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1894. Dos dibujos

Dibujos de Miguel Hernández realizados por Antonio Buero Vallejo y Eusebio Oca




Miguel, hermano ausente, no osaría 
oficiar de poeta 
cuando me atrevo a hablarte. 
Desde las lanzas de oro de tus versos 
perdona estas opacas retahilas. Oye sólo a mi alma 
no a mis pobres sonidos, 
tú, para siempre sordo. 
Sin bulto, sin colores, sin conciencia, 
el pálido ectoplasma de un dibujo 
me devuelve tu rostro. 
Hará treinta y seis años 
que lo tracé con pulso conmovido. 
Alentabas, vivías. 
sonreías a veces 
sentado en el petate 
e iban naciendo los rasgos de mi lápiz. 
Fueron tiempos insólitos. 
Hacinados en vasta galería 
la derrota y el hambre compartíamos 
en aquella antesala de la muerte. 
Las flechas de la luz, desde una reja 
incendiaron tus iris. 
No a mí, sino a esos hierros, 
siguen mirando sus dos leves chispas 
en el viejo retrato que contemplo. 
Cuando agobiado y triste 
vuelvo de mis inútiles afanes, 
reclino en un sillón la anatomía 
hastiada de mi cuerpo 
e interpelo a la esfinge 
de tu pena extinguida 
bajo el cristal que en mi pared te guarda. 
Estás vivo –medito-. Tus pupilas 
observan fijamente y yo imagino 
que se mueven un poco 
cuando la habitación se halla vacía. 
Entonces rememoro 
otro diseño anónimo
muy posterior al mío 
que mostró tu mandíbula sujeta 
por el pañuelo de tu despedida. 
Abatir no pudiste 
-el dibujo lo enseñalos 
párpados tenaces. 
Y yo sentí aquel día desde lejos 
cómo me traspasaba la sospecha 
de tus ojos pasmados, 
de tu entreabierto labio ya sin hálito 
semejante a otro párpado 
por donde avizoraran 
los dientes de tu boca enmudecida. 
Tu ocular claridad en mi retrato 
y esos ojos inertes que otro lápiz 
recogiera más tarde 
son, Miguel, sombra y luces 
que nunca nos abandonan. 
Tú ya lo habías dicho: 
Los muertos, con su fuego 
Congelado que abrasa 
Laten junto a los vivos 
De una manera terca. 
Sé que un día ignorado 
mi extinción o la injuria de la vida 
han de lograr cegarme 
para ser, de tu mano, 
definitivo hijo de la sombra. 
Tus espectrales dedos se detienen 
en mis cansados hombros 
si me pongo a escribir, porque no cantas 
y una agresión viscosa 
transformó en pardo magma 
los cristalinos globos 
con que oteaste el mundo. 
Quizá no los cerraras 
porque no era tu esposa quien lo hacía. 
Hasta el final los mantuviste alerta 
llamando a Josefina, 
buscando su sonrisa en la ventana 
crucificada que se ennegrecía. 
Yo me asomo tras ella desde entonces
a una indecible estancia en que reposas 
sin poder divisarte. 
Sin que tú me divises. 
me abalanzo y atisbo 
entre un espeso bosque de barrotes 
sin entrever siquiera el esqueleto 
del armonio callado 
donde tu voz reía o sollozaba. 
Ya la mía se quiebra por el ansia 
de tu clamor vibrante, 
de esa música honda que ha de oírse 
cuando ya no se escuchen 
mis inciertas palabras 
borradas por los soplos del olvido. 
Tal vez se me recuerde vagamente 
sólo por el retrato que te hice. 
Eso te deberé, eso te debo. 
Recíbenos, Miguel, en tu silencio. 
Espéranos a todos 
mientras el pueblo sueña con tu viento 
como un arpa que avanza 
bajo el radiante sol de tus estíos. 
Desde hace largos años 
comprendo que me aguardas 
pues noto que también amarillea 
el tiempo sobre mis fotografías. 
Dormiré un día al lado de tu sueño 
con un mirar absorto y detenido 
que irán trocando en cieno 
las fraternales larvas inocentes. 
Como tú, no podré decir mañana 
que mi escondido nombre es el del polvo 
pues ya no tendré lengua. 
Por eso me adelanto 
a susurrarlo ahora, 
Miguel, antiguo hermano que destellas 
en nuestro eterno barro.


Antonio Buero Vallejo
Dibujos de Miguel Hernández realizados por Antonio Buero Vallejo y Eusebio Oca





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