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1888. Los poetas no mueren: Miguel Hernández

Carmen Conde, Antonio Oliver y Miguel Hernández, con otros intelectuales, en el faro de Cabo de Palos, agosto de 1935



Hace muchos años, casi en mi adolescencia, conocí al jovencísimo Miguel Hernández, en Orihuela, su tierra: La Oleza de Gabriel Miró. Aparte de las cartas que él nos escribía a mi marido y a mí, a Cartagena (nuestra triste ciudad natal), le vimos «físicamente» en un homenaje que los muchachos de Orihuela organizaron a Gabriel Miró, con descubrimiento de un busto y todo con la asistencia de las autoridades de la República y con discurso (no muy ortodoxo) del escritor y ahora embajador Ernesto Giménez Caballero. Como lo que este genial hombre dijo en aquella tarde y en aquella placita del homenaje citado resultó extemporáneo para algunos de los que escuchaban, al protestar éstos –justificadamente, hay que reconocerlo– se produjo un incidente con intervención de autoridades y demás. Aclaradas las cosas, y divertido el propio Giménez Caballero (al que nunca se le podrá olvidar su magnífica, su espléndida Gaceta Literaria de aquellos tiempos), fuimos a reposar a lo que se llama Casino de Orihuela, y que lo es. Allí nos acompañó el muchacho Miguel Hernández que estaba escribiendo su primer libro, Perito en lunas, muchos de cuyos originales nos regaló. Nos asomamos a uno de los balcones del casino (estaba conmigo una muchacha entonces muy prometedora en literatura, hermana de un genial escritor muerto ya, María Cegarra Salcedo) que daban sobre el río, sobre el limoso y lentísimo río de Orihuela. Miguel habló y habló, cosas las que dijo estupendas: acababa de dejar las cabras y estudiaba a los clásicos, y escribía y dentro de poco le publicaría su libro primero una editorial que regía el gran Raimundo de los Reyes (actualmente redactor jefe del diario católico madrileño Ya), poemas asombrosamente buenos y perfectos. Fue una tarde y una charla aquella viendo resbalar el Segura, que no olvidaré.

Después de Perito en lunas Miguel se vino a Madrid. José Bergamín y su revista Cruz y Raya le acogieron generosamente. Se hizo amigo de un joven inquietísimo, audaz, inteligente, mordaz pero justo en sus juicios que se llamaba Enrique Azcoaga. Trabajó con José María de Cossío –hoy académico– en Espasa Calpe en una monumental obra sobre toros y toreros. Para entonces ya estábamos también nosotros en Madrid, luchando con las circunstancias ya que, por ser súbditos de «la tierra de nadie» jamás anduvimos por terrenos firmes y acaudalados. Antes, llevamos a Miguel a Cartagena, a una Universidad Popular que habíamos fundado y sosteníamos a nuestras expensas y cuya única finalidad –única– era propagar la cultura entre los que más la necesitaban, sin usar como trampolín para nada nuestro trabajo desinteresado y generoso. (Naturalmente que esto no lo entendió jamás nadie, pero es lógico). Miguel leyó versos, dio conferencias, caminó con nosotros por los campos y las playas de la provincia, fue nuestro huésped y nuestro orgullo. Iba, recto, hacia la gloria que tiene ya.

Otros libros, un auto sacramental entre ellos, salieron de su pluma. A Miguel le conocían ya y le estimaban Pablo Neruda, Vicente Aleixandre, etc. Él, sencillo y noble, se movía con la máxima modestia y pobreza. A nuestra mesa, como a la de otros compañeros, acudía con frecuencia y alegría para todos. Y poco después, llegó la guerra… La guerra española irrestañable.

En la guerra Miguel hizo lo que tantos que pensaban, sentían como él y que, además, estaban forzosamente en zona roja. No voy a explicarlo, pues lo saben todos ya. Cuando terminó la guerra, huyó, se escondió, regresó a la querencia de su tierra, Orihuela, donde tenía su mujer e hijo, y allí… Dios perdone a Orihuela. De la cárcel, por muchas gestiones que se hicieron –y fueron las más ansiosas las de muchos prohombres del partido triunfante, sépase– no volvió a salir. Es decir, salió muerto para que lo enterraran, precisamente, muy cerca de donde estaba enterrado el otro joven cruelmente sacrificado: José Antonio Primo de Rivera. Vecinos de sepultura, y jóvenes los dos, cada uno en su mundo, tuvieron la misma tierra para morir y ser cubiertos por ella. 

La obra que dejó escrita Miguel no es una obra madura; hubiera sido de insuperable talla de haber vivido él; pero es una obra absolutamente cierta, hermosísima, entrañable, que se hunde en el corazón de sus lectores y lo aprisiona. Muchos han escrito ya sobre ella; muchos que no le conocieron y que  o han tratado la figura desde un punto de vista de la enemistad al régimen bajo el cual murió desgraciadamente, o le han exaltado contra este mismo régimen. Desapasionadamente aún no se ha escrito sobre Miguel. Lo sé. Ni siquiera yo podría hacerlo, porque yo le conocí, le quise, le admiré y era su amiga. Véanse los libros de Juan Guerrero Zamora (gran jerarca ahora de Radio Nacional, buen escritor y arbitrario e incongruente hombre); de Concha Zardoya, formidable erudita y profesora desde hace doce años en USA, escritora concienzuda y de singular porte. Y, esto me parece mejor si cabe: véase el prólogo que a sus obras completas –y a su antología en Losada– ha puesto María de Gracia Ifach. María de Gracia Ifach conoció a Miguel en plena guerra, en Valencia, y aunque no lo tratara tanto como yo, por ejemplo, le conoció lo bastante y le admiró para haber hecho algo que nadie hizo por él: recoger a su hijo durante una larga temporada en su casa de Valencia, después de la guerra, y estudiar a fondo la obra del padre. Recomiendo las obras completas de Losada, Buenos Aires, para saber algo más y mejor del inmortal Miguel Hernández. 

Aquí van, para el curioso lector, unas fotos inéditas aún. Las hice yo, o las hicieron para mí, con él. En unas está en Cabo de Palos, con un grupo de jóvenes de nuestra querida y perseguida Universidad Popular; en otra, está con mi marido y conmigo en un molino de velas (el del tío Poli) que había frente a nuestra casa de Los Dolores, Cartagena. En otra, ¡ay!, está dibujado por un compañero de la cárcel, cerca ya de su muerte. El dibujo que se le hizo en la cárcel, muerto, no me atrevo ni a mirarlo. Me duele. 

Miguel Hernández no fue el que persiguió la mala suerte y el torpe rencor de unos paisanos suyos. Ni es el que exaltan otros que pretenden desfigurar las cosas para inútiles revanchas. Miguel era un chiquillo, y de sus cartas a Josefina, su mujer, se pueden obtener datos que le retratan como lo que es todo poeta: rebelde, independiente, indomable, suyo, y, sin partido. Un carnet, una actuación en guerra no debe constar para fijar una figura en el futuro. Hombre del pueblo reaccionó como cualquier hombre del pueblo, pero él era poeta. Yun poeta no es nunca un carnet ni un número ¿Por qué lo olvidarán los hombres que no son poetas? 

Amigo mío querido, víctima de la fatalidad, que te conozcan de otra manera –la más aproximada a la verdad– estoy deseando yo, la que vivió y vive en la tierra de nadie. ¡Tu obra es hermosa, y merece admiración y estima de los mejores! Tu pobre criatura herida es una simiente más que el calor de amor de los que te recordamos alimenta para que florezca como dios promete a los que estuvieron cerca de él.


Carmen Conde
El Día, Madrid 1956




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