Lo Último

2005. Estampa. Los guerrilleros trabajan

Es la estación de Torre y al medio día. La anterior es la de Brañuelas en los Montes de León, aquellas sierras adonde iban a cazar los maridos cornudos de los romances. La carretera, una carretera negra de humedad y de caucho desgastado pasa junto a la vía. Cerros hoscos, ni muy altos ni muy bajos se elevan a ambos lados; por abajo amarillentos, resecos; por arriba verdes perdidos en la niebla.

En una venta de la carretera y a una mesa de madera color de vino, dos hombres comen. Son los soldados del Tercio, pechera peluda descolada, gorro ladeado, la mirada insolente, cínicos y cansados; piden una botella de vino, unas judías y queso de la tierra. Además traen escondidas unas lonchas de jamón y mandan que se las frían. Su astucia y su carta de racionamiento les permiten esto y más.

Necesitan reponerse del largo viaje por tren desde Oviedo. Afuera, en la estación, un camión ya cargado, espera, cubierto con una lona.

Hace sol, mucho sol y la mujer del ventero se apresura a poner la ropa blanca a secar en las ventanas, en el terrado, hasta sobre el tejado de la casa. Brilla la ropa al sol.

Los dos del Tercio comen, piden más vino.

—El capitán de la guardia Civil de Ponferrada —dice uno de ellos— no sabe si venimos por tren o en camión.

—Es cierto —contesta el otro —pero este es el lado peligroso del asunto.

—No te preocupes, que yo me entiendo bien. El negocio merece la pena. Cincuenta fusiles, ponemos treinta. Es fácil cambiar el número. Veinte cajas de cartuchos, ponemos diez. Tengo un líquido especial. Luego que vayan a averiguar.

—Pero ¿y lo de llegar en camión y no por tren? ¿Qué pretexto puede inventarse para dejar un tren?

—Eso es difícil, pero el que no se arriesga no pasa la mar.

— Podemos decir que...

En este momento entra en la venta un hombre pequeño, de rostro colorado y ojos azules, diminutos y vivos. Va cubierto con una boina y lleva un amplio blusón a rayas atado a la cintura, pantalón negro de pana y botas fuertes y relucientes, de piel de becerro que contrastan con lo humilde de su vestidura. Pide una jarra de vino. Después se para frente a la puerta, cruzado de brazos, con una mano oculta en el blusón.

—Son cincuenta y veinte —dice como hablando consigo mismo.

—No, —contesta uno de los del Tercio sin mirarle —son veinte y diez.

—Cinco mil pesetas.

—Por menos de veinte mil no hay nada. Yo no me juego la vida por amor al arte. Además...

En este momento cruza por la carretera una pareja de la guardia Civil fusil al hombro, el charolado tricornio reluciente de sol. Los pasos firmes, graves, reposados. Miran de un lado a otro.

El hombre de la blusa, parado en la puerta no se mueve. Contempla el ciclo despejado algo velado por la niebla. Bebe sujetando en la mano izquierda su jarra de vino.

—Está bien, veinte mil pesetas. No vamos a discutir por eso, por tan poca cosa... Y ya sabéis...

—Diez mil ahora y diez mil luego.

—Cinco mil ahora, y ya sabes que el que nos engaña la paga antes o después. Son veinte fusiles y diez cartuchos. Aquí está el dinero. A eso de las nueve en la curva que da a Bembibre... ¡Ah pillos, tunos, termina sonriendo —vosotros pagáis el vino! ¡Agur cara-liebre.

A las nueve de la noche en la curva que da a Bembibre había una niebla espesa. El haz de los faros del camión que subía parecían dos largos tentáculos amarillos.

—¿Por qué no nos cargamos a estos marrajos y nos quedamos con todo? — pregunta un hombre agazapado tras una carrasca.

—No. camarada —contesta otro—. Eso sería matar la gallina de los huevos de oro.

—¿Qué más quieres? —dice un tercero. —¡Te lo traen servido a casa y aún te quejas!

Después sonaron unos tiros. Había que disimular.

—¡No te muevas Ramón o te asamos! —le dicen al chófer, manos arriba.

—Tú hecho un pendón como siempre. ¡Bragazas!

—Y dile a tu tío el falangista que se ande con cuidado o lo pasará mal.

—Y recuerdos a la Tomasa.

—Y a la Petra de Ponferrada. Le dices que sigo veraneando.
Mientras tanto los dos del Tercio manos en alto contemplan impasibles cómo los guerrilleros descargan el camión. Se llevan exactamente veinte fusiles y diez cajas de cartuchos.

—A los del puesto fronterizo les decís que no sean malos.

—Aquí tenéis las quince mil pesetas y cinco mil más de propina —murmuran disimuladamente uno de los del tercio.

Y se las echan al bolsillo.

—¡Arre!

—¡Agur y hasta otra!

—¡Viva la Junta Suprema! ¡Hihíiii!... ¡Jujuyyyy...!

Arranca el camión. Baja luego por las largas cuestas a salir a la carretera general, camino del Bierzo.

La niebla se disipa. El panorama parece que se va ensanchando.


José Herrera Petere
3 de marzo de 1944
Los artículos de "El Nacional"




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