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2139. Octubre de 1934: Recuerdos de un insurrecto

La trágica imagen de los revolucionarios muertos, introducidos indiscriminadamente en cajas de madera tras ser incinerados
sus cuerpos 
en el horno del parque de limpiezas de Oviedo



Yo he sido un insurrecto. Así lo estimó el Consejo de Guerra en su tiempo y, de acuerdo con las leyes en vigor, como tal pagué lo que se llama mi «deuda a la sociedad». Combatí en compañía de miles de camaradas de la cuenca minera, resulté herido como algunos centenares, estuve en la cárcel como otros miles más. No hay, pues, nada de excepcional en la vida de un simple sublevado, cuyas acciones fueron debidamente sancionadas en su tiempo. A este aspecto puramente, exclusivamente personal, se le puede poner cruz y raya. Es pasado. 

No obstante, como la mayoría de los asturianos y como otros muchos compatriotas de otras regiones, he sido, además, actor o testigo. Y como tal, pese al tiempo transcurrido, quiero aclarar algún que otro detalle, alguna que otra anécdota, todo ello en apariencia insignificante, pero que es, también, Historia. Y cuando algunos escribieron la de Octubre lo hicieron con pasión de combatientes de uno u otro bando en presencia, dejando de lado la veracidad histórica, cuanto no correspondía a su propia interpretación de los hechos, exagerando hechos, agrandando o disminuyendo figuras convertidas en leyendas, gestos convertidos en gestas. Tomemos, pues, como ejemplo, algunos hechos precisos de los que personalmente puedo dar fe.


La rendición del teniente de la Guardia civil Torrens

En plena crisis no de Gobierno —había tantas...— sino de régimen, el Presidente de la República, a la sazón Don Niceto Alcalá Zamora, paseábase por tierras de Castilla. En Valladolid, inauguraba el Consejo Nacional de Riegos; en León, presenciaba unas maniobras militares dirigidas por el general López Ochoa. Así, hasta finales de septiembre, en que acudió, el día 29, al homenaje rendido en Salamanca a don Miguel de Unamuno. En ninguno de sus discursos don Niceto hizo referencia a la gravedad de la situación, cuando, desde los socialistas hasta José Antonio, anunciaban el aluvión. Unicamente una vez, hizo esta sorprendente afirmación:

—«Un horizonte diáfano y sin nubes en lo que queda de 1934».

Días después —una semana apenas— se producía el estallido, la terrible contienda que tuvo repercusiones extraordinarias en Asturias, aun cuando haya habido conatos, tentativas fallidas en otros lugares de fa geografía nacional.

El día cinco del mes histórico, a las dos de la madrugada, en la pequeña localidad de Figaredo y de boca del hijo mayor de Manuel Llaneza, recibí la orden de salir a la calle, orden que transmití al resto de comprometidos para la acción y que, la víspera, habían pasado la noche en vela esperando la consigna que no llegó. A las seis, cada cual estaba en su puesto, requisadas ya las armas en posesión, hasta entonces, de elementos derechistas de la localidad, más las de los guardas jurados de las empresas mineras desarmados sin resistencia de su parte. Y, como había previsto nuestro grupo —nuestros grupos, pues cada nueve hombres componían uno el mando de un responsable— se fue en dirección del pueblo de Ujo, del otro lado del río Caudal, considerando que los compañeros de Valdecuna y de Mieres se encargarían del Cuartel de la Guardia Civil de Santullano. Despacio, ya que los guardias de Ujo se habían parapetado del otro lado del río y tiraban sobre nuestra columna, logramos pasar el puente, haciendo retroceder a la patrulla en dirección del cuartel. Cuando llegamos a las cercanías de éste, nos encontramos con los compañeros de la localidad, a los que nos unimos y, hacia las siete, el cerco era total. Desde un principio empezó el tiroteo entre sitiados y sitiadores, los primeros habiendo creído, al principio, que se trataba de una huelga de tantas como había conocido en el pasado la cuenca minera, según confesión de uno de los guardias al autor de este trabajo. Yo, en compañía de un gigantón de Cuna, me metí debajo de un vagón de mercancías estacionado cerca del cuartel, frente a lá Estación del Norte,. para intentar lanzar, desde allí, paquetes de dinamita. Juan, mi compañero, salió de debajo del vagón y, cuando, en pie, iba a lanzar un paquete de explosivos, recibió una bala en el vientre, se plegó en dos, cayó al suelo y la dinamita estalló cerca de él. Fue el primer y único muerto en esta operación.

Más tarde, vista la resistencia de los guardias, mandados por el teniente Torrens, arreció el ataque, ya desde la parte trasera —la Estación del Norte—, ya por la parte delantera donde el cuartel estaba separado de los revolucionarios por una plazoleta. De repente, un joven socialista de Ujo, Amador, se lanzó en dirección de la puerta del cuartel y yo le seguí, por reflejo, sin tener en cuenta que era una operación suicida, lo que probaba nuestra inexperiencia en el arte de la guerra. Así estuvimos ambos, ante la puerta cerrada, durante algún tiempo y sin correr, en principio sin ningún peligro gracias al ángulo muerto, a menos, lo que no creíamos, que un defensor dejara caer una granada a lo largo de la ventana. Inesperadamente, a las nueve en punto de la mañana, se abre la puerta del cuartel —una de las dos puertas—. Sale el primero, pistola en mano, tomada por el cañón, el teniente jefe del puesto. Amador se precipita y toma el arma. Seguidamente, van saliendo los guardias, desarmados, que son detenidos por los revolucionarios. Amador y yo, entramos los primeros en el cuartel rendido. En aquel momento, ya rendida la guarnición, aparece un grupo de revolucionarios en medio de los cuales está Don José Sela y Sela, banquero, ex-alcalde de Mieres, al que los de Santullano, donde él vivía y en cuyo domicilio fuera detenido, traían para presionar a la guarnición mandada por Torrens. Demasiado tarde. Amador y yo, encontramos dentro del cuartel bombas de mano, varias cajas de municiones, tres de ellas abiertas pero casi llenas, varios fusiles en el suelo. Poco después todo este material fue requisado y enviado a los frentes. El lector se preguntará, extrañado, el porqué de estos detalles en apariencia sin importancia. La razón es que hemos leído en un libro, por los demás muy documentado, aparecido no hace mucho, afirmaciones como éstas: 

1) Que el teniente Torrens se defendió heroicamente durante veinticuatro horas;

2) Que se vió obligado a rendirse por falta de municiones. Ignoro de donde viene la información, pero ésta es falsa en su totalidad. Acaso se encuentre aquí la razón del comportamiento ulterior de Torrens que se puso, voluntariamente, al servicio de los insurrectos. Creo, por referencias directas, es decir, por conversaciones con el citado oficial, que nunca tuvo la intención de hacer de su cuartel un Numancia, al contrario. Y no por que hubiera sido un cobarde.


La resistencia del Centro Católico de Moreda

La sumisión acabada, sin que hubiera en mi presencia malos tratos para con los guardias detenidos, nos reunimos algunos jefes de grupo y decidimos ir a apoyar a los moredanos quienes, al parecer, tenían dificultades con un grupo numeroso de falangistas y algunos otros adherentes al Sindicato «amarillo» de Madera Peña. Otros, se fueron hacia Mieres para ponerse a disposición del Comité revolucionario.

Efectivamente, un grupo de una veintena de falangistas, en su mayoría al menos, se habían atrincherado, bien armados (¿cómo, quién les había procurado las armas con anterioridad a la sublevación y para qué?), en el Centro Católico, de fácil defensa: por un lado, el río; por los otros tres, la plazoleta batida por los cercados. Sin embargo, la mayor parte de los historiadores dejan en blanco esta página de la Historia y olvidan la heróica resistencia de aquel puñado de hombres frente a centenares de mineros. También en este caso cabe preguntarse la rázón del silencio, que no se puede achacar al desconocimiento.

Los sitiados se batieron con valentía y tesón. Al atardecer del día cinco, varios insurrectos llegaron hasta la plaza acompañados de un sacerdote de edad, al que enviaron al Centro para parlamentar la rendición, prometiendo buen trato a los que se rindieran. El sacerdote, muerto de miedo (nada hay de despectivo ni de insultante en esta afirmación) avanzó en dirección de la puerta, que se abrió ante él. Entró, los sitiados no le dejaron salir y el combate continuó durante toda la noche, sin resultado.

Al amanecer del día seis se dió el asalto. Eran, aproximadamente, las seis de la mañana. Los sitiados salieron por puertas y ventanas, se lanzaron hacia el río para atravesarlo corriendo -allí es poco profundo el Aller-. Yo estaba entonces en el andén de la Estación de ferrocarril desde donde contemplé la caza al hombre. Vi caer, en medio del río, al pobre sacerdote. ¿Quién lo mató? Todos y nadie. Es decir: nunca se sabrá de qué arma o armas salió o salieron los proyectiles que le segaron la vida. No obstante, andando el tiempo, me encontré en la Cárcel Modelo de Oviedo, con tres hermanos -una hermana estaba en la sección de mujeres- todos ellos acusados de asesinato del sacerdote y por este delito condenados.

Cabe hoy rendir homenaje a los que se defendieron heróicamente tanto más cuanto que fueron adversarios desgraciados; murieron por lo que creyeron era una causa justa. Y, al mismo tiempo, poner de relieve como la Historia, caprichosamente, pasa de largo y echa sobre estos cadáveres el manto del olvido.


El frente de Vega del Rey

Terminada ya la «limpieza» de esta parte de la zona minera, instaladas ya en los puestos de dirección las nuevas autoridades salidas del seno de las Alianzas Obreras (obreras y «campesinas» durante el corto período de predominio comunista en la organización provincial) que dirigían la insurrección, los correos y enlaces nos iban informando, cómo y cuándo podían, sobre la situación movediza de los frentes de combate. Los principales se situaban, al parecer, en Oviedo y sus cercanías, por un lado, y, por el otro, en la zona de Campomanes. Como este sector estaba más cerca de Moreda, decidimos, de acuerdo con el flamante Comité revolucionario de la localidad, ir hacia allá, carretera de León arriba. Estábamos disponibles y, sin estar seguros de que nuestro esfuerzo fuera necesario, nos presentamos en este frente sin línea contigua, fluido, sinuoso, incierto y peligroso. La idea resultó excelente y nuestra presencia fue aceptada con satisfacción por los que allí dirigían el combate. Hay que decir que «el mando» tenía la misma fluidez que las líneas entre adversarios. Era difícil saber quién era quién, lo que cada cual representaba y el sector del que era responsable. No podía, en realidad, ser de otra manera al segundo día de la revolución.

A nuestra llegada entramos en la batalla que se había iniciado hacia el mediodía del día seis, sin encontrar el mando unificado del sector; intervinimos en algunas escaramuzas en las que participaron, del otro lado, fuerzas de la Guardia Civil. El «frente» se convertía en una serie de encuentros sucesivos o paralelos. En algunos casos, los choques fueron violentos y, para nosotros no acostumbrados a la guerra, resultaron durísimos. Nos batíamos contra tropas bien pertrechadas, disciplinadas, bien mandadas (aun cuando la operación Boch haya dado los pésimos resultados que se conocen). El único punto débil de los gubernamentales era, probablemente, el que hubieran creído, al principio, que la sublevación no era sino una insignificante y desorganizada revuelta y no la decisión bien pensada, madurada, de conquistar el poder político en España. (Ahí están, para probar esta aserción, documentos y declaraciones oficiales del Partido dirigente de la insurrección, el P.S.O.E.). No sería justo el que los observadores de ayer y de hoy se mofen de nuestra insuficiencia. Sobre el papel, antes de lanzarnos a la calle, todo estaba previsto y estudiado... salvo lo imprevisible. Mas esta falla en el mando revolucionario fue subsanada por la combatividad, el espíritu de iniciativa, individual o colectiva según los casos, de los sublevados. Pero dejemos de lado consideraciones que pudieran parecer subjetivas para volver al relato propiamente dicho.

Llegada la noche del seis de octubre, se inicia un repliegue por nuestra parte. En cuanto a los gubernamentales, con temeridad rayana en la inconsciencia, avanzaron en dirección del lugar donde habrían de sufrir el humillante asedio de las bandas de mineros inexpertos en el arte de la guerra. Aún ahora, a los cuarenta años, examinando la situación de entonces, nos resulta difícil el comprender por qué las tropas, bajo el mando directo de un oficial superior, penetraron en aquel pozo que les hubiera podido servir de tumba colectiva en lugar de intentar ocupar las alturas de Santa Cristina y Ronzón. Nuestra táctica fue, precisamente, la de dejar venir al adversario, esperar a que estuviera en las peores condiciones para atacarle. Así nació lo que la Historia registrará como «el .frente de Vega del Rey», pueblecito minúsculo compuesto de un puñado de casitas a lo largo de la estrecha carretera, en el fondo de una valle cerrado, dominado por las posiciones antes citadas: en una de ellas una capilla que es una joya de arte, en la otra un viejo caserón señorial que sirvió de cocina y dormitorio a algunos combatientes de nuestros grupos.

Los sitiados, dándose cuenta, demasiado tarde, de la situación, atacaron, intentando abrir una brecha, proseguir su camino, romper el cerco; pero sus esfuerzos resultaron vanos. Soportaron también numerosas tentativas y algunos asaltos masivos de los milicianos. Obtuvimos entonces éxitos parciales, mal explotados, lo que pareció, no obstante, hacer mella en los soldados sitiados. Algunos, desde las avanzadillas que ocupaban y defendían, nos hacían séñas. como para indicarnos su deseo de rendirse; nunca supe, corno se afirmó entonces, si alguno se pasó a nuestras filas, pero, en conjunto, los hombres de Boch resistieron.


El «burro dinamitero»

De todos los asturianos —y de muchos españoles— es conocido el episodio, anécdota cruel, acaso estúpida, que hiciera célebre el gran poeta Rafael Alberti. Un autor contemporáneo cuenta así la escena: 

«A alguien, más cruel que luchador, se le ocurrió cargar unos asnos con unos bidones de gasolina y dinamita, prenderles una mecha, darles unos cuantos garrotazos, y enfilarlos rumbo a Campomanes. Los pobres acémilas emprendieron una veloz carrera pero ¡oh misterios del instinto!, al llegar a la bifurcación del camino se fueron todos a trotar hacia Pola de Lena que era donde tenían su pesebre. Al entrar en el pueblo, muy cerca de la iglesia, se produjeron las explosiones. Los daños fueron considerables, el vecindario y la milicianada corrieron de un lado para otro aterrorizados y... de los pobres asnos nunca más se supo» (F. Aguado Sánchez. «La revolución de octubre de 1934» Ed. San Martín. Madrid 1972).

Así se escribe la Historia. Lo malo es que nada hay de cierto en este relato. Lo puedo afirmar por la simple razón... de que fui yo uno de esos «crueles más que luchadores» que han participado en el hecho. He aquí, acaso por primera vez, la verdad escueta: No había varios burros sino un burro. No pudo irse camino de Campomanes, puesto que se le mandó prado abajo, en dirección de las casas de Vega del Rey, a unos metros, entre cien y doscientos, no más, y a partir de Ronzón. En medio del prado, es decir, entre los sitiados y nosotros, se descompuso el pobre asno, que fue abatido por los revolucionarios porque, a mitad del camino, el anirnal se volvió y empezó a subir en dirección de nuestras propias líneas. Entre este lugar y la villa de Pola de Lena hay kilómetros, muchas pendientes, por lo que hubiera sido necesario haberle puesto muchísimos metros de mecha, en previsión de esta huida. Y la que encendimos sobre el pobre acémila tenía solamente unas cuartas.

No se trataba tampoco de bidones de gasolina, sino de pipotes de vino vacíos que habíamos encontrado en la bodega del caserón señorial de Ronzón, en los que habíamos introducido dinamita y cascos de botellas, piedras, etc, algunos de los cuales habían sido lanzados anteriormente, rodando prado abajo, y que hacían un ruido impresionante al estallar ante los muros de las casas, pese a lo cual nadie levantó la bandera blanca de la rendición. Lo que sí creo recordar es el haber visto en la mirada de los testigos y de los actores del hecho cierta tristeza y, acaso también, el rencor por haberse dejado arrastrar por este juego cruel e insensato, aun cuando la víctima fuera un ser irracional...


La muerte de los rehenes. Entre el error y la calumnia

Amanecía el ocho de octubre. Hacia las siete de la mañana corrió el rumor de que los sitiados estaban dispuestos a rendirse. Desde la posición que yo ocupaba con mis compañeros de Figaredo, a lo largo del camino del caserón y la aldea, vimos una bandera blanca al lado de una de las casas; alguien dijo que los soldados habían impuesto la rendición a sus jefes «porque no querían tirar contra sus hermanos de clase» que «eran carne de su carne». Recelosamente, van apareciendo los insurrectos a lo largo del camino. Nosotros —yo entre ellos—, siguiendo a un pequeño grupo, avanzamos hasta entrar en contacto con los dos soldados que montaban la guardia al borde de la carretera. Varios compañeros pasaron al otro lado y, cosa que me llamó la atención y me causó gran extrañeza, a medida que pasaban iban dejando sus armas en manos de los centinelas. Al acercarme a ellos, uno me pidió la mía, amablemente y con la sonrisa en los labios. Mi reacción fue inmediata:

—No —le contesté—, los que os rendís sois vosotros. Tenéis que entregarnos las vuestras.

El interpelado, tranquilamente, tan amablemente, me contestó:

—Como usted quiera. Esas son nuestras órdenes. No podemos hacer otra cosa.

Me volví hacia los que me seguían:

—¡Es una encerrona! -les grite-. Vámonos hacia arriba.

Así lo hicieron. Pero una veintena de revolucionarios habían quedado en poder de los sitiados.

Cuando estábamos a medio camino empezó un fuerte tiroteo. Nunca se sabrá quién empezó, acaso los nuestros por haber descubierto la jugarreta. El caso es que los cercados se quedaron con los prisioneros incautos caídos en la trampa de la negociación, los cuales, una vez atados, fueron colocados en medio de la carretera. Astucia de guerra empleada antes y después. Nuestros compañeros quedaban entre dos fuegos. Eran las siete y cuarto de la mañana del día ocho y no el diez de octubre corno dicen algunos historiadores. Soy afirmativo: en aquel lugar y a esta hora resulté herido. Hay, pues, probablemente, un malentendido entre este hecho y algunas otras tentativas hechas, algunas de ellas, por el propio teniente Torrens, para intentar convencer a los sitiados de que se rindieran. En un folletito publicado por el Gobierno de la República, a primeros de 1935, se dice que...:

«En uno de los intervalos de la lucha, los defensores de las casas sitiadas en Vega del Rey vieron avanzar prado abajo, al otro lado de la carretera, a un hombre vestido de paisano que llevaba una bandera blanca. Este hombre que, al principio creyeron era un casero de Ronzón (al venir de la parte de Ronzón no venía por el otro lado de la carretera otro error. Resultó luego ser otro individuo). El parlamentario se puso al habla con algunos hombres civiles que había en las casas sitiadas. Salió a parlamentar el propietario de Pola de Lena, señor García Tuñón, que se hallaba con los sitiados por haberle sorprendido allí los acontecimientos cuando regresaba de Valladolid. El emisario intimó a los defensores de las casas para que se rindieran: «Dígalo usted a los jefes de las fuerzas». «Los defensores son militares —contestó el señor García Tuñón— y no pueden rendirse».

Hasta aquí, como observará el lector, hay hechos inverosímiles dada la situación: un hombre solo, prado abajo, un civil que se adelanta a negociar cuando todo está —o debiera estar— en manos de los militares, el anuncio de la llegada de un tren blindado (que llegaría mucho más tarde). Una suspensión del fuego simplemente porque un hombre se adelanta a hablar «con algunos civiles» antes que con García Tuñón, éste que discute, habla y contesta en nombre de las tropas. Es una versión voluntariamente errónea, por no decir más, sin ningún valor histórico. Pero, veamos más adelante:

«Verificábase el parlamento en la misma carretera, a la puerta de las casas sitiadas. Habíase suspendido el fuego mientras deliberaban los parlamentarios. Pero los soldados, que seguían atentos a la defensa, advirtieron que, mientras se verificaba el parlamento, iban avanzando cautelosamente unos veinte hombres, provistos de bombas de mano, que, cuando se quiso advertir, estaban a la puerta misma del edificio (?) y rodearon a los parlamentarios. Algunos de ellos, considerando ganada la partida, se metieron en la casa (obsérvese con qué facilidad se llegaba hasta la o las casas donde estaba el general en jefe, pese a los centinelas) con una bomba de mano e inmediatamente les sujetaron. Sus compañeros fueron también hechos prisioneros y metidos en el interior de la vivienda».

«Se abrió el fuego inmediatamente y los que intentaron el golpe de mano quedaron prisioneros».

El embrollo para explicar lo inexplicable es mayúsculo, corno se puede ver. Seguidamente, el citado folleto —oficial, no hay que olvidarlo— habla de «detalles dramáticos» para detenerse más adelante sobre «un detalle de generosidad».

«Era imposible tener en la casa a los prisioneros y, para poder moverse en aquel recinto estrecho, se decidió que los prisioneros fueran colocados en la parte de afuera, atados, y resguardados en la medida de lo posible... Así se hizo pero, como los rebeldes seguían tirando sobre los sitiados, los prisioneros, que se vieron en peligro, empezaron a gritar a sus camaradas diciéndoles: «No tiréis, camaradas, que nos vais a matar».

He aquí el «detalle de generosidad»:

«La furia de los asaltantes era tal que ni por consideración de que sacrificarían a sus compañeros se detuvieron. Hicieron una descarga cerrada y cuatro de los prisioneros cayeron mortalmente heridos. Entonces, los soldados defensores de la casa, exponiendo sus vidas, retiraron a los restantes prisioneros revolucionarios de aquel lugar, pues hubieran sido asesinados por sus propios compañeros de no retirárselos».

Yo, ya herido, testigo y actor, como tantos otros, guardo aún en la memoria los gritos angustiosos de los rehenes colocados, bien atados los unos a los otros, en medio de la carretera. Y afirmo, simplemente, que no hay nada de cierto en el relato gubernamental.

Otras cosas podría contar que desmoronarían aserciones malintencionadas, pero estas puntualizaciones eran necesarias como introducción a un trabajo más amplio que deberá ser hecho antes de que el tiempo haga su obra destructora y que la memoria de los hombres que participaron en aquel hecho histórico desfallezca. Es necesario ir terminando con esa manera maniquea de escribir los acontecimientos, colocando siempre a los malos de un lado y a los buenos del otro. Hubo actos de heroísmo por ambas partes, y en ambos lados condenables acciones individuales y colectivas.


Alberto Fernández



2 comentarios:

  1. Ujo es mi pueblo, gracias por esa informacion que ignoraba, salud y republica

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