Lo Último

1838. La Primera República VIII




CAPITULO VIII

Cuanto más arreciaba contra mí la caterva de pretendientes, con mayor desenfado me iba yo metiendo en el delirio de arrojar sobre todos la lluvia de oro de mis generosas ofertas. En esta rarísima situación psíquica llegué a extremos verdaderamente morbosos. Llenaba mi espíritu un intensísimo sentimiento paternal. Sin duda sufría yo un ataque de altruismo en su forma más aguda y frenética. Antes de referir los casos más extraordinarios de mi dolencia, traeré a estas páginas sucesos públicos que por obligación, no por gusto, debo comunicar a mis parroquianos. Asistí en 1º de Junio a la apertura de las Cortes Constituyentes y a las sesiones del examen de actas; vi la turbamulta de flamantes diputados, caras inocentes, caras de honrada convicción y sinceridad candorosa, caras de rurales novatos, con visajes de marrullería y destellos de ambición. En su estreno, las Constituyentes fueron bautizadas por un profesional del chiste con el apodo de tren de tercera; grande necedad e injusticia, pues el pueblo español dio su representación a bastantes hombres de gran mérito, como a su tiempo se verá.


En los escaños vi a los políticos viejos y jóvenes, que se sustrajeron al retraimiento acordado por todos los partidos no federales: Ríos Rosas, Salaverría, Becerra, Labra, Padial, San Romá, Elduayen, Esteban Collantes, Canalejas, León y Castillo, Mansi, Marqués de la Florida, Romero Robledo, Fernández Villaverde, Silvela y algunos más. De los que tuvieron arte y parte en la Revolución de Septiembre se quedaron sin acta Rivero, Martos, Sagasta, el Duque de la Torre, Topete, Malcampo y Ayala.

Vuelvo a mi manía de grandezas para deciros que a lo mejor me abordaban en los pasillos del Congreso sujetos desconocidos para mí, diputados algunos, y llevándome aparte me decían con sigilo: «Amigo don Tito, ya sé que usted tiene vara alta con Pi y Margall...»; o bien: «No me niegue usted, señor Liviano, que Figueras le quiere a usted como a un hijo...». Otro salía con esta tecla: «¡Por Dios, don Proteo! Hable usted de mi asunto a Nicolás Salmerón. Yo le trato; pero no tengo con él la confianza que usted». Y uno que parecía venido de las Batuecas se descolgó con esta tocata: «Me dirijo a usted en nombre de un grupo de federales de ley. Sabemos que está usted encargado de redactar el proyecto de Constitución. Que sea muy radical, amigo, atrozmente radical. Hay que destruirlo todo sin compasión y levantar de nueva planta el edificio político y social...». Yo contestaba siempre, con bondad inefable: «Cuente usted conmigo... Deme usted la nota... Lo tomaré como cosa propia... Será usted complacido... Pierda cuidado... etcétera». Como broma podía pasar; pero el día en que la realidad cayese sobre mí, tendría que poner tierra por medio, o me asesinarían en cuanto saliera a la calle.

Abrasado de impaciencia por tener noticias de Graziella y de Obdulia, me fui a ver a Celestina Tirado, ama de gobierno del Obispo reformador y casamentero de curas don Hilario de la Peña. Continuaba viviendo este señor en la holgona y cómoda casa de la calle de San Leonardo. Allí le encontré sentadito y agasajado entre mantas, escribiendo en la mesa de su biblioteca, en la cual los libros y papeles rivalizaban en desorden caótico con el caletre del pobre anciano. Saludome este con afable sonrisa, y, después de echarme la bendición, siguió redactando el Boletín Eclesiástico de su diócesis, como si ya no estuviera presente.

A punto entró el ama de gobierno, mostrándome sus afectos como en los días en que nos conocimos. No tardé en formular con apremio las preguntas que motivaban mi visita; mas la pícara, en vez de contestarme con la debida prontitud, saltó con esta requisitoria: «Ya sabemos que el señor Titín es el alma de este Gobierno federalucho. En los Ministerios no se hace sino lo que quiere esta buena pieza. Yo me alegro de verle tan por las nubes... Y voy a lo mío: he casado a mi niña; mi yerno es un cuitado, Pepe Verdugo, hijo del mandadero de las monjas de ahí enfrente. El pobrecillo no tiene sobre qué caerse muerto. Mis hijos viven con los padres de él, orilla del convento, y me están comiendo un codo... Bueno, pues yo quiero que me dé usted para mi Pepito una plaza en la Administración de los Reales Sitios, La Granja con preferencia, pues allí, de la poda y del aprovechamiento de yerbas sacan los empleados su buen cocido con gallina y jamón para todo el año».

Mi respuesta, ya lo suponéis, fue que contara con el destinejo, y ella, cual si ya lo tuviera en la mano, reventaba de satisfacción. Reiteradas mis preguntas, sacome al pasillo para explicarse con más libertad, y ved aquí cómo lo hizo: «La Graziella, que como usted recordará tiene los demonios en el cuerpo y es sabedora de cosas mágicas o hechiceras, se apartó de este buen señor por mandato de unas divinidades, que a mi parecer están emparentadas con las ánimas del otro mundo... Esa diabla toma, cuando le conviene, naturaleza o hechura mundana, y con tal figuración está trabajando ahora de suripanta en el teatro de Las Musas, calle de las Aguas»... Por lo tocante a Obdulia, sólo sabía que no quiso embarcar en Barcelona y que escribió a la Marquesa de Navalcarazo, pidiéndole recursos para venir a Madrid. De esto hacía más de un mes. No me dio más noticias.

Y heme ahora, lectores amados, feligreses píos en estos divinos oficios de la Historia (ya veis que imito al obispo cismático y saladísimo), heme aquí repito, aunque sean cargantes tantos hemes, en la calle de las Aguas buscando el teatro de las Musas, que reconocí al fin en una fachada de almacén o cocherón, en parte cubierta de carteles desteñidos y rasgados por el tiempo y la chiquillería vagabunda. La puerta estaba abierta. Entré. No vi a nadie. Di palmadas, voces, y al cabo, de la obscuridad de un pasillo entorpecido por rimeros de bastidores y de trastos polvorientos, salió un hombre en quien al punto reconocí con estupor a Serafín de San José, el esposo de doña Cabeza. Su figura era lastimosa; su rostro, famélico y displicente. En breves palabras me dijo que la compañía se había disuelto, que él fue dos meses representante, un mes visador, y a la sazón, para que no pereciera de necesidad, le tenían de guarda del oficio. Estas explicaciones biográficas las empalmó con estotras de mayor interés: «Ya sé por Cabeza que es usted el hombre más pudiente de España. Tengo entendido que le escribió, contestándole usted que podía contar con la plaza. Ya sabe, guardia de Orden Público, o agente de la Secreta. Para otra cosa no serviré; mas para esos oficios soy que ni pintado... Cuando le vi entrar, señor don Tito, creí que me traía el nombramiento.

-Hoy no te lo traigo, Serafín -le dije-. Otro día lo tendrás. Pero te advierto que te doy la plaza por complacer a tu señora, nada más que por eso, porque... debo decírtelo... en el registro de la Policía, en el Gobierno Civil, estás anotado como sospechoso... Y hay algo peor, Serafín: te han señalado como uno de los que en el Club de la Hiedra se juramentaron para matar a Pi, a Salmerón, y no sé si a Manolo Becerra».

Oído esto, se iluminó con centelleos de indignación el rostro macilento de Serafín. Elevó sus descarnados brazos a la altura de la cabeza, y de su boca húmeda y temblante salió esta protesta iracunda: «¡Qué me parta un rayo, señor Tito; que ahora mismo me quede tieso en este portalón si yo he matado jamás a ningún cristiano, ni siquiera a una picotera mosca! Es calumnia... Tengo enemigos que le llevan a Cabeza la fábula de que soy un disolvente, un anárquico y un sanculoto... Cabeza no me quiere. Para que vea usted lo mala que es, ayer fui a su tienda, donde se están alistando los que forman la Corporación de Vecinos honrados del distrito de la Audiencia para defender el orden y la propiedad, y apenas me vio entrar salió como una furia con la vara de medir, y me echó a la calle con estos lenguarajos indecentes: Ni tú eres vecino, ni honrado, ni tienes más comercio abierto al público que las Vistillas o la Fuente de la Teja. En fin, usted que la conoce bien sabe que es una víbora y...».

Le atajé en esta quejumbre amarga, ansioso de abordar pronto mi asunto. Y de Graziella, ¿qué? Respondiome que por este nombre no la conocía, y yo, después de darle las señas de su talle y rostro, añadí para completar la filiación que su voz era dengosa, con marcado acento italiano. «¡Ay, don Tito! -dijo el esmirriado San José-. Todas las pécoras que pasan por estas tablas son género averiado, y por el habla no las podemos distinguir. Si tiene usted interés en saber si estuvo aquí esa castaña pilonga, véngase conmigo al cuarto del que fue primer actor en una corta temporada de verso, don Hermógenes Cadalso, que hacía como los ángeles La carcajada y Los pobres de Madrid, y verá los retratos de casi todo el mujerío que ha pasado por este coliseo».

Subí con Serafín por desvencijadas escaleras lóbregas a una estancia asquerosa, cuyas paredes estaban llenas de recortes de periódicos y de toscos dibujos a pluma, fijados con engrudo. Eran retratos en caricatura de mujeres alegres o de actrices despechugadas, feos y groserotes, del peor estilo de aquellos tiempos en que era embrionario el arte de ilustrar periódicos. Por tales mamarrachos no podía yo reconstruir el aire y fisonomía de una persona determinada. Retireme del horrible teatro, dejando a Serafín de San José una propineja para que disfrutase por algunas horas la alegría del beber, y le aseguré que vestiría muy pronto el honroso uniforme de Orden Público.

A escape me fui al Congreso, donde teníamos aquel día elección de Presidente interino y de Mesa provisional. Se me olvidó decir que el 1º de Junio, durante la solemne sesión de apertura, hubo gran desfile de tropas regulares y de Milicias, entremezcladas y confundidas para expresar con mayor realce la fraternidad entre el Ejército y los ciudadanos. Al pórtico del Palacio de las Leyes salieron muchos constituyentes, el Gobierno y el Cuerpo Diplomático. Estruendosos fueron los vítores y aclamaciones, así en los desfilantes como en la muchedumbre que los contemplaba. Una nota desagradable advirtieron algunos en el momento culminante de aquel entusiasmo. Se dijo, yo no lo vi, que ciertos oficiales y voluntarios intransigentes de la Milicia, al aclamar frenéticamente la República Federal, se pasaban la mano extendida por el cuello mirando a los Ministros, como si recordaran el uso de la guillotina para castigar la debilidad, la cobardía o la traición. De esta insolencia no bien comprobada se habló toda la tarde, y alguien aseguró que tendría castigo severo. Pero Figueras y Pi quitaron importancia a la broma descortés, y nada se hizo.

Elegido Presidente interino de las Cortes Constituyentes fue don José María Orense, Marqués de Albaida. En la discusión del Reglamento ocurrieron incidencias graciosas. Un diputado protestó iracundo de que le llamaran Su Señoría; fue un descuido del Presidente, pues la Cámara había acordado que el único tratamiento fuera Ciudadano tal, Ciudadano cual... Otro padre de la Patria propuso la supresión de los maceros, que consideraba como un signo de atavismo repugnante. Y un tercero pidió en largo discurso que se tapizara con terciopelo de otro color el escaño de los Ministros, pues lo de banco azul recordaba los desafueros de la Monarquía... El día 7 se eligió la Mesa definitiva. Después de constituidas las Cortes, aprobaron una Ley declarando la República Democrática Federal como forma de Gobierno en España, y surgió una crisis, que era la cuarta en los fastos de aquella República.

No necesito decir que en mis tardes del Congreso me vi asaltado por nuevos y más engorrosos pretendientes, a los cuales mi furibundo altruismo colmaba de risueñas esperanzas. Pero lo más chusco fue que una tarde, atravesando la Plaza de las Cortes para irme a mi casa, vi que hacia mí venía con los brazos abiertos don Basilio Andrés de la Caña. «Este tío viene a estrangularme -me dije sobresaltado-. ¡Dios me valga!». Pero lo que hizo el hombre fue abrazarme con ternura, clamando así: «¡Gracias, gracias, imponderable Tito, el hombre más influyente de estos Reinos... o de estos Cantones! A usted debo mi felicidad; a usted debo mi plaza. Hoy me han dicho que mañana se firmará el nombramiento. Ya veo que Sorní le baila a usted el agua... Otro abrazo... Otro...». La desbordada emoción del financiero me sofocaba; sus apretujones me molían los huesos, y su aliento, que no era fragancia de rosas ni de ámbar, me revolvía el estómago. Quiso acompañarme hasta mi casa; pero le insté a que me dejara solo, y felicitándole con exagerado calor, apreté a correr por la calle de San Agustín.

Pues ahora veréis otro milagro. A la mañana siguiente entró en mi sala de audiencias, mejor será decir despacho presidencial, la bestia de doña Belén, madre de Candelaria. La introdujo Ido del Sagrario, con cierto aire ceremonioso y empaque de Portero Mayor o Sumiller de Cortina. Venía la pobre mujer a darme las gracias por haberse conseguido lo que yo pedí al Ministro de la Gobernación, tocante al chinche de Rufino. Don Francisco Pi me había complacido al instante. Bien se veía que era yo su ojito derecho. No sólo negó al maldito yerno el traslado a Madrid, sino que le ha mandado más lejos, a una provincia que llaman Güelba, allá donde San Pedro perdió las alpargatas. Luego me abrazó y estuvo a dos dedos de besarme, diciendo: «¡Bien por Tito, el hombre del gran poder!... Y ahora, chiquitín de mi alma, no me voy de su casa sin pedirle algo para mí. Un estanco en buen sitio, calle Mayor, Arenal o Carretas». Y yo, espléndido y magnánimo, le dije: «Mejor será en la Puerta del Sol, doña Belén. Lo pediré esta misma tarde...».

Las sesiones de las Constituyentes me atraían, y las más de las tardes las pasaba en la Tribuna de la Prensa, entretenido con el espectáculo de indescriptible confusión que daban los padres de la Patria. El individualismo sin freno, el flujo y reflujo de opiniones, desde las más sesudas a las más extravagantes, y la funesta espontaneidad de tantos oradores, enloquecían al espectador e imposibilitaban las funciones históricas. Días y noches transcurrieron sin que las Cortes dilucidaran en qué forma se había de nombrar Ministerio: si los Ministros debían ser elegidos separadamente por el voto de cada diputado, o si era más conveniente autorizar a Figueras o a Pi para presentar la lista del nuevo Gobierno. Acordados y desechados fueron todos los sistemas. Era un juego pueril, que causara risa si no nos moviese a grandísima pena.

La composición de la Cámara era de una divisibilidad aterradora. Formaban la Derecha distintas castas de Benévolos; la Izquierda los Intransigentes, fraccionados en heteróclitos grupos: federales pactistas, orgánicos, simplemente autónomos o descentralizadores, federales con vistas al colectivismo, y otros que arrancaban con los criterios más extravagantes. El Centro era un arco iris con todos los colores del espectro solar del republicanismo. Nombrado un Ministerio, se deshizo al instante. El señor Tatau desenvainó unos proyectos de Hacienda que fueron conceptuados como declaración de la bancarrota nacional.

En aquellos días apareció el famoso pasquín ¿Quién es Pedregal?, que revelaba tanta grosería como ignorancia por tratarse de un hombre de relevante mérito, así por su grande inteligencia como por su acrisolada honradez.

De la caótica confusión salió al fin el acuerdo razonable de autorizar a Figueras para que continuara con sus Ministros al frente del Poder Ejecutivo. ¡Aclamaciones y vítores ensalzando la unión de los republicanos!... Pasado un día, nuestro gozo en un pozo. El Marqués de Albaida dimite la Presidencia de las Cortes. Renovación del barullo, que toca ya en la vesania. Después de varias sesiones diurnas y nocturnas, se faculta de nuevo a Figueras para formar Gabinete, sin someter la lista de Ministros a la aprobación de la Cámara. Empezaron las consultas y los ridículos cabildeos. Castelar quería convencer a Salmerón, Salmerón a Carvajal, Carvajal al demonio coronado...

En esto vino el estruendo final de la chispeante función de fuegos artificiales. Don Estanislao Figueras, enojado por la frialdad de Pi y Margall en una entrevista que ambos tuvieron, cogió el tren sin decir nada a nadie, y de un tirón se plantó en Francia. Inaudito suceso, caso de flagrante deserción que nadie pudo explicar en aquellos días. ¿Qué motivó esta fuga? ¿El hastío, el miedo, la convicción de la vacuidad bullanguera de las Constituyentes? De todo hubo un poco; pero ninguna de estas razones pudo absolver al Presidente de su insana conducta. ¡Qué chasco nos dio, a cuantos verdaderamente le amábamos, aquel hombre tan entendido, ingenioso y simpático! Fue orador insigne, y en su carácter la vivacidad y exquisito trato llenaban el espacio que dejaba vacío la falta de entereza. Doy a este breve juicio un sentido necrológico, porque aquel día murió políticamente don Estanislao Figueras.

Hasta pasadas veinticuatro horas no se tuvo noticia cierta de la fuga del que había sido figura eminente de la primera República española. La estupenda nueva partió del Banco Azul; corrió los escaños con hondo murmullo; subió a las tribunas; propagose con eléctrica velocidad por todo el edificio. Del estupor que sentí ante suceso tan grave, que era el mayor descrédito de la Causa, me puse malo. Al despedirme de mis amigos en la Tribuna de la Prensa, no podía tenerme en pie. Salí tambaleándome, y al llegar a la escalera, asaltó mi alma un horroroso pánico creyendo que se desplomaba el edificio. Furibundos golpes, como de grandes peñas que hirieran los peldaños, me recordaron la sugestión morbosa que padecí una noche transitando por la calle del Arenal y Puerta del Sol. Eran los pasos de una gigantesca figura invisible... Creí que la escalera se convertía en astillas. A mi parecer bajé rodando, a gatas, o no sé cómo... Pensé que el aire de la calle me despejaría la cabeza; pero no fue así.

En Floridablanca, Plaza de las Cortes y calle del Prado, el tremendo andar del ser misterioso hacía trepidar el suelo. Inclinábanse las paredes de las casas, como haciendo cortesías. Guiado por los pasos del fantasma entré en la calle del León. La terrible quimera, que no impresionaba mi vista sino mi oído, se desvaneció cuando me aproximé a la Academia de la Historia... Recobrada mi normalidad, se me ocurrió meterme en la portería de la docta casa y preguntar por doña Mariana. Los porteros, asombrados de mi pregunta, no me dieron razón,


Benito Pérez Galdós
La Primera República - Capítulo VIII

Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.


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