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1955. Dos pláticas con Julio Alvarez del Vayo II

Álvarez del Vayo, Uribe, Negrín, Prieto, Hernández. Valencia, 1937




Recordamos a Julio Álvarez del Vayo y Olloqui (Villaviciosa de Odón, 9 de febrero de 1891 - Ginebra, 3 de mayo de 1975), en el aniversario de su muerte, con una entrevista realizada por Juan Marinello en 1937.


Uno de los espectáculos más interesantes de la España actual es el mitin. A él se acude a esclarecer los problemas que plantea la urgencia trágica de la guerra. Muy poco tienen que ver estas asambleas vigilantes y exigentes con el mitin de paz bueno para la propaganda consabida y la parrafada madre del aplauso fácil. Para eso no se juntan hoy en España ni los más desaprensivos ciudadanos. Los carteles que anuncian un mitin precisan las cuestiones que van a ser tratadas en él y nadie sería capaz de plantear cosa que no estuviese en la necesidad común. Los discursos son en realidad informes estrictos, maduros y contrastados. Lo que se consigna en una intervención puede ser, debe ser, puesto en obra al día siguiente.

Estamos en el teatro Capitol, el más amplio de Valencia. Hay en él un público entusiasta, impaciente, militante; el mismo espíritu, la misma gente que en las trincheras. Son miles de muchachos espigados y vivaces que han hecho de la guerra su razón de vida. Yo contemplo a mis anchas sus caras ansiosas, febriles, voraces. Les está llegando la hombría con la tragedia. El fuego activo y limpio le sale por los ojos: quisieran aplastar en un solo día a todos los enemigos, castigar en una sola noche a todos los traidores. Son miembros de las Juventudes Socialistas que han organizado este mitin para oír a Alvarez del Vayo que va a hablarles sobre la unidad política del proletariado frente a la guerra.

La impaciencia se rompe de improviso en una ovación estruendosa, prolongada, frenética. Es que Pasionaria ha entrado en la sala. Con su nobilísima estampa maternal, su sencillo traje negro, su sonrisa buena y su ademán elegante pasa hacia el escenario. Le acompaña Checa, esmirriado, huesudo, transparente en su camisilla de mangas cortas según la usanza veraniega. Al tomar asiento los líderes bajo los gigantescos retratos, otra ovación. Ahora ha llegado Alvarez del Vayo, Comisario General de Guerra. Salta a la tribuna sin transición y comienza la lectura de un trabajo meduloso, estricto, circunstanciado, concluyente. Aunque está concebido a mil leguas de los recursos oratorios, la masa juvenil le escucha con atención vivísima y lo ratifica en cada extremo con aplausos cálidos. Al final se desborda la adhesión en vivas y cantos.

Damos la mano al Comisario. Cambiamos algunas frases sobre los puntos culminantes de su informe. Me recuerda que tenemos iniciada una conversación que no debe quedar trunca. La vez pasada, dice, hablamos sobre el Ejército Popular y sobre el momento internacional. Estaría bien charlar mañana sobre cuestiones políticas. Sobre el tema de mi discurso de hoy hay tanto que decir...

Al día siguiente, sin ceremonias ni esperas, nos recibe Alvarez del Vayo en su oficina privada. El ambiente, como días atrás, es optimista, confiado. Las armas republicanas continúan su avance poderoso, la sensibilidad mundial sigue inclinándose hacia la justicia del pueblo español. Sobre una y otra cosa hablamos brevemente. Después, recae la plática sobre el asunto más vívidamente político del momento, la unificación de los partidos obreros. No hay cartel de calle que no aluda en estos días a este entendimiento; no hay publicación política que no discuta su pertinencia, no hay conversación privada en que no ocupe buen espacio. Rogamos al Comisario que nos diga su criterio, nos precise y amplíe sus argumentos del mitin del Capitol. Toma la palabra, ahora con un gesto un poco profesoral.

—Usted sabe, comienza, que yo he sido uno de los más obstinados defensores de la unidad. Ello me ha costado ataques e ironías. No me han importado mucho porque mi convencimiento es arraigado, profundo. Ahora, claro está, es una necesidad perentoria que imponen la guerra y el futuro inmediato de España. Mi convicción no parte de esta urgencia. Ya en 1924 defendía yo en el seno de mi partido, el Socialista, la más estrecha inteligencia con el Partido Comunista. A medida que la reacción se abría paso en todas partes y que el rumbo de la política mundial nos advertía q. [sic] el fachismo no era un fenómeno aislado circunscrito a las condiciones peculiares de ciertos países, sino la expresión más agresiva y bárbara del capitalismo de la postguerra y tan universalmente como él, me parecía el reagrupamiento de las fuerzas marxistas tan indispensable como la coordinación de las dos Internacionales en la lucha contra la guerra, a la que el fachismo, asfixiado por las contradicciones internas, tenía fatalmente que conducir...

— [¿] Y ese criterio suyo, interrumpimos, ha contado de viejo con las simpatías de las masas socialistas?

—Sí. El movimiento de octubre y la represión que trajo consigo dieron un formidable impulso a la unidad. Usted sabe hasta donde el U.H.P. llegó a ser entonces la más popular de las consignas. Desde entonces cuando en el orden nacional o internacional abogaba yo por la unidad, sentía las masas socialistas detrás de mí. Así pude, en noviembre de 1934, en la reunión del Ejecutivo de la Internacional Obrera Socialista, poner mi firma al pie de la declaración de los ocho partidos que se pronunciaban por la unidad de acción con la Tercera Internacional en la lucha inmediata contra la amenaza de guerra, a pesar de que se tratase de coaccionarme aduciendo que no tenía mandato al efecto... Me sentía investido del mandato superior de la inmensa mayoría de los socialistas españoles y eso valía para mí más que un papel escrito, con sellos y todo…

—Y ahora, [¿] puede decirse que haya corrientes contrarias a la unidad?

—Existen, pero sin fuerzas para impedirla. El mejor registro de la voluntad mayoritaria de las masas socialistas es que hoy ningún dirigente osaría subir a la tribuna para impugnar de frente el Partido Único. Pero, además, ¿qué argumentos podría esgrimir? El proceso de nuestra lucha, mírese desde dentro o desde fuera, impone su integración como una necesidad inaplazable. Únicamente la existencia de un partido del proletariado, potente por sus efectivos y por el acierto y la claridad de su dirección, que sepa ir a donde debe ir y hasta donde debe ir puede asegurar el ritmo justo para adelantar la guerra sin retroceder en la revolución y para avanzar la revolución sin comprometer la victoria…

— [¿] Crée [sic] usted entonces que la formación del Partido Único revitalizaría la acción guerrera y centraría eficazmente el impulso revolucionario de España? En ese caso, no integrar la unidad sería un grave peligro…?

—No integrarla sería dejar de cortar a tiempo corrientes negativas... Integrarla, asegurar el triunfo del pueblo. Hace días hablamos extensamente de la eficacia actual de nuestras tropas. La obra realizada por nuestros soldados es en verdad gigantesca, pero es mayor la que les queda por cumplir. A nadie asusta ya en España esta dura verdad: la guerra será empeñada y larga... Su duración plantea un serio problema político: a medida que la lucha se alargue será necesario una fuerza aglutinante de las energías antifachistas; esta fuerza no puede ser otra que el Partido Único. Crearlo es dar a la política de guerra el instrumento más seguro para su realización afortunada, es poder ir derechamente a una labor de gran envergadura en la retaguardia que asegure al pueblo que se bate no sólo la asistencia y la cooperación efectiva de todos sino la entrada en un régimen social digno del sacrificio generoso de sus vidas.

Cuando el Comisario termina su animado parlamento tenemos lista una cuestión importante que plantearle. Pocos hombres en España tan diestros para resolverla. La formación de un solo Partido marxista, le decimos, no podría significar en lo exterior una calificación determinada de la lucha española, un nuevo pretexto para los recelos y expectaciones [sic] culpables…?

La pregunta no toma sin bagaje específico a mi interlocutor. Repentinamente dice: 

—Los pretextos no faltarán mientras se les quiera enarbolar... Nosotros debemos actuar sobre realidades aunque sin olvidar el buen efecto político. La verdad es que el empeoramiento de la situación internacional reclama que estrechemos aceleradamente nuestras filas. Cada resquebrajamiento que se produce del lado nuestro alienta los bajos designios de los que, encubiertos en una política de aparente neutralidad, jugando a la paz con la guerra y capitulando un día y otro ante las fuerzas de la reacción, no ven otro medio de acallarlas que engolosinándolas con la anulación de nuestra victoria. No creen en el triunfo militar de nuestros enemigos y especulan con el colapso de nuestro frente interno. Es su máxima esperanza y se comprende que nuestras diferencias los regocije [sic] y estimule. La creación del Partido Único del proletariado como eje vital de nuestro proceso asestaría a estas maniobras del fachismo internacional y de sus vergonzosos aliados y cómplices el golpe de gracia.

—¿Y ya están trazadas, interrogamos, las líneas de acción del Partido Único?

—La elaboración del programa, dando por segura su integración, es cosa esencial. Precisa asegurar la homogeneidad ideológica y táctica de dirección y métodos, atendiendo principalmente a convertir al Partido Único en el instrumento eficaz de la victoria. Este programa ha de empezar por establecer una concepción clara del sentido de la guerra. Sobre cual [sic] debe ser, ya conoce usted mi criterio. Debe asegurarse, en segundo término, el más enérgico y decidido apoyo al Gobierno del Frente Popular. El enemigo está en acecho para renovar sus embestidas al menor debilitamiento del Frente. No basta dejar de combatir al Gobierno. Hay que apoyarlo y poner a diario todo el peso de la autoridad y de la competencia para que salve las dificultades en que se encuentre. Debemos darlo todo a su mayor eficacia...

Hay una pausa impuesta por el ajetreo burocrático. Al final de ella, el Comisario reanuda la exposición sin vacilaciones:

—Durante años, yo he asistido a las discusiones de los círculos de emigrados antifachistas. Teóricamente había que reconocer a veces la justeza de ciertas posiciones defendidas en amargas e interminables controversias, pero al final siempre pensaba yo que un sentido más agudo de la realidad política y, sobre todo, una cohesión mayor de las fuerzas proletarias en sus respectivos países les hubiera seguramente librado de aquel exámen [sic] a posteriori alrededor de una mesa de París sobre quien [sic] debía cargar con el peso del error... Yo no quiero una cosa semejante ni para mí ni para mi pueblo… Ahora estamos a tiempo de asegurar el triunfo.

—[¿] Qué otras labores esenciales habría de tener en cuenta el Partido Único?

—En el órden [sic] interno dos muy importantes, a mi juicio. Limpieza inexorable de la retaguardia y acertada y clara política económica de guerra. En cuanto a la primera debo decirle que es innegable que todo el pueblo está con nuestra causa, pero también es cierto, cosa humana, que no todo el mundo siente la guerra con igual intensidad. Hay que coordinar del mejor modo las actividades útiles e impedir, sobre todo, que el peso de la guerra caiga sobre un gruyo de españoles mientras otros vegetan en la apatía o se aprovechan del heróico [sic] esfuerzo ajeno... En esto toda energía será poca... Le decía que hay que definir e imponer una buena política económica de guerra. Ello es también indispensable. Hay que terminar de una vez con el dislate de los experimentos parciales absurdos, en los q. [sic] no va sólo la riqueza del país sino el prestigio mismo de ciertas iniciativas que se cubren bajo el manto de revolucionarias. Para completar un buen programa yo incorporaría las reivindicaciones de las Juventudes que, además de estar contribuyendo a la defensa de la nación con la pérdida de sus mejores vidas, son el elemento más precioso en la obra de reconstrucción de la España grande de mañana.

—Y en el terreno de las relaciones internacionales [¿] qué pautas podrían trazarse al Partido Único?

El Comisario me mira un instante con sus ojos ingenuos de miope. Después dice: 

Por lo pronto, apoyo y solidaridad a la U.R.S.S. No hay que rebuscar a estas alturas los motivos de su identificación y de su asistencia. Es la Unión Soviética y se conduce como tal. Su política exterior, inspirada en los dos grandes principios de paz y de la autodeterminación libre de los pueblos marca, entre inexplicables claudicaciones, la única trayectoria consecuente y clara. Al segundo día de triunfar la revolución, el 8 de noviembre de 1917, la fijó con oferta de paz a todos los gobiernos beligerantes. Política de respeto a la libre autodeterminación de los pueblos, llevada a la práctica apenas anunciada. No es un mero ademán de propaganda o de hábil captación. Quince años después se confirma en el artículo 17 de la nueva Constitución Soviética. Política de paz que se inaugura en 1918 y que alcanza su manifestación más grandiosa en el caso de España y cuyas imprecaciones a veces irónicas y sangrientas, siempre firmes y leales, oye el pueblo español a través de la voz de Maisky, entre el derrumbamiento deleznable del Comité de No Intervención.

De los principios programáticos pasamos a cosas menos altas, pero importantes en política. ¿No hay en los partidos marxistas recelo de posibles absorciones realizada la unidad? ¿No existen diferencias hondas de modo de ser, de visión y práctica, entre el militante comunista y el socialista? Nos extendemos en el análisis. Al terminar, el Comisario luce su firme optimismo: 

Yo creo, dice, que el ejemplo del Partido Socialista Unificado de Cataluña nos resuelve bien todas estas dudas naturales. En ese Partido figuran un buen número de socialistas de ayer. En verdad, vistas las cosas sin prejuicios, las diferencias reales entre un comunista y un socialista pueden y deben servir no como disociación sino como complemento. Tradición y experiencia del lado socialista, dinamismo y acometividad del lado comunista. Hay en mi Partido millares de militantes que constituyen legítimamente su timbre de honor. Camaradas a los cuales las fases más duras de la historia política española de los últimos veinticinco años los ha encontrado imperturbables en sus puestos de combate. Son de seguro las comunistas los primeros en valorar el caudal de experiencia que tales militantes pueden aportar al Partido Único. Ningún socialista puede seriamente enfocar el porvenir del Partido Único como una máquinaria [sic] absorbente cuyo engranaje no ha de tener otra virtud que la de desplazarle e inutilizarle. Las tareas que nos esperan requieren la utilización de los cuadros actuales aprovechables, en ambos partidos y de algunos más. 

Mientras el Comisario habla pensamos en que fuera de los Partidos marxistas hay en España una considerable masa obrera que sigue caminos propios. No ya una común orientación política, cosa de momento imposible, pero ni siquiera la verdadera unidad sindical se ha podido integrar en España en momentos tan difíciles como los que corren. Decimos nuestra curiosidad al Comisario. Contesta: 

En mí, y lo he declarado con mi firma en “Claridad” se encontrará siempre el más amplio espíritu para lograr la acción conjunta de las organizaciones proletarias, aún las más apartadas del camino marxista. Yo creo que la C.N.T. debe ser llamada a participar en toda obra de interés nacional incluso lo que signifique participación directa en el gobierno del país. El proceso de incorporación de la C.N.T. a las responsabilidades del Estado tiene demasiada trascendencia histórica para que nadie pueda desdeñarlo. Pero, eso sí; entra en el Gobierno para que la organización acate como un solo hombre los acuerdos que se tomen. No es mucho pedir. La participación ministerial exige adhesión leal y total, no sólo de los elementos que figuran en el Gobierno sino de todos los que militan bajo el mismo signo… En cuanto a ciertas especies propagadas con buena o mala intención que quieren presentar al Partido Único como interponiéndose en el camino de la unidad sindical, hay que salirle al paso enérgicamente. Si queremos Partido Único es porque deseamos verdadera unidad proletaria; y esta no puede existir sin la unidad sindical. Yo creo que el Partido Único es el mejor auxiliar, el mejor camino, para esa unidad sindical, tan imperiosamente necesaria. Los recelos a este respecto no tienen derecho a existir. Los compañeros de la C.N.T. deben saber de una vez por todas que esperamos su colaboración para integrar una vigorosa unidad sindical.

Nos levantarnos. Nos despedimos del Comisario; le decimos de nuestra inmediata vuelta a América. Esto no acaba sino que desvía el diálogo. La estancia en México como Embajador de la República Española ha vinculado fuertemente a Alvarez del Vayo a nuestras tierras. Sigue apasionadamente, con su pupila hecha a juzgar los más lejanos panoramas, nuestro camino social. Me va preguntando ansiosamente por cosas y gentes de México; después, por el presente cubano. Hablamos después sobre los españoles de América y su actitud hacia España. Volvemos a caer en México. El Comisario evoca emocionado los días pasados allí como Embajador español. 

No sabe usted, termina, qué alegría me ha sido en los días más duros de esta guerra que nos ha sido impuesta, el ver desde el primer momento al pueblo mexicano, con su presidente y su gobierno, a nuestro lado. Para mí era una alegría descontada. Directamente, a lo largo del recuerdo de conversaciones inolvidables, yo había podido penetrar, en mis días de México, la honda amistad del Presidente Cárdenas por la España republicana y progresiva. Fiel a su sentido de justicia y a su auténtica postura revolucionaria, el Presidente Cárdenas seguía desde la proclamación de la República los esfuerzos del pueblo español por arribar a un régimen de justicia social y de real decoro. En cuanto al pueblo mexicano, tengo grabadas para siempre en mi espíritu las muestras de adhesión no sólo sentimentales sino políticas de las grandes masas campesinas y obreras con las que mantuve por dos años un contacto ideológico que reflejaba la compenetración más absoluta entre los dos pueblos hermanos...

Hablo al Comisario de la actitud de pueblos pequeños y pobres como el cubano, de su fervosa [sic] adhesión a la causa del pueblo español. 

Conozco perfectamente, nos dice, esa actitud en verdad magnífica, y que tanto compromete nuestros frentes por la libertad de España... 

Surge el nombre de Pablo de la Torriente-Brau, para quien tiene Alvarez del Vayo, la más respetuosa devoción. 

Estoy perfectamente enterado, —termina— de que existen en Hispanoamérica millones de hombres y de mujeres que siguen como cosa propia nuestra guerra de independencia... El pueblo español se siente comprendido y alentado por los pueblos hispanoamericanos y sabe la tortura que para muchos de nuestros hermanos de allí constituye la distancia... Yo quiero realzar con gratitud el significado del reciente acuerdo de la Cámara colombiana, que tan leal y acertadamente recoge el sentimiento de las muchedumbres americanas hacia el caso español. Es este un hispanoamericanismo auténtico, de nuevo estilo, a flor de pueblo y que supera, por su grandeza y trascendencia, las declaraciones de las Cancillerías.

Otra despedida, sin ceremonia ni retórica… Un fuerte estrechón de manos y echamos a andar por los pasillos del Comisariado. A pocos pasos encontramos al hijo de Maroto luciendo su uniforme de soldado regular. 

— [¿] Y tu padre?

—Trabajando. Anda todavía por los frentes del Sur...


Juan Marinello
Dos pláticas con Julio Álvarez del Vayo
España 1937




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