles retroceder.

Se van y se unen a otros grupos, en los que hay algunos campesinos. Les hablan. Salen rumores y voces. Vamos a contestarles, avanzando, y los guardias nos lo impiden y nos obligan a meternos en la posada. Bueno. Cenamos y nos acostamos. Abajo hay voces y rumores. Nos hemos negado terminantemente a que en la puerta de la fonda haya vigilancia. No la hay. Los campesinos siguen entrando y saliendo en la taberna de la planta baja. Alguien nos dice que los campesinos no tienen armas.

Bah! Los campesinos tienen un instinto certero, y todas las excitaciones serían inútiles después de haber hablado con nosotros.

De eso estamos bien seguros. Los que tienen armas son los propietarios. También estamos seguros de que si pudieran evitar que saliéramos del pueblo lo harían.

Sería un éxito poder decir después el embuste que les había dé redimir de una gran parte de la responsabilidad: «Las masas han reaccionado por sí solas, y...»

Nos acostamos sin desnudarnos. Siguen los rumores y las voces. Los terratenientes han conseguido arrastrar a todo el sector neutral, a ese que ni es obrero ni propietario y a quien desdeñan el propietario y el obrero. En la pronunciación y en el firme pisar —con sonar de suela y tacón— se advierte, a través de la ventana cerrada, que siguen maniobrando los señoritos.

—No hay cuidado —advertimos—. La Guardia civil hablará seguramente con el gobernador por teléfono para ver qué clase de pájaros somos, y al ver que se podría armar un nuevo escándalo y agravar su situación, los terratenientes amainarán

Así sucedió. Los propietarios intentaron que sus incondicionales nos lincharan. De todas formas, el único peligro serio que corrimos en la posada fue el de ser devorados por las pulgas. Salimos indemnes, y ahí han quedado esas notas y esas evidencias de Casas Viejas.

No hubiéramos escrito estás últimas líneas de muy buena gana. Entre otras razones, porque no tuvo el incidente importancia ni gravedad. La maniobra estuvo clara desde el primer momento. Pero algunos periódicos burgueses hablaron de él, ajustándolo a sus deseos, con la intención de sacar el mayor partido posible de la fracasada maniobra de los terratenientes de Casas Viejas.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas),  1933













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