En la trinchera, frente al Hospital Clínico. Madrid, marzo 1937 |
En este punto y hora termina la defensa de Madrid, propiamente dicha. Madrid pasa ahora a la ofensiva. El enemigo, perdida ya la ilusión de entrar triunfante en la capital de España, no aspira más que a conservar las posiciones conquistadas.
Desde los primeros días de febrero hasta la segunda
quincena de marzo se desarrolla la formidable ofensiva del ejército
republicano, dotado ya de una organización comparable a la de cualquier
ejército regular. Contando con las brigadas internacionales como fuerza de
choque y con material de guerra abundante y modernísimo suministrado por la
URSS los rojos toman la iniciativa y se lanzan al asalto de las posiciones
fascistas de la Ciudad Universitaria, que son la garra que Madrid tiene clavada
al cuello.
La batalla, iniciada exactamente el día 4 de febrero,
es incesante a lo largo de todo este mes y parte del siguiente. Hay muchas
jornadas en las que se lucha durante ocho o diez horas seguidas. Las oleadas de
asaltantes se estrellan contra la resistencia de las tropas rebeldes. Son
volados con dinamita todos los edificios que han convertido en fortalezas los
fascistas: la Escuela de Ingenieros Agrónomos, el Hospital Clínico, la
Fundación del Amo, todos. Es inútil. Entre los escombros humeantes los
supervivientes resisten.
Los dos ejércitos se quedan al fin jadeantes y
agotados uno frente al otro. De nada ha servido la carnicería. Ni los rebeldes
han entrado en Madrid ni la República ha derrotado a los rebeldes. Y allí
siguen, impotentes e invictos. La guerra habrá de decidirse en otra parte.
Por encima de la pasión partidista hay que inclinarse
ante la bravura de unos y otros. Que nadie, sin embargo, quiera sacar de la
incuestionable tenacidad de aquellas tropas ninguna consecuencia favorable a un
determinado designio respecto del porvenir de España. Ninguna de aquellas dos
aglomeraciones heroicas podía tremolar el verdadero pabellón español. En
aquella batalla de la Ciudad Universitaria se hallaron frente a frente los
hombres que representaban genuinamente las fuerzas de destrucción de Europa, la
horda que amenaza destruir nuestra civilización.
Esa mala levadura que hay en el comunismo y en el
fascismo, así como en la barbarie anárquica o autárquica y en el
internacionalismo revolucionario o el nacionalismo reaccionario, fue la que
hizo morir y matar a aquellos millares de bárbaros que se acometieron como
fieras rabiosas precisamente en el terreno que España había destinado a los más
soberbios templos de la cultura que se habían erigido en Europa. No por demasiado
fácil es desdeñable el simbolismo de que fuese allí precisamente, en la Ciudad
Universitaria, donde el destino quiso que se afrontasen las dos modernas
concreciones de la humana bestialidad.
Unos y otros claman que son ellos la civilización y la
cultura y que sus adversarios son la única fuerza de destrucción, la verdadera
potencia del mal. No se puede creer, sin embargo, que un salvaje cabileño de
los confines del Desierto parapetado detrás de la ventana de un laboratorio de
investigación del Hospital Clínico que para él tiene el mismo valor que un
risco de sus montañas del Atlas, sea el depositario, ni siquiera el agente
defensor de la civilización occidental con mejores títulos que un analfabeto
extraído del fondo de una mina o una cantera de cualquier país balcánico para
colocarlo con un fusil– ametralladora al brazo en la biblioteca de la Facultad
de Filosofía y Letras.
La verdad es ésta. Los heroicos y gloriosos ejércitos
que luchaban en la Ciudad Universitaria estaban formados con la escoria del
mundo. Basta fijar los ojos en la lista de las fuerzas que los componían.
Frente a la «Brigada Internacional» de los rojos, la «Novena Bandera» del
Tercio Extranjero de los blancos, una y otra, receptáculo de todos los
criminales aventureros y desesperados de Europa. En oposición a la funesta
internacional comunista y a su barbarie del nacionalismo más salvaje, ni
siquiera europeo, el nacionalismo musulmán al servicio de los militares
sublevados. La guarnición de las posiciones que defendían los facciosos en la Ciudad
Universitaria estaba formada concretamente por el 3.º y 5.º tabores de
Regulares de Alhucemas —es decir los antiguos guerreros de Abd el–Krim—, el
quinto tabor de Regulares de Ceuta y el quinto tabor de Regulares de Larache.
Estos millares de salvajes guerreros africanos fueron con la famosa «Novena
Bandera» del Tercio Extranjero la fuerza de choque que pusieron los rebeldes
frente a los anarquistas y los comunistas de toda Europa que se habían dado
cita en aquella trinchera de Madrid.
¿Qué no era esto solo? ¿Qué había también españoles a
uno y otro lado? Es cierto; desgraciadamente cierto. Hombres de España,
genuinos españoles, tipos representativos de nuestra vieja raza, los mejores
quizás, los más fuertes, los más honrados, han caído ajas puertas de Madrid
asesinados no por las balas de los fusiles extranjeros que disparaban unos
bárbaros, sino por la infinita estupidez de quienes siendo españoles atrajeron
a España a las potencias destructoras de Europa, a las fuerzas del mal, a las
monstruosas concepciones de odio que ha ido formando esa nueva barbarie del
Estado Totalitario, rojo o blanco, comunista o fascista.
El origen de la guerra no es español, no puede ser
imputable a los españoles. No hay más culpa española que la de los dirigentes
infames que brindaron la tierra de España a la barbarie y abrieron las
puertas de su país a la doble y antagónica invasión extranjera. Lo español es
acaso el encarnizamiento, la innegable crueldad, el tesón, que el hombre de
España pone siempre en defender la causa que abraza. Soldado de la fe, siempre,
el español se ha hecho matar, ahora por el dogma de la revolución
o el de la autarquía como antes se hacía matar por el dogma del catolicismo.
Ese hombre de España que ha sido asesinado por el
comunismo o por el fascismo, es lo único respetable de esta guerra estúpida que
el pueblo español, de por sí, no hubiese hecho si unas tropillas de españoles
cretinos y traidores no le hubiesen arrastrado a ella criminalmente. ¡Qué no
pretendan ahora encaramarse sobre ese millón de muertos españoles para
consagrar definitivamente su estupidez criminal!
España no será comunista ni fascista. La mayor infamia
que se puede hacer aún con el pueblo español es la de tremolar triunfalmente
sobre el inmenso cementerio de España cualquiera de esas dos banderas que
siendo ambas extranjeras han hecho derramar tanta sangre española.
Manuel Chaves Nogales
La defensa de Madrid - Capítulo XVII
La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.
María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.
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