Lo Último

1814. La Primera República II

CAPITULO II

En Madrid se afirmó que los cuarenta y dos guardias civiles que guarnecían la ciudad se habían rendido, tras reñida lucha, a una docena de paisanos.

-No quiero engalanarme con plumas de pavo real; yo no disparé un tiro; la Benemérita salió de la ciudad al ver la exaltación unánime del vecindario... Desde Linares oficié al Directorio dándole cuenta de haberse proclamado la República. Hicimos un alistamiento voluntario y fortificamos las entradas del pueblo. Como no nos sobraba tiempo, suprimí casi en absoluto las soflamas, arengas y manifiestos. A los dos días, alarma en el pueblo, gran toqueteo de campanas; los alistados acudieron a sus puestos. No participé del desasosiego. Calculé que no seríamos atacados hasta el cuarto día, por lo que abandoné la ciudad la noche del tercero, llevándome setecientos hombres. El armamento era de una variedad pintoresca; cada cual llevaba lo que halló en su casa; en cuanto a municiones, el que más, tenía seis cartuchos.

-Según los noticieros madrileños, se fue usted a La Carolina.

-Y cerca de este pueblo nos salió al paso una corta fuerza de Caballería y unas parejas de la Guardia civil de infantería. Nos tiroteamos y mi ejército voló, quedándome sólo ochenta hombres... Dos días después la Gaceta de Madrid decía: «Ha sido dispersada la partida de Estévanez; pero se ha presentado otra en El Viso». No era otra; era la misma. Habíamos atravesado la sierra en pocas horas. En El Viso se nos incorporaron algunos voluntarios de la Mancha. Necesitando municiones, traté de sorprender el destacamento del Visillo (Almuradiel), compuesto de veinticuatro cazadores del batallón de Las Navas y mandado por el subteniente O'Donnell. La sorpresa fracasó y tuve que retirarme a la venta de Malaventura. Amanecía... Perseguido por varias columnas, tuve que maniobrar algunos días por los sitios más escabrosos de la sierra. Esclavo en todo de la verdad, debo decirte, querido Tito, que aquello era una persecución de mentirijillas. Aquel extraño modo de guerrear me ha enseñado muchas cosas.

Nuestras guerras civiles han durado años y años porque las tropas regulares no han sabido o no han querido ahogarlas en su origen. Creeríase que hay interés en que las facciones se organicen, y fogueándose constantemente, aprendan el arte o las astucias de la guerra. Pudieron los jefes de las columnas acabar con nosotros en menos de una semana; pero descansaban de noche en los pueblos, iban de uno a otro por las carreteras, sin fatigarse, siempre de día, y no nos buscaban con deseo de encontrarnos. Varias veces pasaron las columnas junto a mí sin sospechar mí presencia; jugábamos graciosamente al escondite».

Íbamos ya frente al Museo de Pinturas cuando empezó a contarme su encuentro con la columna del Coronel Borrero, hecho de armas que llegó a Madrid de tal manera hinchado que alguien le dio proporciones semejantes a las de la acción de las Termópilas. Acaeció el suceso el 6 de Diciembre en una ermita llamada de San Andrés. Borrero llevaba veinticinco caballos y dos compañías de cazadores de Ciudad Rodrigo; Estévanez treinta y siete escopeteros. Después de un largo tiroteo, Borrero se retiró al Viso con algunas bajas. Esta batalla en miniatura tuvo una prelación cómicamente ampulosa. La militar arenga que Virgilio Llanos, subido en una roca, pronunció ante los aburridos y fatigados escopeteros. «Esforzados campeones de la Libertad -les dijo con épica exaltación, agitando los brazos, como poseído del mal de San Vito-, ha llegado el momento sublime de hacernos inmortales. Desde aquellas cumbres la España y la Historia os contemplan. ¡Corred intrépidos a cubriros de gloria! Vuestras madres os bendicen. La santa República os acogerá en sus brazos amorosa. ¡Sus, y a ellos!, etcétera...». El tal Virgilio era un muchachón avispado, activo, frenético sectario y un poquito socarrón. Años adelante le he conocido yo trabajando modestamente en la administración de un periódico avanzado, en la contaduría de un teatro, en las oficinas de la Resinera de Coca. Fue grande amigo de Eusebio Blasco.

La partida menguaba de día en día; algunos de los de Madrid se marcharon, no sin despedirse. Eran buenos para el fuego, pero se cansaban pronto de las jornadas largas, de las lluvias y de las privaciones. Los más duros eran los pastores y serranos. El 20 de Diciembre ya no le quedaban al heroico y sufrido don Nicolás más que nueve hombres. El 21 entró solo en Bailén, dejando a su gente en un cortijo próximo. Descansó unos días en casa de un buen amigo suyo, y al volver al cortijo, los nueve guerrilleros se habían reducido a seis.

Entrando ya en el palacio de Buenavista relató así el bravo campeón la última triste página de sus aventuras: «Una noche, en un cortijo, orilla del Jándula y cerca de Andújar, dormíamos sin vigilantes por la escasez de gente. El cortijero me dijo que de nada servían escuchas ni centinelas, porque los perros nos advertirían cualquiera novedad. En efecto, él interpretaba los ladridos con una exactitud maravillosa. Oyendo a los perros, me decía: 'Le ladran a una lechuza'. 'Pasa un lobo'. 'Está saliendo la luna', etcétera. De repente se oyó un ladrido lejano, y el hombre se puso en pie, gritando con susto: '¡La Guardia civil!'... Salimos, y a los pocos minutos vimos llegar un paisano enteramente solo y sin armas a la vista; pidió un vaso de agua, y entre sorbo y sorbo nos manifestó que había servido en la Guardia civil seis años. Llevaba la licencia en el bolsillo. Sin duda conservaba el olor del Instituto, puesto que los perros avisaron su paso».

El 30 de Diciembre tomó Estévanez en Vilches el tren de Madrid. Fue reconocido por más de dos viajeros que no le denunciaron. Se tiró del tren antes de llegar a la estación de Atocha, y embozándose en la capa, se dirigió a su casa con el tranquilo paso del ciudadano más inocente y descuidado.

Ya en el Ministerio, escaleras arriba, me dijo Estévanez que Figueras le incitaba vivamente a reingresar en el Ejército. Negábase a ello mi amigo, muy a gusto en el libre ambiente de la sociedad civil... En el salón del Ministerio había mucha gente, paisanos y militares, agrupados en diferentes corrillos. En uno de éstos vi a Luis Blanc y a García López; en otros, Roque Barcia y Félix la Llave charlaban con dos militares, con Ramos Calderón, riverista, y con un amigo de Martos de cuyo nombre no me acuerdo. En todos los grupos se respiraba el aire espeso y acre que arroja de sí la palabra Crisis. ¡Crisis, Dios mío, cuando aún los primeros Ministros de la República no habían calentado las poltronas! ¿Dónde estabas, Mariclío celestial; en qué pozo te habías caído que no fuiste de Ministerio en Ministerio, chinela en mano, azotando las posaderas de toda esta gente rencillosa y quimerista, sin conocimiento de la realidad ni estímulos de patriotismo? Pienso yo que aburrida de tu oficio quieres adoptar el de alguna de tus hermanas, quitándole a Euterpe la voz angélica, los pies a Terpsícore, tal vez a Melpómene el ceño iracundo y la mano armada de puñal.

En aquel maremágnum de gente ociosa y postulante se me perdió de vista Estévanez. Salí de allí con ligero paso, hastiado del pregón de crisis y de la turbulencia moral que indicaban los rostros de aquellos politicastros de baratillo. Quise ir a mi casa, y maquinalmente me fui a la de don Eleuterio Maisonnave, que me había ofrecido una colocación decorosa. No le encontré, y aturdido y desalentado vagué por las calles, cambiando a cada instante de propósito y dirección. La ausencia de mi Obdulia me llenaba el alma de tristeza, y esta se agudizaba de improviso resolviéndose en arrebatos de cólera furibunda. En la Puerta del Sol, llena de papanatas y haraganes, sentía vivos impulsos de enredarme a trastazo limpio con cuantas personas me estorbaban el paso.

Sin pensarlo, como si huyera de mí mismo, me metí en el café de las Columnas, donde tal vez encontraría a don Santos La Hoz para contarle mis penas: «Hoy estoy de malas -me dije atravesando por entre las mesas pobladas de vagos parlanchines-. Basta que hoy desee ver a don Santos para que no le encuentre». ¡Sorpresa y alegría! Desde una mesa cercana al mostrador me llamó el curita La Hoz, que tomaba café con unos cuantos amigos de esos que arreglan el mundo entre terrones de azúcar y sorbos de agua de castañas. Acudí al llamamiento y me hicieron hueco amablemente. Al sentarme, vi frente a mí una señora risueña y guapita que formaba parte de la trinca. Al instante me sentí arrastrado al vértigo de una conversación febril, de política, por supuesto... Don Santos hablaba horrores de Martos, de Becerra y de toda la chusma que llamaban cimbrios. Junto a mí había dos tipos locuaces, que despotricando me rociaban con su saliva. Sus caras no me eran desconocidas; pienso que les vi en un Templo Masónico adonde me llevaron una noche a ver una Tenida blanca, con pasteles, caramelos y baile agarrado. Si no me equivoco, aquellos dos venerables hermanos tenían en la Logia los nombres de Licurgo y Epaminondas.

La señora sentada frente a mí, pizpireta y apañadita, no me quitaba los ojos, celebraba cuanto yo decía, por lo que, holgándome mucho, le dedicaba yo todos mis chistes y agudezas, subrayándolos con pisotones. En el giro de la conversación, vine a comprender que también aquella dama había visto las Columnas Simbólicas, como aprendiza masona, en lo que denominan Rito de Adopción. Algunos la llamaban Candelaria, su nombre de pila, y otros le aplicaban el sonoro mote de Penélope. Junto a don Santos había dos señores que afectaban cierta gravedad y se creían depositarios del buen sentido y órganos de toda opinión sesuda. Eran dos solemnes marmolillos, de esos que se precian de poner los puntos sobre las íes y de quitar caretas a todo el género humano. De lo que allí se habló saqué la certeza de que el primer Ministerio de la República amenazaba ruina, y de que Martos, Presidente del Congreso, era el Sansón de los filisteos republicanos. Mi vecino de mesa, Epaminondas, aseguró que don Cristino había nombrado a Espartero Capitán General de Madrid; pero don Santos y sus adustos adláteres pusieron sendos puntos sobre las íes, consignando que el nuevo espadón de la dictadura era el General Moriones.

Retiráronse algunos de la tertulia y hubo cambio de sitios, quedando yo junto a don Santos, y a mi izquierda la vivaracha Candelarita Penélope. En el curso de la picante comidilla política, hallé coyuntura para contarle al curita los motivos de mi descontento. El mismo 11 de Febrero, Maisonnave me ofreció una placita modesta para poder vivir, y habían pasado muchos días sin que don Eleuterio me sacara de penas. «Bien puede afirmar el grande y pequeño Tito que ha nacido de pie -dijo don Santos rasgando toda su boca en un reír inefable-. Mira por dónde te ha salido la buena, cuando menos lo pensabas, al entrar en este café y encontrarme a mí... Dime ahora que no hay Providencia. Ya puedes marcar este día con piedra blanca: Albo notanda lapillo, que dijo el latino... Abrázame, Titín, y anticípame las gracias: aquí tienes al ciudadano La Hoz, clérigo desclerigado, que sabe mirar por sus amigos, cuando son liberales de buena ley, como tú... Debo decirte ante todo, para que vayas aprendiendo a vivir, que no te fíes de Maisonnave ni de ningún castelarino; deja el campo de los ruiseñores, donde no hay más que gorjeos, y vente acá: nosotros no gorjeamos, pero damos trigo».

Llevado de sus pujos oratorios, me dejó suspenso y a media miel. Se subió las gafas, que tendían siempre a resbalar hacia la punta de la nariz. Tomó de nuevo la palabra, que era estropajosa por la falta de dientes, y espolvoreando su saliva sobre mí, mordisqueó desabridamente a Figueras, Salmerón y Pi, que piaban federalismo y dejaban vacíos los comederos. Con gran trabajo logré que disipara mis ansias y despejase la doble incógnita de su generosidad y de mi agradecimiento. ¡Acabáramos! Mi amigo disponía de una plaza de seis mil reales en Gobernación, por ascenso y traslado a provincias del funcionario que la desempeñaba. Trastornado yo de júbilo, cierro el pico y dejo hablar al ínclito don Santos, mi salvador y Mecenas:

«Esa plaza me la dio Ruiz Zorrilla para mi amigo y paisano don Rufino José Novillo, esposo de esta dama que nos honra con su presencia, y como ha sido destinado al Gobierno civil de Bajadoz, dispongo yo del puesto vacante, según práctica usual en nuestro panfuncionarismo burocrático. Cuando tú entraste, querido Tito, estaba yo discurriendo a quién daría la modesta breva. ¡Mira con qué oportunidad y buena sombra entraste en el café esta tarde! Lo que te digo: hay minutos decisivos en la vida de los hombres públicos o de los que aspiran a tales. Es uno providencia sin saberlo, y tú, al encaminar aquí tus pasos, venías empujado por el ángel de tu guarda». Volvime yo entonces hacia doña Penélope, y violentándome para no darle un estrecho abrazo y besar sus mejillas, un poquito pintadas, le dije: «Señora mía, permítame usted que celebre con toda el alma el ascenso de su digno esposo, recompensa justa, mas no correspondiente a sus méritos insignes. Como supongo que usted le acompañará, mi alegría se nubla, pues quisiera poder expresar a usted mi gratitud aquí, día por día...

-No, no; yo no voy. Mi marido puede ir donde quiera; cuanto más lejos mejor -dijo vivamente la señora, acentuando su palabra con guiños y muequecillas que no dejaban duda de sus sentimientos conyugales-. De Madrid al Cielo... Yo no he nacido para provinciana... Aquí tengo mi centro, mis trabajos humildes, y un nombre que no carece de resonancia, aunque me esté mal el decirlo...».

Selló sus labios un alarde de modestia, tan falsa como el rosicler de sus mejillas. Pero don Santos se apresuró a desvirtuar aquella discreción postiza, diciéndome: «Tú habrás leído algunas composiciones de esta señora en La Ilustración Federal. Firma con el seudónimo de Rosa Patria... Y de sus artículos Conciencia libre y La hora del Apocalipsis también tendrás conocimiento».

Aunque era la primera vez que oía citar aquellas creaciones en verso y prosa, yo las alabé hiperbólicamente cual si las supiera de memoria, y ella, volviéndose hacia mí, dando a mis ojos la convexidad blanda de su pechuga y a mi nariz el perfume barato que usaba, me dijo con tierna voz: «Yo sí que le admiro a usted hace tiempo, señor don Tito. El discurso irónico que pronunció usted en Durango es una pieza oratoria por la que merece el título de Cicerón humorístico. ¡Con qué gracia se burló el orador de aquel público de avutardas católicas y de gansos absolutistas! Cien veces he leído su plan de Imperio Hispano-Pontificio relamiéndome de gusto. Tiene usted mucho talento, señor Tito. Está usted llamado a ser pronto un hombre público eminente al par que ilustre pensador».

Un ratito estuvimos incensándonos mutuamente, cambiando alabanzas, gratitudes y mil floreos empalagosos... Atardecía. Se iba aclarando la piña de los contertulios de don Santos. Uno de los señores graves desfiló, dejando tras sí una estela de necedades sentenciosas; el otro agarró un periódico. Yo aproveché la clara para concertar con mi amigo lo que más me interesaba. Convinimos en que al día siguiente iríamos juntos al Ministerio para que me extendieran la credencial y tomar posesión del cargo lo más pronto posible. En esto la señora se despidió de nosotros. «Tengo que ir -nos dijo- a la tienda de Clement... ahí, calle de Carretas, donde ahora estará, seguro, seguro, mi Rufino comprando las corbatas que quiere llevarse a Badajoz para hacer el pollo en aquella culta ciudad. Hemos quedado en vernos allí: son las cinco. Me temo que si no estoy presente escoja las formas y colorines más estrepitosos. Tiene mi marido un gusto de mil demonios. Si le dejo, sale a la calle hecho un guacamayo...». Al despedirse agotó su arsenal de remilgos, ojeadas y meneos para ofrecerme su casa, su persona, en el concepto literario y político, aceptándome como auxiliar o comadrón para los futuros alumbramientos de su fantasía. Viéndola salir por entre las mesas, pude apreciar que era pequeña de cuerpo, gordezuela y fofa, viva de andadura, suelta de ademanes, y tan desahogada de lengua que a lo largo del café iba disparando dicharachos a un lado y a otro.

Dejadme tomar aliento para que pueda contaros, con la debida pausa y sentido, dos hechos muy importantes que van entrelazados estrechamente en esta veraz historia. El uno es el caso y circunstancias de mi metimiento afectivo con doña Candelaria. El otro es la ruidosa y descomunal crisis del 24 de Febrero, a los trece días del establecimiento de la República. ¡Aún no asábamos y ya pringábamos!


Benito Pérez Galdós
La Primera República - Capítulo II

Cuarta novela de la Quinta y última Serie de los Episodios Nacionales.



No hay comentarios:

Publicar un comentario