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2049. Nuestro día más largo. (Así comenzó la Guerra de España) II

Sábado, 18 de julio de 1936

—La radio acaba de decir que ha estallado una sublevación militar en Marruecos. Cuando entreabro los ojos veo el rostro serio y preocupado de mi madre que acaba de despertarme. Aunque tengo la sensación de no haber dormido arriba de media hora, compruebo en el despertador que son ya las once de la mañana. Me tiro sobresaltado de la cama y corro al teléfono para llamar a Unión Radio donde tengo buenos amigos. Confirman lo anticipado por mi madre e incluso me leen el texto de la breve nota que, rompiendo su obstinado silencio de la noche anterior, ha hecho publicar Casares Quiroga. En ella, tras admitir que una parte del Ejército se ha sublevado en Marruecos, el gobierno asegura: «El movimiento está limitado a ciertas zonas del Protectorado y nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a tan absurda empresa».

—¿Qué te parece? —pregunta Medina, el locutor de Unión Radio, que es quien me habla.

Respondo con la verdad: la nota llega con mucho retraso y con toda seguridad no refleja más que una parte mínima de lo que realmente sucede. Si anoche Casares prohibió que se dijese una sola palabra de lo que ocurría en Marruecos, al cambiar hoy de opinión y no atreverse a asegurar que la intentona ha sido sofocada, resulta lógico temer que el alzamiento no sólo haya triunfado en Melilla, sino también en Tetuán, Ceuta y Larache. En cuanto a que nadie secunde la sublevación en el territorio peninsular, era cierto hace seis o siete horas, pero probablemente habrá dejado de serlo en este momento.

Mi pesimismo tiene plena confirmación cuando una hora más tarde hago mi entrada en Teléfonos. Situado en el arranque de la calle de Alcalá, entre las calles Universal y Colonial, Teléfonos es un viejo y destartalado edificio de dos plantas construido a principios de siglo para albergar a una de las primeras centrales telefónicas madrileñas. Tiene en su planta superior una amplia sala destinada a los corresponsales de los diarios provincianos, con diez o doce cabinas, grandes mesas y muchas sillas. La sala se encuentra concurrida a cualquier hora del día o de la no-che. Como hay diarios de la mañana y la tarde en casi todas las ciudades de la Península, Baleares, Canarias y Marruecos, y cada uno tiene una hora distinta para que su representante en Madrid le transmita las informaciones más importantes, Teléfonos es prácticamente la única redacción madrileña que no interrumpe su actividad un solo minuto en el transcurso de la jornada.

A mediodía del 18 de julio rebosa de periodistas que comentan y discuten no sólo las noticias que se van recibiendo, sino los incontables rumores y bulos que circulan por todo el país. Parece seguro que la sublevación ha triunfado en toda la zona española de Marruecos, pese a que en Tetuán y Larache algunos elementos republicanos se han defendido a la desesperada y que la capital del Protectorado ha sido bombardeada por dos aviones gubernamentales. Canarias se ha debido sumar al alzamiento y la radio de Ceuta ha divulgado un manifiesto del general Franco declarando la ley marcial en el archipiélago. Por último, el capitán general del departamento marítimo de San Fernando acaba de proclamar el estado de guerra. Una hora más tarde se sabe ya que algo parecido ha sucedido en Córdoba, Cádiz y Málaga. Son varias las poblaciones del resto de España con las que se produce una brusca e inesperada interrupción de las comunicaciones.

—Y puedes apostar que en todas ellas se han sublevado los militares y los fascistas.

No se sabe nada de los destructores que ayer tarde salieron de Cartagena con rumbo a Melilla ni de otro más —el «Churruca» concretamente— que debiera encontrarse en Ceuta. En Zaragoza la situación debe ser muy crítica por cuanto hace un rato el general Núñez de Prado, director de Aeronáutica, salió para allá, sin duda con intención de apoyar a Cabanellas a resistir y derrotar a los militares rebeldes. Tras de su primera nota, el gobierno guarda de nuevo silencio y no se sabe que haga nada práctico por defender la República. De pronto, un compañero que habla con Pamplona ve interrumpida su comunicación y no encuentra forma de reanudarla. Todos pensamos lo mismo: Mola, director de Seguridad con Berenguer, jefe militar en Marruecos con Gil Robles y, según insistentes rumores, uno de los dirigentes de la conspiración, ha debido alzarse en armas contra el régimen.

—Vamos a ver si el ministro quiere decimos algo.

Es la hora aproximada en que todos los días un grupo de periodistas visitan al ministro de la Gobernación para oír de sus labios la tranquilizadora noticia de que en toda España reina una paz octaviana. Este dramático sábado son más numerosos que nunca los informadores que pretendemos saber de boca de don Juan Moles lo que está ocurriendo. Pero don Juan Moles está demasiado ocupado o demasiado asustado para hablar con nosotros. En su lugar nos recibe Ossorio y Tafall, diputado de la Orga y subsecretario de Gobernación.

Ossorio y Tafall nos habla tranquilo, sereno, con una amplia sonrisa y palabras melosas con las que trata de quitar dramatismo a la situación. Afirma impertérrito que el gobierno es dueño de la situación, que en la Península no ha tenido ni tendrá la menor repercusión el pequeño foco rebelde de Marruecos que está siendo combatido con eficacia y que será dominado en pocas horas. Arruga el ceño cuando los periodistas le hablamos de Canarias, de Cádiz y de Córdoba y pierde por completo la calma cuando nos oye preguntar por la sublevación de Mola.

—¡Mentira! —chilla descompuesto—. Nieguen rotundamente esa monstruosa falacia. El general Mola es totalmente leal a la República. ¿Lo duda alguien? Pues sepa ese alguien que hace menos de una hora, hablando por teléfono con el señor ministro, le ha dado su palabra de honor. ¡Cuidado, señores! —amenaza—. Si los rebeldes serán castigados, quienes les hacen el juego propagando infundios alarmistas, tampoco gozarán de una impunidad inadmisible en estos momentos.

Con sólo cruzar la Puerta del Sol para volver a Teléfonos podemos comprobar que Ossorio y Tafall no sabe nada de lo que sucede en España o miente deliberadamente. Se confirman todas las noticias alarmantes precedentes a las que se suman otras de mayor gravedad. El «Churruca» ha desembarcado un tabor de Regulares en Cádiz, de Jerez se han adueñado los fascistas y se combate en las calles de Sevilla. En la ciudad de la Giralda parece que se encuentra Queipo de Llano, y si en un primer momento creemos que ha sido enviado por el gobierno, pronto sabemos que está al frente de la sublevación.

A las tres de la tarde, una nueva nota del Gobierno, destinada a tranquilizar a las gentes, aumenta su confusión y alarma porque no sólo asegura de nuevo que el gobierno controla la situación y que la sublevación no tiene repercusión en la Península —cosa que sabemos positivamente falsa—, sino que rechaza toda la ayuda ofrecida por los partidos republicanos y las organizaciones obreras asegurando que «la acción del Gobierno será suficiente para restablecer el orden».

—¡Qué cara! Casares sobre no hacer nada, no quiere que nadie se mueva para impedir el triunfo del fascismo.

Circulan insistentes rumores de crisis total. A las cuatro se asegura que es un hecho y que en el Congreso se han reunido las minorías republicanas para tratar de la formación de un nuevo gobierno. Teléfonos se queda medio desierto. Mientras una mayoría de informadores corremos hacia el Congreso, una minoría encamina sus pasos hacia la plaza de Oriente, donde el presidente Azaña tendrá que recibir al jefe del ministerio que sustituya a Casares. Pese a la gravedad extrema de la situación, el centro de Madrid da la impresión de que todo el mundo duerme tranquilamente la siesta. Bajo la lluvia de fuego del sol estival las calles aparecen casi desiertas, aunque los comercios están abiertos, tranvías y autobuses circulan vacíos y apenas si algún viajero con aire cansino entra o sale por las bocas del metro.

El interior del Congreso ofrece un violento contraste con la soledad de veinticuatro horas antes. En la tarde del sábado conoce la animación y el nerviosismo de las grandes solemnidades políticas. Periodistas de todos los matices, diputados y ex-diputados, personajes y personajillos de la más variada catadura forman corros en salas y despachos, sus voces, lanzan y desmienten verdades como puños y bulos como catedrales. Son tres los temas predominantes: el fracaso de Casares Quiroga, la solución de la crisis planteada y si deben entregarse armas al pueblo para que defienda la República.

Lo primero casi nadie se atreve a discutirlo. El desastre de Casares como jefe del Gobierno y ministro de la Guerra, corre parejo con el de Moles, ministro de la Gobernación, y el de Alonso Mallol, director general de Seguridad. Ninguno de los tres ha dado muestras de previsión para impedir la sublevación ni de la energía precisa para destrozarla una vez iniciada.

—El único que responde en Gobernación es el general Pozas, inspector de la Benemérita. De no ser por él, toda la guardia civil estaría ya sublevada de acuerdo con los militares.

¿Quién puede suceder a Casares? Discrepan las opiniones y los nombres que surgen se debaten con acaloramiento. Entre los republicanos y socialistas moderados suenan Martínez Barrio, Albornoz, Marcelino e incluso Sánchez Román. Las izquierdas prefieren a Prieto o Largo Caballero, aunque resulta más que dudoso que este último resulte designado por Azaña. En cuanto al reparto de armas, las pide y exige Caballero y los socialistas que le siguen, los comunistas y las centrales sindicales UGT y CNT, pero rechazan la posibilidad el resto de las fuerzas del Frente Popular.

A las seis llega al Congreso la noticia de que el gobierno, en plena crisis, ha abandonado el Ministerio de la Guerra, para dirigirse al de Gobernación donde no sólo se reúnen los ministros, sino también diversas personalidades políticas entre las que están Martínez Barrio, Indalecio Prieto, Largo Caballero y Sánchez Román.

—Este último, no —rectifica un diputado de Unión Republicana—. Sánchez Román está en el palacio de Oriente llamado por Azaña.

Esté en uno u otro sitio, es evidente que tanto de la crisis como del armamento del pueblo se está tratando en la Puerta del Sol y en la plaza de Oriente. Varios periodistas abandonamos el Congreso. Cuando salimos del Parlamento ya están en la calle los periódicos de la tarde. La mayoría se limitan a publicar las notas oficiosas sobre la rebelión, siguiendo las instrucciones de la censura.

«Claridad», órgano oficial de la Unión General de Trabajadores, no. «¡Libertad o muerte!», pregona en gruesos titulares en primera página y en diversas notas anuncia que los trabajadores lucharán en defensa de la República, exige que el pueblo sea armado inmediatamente y ordena a los obreros sindicados pelear contra el fascismo por todos los medios a su alcance sin esperar nuevas órdenes o consignas. La batalla que se libra en Sevilla y la sublevación de diferentes guarniciones demuestra la gravedad extrema de la situación y afirma que los mineros asturianos, que están en pie de guerra, se disponen a salir en trenes especiales hacia Madrid para combatir junto a sus hermanos de la capital de España.

En sólo dos horas, las calles céntricas han experimentado un cambio tan radical como increíble. Hay racimos de personas en torno a cada vendedor, arrebatándole materialmente los periódicos. En las aceras y aun en medio de la calzada, grupos nutridos discuten a voces. Las tiendas echan precipitadamente sus cierres y los dependientes se suman a quienes formando una improvisada manifestación se dirigen hacia la Puerta del Sol.

Impresiona el aspecto de la Puerta del Sol. Vacía, adormilada por el calor a las cuatro de la tarde, se ha convertido a las seis en un hervidero humano. De Ventas, de Chamberí, del Pacífico, de los puentes de Toledo y Segovia llegan los tranvías abarrotados de gentes excitadas y vociferantes; las bocas del metro arrojan una tras otra incesantes oleadas de obreros airados y nerviosos. La muchedumbre ha desbordado ya las aceras, especialmente frente al edificio de Gobernación, dificultando la circulación rodada. Millares y millares de personas acuden desde todos los puntos de Madrid reclamando armas para defenderse contra el fascismo. La rotunda negativa de Casares a facilitar elementos de combate, mientras la rebelión militar salta de una ciudad a otra, se le antoja a la mayoría una traición.

—¡Deberíamos empezar —gritan algunos— por colgar a quienes nos las niegan!

Gobernación ha cerrado sus puertas. Ante ellas una doble fila de guardias de seguridad y asalto. Otros grupos de hombres uniformados, más numerosos aún, vigilan en la calle de Carretas, en la de Correos y en la plaza de Pon-tejos, junto al antiguo edificio de Telégrafos que les sirve de cuartel. Pero o han recibido orden de no enfrentarse con la multitud, o han resuelto no hacerlo por propia iniciativa. Muchos guardias dialogan con los manifestantes, cuyos sentimientos comparten sin la menor sombra de duda y se limitan a impedir, sin violencias, que la gente derribe las puertas para entrar en el Ministerio.

—No pierdas el tiempo entrando, porque dentro no encontrarás a nadie.

Me lo aconseja Ignacio Barrado, redactor de Havas, que acaba de salir del edificio. Sabe lo poco que se puede saber y desconfía que nadie sepa más. El Consejo de Ministros, al que asistieron Martínez Barrio, Prieto y Largo Caballero, concluyó hace media hora, pero los periodistas no pudieron ver ni hablar más que con Caballero.

—Salió echando chispas. Fue a pedir armas para los trabajadores y tropezó con una negativa rotunda.

Casares está dimitido y hundido. Lo más probable es que al salir de Gobernación haya ido al Palacio para entregar oficialmente su renuncia. También es probable que Azaña reciba inmediatamente, si no lo ha recibido ya, al hombre que haya de sustituirle. Aunque en la Puerta del Sol aumenta por momentos la afluencia de público, las noticias están en la Plaza de Oriente.

Las tiendas de la calle Arenal han cerrado precipitadamente sus puertas. Grupos nutridos y amenazantes van y vienen entre la Puerta del Sol y la plaza de Oriente. En la plaza del Celenque una veintena de obreros meten apresuradamente en dos taxis los rifles y escopetas sacados de una armería que acaban de asaltar, mientras otros cargan los revólveres y pistolas de que se han apoderado.

—Como Casares no quiere darnos armas —explica uno de ellos a un grupo de curiosos—, tenemos que cogerlas donde las haya.

La plaza de Oriente es más grande que la Puerta del Sol, y hay mucha menos gente. Aparte de la guardia oficial de Palacio, soldados de la escolta presidencial ocupan posiciones de combate dentro y alrededor del edificio dispuestos a rechazar cualquier ataque. Junto a los jardines de Caballerizas y en la cercana plaza de España, aparecen estacionados numerosos camiones de guardias de asalto, formando una especie de barrera entre el cuartel de la Montaña y la residencia del presidente de la República.

Un grupo de periodistas aguardan expectantes en la puerta de la calle Bailén y otros hacen lo mismo en la plaza de la Armeria. Llevan varias horas allí y es poco lo que han podido ver o averiguar. Rehuyendo su curiosidad, las personalidades políticas llamadas por Azaña pueden entrar y salir de Palacio sin ser vistas utilizando la puerta del Campo del Moro.

—Estamos perdiendo lastimosamente el tiempo —gruñe uno malhumorado—. Cuando nos enteremos aquí quién es el nuevo jefe de Gobierno ya lo sabrá media España.

Saben únicamente que en el curso de la tarde han sido varios los políticos que han visitado al presidente de la República. Además de Sánchez Román, entre los llamados por Azaña figuran Ossorio y Gallardo, Lluhí Vallewcá y Albornoz. Sin embargo, todos tienen la impresión de que será Martínez Barrio quien en definitiva recibirá el encargo de sustituir a Casares. Será, caso de formarlo, un gobierno más a la derecha que desde luego no armará al pueblo.

—Pues si no lo hace, facilitará el triunfo fascista.

En el vecino cuartel de la Montaña están acuarteladas las tropas —un regimiento de infantería, otro de ingenieros y un batallón de alumbrado— y no precisamente por orden del gobierno. Parece que igual sucede en Campamento y Getafe, y que en Pamplona el teniente coronel jefe de la guardia civil, Medel, ha sido asesinado por sus propios subordinados por oponerse a la rebelión. La impresión de todos es francamente pesimista.

Ha caído la noche cuando abandono la plaza de Oriente para dirigirme al periódico. En Santo Domingo y la Gran Via, la tensión ha subido muchos enteros. Los guardias parecen haber desaparecido de las calles, abundan los grupos vociferantes y muchos automóviles van ocupados por gentes que no hacen nada por ocultar las armas. Es evidente que la lucha no tardará mucho en estallar. A la entrada de la calle Silva, un grupo de obreros armados piden la documentación y cachean a los transeúntes que les parecen sospechosos. Un poco más allá descubro lo que sucede. En un caserón de la calle de la Luna, con vuelta a la de Tudescos y Silva, está instalada hace más de un año la sede de la Confederación Nacional del Trabajo. A finales de junio, cuando Casares declaró ilegal la huelga de la construcción, Los locales fueron clausurados al tiempo que se procedía a la detención de varias docenas de militantes. Vigiladas sus puertas por varias parejas de seguridad, esta tarde los locales han sido abiertos por los trabajadores que se agolpan en el amplio portalón, en la escalera y en los distintos pisos y salones del edificio.

Abriéndome paso a empujones consigo llegar hasta la planta principal. Por todas partes suena la misma unánime petición de cuantos llenan los locales. Aunque hay muchos hombres arma-dos ya, quienes no lo están aún reclaman elementos de combate para luchar contra la intentona reaccionaria.

—No hay más armas, compañeros. Cuando las tengamos, que será pronto, las repartiremos inmediatamente. En una habitación apartada, unos hombres llenan botellas de gasolina a fin de utilizarlas como bombas incendiarias; en otra, un grupo de metalúrgicos manejan cartuchos de dinamita para fabricar rudimentarias bombas de mano. Militantes conocidos responden a mis preguntas. Han abierto los locales por cuenta propia y sin contar para nada con el gobierno, que es un cadáver insepulto. Los guardias que pretendieron oponerse a su acción fueron arrollados por acción fueron arrollados por la multitud. Antonio More-no, que ocupa de manera accidental la secretaría del Comité Nacional —el secretario, David Antonia se halla detenido— me repite lo que de antemano doy por descontado.

—La CNT luchará a muerte contra la intentona fascista.

Esta misma tarde han salido delegados del Comité Nacional para las distintas regiones con instrucciones concretas. Todos los militantes, afiliados o simpatizantes de la organización deben armarse como sea, contestando con la huelga general revolucionaria a la declaración del estado de guerra y hacerse matar antes de permitir el triunfo de los enemigos del pueblo.

Cerca de las diez de la noche entro en la redacción de «La Libertad». Basta con ver las caras de redactores, colaboradores y amigos para comprender que son malas todas las noticias recibidas. En efecto, si esta mañana el alzamiento estaba reducido a Marruecos y Canarias, doce horas después arde ya en Navarra, Burgos, Huesca, Andalucía y puntos aislados del Norte, de los de Castilla y de Extremadura.

—Otras doce horas y se habrá extendido al resto de la nación —afirma Haro, rabioso—. ¡Y lo peor de todo es la sensación de impotencia y estupidez del propio gobierno!

Aunque Casares lleva varias horas dimitido en vista de su estruendoso fracaso, la censura sigue en pie y con la misma cerrazón mental de los dos últimos días. No se pueden publicar más noticias de la situación que las notas oficiales; tampoco hablar de la crisis hasta que esté formado el nuevo gobierno ni retrasar el cierre y la salida del periódico para dar cuenta de la solución política de la grave situación planteada.

—¡Mandarles a hacer puñetas de una vez por todas! ¿O es que con nuestro silencio vamos a facilitar el triunfo de los rebeldes?

La mayoría de los redactores opina igual que yo: prescindir de la censura y hablar con entera sinceridad y amplitud como ha hecho la tarde anterior «Claridad»

Hermosilla, director del diario, vacila y Haro propone una solución viable: consultar con los periódicos de parecida significación política —«EI Socialista», «Política,. «El Sol» y «El Liberal»— y obrar todos de común acuerdo con respecto a la censura. Las consultas dan por resultado aceptar las instrucciones de la censura arguyendo que la Re-pública corre demasiado peligro para que los más interesados en defenderla creemos al inminente gobierno mayores problemas.

En vista que no hay mucho que escribir, son varios los redactores que se desplazan a Gobernación, a Palacio, a la Casa del Pueblo, la Dirección General de Seguridad y las sedes de los partidos. A las once llama Gómez Hidalgo para anunciar que Martinez Barrio, encargado por Azaña, va a constituir un nuevo gobierno integrado por los partidos republicanos y el apoyo del sector moderado de los socialistas. Media hora después, Antonio de Lezama telefonea desde Izquierda Republicana de la calle Mayor:

—Circula el rumor —dice malhumorado— de que Martínez Barrio trata de llegar a un acuerdo con los militares sublevados y ha hablado con Mola ofreciéndole la cartera de Guerra. Si se confirma esta traición...

Los gritos del local en que se halla Lezama impiden oír el final de la frase. Lezama, optimista esta misma tarde, habla ahora indignado y violento. Aún duda de que sean ciertos los propósitos que se atribuyen a Martínez Barrio; pero de serlo, no cree que ningún republicano pueda secundarle.

—iNi aunque lo mande, que no lo mandara —concluye—, don Manuel Azaña en persona...!

Las palabras de Lezama producen enorme y desagradable impresión entre los redactores de «La Libertad». Cuando las discusiones están en su punto culminante se lee por los micrófonos de Unión Radio un manifiesto conciso y enérgico de Confederación Nacional del Trabajo. Está en abierta contradicción con las instrucciones de la censura. Sin nombrar siquiera a Martínez Barrio sale al paso de sus maniobras, ordenando en toda España la huelga general revolucionaria y la movilización inmediata de los trabajadores para luchar a tiros contra la amenaza fascista. ¿Cómo lo habrá autorizado la censura?

—La CNT no cuenta para nada con el Gobierno —contesto, seguro de no equivocarme— como no cuenta la UGT para repartir fusiles entre sus militantes. Casares ya no pasa de ser un cadáver, pero sigue destrozando a la República con sus instrucciones a la censura...


Eduardo de Guzmán
La muerte de la esperanza, 1973
Primera Parte: Nuestro día más largo (Así comenzó la Guerra de España



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