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2059. La Rusia chiquita

Lavadores es una curiosa aglomeración suburbana de las inmediaciones de Vigo, medio industrial, medio labradora, entre la ciudad y el campo, del pegujar a la fábrica, con todas las miserias y las tristezas de uno y otra. Es un valle parcelado en minúsculas propiedades rurales en el que se han formado núcleos de población, dos arrabales populosos, el de San Juan del Monte y el del Fragoso. Los hombres de Lavadores trabajan como jornaleros en la industria metalúrgica de Vigo. Mientras, ellos se van a las fábricas a ganarse el jornal, sus mujeres y sus hijos labran penosamente el pedacito de tierra que cada cual posee. Estas gentes, laboriosas y tenaces, se afanan durante toda su vida por defender su casa, su campo y su jornal contra las embestidas que les da la codicia de los caciques, los patronos y los usureros. Por eso, porque se defienden bravamente de las garras de la explotación, le llaman a Lavadores "la Rusia chiquita". El espíritu revolucionario de aquellas pobres gentes no va, sin embargo, más allá de la defensa de su libertad política, de su pequeña propiedad y de su derecho al jornal. Cuando estalló la sublevación militar los vecinos de Lavadores  se sintieron positivamente amenazados. Los señoritos de Vigo, libres de las trabas y cortapisas que les ponía la República, iban a caer otra vez sobre ellos. El golpe militar no podía tener otra significación. Y resolvieron resistirse heroicamente. Fué allí, en aquella aglomeración medio campesina, medio urbana, en aquel núcleo de pequeños propietarios que adquirían y conservaban sus propiedades trabajando como proletarios en la zona industrial, donde únicamente se hizo resistencia a la rebelión militar.

No es cierto que ésta tuviese que luchar en las calles de Vigo para imponerse al fin triunfalmente. Si hubiera habido lucha en la ciudad los militares no hubieran vencido. En Vigo no se luchó. Después del golpe de mano del capitán Carreró al fusilar a mansalva en la Puerta del Sol a la multitud inerme no hubo en Vigo ningún intento de lucha. Las ametralladoras colocadas en los alrededores de la Comandancia no tuvieron que ser utilizadas para repeler ningún asalto. No hubo tampoco agresiones aisladas en las calles. Han pretendido los rebeldes para justificar la feroz represión efectuada luego que en los primeros momentos tuvieron que luchar heroicamente en las calles de Vigo. En sus periódicos publicaron fotografías de las barricadas levantadas con los adoquines del pavimento en la calle Policarpo Sáenz delante de la Casa del Pueblo. No hubo tales barricadas. El pavimento estaba levantado, es verdad, pero era sencillamente porque desde hacía ya varias semanas estaban trabajando en su reparación las cuadrillas de obreros municipales.

En Lavadores sí hubo resistencia y barricadas. Fue una lucha desigual y espantosa. Veréis cómo fue.

Cuando la muchedumbre se dispersó aterrorizada después de la infame maniobra de la Puerta del Sol, muchos fugitivos se concentraron en Lavadores donde se sentían más abrigados y protegidos entre el humilde vecindario de aquel arrabal. Produjo allí tal indignación la hazaña del capitán Carreró que los vecinos decidieron resistir a los sublevados fuese como fuese, Durante la noche del lunes se alzaron varias barricadas en Lavadores las que trabajaron, tanto como los hombres, sus mujeres y sus hijos. El propósito era insensato porque aquellas gentes estaban armadas sólo con palos, picos, hoces y algunas, pocas, escopetas de caza, sin contar tal que otra pistola. Se decía con gran prosopopeya que había hasta un arma automática un soberbio fusil ametralladora que había sido cogido la noche antes al comandante don Alfonso Crespo que lo llevaba de ocultis cuando andaba en los preparativos de la sublevación; pero lo cierto fue que el famoso fusil automático no apareció jamás.

La primera barricada se levantó en un lugar estratégico de Lavadores llamado "Los Llorones", que debía el nombre a unos grandes sauces que por allí había. Otra barricada se levantó en "El Calvario" y la tercera y última en "El Seijo", delante del Ayuntamiento y de la casa-cuartel de la Guardia civil.

Al día siguiente, el martes, empezó la lucha. Atacaron la primera barricada unos sesenta o setenta soldados, en su mayor parte de cuota, al mando siempre del capitán Carreró. Se les hizo una encarnizada resistencia. Pero los defensores de las barricadas carecían, como hemos dicho, de armas eficientes y no podían resistir mucho tiempo. Cada vez que disparaban tenían que esconderse y tomarse un tiempo para cargar de nuevo sus viejas escopetas de caza mientras los soldados les rociaban de plomo con sus máusers. Se emplearon incluso morteros de trinchera para atacar la barricada. El pueblo se defendió bien, sin embargo, y los rebeldes no pudieron tomar ni siquiera la barricada de "Los Llorones" en aquellos primeros intentos.

Cuando corrió la noticia de que los de Lavadores estaban resistiendo desesperadamente a la tropa sublevada comenzaron a llegar luchadores de todos los barrios de Vigo y de los pueblos próximos. Todos venían sin más armas que sus brazos y clamaban pidiendo fusiles. Llegaron de Puenteareas y La Caniza nutridos grupos que a todo trance quisieron tomar por asalto el cuartel de la Guardia civil para apoderarse de los fusiles. Los dirigentes de Lavadores y de Vigo no lo consintieron.

Hubo una dramática discusión en el Ayuntamiento. El alcalde, apoyado por el diputado socialista don Antonio Bilbatua y varios directivos de la U.G.T. les disuadieron. La Guardia civil era leal a la República y hasta aquel instante había estado reiterando a los representantes del  Frente popular su adhesión incondicional al Gobierno. La Guardia civil -les decía enfáticamente el jefe del puesto- no se subleva nunca.

Mientras, como si quisiesen confirmar lo que los jefes republicanos y socialistas sostenían y para infundir confianza al pueblo, los guardias civiles se asomaban pacíficamente al balcón de su casa-cuartel, contemplando con todo sosiego cómo el hormigueo popular reforzaba afanosamente sus barricadas y hacía sus belicosos pertrechos.

Simultáneamente comenzó el “paqueo" de los elementos reaccionarios atrincherados en sus casas contra los que luchaban en la calle. A orilla de la carretera general de Vigo había una casona grande, inmensa, la famosa Casa de Piedra, residencia de don Estanislao Núñez, rico industrial propietario de una fábrica de estampados de hojalata. Por la mañana la gente del pueblo estuvo recorriendo las casas en busca de armas. Un grupo estuvo en la del señor Núñez que se hallaba allí con dos de sus hijos y pidió que se le entregasen las armas que hubiera. Pareció que los dueños de la casa se allanaban, pero cuando el grupo de obreros salía a la calle llevándose unas inservibles escopetas, los de la casona atrancaron las puertas y se pusieron a hacer  fuego sobre ellos con unos rifles que habían tenido ocultos. Se comprobó que los agresores eran el propio señor Núñez y sus dos hijos, militantes fascistas. Los vecinos de Lavadores, furiosos, pusieron sitio a la Casa de Piedra y después de un reñido tiroteo en el que mataron al dueño de un balazo, asaltaron la finca y la incendiaron. A los dos hijos fascistas los cogieron prisioneros y se los llevaron al Club Deportivo Obrero de Lavadores. Al pasar por delante de un grupo nutrido de mujeres que estaban ayudando a fortificar las barricadas los milicianos que llevaban bajo su custodia a los hijos del señor Núñez se los mostraron, diciéndoles: -¡Ya son nuestros! ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los matamos? -¡Soltarlos! ¡Soltarlos! gritaron unánimemente aquellas bravas mujeres.

Libres los dejaron ir. Han sido después los dos más, feroces ejecutores de los asesinatos.

Al día siguiente volvieron los militares al asalto de las barricadas. No habían podido arrastrar consigo más fuerzas y los soldados seguían siendo unos sesenta o setenta a lo sumo. No iba con ellos ningún paisano, ni de la J.A.P. ni de Falange. Pero llevaban además de los morteros varias ametralladoras con las que estuvieron regando de plomo a placer a los combatientes de la República imposibilitados de contestar adecuadamente con aquellas grotescas armas que manejaban. A un campesino se le reventó la escopeta y se le torció el cañón. Yo le ví en la barricada cuando intentaba aun seguir disparando con aquel arma que no podía ya herir a nadie más que a él mismo.

Como no podían atacar de frente a las ametralladoras, los combatientes del pueblo distribuyeron por los tejados de las casas próximas a los que tenían las mejores armas de fuego. Asomando por detrás de las barricadas dejaban sus gorras puestas encimas de un palo para que los soldados las acribillasen. Ellos agazapados en los tejados, dejaban pasar las ráfagas de las ametralladoras sobre sus cabezas y en él breve intervalo en que permanecían silenciosas para que las adelantasen o las pusiesen nuevas cintas de munición, descargaban sus escopetas y volvían a agazaparse para poder cargarlas de nuevo. Pero, de una vez para otra, iban perdiendo terreno.

Así se perdió la primera barricada de "Los Llorones". Cuando los militares se lanzaron al asalto de la barricada de "El Calvario" escaseaban ya las municiones hasta el extremo de que era a pedrada limpia cómo los defensores del pueblo intentaban contenerles.

Las bajas de los republicanos eran cada vez más numerosas. Los primeros heridos fueron llevados al sanatorio de Amuedo sito en "El Calvario" mismo. Luego hubo que llevar a los heridos a otras clínicas y farmacias de la barriada y finalmente tuvieron que ser encaminadas a las clínicas de Vigo, donde, clandestinamente ya, quisieran asistirles.

Se perdió fatalmente también la segunda barricada y sus defensores se replegaron hacia la de "El Seijo", delante del Ayuntamiento, donde siguieron resistiendo a la desesperada.

Pero la Guardia civil, que hasta aquel momento había permanecido impasible, cuando vió que los militares rebeldes habían tomado ya la primera y la segunda barricada, se echó a la calle y comenzó a disparar contra el pueblo por la espalda haciendo causa común con los sublevados a partir de aquel instante. Cogidos entre dos fuegos los defensores de la República cayeron acribillados en pocos minutos y allí terminó aquella heroica resistencia. Los que no sucumbieron en aquella carnicería se dispersaron. Algunos, huyeron al monte. Allí están, al cabo de diecisiete meses, los que han podido sobrevivir a la horrible prueba. Famélicos, tuberculosos, cubiertos de harapos, acosados como fieras, viviendo ocultos en agujeros que han hecho en la tierra con sus uñas como verdaderas alimañas allí están todavía los supervivientes para vergüenza de la humanidad civilizada.


Hernán Guijano
Galicia mártir. Episodios del terror blanco en las provincias gallegas
Ediciones Neos, Buenos Aires, 1949 



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