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2210. Cuento de Navidad


Fotografía: Kati Horna




Nos complace compartir un relato de Sol Gómez Artega. Según sus palabras: "Está basado en una historia que me contó mi madre y que pertenece a su biografía. No es un cuento de memoria histórica propiamente dicho, pero a través del deseo de Clara de tener un abrigo nuevo, trato de poner de relieve las tremendas penurias que había en aquella época.  Es un cuento de una Navidad en que no había de nada, frente a una Navidad en que nos sobra todo. Una mirada al pasado que nos sirva para reflexionar, una vez más, de dónde venimos."


Cuento de Navidad

–¿Qué?, ¿empezamos entonces? –dijo la modista a la abuela Basilia en un aparte, –lo digo porque todavía me debes la chaqueta de tu hijo.

–Mujer, ya te dije que todos los lunes te daría una peseta hasta completar las diecinueve.

Clara, aturdida con los numerosos acontecimientos que habían tenido lugar ese día desde que se levantó por la mañana, escuchaba la conversación de las dos mujeres y miraba, los ojos como platos, el pequeño cuartito de la modista en el que las aprendizas pasaban hilos a las marcas de jaboncillo, cortaban telas, pedaleaban en la máquina de coser sujetando con firmeza la prenda entre las manos.  

Acababa de llegar a Nava con su abuela Basilia pues su abuela Paula,  con la que vivía en Dimangos la temporada que los padres fueron destinados a una casilla de camineros a treinta kilómetros del pueblo más próximo llevándose a su hermano Martín, se acababa de romper la cadera. El traslado se había producido esa misma mañana después de una larga disputa entre las dos abuelas, ya que ambas insistían en hacerse cargo de ella. La decisión final habían dejado que la tomara la niña que, harta de que la abuela Paula le obligara a coser una mantelería para su ajuar que parecía no terminar nunca, optó por irse con su abuela Basilia.

Lo primero que había hecho ésta al llegar a Nava fue llevarla donde “la pañera” y con el dinero del jornal que acababa de cobrar, comprar un paño verde oliva para hacerle un abrigo nuevo pues el que llevaba, había dicho, le quedaba pequeño y estaba muy gastado. Luego se habían acercado al taller de la modista, en mitad de la calle de la cuesta.

La modista tomó a Clara de la mano, la llevó cerca de la ventana y se arrodilló para tomarle medidas con la cinta métrica que llevaba colgada del cuello.

–Se lo haremos holgado –dijo– para que cuando crezca la siga valiendo. Con solapa y manga ranglán como marca la moda.

Como ni la abuela Basilia ni Clara sabían lo que era eso, la modista sacó una revista de figurines que ponía “PARÍS” en la portada y les mostró el dibujo de una mujer con un sombrero diminuto y un abrigo muy parecido al que Clara había visto a una actriz muy guapa la única vez que estuvo en el cine. A Clara el dibujo de la mujer le fascinó. Como también le fascinó el ambiente del pequeño taller lleno de retazos de tela por todas partes que le hizo acordarse por primera vez desde que esa mañana salió de Dimangos, de su abuela Paula. “Bueno, me voy”, le había dicho dándole un beso en la mejilla tras coger un fardelito con sus cosas y ésta, el ceño fruncido, los labios apretados, quedó postrada en cama viéndolas partir.

Una vez por semana Clara iba a probarse el abrigo en el taller de costura y ese momento era esperado por la niña con enorme expectación. Nada más llegar la modista descolgaba el abrigo del maniquí y se lo iba poniendo frente a un espejo que había en la pared, primero el cuerpo, luego una manga que prendía con alfileres, después la otra. “Ahora gírate”, le decía, y Clara, aunque le costaba quitar la vista de ese espejo que le devolvía cada vez un poco más la imagen de la modelo que había visto el primer día en la revista de figurines, obedecía. “Levanta el codo, no, así no, como si fueras a llevarte una cuchara a la boca”, “Mirad –les decía a las chicas más jóvenes–, “vamos a darle un piquete aquí y aquí”.

Para entonces las aprendizas la trataban con confianza, le regalaban trozos indivisibles de tela o algún botón. Con estos retales había hecho en secreto un muñeco de trapo al que puso de nombre Popi que llevaba siempre consigo en el bolso de su viejo abrigo. “Pronto estrenas, eh”, le decían, “Seguro que para Navidad ya está”. Una tarde una de las aprendizas descubrió el muñeco sobresaliendo del bolso y dijo en voz alta, de manera que todas las demás lo oyeron: “Anda, ¿no vas a estrenar un abrigo de mayor? Pues déjate ya de muñecos”. Pero Clara, que había hecho a Popi con sus propias manos, lo apretó protectoramente en su regazo.

El día que por fin estuvo el abrigo, la abuela Basilia y Clara fueron a buscarlo al taller. Al entrar Clara lo vio colgado del maniquí y pensó que una vez más la modista querría probárselo, pero en vez de eso las llevó a un aparte como el primer día.

–El abrigo cuesta veinticinco pesetas.

–Me lo apuntas en el cuaderno y el lunes sin falta empiezo a pagarte.

–No, Basilia, llevas dos semanas sin pagarme la peseta que todos los lunes me dijiste me ibas a dar por la chaqueta de tu hijo.

–Estos días los jornales están más escasos. En esta época no hay labor en el campo.

–Lo siento, pero mientras no me des algo el abrigo de la niña se queda aquí. 

Clara notó que las aprendizas, más silenciosas que de costumbre, las miraban de reojo. Y un rubor estrenado le abrasó las mejillas. Entonces hincó con fuerza las uñas en el muñeco de trapo que siempre llevaba consigo en el bolso.

Se acercaba la Navidad y el abrigo seguía en casa de la modista. Durante el día, al ir o al volver del colegio, Clara evitaba pasar por delante del taller y que las aprendizas la vieran. Pero al oscurecido se acercaba hasta la calle de la cuesta y, asomada a la ventana de la modista, contemplaba el abrigo colgado del maniquí. Entonces deseaba tenerlo sobre su cuerpo, apretar el paño verde oliva sobre su piel, sentir su calor. Era lo que más deseaba del mundo. Y por primera vez se sentía miserable con su viejo abrigo gastado en la culera y esas marcas impúdicas que evidenciaban que le habían sacado varias veces los bajos y las mangas. Le hubiera gustado preguntarle a su abuela Basilia cuándo iban buscar el abrigo nuevo ahora que se acercaba la Navidad, pero no se atrevía. Muchas noches soñaba que lo llevaba puesto y toda la gente del pueblo la miraba y comentaba lo elegante que estaba y lo mucho que había crecido. Era un sueño bonito. En cambio, otras soñaba que le quedaba tan pequeño y apretado al cuerpo que todo el mundo  se reía de ella. Entonces se lo quitaba y lo tiraba a un pozo, pero enseguida tenía frío y al asomar la cabeza al brocal sólo distinguía un agujero negro. Despertaba sollozando y acercaba el muñeco a su rostro para que le secara las lágrimas.

Un día la abuela Paula la estaba esperando a la salida del recreo. Había llegado a Nava en tren burra con ayuda de dos bastones para que la viera el  médico.

Clara corrió a sus brazos.

La abuela, después de contemplarla largamente, le dijo:

–¿Qué te pasa, Clara, que estás más pálida y delgada?

La niña se echó a llorar y le contó lo del abrigo. La abuela Paula la escuchó muy seria y se fue sin decir nada, caminando despacito, más encogida que de costumbre, apoyada en sus bastones. Mientras Clara la veía partir pensó que era normal que su abuela hubiera dejado de quererla después de haberse ido de su lado y dejarla así, tan postrada. Pero la víspera de Nochebuena su abuela Paula volvió a aparecer. La dijo que había venido a vender en la plaza los pollos de corral, tan viejos que no hacían más que ensuciar y que quería que la acompañara a casa de la modista.

–¿A qué? –preguntó Clara dando un respingo. 

–A coger el abrigo de las dos abuelas. Basilia te compró el paño y yo te pago la hechura. Venga, vamos.

En el taller fue sacando de un fardito que llevaba entre la ropa, peseta a peseta, las veinticinco que costaba el abrigo. Clara también las contó, una a una, en su cabeza. La modista envolvió el abrigo en papel de estraza y se lo dio a la niña que lo acogió en sus brazos. Las aprendizas le sonrieron al salir.

Ya en la calle Clara se dio cuenta de lo mucho que había echado de menos a la abuela Paula. Y comprendió que por fin ésta la había perdonado, o que tal vez nunca estuvo tan enfadada como ella creía. También pensó que no se estaba tan mal bordando la mantelería del ajuar en vez de muñecos que parecían cosa de crías. Se acordó de Popi pero esta vez tenía los brazos ocupados para tocarlo.

–Y dime, abuela, ¿cuando vuelvo contigo?

La abuela Paula tardó un poco en contestar:

–Para verano que habrás terminado la escuela y mi pierna estará más fortalecida. Vísperas del Carmen te mandaré a buscar y celebraremos nuestro reencuentro con natillas.

Clara echó la cuenta. Todavía tendría que esperar parte del invierno y   una primavera. Levantó la vista hacia su abuela que asentía levemente con la cabeza. Dos estaciones no parecían, después de todo, mucho tiempo. Esperaría. Claro que lo haría. Luego siguieron caminando cuesta abajo.


Sol Gómez Arteaga
Los cinco de Trasrey y otros relatos, 2012                                        



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