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2027. Discurso de Fedor Kelyin en el II Congreso Internacional de Escritores





Camaradas y hermanos: El problema que quiero tratar en mi ponencia ante este insigne Congreso, puede aparecer muy abstracto y poco ligado a la batalla heroica y sangrienta que está librando ahora el gran pueblo español contra la barbarie e incultura fascista.

Es el problema de los lazos culturales, que existen desde hace casi un siglo entre los dos pueblos hermanos, el pueblo ruso y el pueblo español.

No entra de ninguna manera en mi propósito hacer aquí una disertación sabia. Pero quiero demostrar con el ejemplo la influencia que ta tenido y tiene la noble cultura española sobre el arte (y especialmente la literatura rusa), la eterna fuerza moral y artística del espíritu español, que conquista al mundo a pesar de la destrucción de Madrid, gloriosa ciudad de fama inmortal, a pesar de las bombas que han tirado los «Caproni» y «Junkers» sobre la antigua y noble tierra vasca, a pesar de Guernica y centenares de grandes y pequeños pueblos españoles.

Esta ponencia mía no presenta apuntes para una investigación futura. No comenzaré por una época muy remota. Diré solamente que la verdadera comprensión de la cultura española, de la entusiasta compenetración con ella, empezó en Rusia prerrevolucionaria con nuestro gran Puskin. El genial poeta, no solamente conocía bien la literatura española, sino también la comprendía y la amaba de todo corazón. En su impetuosa juventud, Puskin cantaba a Riego, a «los luchadores por la libertad española», que era para él la libertad universal. En sus años maduros aprendía a amar a los escritores españoles, sobre todo a Cervantes y a Lope de Vega, que leía en original. He sabido que Puskin, aconsejando a Gogol a hacer una gran novela —LMS almas muertas—, le puso de ejemplo a Cervantes, héroe inmortal. Puskin acabó para siempre con la leyenda negra sobre la incultura medieval del pueblo español, que penetró en Rusia con Voltaire y los enciclopedistas franceses. Entre sus obras, hay una versión genial de El convidado de piedra —verdadera joya de la literatura rusa—. Se interesaba calurosamente por el Romancero español, que imitó en una de sus poesías.

Después de Puskin vino toda una pléyade de escritores eminentes que, directa o indirectamente, hacían propaganda de la cultura española. Citaré aquí al gran crítico ruso Bolinsky, a los famosos novelistas Turgueneff, Dostoiewsky; al gran dramaturgo ruso Ifrovsky, a quien debemos la magnífica traducción del teatro de Cervantes.

No trataré aquí de la influencia de Cervantes y su obra genial. Es una cosa comprobada y conocida. En cambio querría decir algunas palabras sobre la suerte en Rusia del teatro clásico español. Lope y Calderón, desde mediados del siglo XIX, se convierten en verdaderos compañeros de ruta «de la mejor parte de la sociedad rusa», es decir, de su parte más adelantada y progresiva. Basta decir que cuando los popularistas se pusieron a la cabeza del recién nacido movimiento revolucionario ruso, el «Fuenteovejuna», de Lope, fué leído y comentado en los círculos de nuestra sociedad.

El Gobierno zarista comprendió muy pronto qué fuerza libertaria tenía el teatro clásico español. La prueba manifiesta de este odio, de este miedo, ha sido la prohibición del mismo «Fuenteovejuna». Puesta en escena en 1897 por el Pequeño Teatro Imperial de Moscu, con la famosa Yermolova, que hacía el papel de Laurencia, tuvo sólo una representación. El Gobierno zarista, al mismo tiempo, saboteó el estudio de la cultura española. Pero nada podía contra el interés latente que vivía en la parte más progresiva y adelantada de la nación rusa.

La revolución de octubre abre de par en par las puertas a este enorme interés, a este entusiasmo cada vez más creciente. Y aquí tengo que citar los nombres de fama universal, los nombres de Máximo Gorki y de Lunacharsky. Hicieron para la comprensión de la cultura clásica española lo que hoy día hacen Kolzow y Ehrenburg por la España nueva. Casi al día siguiente de la Revolución de octubre se formó en Leningrado una editorial: «La Literatura Mundial». Su programa alcanzaba a la edición de los mejores clásicos españoles, desde «El Cantar del Mió Cid» hasta Valle-Inclán, y el gran poeta que admiramos, Antonio Machado. Bajo el régimen revolucionario comenzaron a aparecer investigaciones y estudios científicos sobre la literatura española (Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina, etc.). Nuestros sabios, en su labor de investigación colectiva, han tomado por base los artículos geniales de Carlos Marx sobre el proceso revolucionario español. Siguiendo el ejemplo admirable de Marx, se han puesto a estudiar la historia del pueblo español en su conjunto. Puedo asegurarles que en la Unión Soviética conocemos y admiramos a Menéndez Pidal, a Montesinos, a Navarro Tomás.

En cuanto a los teatros soviéticos, les daré una estadística para la temporada 1937-38. Antes de venir a España, he visitado los teatros más importantes de Moscou, para saber lo que pensaban hacer del teatro español. El resultado ha sido éste: Casi todos los teatros hacen piezas españolas. El «Fuenteovejuna», traducido al idioma de nuestras minorías nacionales, forma parte del repertorio de los teatros Kyrgiz, Azorbaidján y del Koljosiano. Myejold, en 1937, ensayará «El alcalde de Zalamea», y Tairoff, «La estrella de Sevilla».

Ahora bien, ¿por qué nuestros lectores y espectadores soviéticos admiran tanto la cultura y el arte español? La contestación parece simple. Porque en la cultura española late la sangre generosa de esta noble tierra y una aspiración eterna a la libertad. Esto explica por qué los lazos culturales entre los dos pueblos hermanos son tan firmes y tan estrechos. Voy a contarles un episodio de la guerra civil en el sur de Rusia, que puede apoyar mi juicio. Kiev, la capital de Ukrania, en 1919 estaba rodeada y sitiada por las tropas de los generales blancos. En el teatro de Kiev se hacía diariamente el «Fuenteovejuna». Gozaba de una popularidad enorme entre los espectadores. ¿Quiénes eran ellos? Guerreros rojos que venían al espectáculo diariamente desde las líneas de fuego, de las trincheras. Casi todos los espectáculos terminaban con la Internacional cantada por toda la sala. Cuando Laurencia recitaba su famoso monólogo, todo el teatro se levantaba en pie. Los guerreros rojos no admitían el final trágico, querían ayudar a la pobre aldea andaluza, martirizada y torturada por las aves de rapiña feudales. De esta manera, «Fuenteovejuna», una vez más, sirvió a la revolución.

Pese a las bombas fascistas, no podrán matar la eterna y grande cultura española. Pertenece a la humanidad que la defiende, qué la admira. Pertenece al porvenir, y en nombre de ese porvenir, ¡Viva la eterna y grande cultura española! iViva la amistad profunda que une a los dos pueblos hermanos! ¡Viva España, heroica luchadora por la libertad mundial!


Fedor Kelyin (U.R.S.S.)
Julio 1937


Publicado en Hora de España VIII
Valencia, Agosto 1937






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