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2003. España bajo las bombas IV

Trincheras en Madrid (Gerda Taro)


Madrid, 1937

Descubrimiento de una ciudad
Rondan por tu cielo halcones,
que precipitarse quieren
sobre tus rojos tejados,
tus calles, tu brava gente.
Rafael Alberti
(Romancero de la guerra de España)


Nuestra primera noche en Madrid fue relativamente tranquila. No salimos del hotel, ya que Corpus Barga nos advirtió que estábamos en «ciudad en estado de guerra» y que no era oportuno hacerlo después de las nueve, mientras no tuviésemos nuestros salvoconductos debidamente extendidos y legalizados... A las seis de la mañana fuimos despertados por un cañoneo intenso aunque lejano y por algunas salvas de ametralladora. Pero ya las tinieblas de una noche más —¡cuántos dirán en Madrid: «ha pasado una noche más»!— se habían disipado ante el sol espléndido que tiñe de oro los celajes de la meseta castellana. Ya podíamos emprender el segundo descubrimiento de una ciudad transfigurada por la lucha.

En su aspecto meramente humano, el despertar de Madrid se asemeja al despertar de cualquier urbe en tiempos de paz. Los trabajadores de obras públicas realizan su faena habitual, haciendo rodar latas filarmónicas a lo largo de las aceras. Los tranvías organizan el ritmo de su periodicidad. Los últimos barrenderos desaparecen misteriosamente, llevando su escoba en el hombro, como brujos sorprendidos por el canto de un gallo. Los gatos nocturnos, con las retinas contraídas, organizan su retirada ante la aparición de los primeros perros.

Las ventanas se abren, y en el aire fresco de la mañana nacen y crecen risas de niños...

Sin embargo, estamos en una ciudad martirizada, en una ciudad cuyas calles, cuyas casas, cuyo suelo, han sido arados por la muerte. Aunque los obreros madrileños renuevan cada día su labor de Danaides, consistente en retirar escombros, apuntalar murallas inestables o rellenar huecos tan profundos que llegan hasta los túneles del Metro, no les ha sido posible borrar totalmente las huellas de los bombardeos, reconstituyendo el paisaje urbano en su integridad. La Puerta del Sol, la Gran Vía, la calle de Alcalá, parecen haber pasado por un terremoto. Los edificios presentan resquebrajaduras de treinta metros de alto. Estatuas decapitadas y caballos de bronce suspendidos en el vacío. La torre de la Telefónica, milagrosamente sostenida en equilibrio, está atravesada de parte a parte por innumerables obuses. En la Puerta del Sol, dos casas de varios pisos han quedado reducidas a cuatro paredes negras plantadas en un yermo. Una fachada de la casa de Correos está totalmente estropeada por una explosión. El Museo del Prado ha sido herido por bombas incendiarias. Sólo quedan ruinas del Café Cristina, en la calle Mayor. Una bomba caída en los alrededores de Atocha ha suprimido —¡la palabra es exacta!— la mitad de un building de siete pisos, cuyas habitaciones quedan abiertas sobre la calle como los cuartos de una casa de juguete. La Carrera de San Jerónimo presenta idénticos cuadros de devastación... ¡Hasta la histórica Cibeles ha sido rota por los obuses!

—¡Esto no es nada! —me dice Herrera Petere—. ¡Cuando vean ustedes el barrio de Argüelles!...

Estábamos en aquel instante junto a la estación del Metro de Correos. Diez días después un obús caería en aquel mismo sitio, matando a quince personas.


Los tres cochinitos

Por una razón íntima y sentimental quise ver la plaza del Mercado del Carmen donde, en otras épocas, había venido varias veces al alba, con una amiga, para comprar frutas recién traídas del campo...

Las naves del mercado han desaparecido, transformándose en unos cuantos montones de escombros reunidos entre sí por cañerías atirabuzonadas. Las casas que las rodeaban han perdido hasta su aspecto de casas, asemejándose más bien a terrones de azúcar que comenzaran a derretirse en una taza de té hirviente. ¡Pobre Mercado del Carmen!...

Unos niños juegan entre los escombros. Cantan. Me acerco para oír lo que cantan... Y en medio del paisaje de guerra surgen, conmovedores, increíbles, los tres cochinitos de Walt Disney, primos del ratón Miquito y del gato Félix. La música que popularizaron los tres héroes del dibujo animado hace girar ahora una rueda de chiquillos asidos de la mano. Es el tema que conocen todos los chiquillos del mundo, pero con palabras nuevas. Palabras que hablan del «lobo malvado» transformado en artefactos de muerte:

Cuando pasa la aviación,
la aviación,
la aviación,
tira balas de cartón,
de cartón,
de cartón,
ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

¿Creéis que a un pueblo de este temple se le puede dominar por la violencia?


Alberto Aguilera

A cien metros de la Plaza del Callao se inicia una zona militar cuya visita resulta más emocionante que la de los propios campos de batalla —Guadalajara, Brunete— en terreno descubierto. Más emocionante, porque constituye uno de los puntos neurálgicos de la defensa de Madrid, y porque la violencia de la lucha se hace más evidente aún sobre una decoración casi irreal de casas y de calles arruinadas, que conservan, a pesar de todo, algo de su aspecto pasado.

Después de trazar innumerables zigzags entre los enormes parapetos de concreto, superpuestos y escalonados, que transforman las calles en un laberinto de barricadas inexpugnables; después de dejar a nuestra izquierda el Cuartel de la Montaña, roído y ennegrecido como restos de ciudadela asiria, penetramos en la calle Alberto Aguilera, cuyos edificios horadados, acribillados, rotos, yerguen un último biombo de piedra entre nosotros y las ametralladoras falangistas.

Aquí no queda una casa sana, un ladrillo sin herida, un árbol con las ramas enteras. Las fachadas se han abierto, como tapa de armario, dejando ver el interior de los departamentos, la intimidad de las habitaciones. Intimidad que violamos con un asomo de vergüenza, como quien leyera cartas que no le fueran destinadas. Intimidad que nos conmueve, sin embargo, porque conoció actos de vida y llantos de muerte, y porque en ella nacieron sueños de hombre. Cámara rosa, que debe haber sabido de júbilos nupciales; cámara gris, que ha oído el último suspiro de ancianos cuyos retratos adornan las paredes. Objetos humildes, sin más valor que el conferido por un recuerdo o una ternura humana: un cofrecillo de cobre repujado, un óleo de poca alcurnia, una muñeca sonriente, una cortina bordada por la niña amada, un caballito de madera, sublime a pesar de su fealdad... Todos estos objetos están ahí, donde los sorprendió el último bombardeo, sin que nadie alzara la mano hacia lo que no fuera suyo... Pablo Neruda, que se ha empeñado en visitar su departamento de otros tiempos, hoy acribillado por los cascos de obús y la metralla, encuentra intactos, en casa habitada por los milicianos, sus ediciones raras, sus máscaras javanesas, sus souvenirs de poeta viajero. Su Góngora monumental sólo ha sufrido un percance; está atravesado de parte a parte por una bala. Un miliciano filósofo que nos acompaña recoge el trozo de plomo al pie de la biblioteca:

—Es increíble que esto pueda matar a un hombre. ¿Qué daño quieren ustedes que le cause al organismo un pedacito de metal de esta clase?

—¿...?

—¡Lo terrible es la velocidad que trae! ¡Lo que mata es la velocidad!...


El Frente de Madrid

Yo los vi sobre las lomas
de Carabanchel un día;
luego, en la Casa de Campo,
entre arboledas tranquilas.
Estaban lejos y eran
como pequeñas hormigas.
J. Moreno Villa
(Romancero de la guerra de España)


Al llegar a cierta encrucijada se detiene nuestro guía, un miliciano amigo:

—Debo advertirles que si quieren salir al Paseo de Rosales será por su cuenta y riesgo. Estaremos, en pleno, a la vista de las avanzadas enemigas. Tengo, pues, que declinar toda responsabilidad...

—¿Es interesante?

—¡Hombre!... ¡Interesante sí es, claro está!

Pita, Neruda, Vallejo, Octavio Paz y yo nos concertamos con una mirada.

—¡Vamos!

—¡Adelante, pues!

Centenares de milicianos montan la guardia a lo largo de la calle Alberto Aguilera. Están sentados —con el fusil atravesado en las rodillas— en el borde de las aceras o en muebles cojos que han caído de las casas: bancos de cocina y butacas Luis XV, taburetes de piano y sillones de mimbre. El centro de la vía está constelado de cristales rotos, tejas quebradas, cazuelas agujereadas, botellas truncas, maderos con clavos enmohecidos, asas de ollas y tibores. En la esquina, un fogón de campaña calienta un rancho apetitoso. El cocinero reparte panes de libreta a los soldados. Como hace calor, los jarros desfilan por el garfio de un barril de cerveza recién traído de la ciudad.

—¡Salud!

—¡Salud!

Se escucha la voz de nuestro guía:

—¡Doblar a la izquierda!

Veinte metros de calle fortificada. Paredones de concreto, detrás de cuyas almenas aguardan las ametralladoras, mudas por el momento.

Y, de pronto, la inmensidad de la meseta castellana. Estamos en el Paseo de Rosales, al borde de la cuesta histórica —uno de los ejes de la defensa de Madrid— donde se rompieron siete ofensivas moras desde el principio de la guerra.

—¡No formar grupo! ¡Y si pasa algo, tirarse al suelo!...

Debe creerse, en efecto, que el lugar es poco recomendable, a juzgar por el aspecto de la trinchera que bordea al paseo a tres metros de nosotros. Trinchera recubierta casi íntegramente de bóvedas de tierra y piedra, o de sacos de arena, donde los hombres sólo se hacen visibles cuando asoman la cabeza por diminutos tragaluces y huecos de aireación.

Nuestro guía nos señala un bosquecillo cuyos árboles desgarrados se alzan a menos de un kilómetro.

—¡Ahí están los otros!

Nuestros ojos comienzan a habituarse a la contemplación de un terreno que parece haber sufrido una monstruosa convulsión geológica. Terreno deshecho en agujeros y purulencias, embudos y cráteres, con montones de tierra removida, árboles con las raíces vueltas hacia el cielo, baldosas hendidas que señalan que ahí se alzó una vivienda. Nuestras miradas aprenden a discernir lo que aún vive en medio de estos diagramas de muerte, lo que aún es voluntad y premeditación en ese mapa de cataclismos. ¡Efectivamente! Ahí están los otros, en sus trincheras desdibujadas por las obras de defensa y camuflaje. Se les divisa a simple vista, fugazmente, cuando algún centinela insurgente se escurre entre las ruinas, lanza una ojeada sobre el no man’s land del Manzanares, o se insinúa entre los árboles reducidos a esqueleto. Parecen «pequeñas hormigas», como dijo Moreno Villa, pero «pequeñas hormigas» que llevaran turbante y embozo blanco de moro.
Seguimos andando hacia la Moncloa.


El quiosco de música

A lo largo de este «paseo» de Rosales reina hoy el silencio más absoluto que hayan percibido nuestros sentidos: verdadero silencio de muerte. Ha comenzado esta mañana la ofensiva republicana sobre Brunete, lo cual significa tregua momentánea en este frente. Los milicianos permanecen en sus trincheras, que más bien parecen galerías de topos. No se les oye. No se les ve. Cada diez o veinte metros un centinela atisba el paisaje hostil por el hueco de una atalaya, con la mano apoyada en el cañón de su ametralladora. Expresión de voluntad, de concentración de todos los sentidos en su tarea de vigilancia. No se vuelve siquiera al sentir nuestros pasos. Silencio... Silencio... Silencio...

La calzada está cubierta de enormes cascos de obús, de formidables virutas de hierro, de casquillos y balas. Tremendos hongos de metal han ido a encajarse en el asfalto, creando una horrorosa vegetación lunar. Las casas que existían —hay que hablar en tiempo pretérito— a nuestra derecha, no son ya sino cavernas informes, producto de alguna caries monstruosa. ¿Y el quiosco de la Moncloa, donde tantas veces oí ejecutar prestigiosamente el Andantino de la Séptima Sinfonía? Está ahí, hecho una maraña de alambres y de barrotes, en su media plataforma donde las granadas hicieron carambolas de fuego. A su alrededor yacen los postes del alumbrado, como plantas derribadas por un ciclón.

—¡Y dirán que la guerra es algo bonito! —comenta irónicamente nuestro guía.

Suenan a nuestros pies algunos golpes secos que levantan diminutas polvaredas.

—No se inquieten... Son balas perdidas... Vienen sin fuerza...

Vuelve a reinar el silencio.


Clave de Sol

Muchos vecinos del barrio de Argüelles se han negado a abandonar sus casas, a pesar del llamado de las autoridades. Conviven con los milicianos, comparten sus momentos de alegría o de necesaria despreocupación. Como sus viviendas han perdido, en muchos casos, un piso o una pared, se han habituado a entregarse a sus quehaceres domésticos al aire libre. Cocinan en la calle. Comen debajo de los árboles. Tienden su ropa de acera a acera. Todavía quedan, en esa zona, algunos almacenes abiertos.

Durante un paseo por el barrio de Argüelles he contemplado este espectáculo increíble: en el medio salón de una media casa, bajo un medio techo, junto a una media ventana, una muchacha sonriente y linda hace sus ejercicios en un medio piano.

La parte del teclado correspondiente a la clave de fa ha desaparecido.

Sólo quedan las notas de la clave de sol.

Estamos a 7 de julio. Esta tarde caerá Brunete en manos de los republicanos. Esta noche viviremos el bombardeo más terrible que ha conocido Madrid en un año de guerra.

Pero el estrépito infernal de cuatrocientos obuses cayendo sobre la ciudad no borrará de mi memoria el sonido conmovedor del pobre piano herido —piano del barrio de Argüelles—, cuya canción en clave sol ha sido para mí una expresión simbólica de la resistencia de Madrid.


Alejo Carpentier
Carteles, 31 de octubre de 1937



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