Lo Último

2010. Recuerdos de Joaquín Maurín - III. De La Coruña a Zaragoza





En la taquilla de la estación de La Coruña, cuando pedí billete hasta Zaragoza, me dijeron que no podían dármelo más que hasta Medina del Campo.

El sistema ferroviario español estaba, en aquel tiempo, fraccionado en compañías distintas, y los billetes no siempre eran unificados.

-Pues billete hasta Medina del Campo- dije.

El viaje que iba a emprender iba a ser bastante más difícil que el gran viaje que realicé en mi primera juventud. Mientras, sentado en un banco de la estación, esperaba la hora de la salida del tren, rememoré mi viaje a Moscú, en mayo-junio de 1921, sin pasaporte...

Un excelente amigo de Lérida, Enrique Sarradell, industrial, me dio una carta de presentación para una persona de Seo de Urgel. Hice el recorrido de Lérida a Seo de Urgel - era a mediados de mayo- en el auto de línea. En el asiento delantero iba la pareja de la Guardia Civil.

El amigo de Sarradell, en Seo de Urgel, me dijo que pasar de España a Andorra era la cosa más fácil del mundo. Bastaba tomar asiento en la tartana, y, al llegar a la frontera, los carabineros mirarían el equipaje y me pedirían que les enseñase la cédula, y eso era todo.

-No llevo equipaje y no tengo cédula- le dije. -Yo le prestaré una...

Todo se desarrolló normalmente. Llegué a la capital de Andorra a media mañana, y, por la tarde, siguiendo el curso del Balira, me fui andando hasta el último pueblo de la República, Soldeu, al pie del puerto. En la posada pregunté si al día siguiente alguien podría acompañarme para pasar el puerto. Me dijeron que sí.

Salí con el guía después de comer, pues por la mañana el puerto había estado cubierto de niebla. Me extrañó que el guía no hablara en catalán, como los andorranos. Me dijo que era de Zaragoza. ¿Qué hacía allí aquel maño? ¿Contrabandista quizá?

Una vez en lo alto del puerto, de repente reapareció le niebla, y el guía vacilaba, no sabiendo hacia dónde ir. Cuando ya estábamos discutiendo si no sería más prudente regresar a Soldeu, un soplo de viento -fue como un milagro- barrió las nubes, y vimos el camino que había que seguir.

Estábamos en la cima del puerto, y ahora no había más que bajar por la otra vertiente, siguiendo el curso de un arroyuelo formado por el derretimiento de la nieve. Al anochecer llegué al primer pueblecillo francés. Un par de días después ya estaba en París, en donde Pierre Monatte, sindicalista de gran prestigio entonces, me dio una carta de presentación para el director de un periódico comunista que se publicaba en Metz, Alsacia. El amigo de Monatte me entregó una carta para un minero alsaciano del último pueblo francés. El minero, por la noche, me ayudó a atravesar la frontera, conduciéndome a Sarrebruck, la primera población alemana, con la indicación de que allí tomase un tren ómnibus hasta Colonia. En Colonia ya podía subir a un tren regular hasta Berlín.

En Berlín, la Embajada rusa me extendió un documento como inmigrante que regresaba a Rusia, y con ese documento subí a un barquichuelo en el puerto de Stettin, que me llevó a Reval-Tallín, la capital de Estonia. Desde Reval-Tallín a Petrogrado, y desde Petrogrado a Moscú.

El viaje había durado unas tres semanas. Sin papeles o con papeles falsos pude ir con relativa facilidad desde Lérida a Moscú. Con mi flamante cédula personal ¿podría ir ahora desde La Coruña a Huesca?

De ordinario, cuando viajaba en tren, buscaba un sitio en el que hubiese poca gente. Ahora iba a proceder al revés. Recorrí el vagón y me senté en un compartimento en donde había cuatro mujeres, de diferentes edades, pero jóvenes todavía. Saludé, y me instalé en un ángulo cerca de la portezuela.

Dije, con una sonrisa:

- No fumo...

- ¡Oh, es igual! - me contestaron con otra sonrisa.

Las mujeres hablaban entre sí de sus cosas, sin que yo pudiera meter baza en la conversación. Hice alguna pregunta discreta, y se inició una charla superficial. Me interesaba dar la impresión de viajero normal. Me dijeron que iban a León. Mejor dicho: regresaban a León. Habían estado en La Coruña durante unas semanas y volvían a reunirse con sus familias.

Hablamos de La Coruña.

- ¡Qué hermosa ciudad! - dijo una de ellas. -¿Más que León? - pregunté.

-¡Oh, sí! ¡Qué aburrida es León! - exclamó la más joven. - Vivir en León es morir un poco cada día... añadió otra. -¿Pues por qué no se han quedado en La Coruña? - pregunté. -¡Ah! - exclamaron, sonriéndose de una manera un tanto enigmática.

Dijeron que iban muchas mañanas a la playa de Riazor. En efecto, estaban muy doradas por el sol.

- Yo también iba casi todos los días a la playa de Riazor, y no las vi nunca... -dije, sonriendo.

- ¡Ah! - volvieron a exclamar, sonriéndose también.

Ya estaba establecida la relación. Eran simpáticas, y estaba en buena compañía.

En Orense, se introdujo en el compartimiento un hombre como de unos cincuenta años, delgado, alto, ligeramente encorvado.

Se puso a fumar, y, al cabo de un rato de conversación trivial, se animó y empezó a contar sus proezas. Dijo que formaba parte del equipo de limpieza, y que Orense ya estaba limpio ahora. Cada mañana, al hacerse de día, iba a la prisión, hacía formar a los presos, y señalaba: "Este, ése, aquél..." Los sacaba, y en las afueras de la ciudad, "los tumbaba patas arriba...".

Yo estaba horrorizado. Me entraban ganas de abalanzarme sobre él y estrangularlo. Fingí estar distraído, leyendo un periódico. Las mujeres escuchaban en silencio, con los ojos desorbitados.

El miembro del Sindicato Nacional de Asesinos seguía relatando sus proezas.

El suplicio, con interrupciones, duró un par de horas, hasta que el asesino se apeó en una estación intermedia y nos dejó solos.

Respiramos los cinco.

-¡Dios mío! - exclamó una de las mujeres -. ¿Ha oído usted? - dijo, dirigiéndose a mí.

-¡Ese individuo debe de estar borracho! - comenté, como no dando importancia a lo que acabábamos de escuchar.

-¡Estoy segura de que decía la verdad - afirmó una de ellas.

Aquellas cuatro mujeres castellanas pensaban y sentían como yo. Ello me dio ánimos. No estaba solo.

Al llegar a León, las mujeres bajaron del tren. Las ayudé a descender el equipaje hasta el andén. Y nos separamos con una amable sonrisa.

Cuando momentos después regresé al compartimiento, encontré allí a otras dos mujeres. Las saludé con una inclinación de cabeza, y les ofrecí mi sitio, si una de ellas lo prefería.

Muchas gracias, sonrisas de cortesía, etc., etc.

¡Oh, la, la! - exclamé interiormente al verlas -. ¡El enemigo está en casa! - me dije.

Una de ellas, la mayor, llevaba una boina encarnada, de requeté. Tendría alrededor de veinticinco años. Delgada, más bien alta, morena, ni guapa, ni fea. La otra, menos de veinte años, morena también, cara redonda, más agraciada que la primera. Aunque diferentes, tenían rasgos parecidos.

- Son ustedes hermanas, supongo - dije para enhebrar la conversación.

Eran hermanas. La pequeña se sentó en un ángulo cerca de la ventanilla y se puso a leer una novela, edición barata. La mayor era una charlatana y quizá algo más.

-¿Usted no lee novelas? - le pregunté.

- Alguna vez.

- ¿Ha leído, por ejemplo, algo de Palacio Valdés? - Quizá. No recuerdo.

- ¿Y de Pardo Bazán? - procuraba ir con tiento en mi exploración literaria, que no tenía otro objeto que neutralizar al enemigo.. .

- Tampoco. ¿Y usted los ha leído? - me preguntó ella algo bruscamente.

- A Palacio Valdés, sí, y algunas de sus novelas me gustan; a la Pardo Bazán también; pero ella no me gusta. -¿Por qué?

- Es una cuestión de orden moral.

- ¡Ah! - exclamó la "margarita", como confundida.

- ¿Usted cree que las novelas de la Pardo Bazán son inmorales?

- Las novelas, no; ella sí que lo era.

Había picado su curiosidad, y se quedó perpleja un momento. La miré fijamente a los ojos, y le dije:

- Parece usted una vampiresa... Está irresistible... Me sonrió espléndidamente.

En ese momento, por primera vez, desde que salí de La Coruña, pasó la policía, pidiendo documentación.

Al verme en animada conversación con una "margarita", ni tan siquiera quiso mirar la cédula que saqué de mi cartera.

Hizo un gesto evasivo, y se dirigió al próximo compartimiento.

-¿Y por qué cree usted que la Pardo Bazán era inmoral? - preguntó la "margarita", al parecer intrigada.

- Por una razón muy católica: le gustaba tener amantes... Blasco Ibáñez, que era republicano y ateo, fue uno de ellos...

La "margarita" se quedó pensativa, y luego me preguntó:

-¿Está usted casado?

- Sí. ¿Y usted?

- No.

- Es usted una mujer cruel...

- ¿Por qué?

- Porque habrá hecho infelices a muchos hombres. Se sonrió espléndidamente de nuevo.

Mi compañía y mi conversación no le disgustaban.

La hermana pequeña seguía en el rincón ensimismada leyendo la novela.

El tren, ya en la llanura de Castilla, iba corriendo por entre rastrojos y barbechos.

Hacía calor. "Margarita" me propuso salir al pasillo. Salimos.

La otra seguía leyendo.

Asomados a la ventanilla, para recibir el soplo del aire, yo le dije:

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento,
Margarita, te voy a contar
un cuento,
Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un quiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita.
Margarita,
tan bonita como tú...

- ¡Qué lindo! ¿Son suyos esos versos?

Comprendí que "Margarita" era una ignorante. No sabía lo que cualquiera que hable en español y sea medianamente culto sabe: que esos versos son de Rubén Darío.

-¡Oh, no! No soy poeta.

-¿Qué hace usted?

- Traduzco para casas editoriales.

-¿A dónde va usted ahora?

-A Zaragoza. Soy aragonés.

-¿Y por qué no te apeas -me tuteó- en Valladolid? Pasaríamos la noche en el mismo hotel - dijo guiñando un ojo- y mañana, a primera hora, asistiríamos a los fusilamientos...

- Imposible. Mi mujer me aguarda en Zaragoza - le contesté. Mentía otra vez.

Me miró, despectiva, y soltó como un dardo insultante: -¡Rojo! - y se dirigió al compartimiento.

Seguí en el pasillo contemplando la inmensidad de la meseta, y pensando que los fusilamientos en masa se habían convertido en un espectáculo patriótico...

Cuando el tren se detuvo en Valladolid, me hice el distraído, y puesto de espaldas, no vi bajar a mis compañeras de compartimiento.

Anochecía ya. El tren siguió hasta Medina del Campo, cuya estación estaba desierta. Pasé la noche en un hotel-posada contiguo a ella.

A la mañana siguiente, tomé el billete hasta Zaragoza. El tren normalmente tenía que salir a las 9; pero llegó con gran retraso, procedente de Salamanca.

Yo estaba en el andén de la estación, completamente solo. Los ferroviarios me miraban con una mezcla de asombro y extrañeza.

¿Quién será ese tipo? - debían de preguntarse -. Pues ese tipo era simplemente Joaquín Julio Ferrer.

Por fin, llegó el tren, compuesto de tres vagones: uno de viajeros y dos de mercancías. Me introduje en un compartimiento en el que había cuatro o cinco personas, todos hombres. Uno de ellos, muy hablador, decía que él era profesor en el Instituto de Santander, y que los acontecimientos le habían separado de su familia. No teniendo edad militar, no veía por qué las autoridades no le habían permitido reunirse con los suyos... Era un gran optimista, por lo visto. De su optimismo me llegó una chispa a mí. Tampoco yo estaba en edad militar, y deseaba reunirme con mi familia. Por eso me dirigía a Huesca.

Hubo que cambiar de tren en Miranda de Ebro. A partir de allí, la policía pasaba con frecuencia por los compartimientos, pidiendo papeles. Yo exhibía mi cédula personal, y todo iba como una seda.

En la estación de Logroño, compré el diario de Zaragoza "Heraldo de Aragón". Miré la sección de anuncios, y vi el nombre de una pensión en el Coso, que, si no recuerdo mal, era Pensión Navarro-Aragonesa. Me pareció más prudente dirigirme a una pensión modesta que a un hotel. Supuse que el control policíaco sería menos intenso.

El tren, a lo largo del valle del Ebro, se paraba en todas las estaciones y se iba arrastrando perezosamente. Llegó a Zaragoza ya completamente de noche: serían algo más de las 9. Me dirigí a pie a la Pensión Navarro-Aragonesa, y, una vez allí, dije a la dueña que no sabía si permanecería varios días en Zaragoza o si tendría que marcharme al día siguiente.

- No depende de uní - dije, haciéndome el interesante.

Llené la hoja de identificación y enseñé la cédula.

Cené y salí a la calle. En una plazuela, había un café al aire libre, con mucha animación: militares, falangistas y requetés, principalmente.

Sentado en una tal compañía, pensé en las personas que conocía en Zaragoza.

Manuel Marraco, industrial, que fue ministro de Hacienda con Lerroux. Cuando yo tuve relación político-amistosa con él, no era lerrouxista. Su republicanismo entonces era costista-regionalista. Ayudaba a la publicación de un semanario titulado "Ideal", en el que yo escribía en mis años mozos. La primera vez que entré en el Congreso, cuando era soldado en Madrid, el año 1919, fue gracias a un pase que me proporcionó Marraco, diputado republicano por Zaragoza. Después no tuve ninguna otra relación con él.

Cuando, durante la República, se hizo lerrouxista, me sonrió con cierto desdén... En uno de los Gobiernos de Lerroux, una vez, hubo tres amigos personales míos: Manuel Marraco (Hacienda), Diego Hidalgo (Guerra) y José Estadella, de Lérida (Trabajo).

Otro amigo era José Jarne Peire, de Huesca, donde le conocí cuando yo era estudiante. Formábamos parte del grupo que publicaba el periódico "Talión". Obrero, era muy inteligente y escribía con una cierta facilidad de pluma. En Zaragoza, dirigía un periódico consagrado a las cuestiones agrarias.

Y otro era Venancio Sarría, diputado a Cortes, de Izquierda Republicana. Fue el eje del republicanismo zaragozano desde la segunda década del siglo hasta el 18 de julio de 1936.

Finalmente, José Ayala Larda, republicano, empleado, fue soldado conmigo en el cuartel de la Montaña.

Ni remotamente se me acudió pensar en ir al encuentro de ninguno de ellos. Marraco, descartado, naturalmente. En cuanto a Jarne, Sarría y Ayala Lorda... ¿se habrían salvado?

No se salvaron: los tres fueron fusilados.

Otra reflexión que me hice en el café al aire libre, esa noche del 2 de septiembre de 1936, y que sigo haciéndome 36 años más tarde: ¿cómo fue posible que Zaragoza, de gran tradición liberal, y cuyo movimiento obrero, ciento por ciento C. N. T., era muy fuerte, cayera en poder de los militares sin lucha, por decirlo así? En Zaragoza ocurrió lo mismo que en La Coruña: a la ineptitud republicana se unió la incapacidad política de la clase trabajadora.

Con la excepción de Barcelona, en donde otras fuerzas coadyuvaron -Esquerra y P.O.U.M-, allí donde el movimiento obrero era preponderantemente anarcosindicalista -Zaragoza, La Coruña, Sevilla y Huesca-, la sublevación militar triunfó con una relativa facilidad.

Es un hecho cierto, y creo que vale pena que sea examinado cuidadosamente por los que estudien con objetividad histórica la participación o no participación del movimiento obrero en los acontecimientos de julio de 1936.

Regresé a la pensión hacia las doce, decidido a salir de Zaragoza, hacia donde fuese, el día siguiente.

Al levantarme, después de desayunar, me dirigí a la patrona:

- Como le dije anoche, no sabía al llegar si me quedaría aquí unos días o me iría hoy. Tengo que marcharme hoy mismo. De modo que le voy a pagar.

Sacó del cajón de la mesa unos papeles para anotar mi salida, y vi que aún estaba allí la hoja de identificación que había llenado y firmado la noche anterior.

Me dirigí a la estación del Norte, y pregunté a qué hora salía el primer tren hacia Huesca.

- No hay trenes para Huesca - me contestaron en la taquilla -. Sólo sale de aquí un tren que va a Jaca. - Pues déme billete para Jaca.

¿A qué iba yo a Jaca? No lo sabía.


Cómo se salvo Joaquín Maurín. Recuerdos y testimonios
Jeanne Maurín















No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada