Lo Último

1963. ¡Viva la República!

José Ortega y Gasset
(Madrid, 9 de mayo de 1883 - 18 de octubre de 1955)


Creo firmemente —ya lo he dicho— que estas elecciones contribuirán a la consolidación de la República. Pero andan por ahí gentes antirrepublicanas haciendo vagos gestos de triunfo o amenaza, y de otro lado hay gentes republicanas que sinceramente juzgan la actual situación peligrosa para la República. Pues bien: suponiendo que con alguna verosimilitud sea esto último el caso presente, yo elijo la ocasión de este caso para gritar por vez primera, con los pedazos que me quedan de laringe: « ¡Viva la República! ». No lo había gritado jamás: ni antes de triunfar ésta ni mucho menos después, entre otras razones porque yo grito muy pocas veces.


Quién es el que grita

Pero como todo anda un poco confundido, y los españoles del día tenemos poca memoria, quiero recordar o hacer constar algunas cosas que hasta ahora he callado o no he querido subrayar. Desde el fondo de mi largo y amargo silencio, estrujándolo como un racimo lleno de jugo, quiero rememorar a mis lectores y a todos los españoles —porque tengo tanto derecho como cualquiera otro para dirigirme a ellos— quién es el ciudadano que ahora, precisamente ahora, grita: «¡Viva la República!»

El que grita se sintió en radical desacuerdo desde el día siguiente al advenimiento de la República con la interpretación de esta y la política que iniciaban sus gobernantes. Yo no puedo demostrar con documentos la verdad literal de esta frase. Dejémosla, pues, como una frase y nada más. Pero lo que sí puedo demostrar con documentos es que ya el 13 de mayo —por tanto, al mes justo de la proclamación del nuevo régimen— protesté airadamente, junto a Marañón y Pérez de Ayala, contra la quema de conventos, que fue una faena aún más que repugnante, estúpida. Esto el 13 de mayo; pero el 2 de junio publicaba yo un artículo titulado: «¡Pensar en grande!», invitando a tomar la República en forma y formato opuestos a los que empezaban a adoptarse. Y en 6 de junio, convocados a elección los ciudadanos, apareció otro artículo mío titulado: «¡Las provincias deben rebelarse contra los candidatos indeseables!» El 25 del mismo mes mi discurso electoral en León, donde, contra todo mi deseo, había sido presentado candidato, comenzaba así, según la transcripción algo incorrecta de los periódicos leoneses:

«¿Queréis, gentes de León, que hablemos un poco en serio de la España que hay que hacer?

Con profunda vergüenza asisto a la campaña electoral que se está llevando a cabo en toda la Península. Trátase, nada menos, que de unas elecciones constituyentes. Se moviliza civilmente al país para que elija a unos hombres que van a fabricar el nuevo Estado. Es un gigantesco edificio el que hay que construir, y no hay edificio si no hay en la cabeza un plano previo de líneas vigorosas.

Lo que me parece vergonzoso es que los cientos de discursos pronunciados en España no enuncien una sola idea clara, que defina algo sobre ese Estado que hay que construir. Solo se han pronunciado palabras vanas y hueras prometiendo en palabrería fantástica, sin saber si se puede o no realizar. Porque esto importa poco a esos palabreros, que solo quieren hostigar a las masas con palabras vanas e insensatas para que, como un rebaño de ovejas, vayan a las urnas o, como un rebaño de búfalos, vayan a la revolución. Y a eso se le llama democracia.»

Con esto llegamos al 13 de julio, es decir, aún no transcurridos los tres meses desde el 14 de abril. Pues bien: en esa fecha leyeron los lectores de Crisol otro artículo mío titulado: «Hay que cambiar de signo a la República». Y en 9 de septiembre, este otro: «Un aldabonazo». Y en 6 de diciembre pudo oírse en el «cine» de la Ópera mi discurso sobre «Rectificación de la República». Y el 13 del mismo mes, en las primeras consultas del Presidente recién elegido, fue el que ahora da su grito el único que pidió la formación de un Gobierno sin colaboración socialista, que preveía funesta para la República y para el socialismo. No mucho después, en el periódico antedicho, se imprimieron unos párrafos bajo el lema: «Estos republicanos no son la República», etcétera, etc., etc...

Estos recuerdos precisarán un poco en la mente del lector la fisonomía del que ahora grita «¡Viva la República!», y le harán pensar que, si lo grita, es a sabiendas y a pesar de lo que ha sido durante esta primera etapa la política republicana. Corregirán de paso un error que he oído más de un a vez, según el cual yo consideraria haberme equivocado al recomendar en cierta hora a los españoles que se constituyesen en República, que había perdido la ilusión, que juzgaba sin remedio la política republicana y demás suposiciones igualmente superficiales. Los datos ahora rememorados, con la impertinencia de sus fechas exactas, demuestran que no me fué necesario esperar a que los gobernantes republicanos de la primera hora comenzasen a desbarrar par a saber que lo iban a hacer: que, de tal modo esperaba  y presumía por anticipado su descarrío, que me adelanté a insinuar mi discrepancia, como me adelanté a echar en cara a las provincias que iban, por inconsciencia, a elegir diputados indeseables, como me situé, desde luego, y por innúmeras razones, en posición de no actuar durante el primer capítulo de la historia republicana, según hice constar desde mi primer discurso en la Cámara, que fué, entre paréntesis, el primer discurso de oposición a la política del Gobierno. Pero no me interesa de todo esto lo que signifique como demostración vanidosa de capacidad previsora. Lo que me interesa es refutar con esos hechos y con esos datos incontrovertibles el error en que están los que suponen que yo recomendé la instauración de la República "porque" creyese que, desde, luego. iban a ir preciosamente las cosas. No sólo no lo creía, sino que —y éste es el motivo de las anteriores recordaciones— no acepto en persona que presuma de alguna seriedad que pretenda juzgar las posibilidades históricas de un régimen por lo acontecido en los dos años y medio después de su natividad. Y es sencillamente grotesco que intenten hacer tal cosa los monárquicos defensores de un régimen extranjero, que no durante dos años y medio, sino durante dos siglos y medio ha maltraído a España en desmedro, decadencia y envilecimiento lamentables y constantes, haciéndola llegar a esta República en un estado tal de desmoralización y de falta de aptitudes por parte de masas y minorías, que él ha sido, en definitiva, la causa de estos dos años y medio pesadillescos.


Porque si han sido tales para el labrador andaluz y para el cura de aldea, no crean estos señores que el que grita ahora "¡Viva la República!" los ha pasado en un lecho de rosas. Durante ellos se me ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas, y, claro está, también desde las otras. Algunos sinvergüenzas, algunos insolentes y algunos sotaintelectuales que son lo uno y lo otro, y que hasta ahora, por lo que fuera, no se habían resuelto a atacarme, han aprovechado la atmósfera envenenada de esos años para morderme los zancajos. Pero hay más: los hombres republicanos han conseguido que por vez primera después de un cuarto de siglo, no tuviera yo periódico afín en que escribir. Y esto no significaba sólo que me hubiesen quitado la vihuela para mi canción, sino que me planteaba par añadidura los problemas más tangibles, materiales y urgentes. ¿Me entiende el labrador andaluz a quien han desecho su hacienda y el cura de aldea a quien han retirado su congrúa?


Pues con esto termina mi argumento "hominis ad hominem". Este hombre es el que grita ahora: "¡Viva la República!"


Por qué lo grita

¿Lo hará por misticismo republicano? Tampoco. En materia de política no admito misticismo, ni siquiera admito que se sea republicano, como suele decirse, "por principios". Siempre he sostenido qué en política no hay eso que se llama principios. Los principios son cosas para la Geometría. En política hay sólo circunstancias históricas, y éstas definen lo que hay que hacer. Yo sostuve hace tres años, y sostengo hoy con mayor brío, que la única posibilidad de que España se salve históricamente, se rehaga y triunfe es la República, porque sólo mediante ella pueden los españoles llegar a nacionalizarse, es decir, a sentirse una Nación. Y esto es cosa Infinitamente s importante que las estupideces o desmanes cometidos por unos gobernantes durante la anécdota de un par de años. Ya a estas horas, en estas elecciones, aunque los electores, todavía torpes, envían al Parlamento gentes en buena parte tan indeseables como las anteriores, han sentido que actuaban sobre el cuerpo nacional, han despertado a la conciencia de que se trataba de su propio destino. Todavía no han votado por y par a la nación, sino movidos reactivamente por intereses particulares, de orden material o de orden espiritual, la propiedad o la religión —para el caso da lo mismo, porque ambos intereses, aunque sean respetables, son particulares, no son la Nación—. Mas por ahí se empieza: es el aprendizaje de la política que termina descubriendo la Nación como el mis auténtico, s concreto y más decisivo interés político, porque es el interés de todos.

Muchas veces, una de ellas en plena Dictadura, he afirmado que la República es el ún¡co régimen que automáticamente se corrige a sí mismo, y en consecuencia, no tolera su propia falsificación. La República, o expresa una realidad nacional, o no puede vivir. La República es, quiérase o no, sinceridad histórica, y ésa es la suprema fuerza a que puede llegar un pueblo. Cuando éste ha conquistado su propia sinceridad, cuando cobra esa radical conciencia de sí mismo, nada ni nadie se le puede poner enfrente. Las Monarquías, en cambio, fácilmente se convierten en máscaras que un pueblo se pone a si mismo, y no le dejan verse y sentirse y ser y a lo mejor bajó el antifaz, remilgado de una Corte se van muriendo y pudriendo por dentro.

Esténse, pues, quedos los monárquicos. Tenemos profundo derecho —¡qué diablo, derecho!—, tenemos inexcusable obligación los españoles de hacer a fondo la experiencia, republicana. Y esta experiencia es larga como todo lo que posee dimensiones históricas. Tienen que pasar muchas cosas. Lo primero que tenía que pasar era que vomitasen las llamadas "izquierdas" todas las necedades que tenían en el vientre. Que esto haya acontecido es ya un avance y una ganancia, no es pura pérdida. Ahora pasará que van a practicar la misma operación con las suyas las llamadas "derechas". Luego, España, si desde ahora la preparamos, tomará la vía ascendente.

Como tenemos, pues, la obligación de hacer esa gran experiencia, sépanlo, estamos resueltos a defender la República. Yo también. Sin desplantes ni aspavientos, que detesto. Pero conste: yo también. Yo, que apenas si cruzo la palabra con esos hombress que han gobernado estos años. algunos de los cuales me parecen no ya jabalíes, sino rinocerontes.

Pero ¿qué queríais, españoles? ¿Que hubiesen estado ahí esperando, armados de punta en blanco, hombres maravillosos para gobernaros? Pero ¿qué habíais hecho antes para tener esos hombres? ¿Creéis que esas cosas se regalan, que lograrlas no supone dolores, esfuerzos, angustias a los pueblos? Si queréis regalos, si queréis manteneros en vuestra concepción de la vida estrecha, interesada, sin altitud y sin arrestos, sin anchura de horizonte delante, sin afán de fuertes empresas, sin claridad de cabeza, tenéis que contentaros por los siglos de los siglos con elegir entre D. Marcelino Domingo y el señor Goiooechea.


Los republicanos que no eran la República

Los hombres que han gobernado estos dos años y que querían para ellos solos la República, no eran en verdad republicanos, no tenían fe en la República. Como no me refiero a nadie en particular, no tengo por qué hacer las excepciones que la justicia "nominatim" reclamaría. Eran incapaces de comprender que las trasformaciones verdaderamente profundas y sustantivas de la vida española, las que pueden hacer de este pueblo caído un gran pueblo ejemplar, son las que el régimen republicano, como tal y sin más, produciría a la larga y automáticamente. Por eso necesitaban con parentoriedad otras cosas, además de la República, cosas livianas, espectaculares, superficiales y de una política ridiculamente arcaica, como la expulsión de los jesuítas, la descrucifixión de las escuelas y demás cosas que por muchas razones y en muchos sentidos —conste, en muchos sentidos— han quedado ya bajo el nivel de lo propiamente político. Es decir, que no son siquiera cuestión. Otras, que son más auténticas, y que, quiérase o no, habrá que hacer, como la reforma agraria, tenían que haber sido acometidas bajo un signo inverso, sin desplantes revolucionarios, bajo el signo rigoroso de la más alta seriedad y competencia.

Se ha visto que esos hombres, al encontrarse con el país en sus manos, no tenían la menor idea sobre lo que había que hacer con ese país. No habían pensado ni siquiera en la Constitución que iban a hacer, la cual, al fin y al cabo, es lo más fácil, por ser lo más abstracto de la política.


La opinión pública y sus representantes de ahora

Ahora bien: exactamente lo mismo acontece a las fuerzas ahora triunfantes, como tendremos ocasión de ver en los meses próximos. ¿Es que en serio pueden presentarse ante los españoles, como gentes que saben lo que hay que hacer con España, los grupos supervivientes de la Dictadura que la han tenido siete años en sus manos sin dejar rastro de fecundidad y menos después de muerto el único de esos hombres que poseía alma cálida y buen sentido, que era el propio general Primo de Rivera? Y con más vehemente evidencia hay que decir lo propio de los monárquicos.

Como todo esto es un poco absurdo, me es forzoso desde ahora repetir lo mismo que desde la iniciación de la República decía yo a sus gobernantes: que erraban si creían que los electores los habían votado a ellos. Tampoco ahora han votado a los candidatos triunfantes. Han votado sus propios dolores, sus irritaciones sus afanes, sus imprecisos deseos, pero no a los monárquicos, ni a los dictatoriales ni a la C.E.D.A., ni a la nebulosa de los agrarios. Los diputados de "derecha" representan hoy, sin duda, una gran porción de la opinión pública, como representaron todavía mayor volumen de ella los que comenzaron a gobernar en julio de 1931. Pero la opinión pública, como las palabras de la sibila, es siempre enigmática, y hay que saber interpretarla.


Contra todas las demagogias

Mi grito: "¡Viva la República!" no va, pues, dirigido a ninguna galería. Al contrario: yo lo lanzo hoy contra todas las galerías, contra todas las masas, contra todas las demagogias. Porque la propaganda de "derechas " ha sido tan demagógica, tan vergonzosa y tan envilecedora de las masas como aquella contra la cual protestaba yo en mi discurso de Leónn. No basta tener razón, como la han tenido, en encresparse contra las violencias y la frivolidad de un Gobierno insensato. Es preciso, además, tener razón ante España, ante el decoro nacional, que reclama de todos nosotros desesperados esfuerzos para levantar el nivel moral de nuestra vida pública. Al frenesí del obrerismo va a suceder la exacerbación del señoritismo, la plaga más vieja y exclusiva de España.

Pero, repito, nada de esto que ha pasado y pasa es tiempo perdido e inútil desastre. Todo eso será necesario para que un número suficiente de españoles llegue al convencimiento de que es preciso empezar desde el principio, y, reuniéndose en grupo apretado como un puño, iniciar una política absolutamente, limpia y sin anacronismos.

La política del halago a las masas, a cualquier masa, nstá terminando en el mundo. El fascismo y el nacionalsocialismo son su últimia manifestación, y a la par, el tránsito a otro estilo de organización popular. Hay que ir más allá de ellos y evitar a todo trance su imitación. Un pueblo que imita, que es incapaz de inventar su destino, es un pueblo vil. El mimetismo de rancias políticas francesas ha sido la "gran viltá" de las "izquierdas". Un pueblo que imita está condenado a perpetuo anacronismo. Tiene que esperar a que los otros ensayen sus inventos, y cuando él quiere copiarlos ya ha pasado la hora de ellos.


La afirmación de la moral de la nación

Cada pueblo renace hoy de afirmar lo que más falta le hacía; por eso tiene que descender, en profundo buceo de sinceridad, al sótano de sus angustias, de sus lacras y de sus defectos, y luego emerger de nuevo en un ansia gigantesca de corrección y perfeccionamiento. En España no ofrece duda que es lo que más falta: moral. Es un pueblo desmoralizado en todos los sentidos de la palabra —el ético y el vital—. Sólo puede renacer de una política que comience por ser una moral, una moral exasperada, exigentísima, que reclame al hombre entero y lo sature, que arroje de él cuanto en él hay de encanallamiento, de vileza, de chabacanería, de chiste e incapacidad para las nobles empresas.

Porque es bien claro —basta mirar sobre las fronteras—que tampoco puede hoy la política fundarse en los intereses. Tendrá que contar con ellos, pero no fundarse en ellos. Esa política que hostiga y sirve a los intereses de grupos, de clases, de comarcas es precisamente lo que ha fracasado en el mundo. Uno tras otro, los intereses parciales —el capitalista, el obrerista, el militarista, el federalista— al apoderarse del Estado han abusado de él, y abuso con abuso han acabado por neutralizarse, dejando el campo franco a la afirmación de los valores morales en torno a la idea de Nación.

¿Serán los jóvenes españoles, no sólo los dedicados a profesiones liberales, sino los jóvenes empleados, los jóvenes obreros despiertos, capaces de sentir las enormes posibilidades que llevaría en si condensadas el hecho de que en medio de una Europa claudicante fuese el pueblo español el primero en afirmar radicalmente el imperio de la moral en la política frente a todo utilitarismo y frente a todo maquiavelismo? ¿No sería esa la empresa que para el pueblo español —el gran decaído y gran desmoralizado—estaba a la postré guardada? ¿De qué otra cosa podría renacer una raza pobre y de larga, larga experiencia, un pueblo viejo, y que cuando ha sido de verdad lo que ha sido, ha sido, sobre todo, digno? Hablando en serio, y en última lealtad, ¿qué otra cosa puede hacer el español si quiere de verdad hacer algo sino ser de verdad "honrado e hidalgo"?

Eso por lo pronto. Luego podría ser todo lo demás.


José Ortega y Gasset
El Sol,  3 de diciembre de 1933




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