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2178. Una organización antifascista de mujeres

Dolores Ibárruri
(Gallarta, Vizcaya, 9 de diciembre de 1895 - Madrid, 12 de noviembre de 1989)



A mediados del año 1933 llegó a España una delegada del Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, que tenía su sede en Francia, con el propósito de visitar a los grupos políticos femeninos que existían en España y ver si era posible constituir un comité español de mujeres con el mismo carácter que el del Comité Mundial.

Discutimos con ella y llegamos a un acuerdo. En las mujeres comunistas no encontraría ninguna dificultad y estábamos dispuestas a ayudarla, y en este sentido comenzamos a trabajar.

La delegada del Comité Mundial tenía un interés especial en visitar a las mujeres socialistas. Premuras de tiempo le impidieron hacerlo. Al marchar nos rogó encarecidamente que las visitásemos y saludásemos en su nombre, cosa que nosotras prometimos. Y digo nosotras, porque a la entrevista con la delegada francesa asistían Irene Falcón, Encarnación Fuyola, Lucía Barón y algunas otras camaradas, cuyos nombres no recuerdo con exactitud y por eso no los doy.

Dispuestas a cumplir lo prometido, pedimos a doña María Martínez Sierra, diputada socialista y conocida escritora, una entrevista, que nos concedió amablemente, citándonos en su casa.

A título anecdótico diré que al acudir a la cita de la diputada socialista y distinguida escritora, el portero de su elegante mansión no nos dejó pasar por la puerta principal porque íbamos modestamente vestidas. Nos hizo entrar por la puerta de servicio. ¡Que aún hay “clases”. Veremundo!...

En lugar de doña María Martínez Sierra nos recibió doña María de la A., una señora muy simpática, viuda de un antiguo alabardero del palacio real, y a la que yo, en un equívoco involuntario, que la azaraba, llamaba doña María de la O, porque en el oído me bailaba el nombre de la protagonista de la canción en boga

María de la O,   
que desgraciaita tu eres   
teniéndolo too... 

Con la colaboración sincera y cordial de las mujeres republicanas y con algunas socialistas organizamos el Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, haciendo presidenta de honor a doña Catalina Salmerón, hija del viejo republicano español que, en la primera República en 1873, prefirió dimitir la presidencia del Gobierno a firmar una sentencia de muerte.

Al movimiento de mujeres contra la Guerra y el Fascismo se incorporaron un grupo de intelectuales que realizaron un gran trabajo de propaganda y de organización, atrayendo a la lucha por la democracia y contra el fascismo a importantes núcleos de mujeres de la clase media que jugaron más tarde un destacado papel.

Las mujeres comunistas íbamos a los centros republicanos donde se reunían las mujeres inscritas en ellos, hablábamos y discutíamos cordialmente con ellas, exponiendo nuestros puntos de vista sobre la situación y sobre la política general de los gobiernos de la República.

Entre las mujeres republicanas, y no me refiero a Victoria Kent o a Clara Campoamor, conocidas por su actividad política, sino a las sencillas afiliadas a las organizaciones femeninas republicanas, hallamos mujeres, y podría dar decenas y decenas de nombres, que nada tenían que envidiar a los dirigentes de sus partidos ni por su capacidad política, ni por su comprensión de los problemas vitales de España, ni por su decisión de luchar contra el peligro reaccionario y fascista que iba condensándose y perfilándose en nuestro país.

La simpatía que de forma explícita mostraban hacia las mujeres comunistas, por su actividad política, las mujeres republicanas, inquietaba a ciertos camastrones de Unión Republicana, que decidieron cortar por lo sano las cordiales relaciones establecidas entre sus afiliadas y las mujeres comunistas, y colocaron a la policía a la puerta de su círculo para impedir en él nuestra entrada.

El resultado fue inesperado para ellos. Las más activas, políticamente, de sus mujeres, se apartaron de ellos. Algunas ingresaron en el Partido Comunista y otras fueron valiosas colaboradoras en la organización de Mujeres Antifascistas cuando ésta, más tarde y al ser declarada ilegal a raíz de octubre, se transformó en Organización Pro Infancia Obrera dedicada a ayudar a los niños de los mineros asturianos, víctimas de la represión.

En agosto de 1934 se celebró en París el Primer Congreso Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, al que asistió una delegación española que yo encabezaba y en la que participaban entre otras Carmen Loyola, Encarnación Fuyola, Irene Falcón y Elisa Uriz.

De vuelta a Madrid nos encontramos con la novedad de un proyecto de movilización de reservistas preparado por el Gobierno, en relación con Marruecos.

Rápidamente reaccionó nuestra organización y en unas horas, venciendo dificultades que parecían insuperables, y gracias al entusiasmo de las mujeres republicanas y socialistas a despecho de las órdenes de las direcciones de sus partidos, se organizó en Madrid una manifestación de protesta contra la movilización de reservistas, en la que participaron varios millares de mujeres entre las que destacan, como núcleo central, las obreras de la Fábrica de Tabacos, manifestación encabezada por doña Catalina Salmerón, presidenta de honor de la organización, y por mí como presidenta efectiva.

Los guardias de la policía montada lanzaban sus caballos sobre nosotras. Las mujeres, sin arredrarse, volvían a reagruparse y continuábamos marchando por las calles de la capital. Fueron detenidas numerosas manifestantes y conducidas a la Dirección General de Seguridad. Ante las protestas de las diversas organizaciones democráticas, las autoridades se vieron obligadas a ponerlas en libertad.

La Organización de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, cuyos comités actuaban en las principales ciudades y pueblos importantes de España, pasó con honor la prueba de fuego de la represión desencadenada a raíz del movimiento insurreccional de octubre de 1934.

A través de la organización de Mujeres Antifascistas se formaban como activistas políticas, destacándose por su capacidad, numerosas mujeres, entre las cuales sobresalían Emilia Elías, profesora de la Escuela Normal de Madrid, admirable por su actividad y entusiasmo; Angeles Cruz de Mansilla, mujer de un minero del País Vasco, que más tarde cumplió años de prisión con Franco; Juanita Corzo, ayudante de laboratorio, de familia anarquista, Angeles García, María Trujillo, las hermanas García Hernández, Asunción y Pilar, parientes cercanas del héroe de Jaca; Alicia García e Isabel de Albacete; Luda Barón y Carmen Meana, de Madrid; Elisa y Pepita Uriz, de Barcelona; Agustina Sánchez y Pilar Soler, de Valencia; Matilde Landa; Rosa Vila, Oliva González, Remedios Sánchez, Josefina López, Teresa Falcón, María Fernández, Encarnación Fuyola, Trinidad Torrijos, María Carrasco, las obreras textiles de Barcelona hermanas Imbert, Caridad Mercader, Dolores Piera, María Pala, Teresa Palau, Reis Beltrán y decenas y centenares de mujeres que en el transcurso de la guerra en defensa de la República y contra la agresión militar fascista jugaron un destacado papel.

A finales de 1934, cuando la represión se desarrollaba con sangrienta violencia sobre los trabajadores asturianos, fui a Asturias con dos mujeres republicanas. Doña Isabel de Albacete y Doña Alicia García, de las cuales podían enorgullecerse los partidos republicanos a que pertenecían. Abnegadas trabajadoras, sinceramente demócratas y dispuestas a cualquier trabajo, me acompañaron a Asturias aun sabiendo los riesgos que ello comportaba.

Llegamos a la patria de Pelayo llevando un salvoconducto que a favor de nuestra organización Pro Infancia Obrera, que no era conocida por las autoridades militares asturianas, había logrado una señora republicana enviada por nosotras a Asturias para estudiar sobre el terreno la forma de ayudar a las familias víctimas de la represión.

Llegamos a Oviedo, y la familia Fierro, dueña de un restaurante, uno de cuyos familiares, miembro del Partido Comunista, estaba detenido, nos advirtió del peligro que entrañaba ir a la zona minera.

No obstante, fuimos. Recorrimos varios pueblos y visitamos distintas familias. La acogida que en todas partes nos hacían era conmovedora. La represión no había apagado el espíritu batallador de los hombres y de las mujeres de Asturias.

Organizamos la salida de varios centenares de niños, y cuando retornábamos a Oviedo comenzó la persecución de la policía y de la Guardia Civil contra nosotras. Nos detuvieron en uno de los pueblos de la zona minera, antes de llegar a Sama de Langreo, y al mostrar nuestro salvoconducto firmado por el Gobernador militar de Asturias, nos dejaron pasar creyendo haberse equivocado.

A la entrada de Sama nos esperaba de nuevo la Guardia Civil. Mostramos el milagroso documento, que entonces no nos sirvió de nada. Nos condujeron, obligando al chófer a llevar el coche a paso de entierro, bajo las miradas aterradas de las gentes que encontrábamos en el camino, a la Casa del Pueblo de Sama, convertida en prisión y donde se torturaba hasta la muerte a los mineros, acusados de participar en el movimiento revolucionario.

Nos pidió la documentación un teniente y al ver el sello oficial y la firma de su superior preguntó a los guardias con indignación:

—¿Quién ha sido el idiota que ha detenido a estas señoras?

Los guardias informaron de dónde habían recibido la orden. El teniente llamó por teléfono para comprobar. Al responderle afirmativamente volvió a decir:

—Aquí todo el mundo pierde la cabeza. Están Uds. en libertad. Pueden continuar el viaje.

Este no se prolongó más allá del siguiente puesto de la Guardia Civil. Situada en medio de la carretera, una pareja civilera hizo detener el coche y nos ordenó pasar al cuartel. Nos rogaron que esperásemos hasta que llegase el sargento. Entre tanto el guardia de servicio nos informó que se buscaba a la Pasionaria, una comunista peligrosa que andaba por allá.

Las dos amigas que me acompañaban palidecieron. Comprendiendo que no era posible seguir adelante, pregunté:

—¿A quién ha dicho Ud. que buscan?

—¡A la Pasionaria!

—La Pasionaria soy yo.

—¿Qué dice Ud.?

—¡Que yo soy la Pasionaria!

Al guardia casi le da un ataque.

—¿Ud. es la que estuvo el año pasado haciendo propaganda comunista cuando las elecciones?

—Yo.

—¿Ud. es la que ha hablado por radio desde Rusia?

—Yo.

—Pues aguarde un momento.

Entró hacia el interior del cuartel y volvió al poco rato acompañado de dos guardias.

—Van a ser conducidas a la cárcel de Oviedo —nos dijero

—¿De qué se nos acusa? —pregunté.

—No tenemos por qué darle explicaciones. Allá se las darán.

Protestamos, pero de nada sirvió. Traté de tranquilizar a mis amigas convenciéndolas de que a ellas nada podría pasarlas puesto que era a mí a quien buscaban.

Llegamos a Oviedo a las nueve de la noche. Al entrar en la cárcel nos quitaron la documentación y nos condujeron al departamento de mujeres, donde nos encontramos con algunas conocidas.

No había dónde acostarse. Las mujeres detenidas nos hicieron lugar en sus camastros y allí pasamos la noche hasta que tocaron a levantar, escuchando de cada una de aquellas heroicas mujeres terribles detalles de la represión.

Al poco de ser encerradas, por un procedimiento especia] que tenían los presos para comunicarse, nos enviaron un cariñoso saludo, animándonos y ofreciéndonos su ayuda.

Al día siguiente, después del desayuno, vino un oficial de prisiones a tomarnos la filiación y poco después fuimos llamadas a la dirección, donde nos aguardaba una pareja de la Guardia Civil que, esposándonos como si fuéramos peligrosos criminales, nos condujeron al Estado Mayor.

Nos recibió un coronel ordenando a los guardias que nos quitaren las esposas; nos interrogó sobre los motivos de nuestro viaje a Asturias y le expusimos cuáles eran éstos. “Hay en la cuenca minera millares de familias carentes de todo medio de subsistencia. Sufren particularmente los niños, a quienes Uds. han dejado huérfanos o les han privado de la protección y del cariño de sus padres encarcelando a éstos. ¿Es un delito querer aliviar esa situación?”

—No; no es un delito. Pero con ello Uds. contribuyen a mantener latente un estado de rebeldía. Nosotros queremos pacificar a Asturias.

—¿Pacificar? ¿Cómo pacifican Uds.? ¿Deteniendo y torturando hasta la muerte a hombres y mujeres que no han hecho más que defender su derecho a vivir como personas?

—Eso no lo hace el Ejército. No es nuestra función.

—Uds. lo saben y lo toleran.

—Cae fuera de nuestra jurisdicción.

—Pero en Asturias existe estado de guerra y quien ejerce el mando en la provincia son los militares; y militares son también quienes en los Consejos de guerra dictan sentencias.

—Dejemos esta discusión. Las he llamado para comunicarles que quedan en libertad; pero que deberán salir de Asturias en el término de 24 horas.

—Debemos advertirle que tenemos reunidos ciento cincuenta niños y que queremos llevarlos con nosotras.

—Llévenlos; pero no vuelvan más por Asturias.

Nos entregó la documentación que nos habían quitado en la cárcel y salimos a recoger a los niños que llevamos a Madrid con nosotras, repartiéndolos entre familias obreras y pequeño-burguesas.

Esta primera organización nacional de Mujeres Antifascistas celebró en Madrid, en el verano de 1934, su Primer Congreso, al que asistieron delegadas de todas las regiones: obreras, campesinas, empleadas, maestras, profesoras, periodistas, pintoras, que aportaban al Congreso su experiencia de lucha y de trabajo. El Congreso fue testimonio incontrovertible del gran camino recorrido en el breve pero tormentoso período de luchas vivido desde 1933, al constituirse la primera organización nacional de mujeres de España.

En el transcurso de la guerra, el Ministerio de Defensa nombró a un grupo de dirigentes de la organización de Mujeres Antifascistas para constituir el Comité de Auxilio Femenino, que jugó un importante papel.

La organización de Mujeres Antifascistas movilizó a todas las mujeres de Madrid, al servicio de la lucha, y exigió del Gobierno, en una impresionante manifestación, a la que asistían decenas de millares de mujeres, que se liberase a los hombres de aquellos puestos donde no eran necesarios, para enviarlos al frente, que se incorporase a las mujeres a todos los trabajos de retaguardia.

En 1937 se celebró en Valencia una Conferencia Nacional de Mujeres Antifascistas en la que participaron delegadas de toda la España leal, obreras, campesinas, intelectuales, haciendo el balance de su actividad en un año de guerra y mostrando la inmensa ayuda que las mujeres representaban para la defensa de la República y de la democracia.

La organización de Mujeres Antifascistas se convirtió por su actividad en la gran organización nacional de las mujeres españolas, a la que se incorporaron incluso aquellas que, en tiempo de paz, no sólo se habían negado a ingresar en ella, sino que la habían combatido. La lucha común, aunque inspirada por distintos motivos, fue el gran aglutinante de voluntades, y es posible esperar que lo que ayer pudo ser, en la defensa de la República y de la democracia, lo sea también mañana en la reestructuración de una España pacífica y democrática.

En el Comité Nacional de Mujeres Antifascistas del que fui elegida Presidenta participaban: Aurora Arnáiz, Belén Sárraga, Constancia de la Mora, Consuelo Álvarez (Violeta), Eloína Malasechevarría, Emilia Elías, Gloria Morell, Isabel de Palencia, Irene Falcón, Luisa Alvarez del Vayo, María Martínez Sierra, Matilde Cantos, Matilde Huici, Matilde de la Torre, Roberta Ramón. Trinidad Arroyo, Victoria Kent y otras, pertenecientes a diferentes partidos. 


Dolores Ibárrui
El único camino



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