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2208. Despachos de la guerra civil española XVI

Cuartel General del Ejército, frente de Teruel, por correo a Madrid, 21 de diciembre.

A las 11.20 de esta mañana yacíamos en la cumbre de una loma con una línea de artillería española bajo un intenso fuego de ametralladoras y rifles. Era tan intenso que si uno alzaba la cabeza de la grava donde había hundido la barbilla, una de las pequeñas cosas invisibles que susurraban la serie de sonidos de besos que se esparcían en torno a uno después del «pop, pop, pop» de las ametralladoras de la loma siguiente, le levantaba la tapa de los sesos. Uno lo sabía porque lo había presenciado. A nuestra izquierda se iniciaba un ataque. Los hombres agachados, con las bayonetas caladas, avanzaban con el torpe primer galope que precede al pesado ascenso de un atar que colina arriba. Dos hombres cayeron heridos, dejando la línea. Uno tenía la expresión sorprendida del hombre herido por primera vez que no comprende que esto pueda causar tanto daño y ningún dolor. El otro sabía que estaba grave. Y todo lo que yo quería era una azada para formar un pequeño montículo y esconder la cabeza debajo de él. Pero no había ninguna azada que pudiera alcanzar a rastras.

A la derecha se elevaba la gran masa amarilla del Mansueto, la fortaleza natural que defiende a Teruel. A nuestras espaldas disparaba la artillería del gobierno español y, tras el estallido, se producía el ruido como de rasgar seda y, a continuación, los repentinos geyseres negros de las granadas detonantes machacaban las fortificaciones de tierra del Mansueto. Esta mañana habíamos bajado por el paso de la carretera de Sagunto hasta nueve kilómetros de Teruel. Después caminamos por la carretera hasta el kilómetro seis y allí estaba la línea del frente. Permanecimos un rato allí, pero era una hondonada y no podía verse bien. Trepamos a una loma para ver y nos dispararon las ametralladoras. Más abajo de nosotros cayó muerto un oficial y le trajeron con la cara gris, lenta y pesadamente, en una camilla. Cuando recogen a los muertos en camillas, el ataque aún no se ha iniciado.

Como la cantidad de disparos que atraíamos no guardaba proporción con la vista, corrimos hacia la loma donde se hallaban las posiciones avanzadas del centro. Al cabo de un rato este lugar tampoco era agradable, aunque tenía una vista magnífica; el soldado echado junto a mí tenía problemas con su rifle. Se atascaba después de cada disparo y le enseñé a abrir el cerrojo con una piedra. Entonces, de repente, oímos gritos de júbilo a lo largo de la línea y vimos que en la loma siguiente los fascistas abandonaban su primera línea.

Corrían a saltos largos, que no es pánico sino retirada, y para cubrir esa retirada barrieron nuestra loma con el fuego de sus otros puestos de artillería. Deseé con fuerza la azada y entonces vimos avanzar desde la loma a tropas del gobierno. Así seguimos durante todo el día y por la noche estábamos a seis kilómetros del lugar del primer ataque.

Durante el día observamos a las tropas del gobierno escalar las cumbres del Mansueto. Vimos coches blindados ir con las tropas a atacar una granja fortificada que estaba a cien metros de nosotros; los coches se detuvieron en los lados de la casa y dispararon contra las ventanas, mientras la infantería se introducía en ella con granadas de mano. Nosotros yacíamos al dudoso amparo de un montículo de hierba y a nuestras espaldas los fascistas disparaban morteros de ochenta milímetros hacia la carretera y el campo, y los proyectiles caían con un silbido repentino una fuerte explosión. Uno cayó en la ola de un ataque y un hombre salió corriendo en semicírculo del aparente centro del humo, primero en un retroceso alocado y natural, pero luego miró y avanzó para alcanzar a la línea. Otro quedó tendido donde se posaba el humo.

Aquel día no sopló el humo. Después del frío ártico de la ventisca y el ventarrón que soplaron durante cinco días, hoy reinaba un veranillo de San Martín y las granadas explotaban y se posaban lentamente. Y durante todo el día las tropas que esperaban en la zanja, tomándonos por el estado mayor porque no hay nada más distinguido que trajes de paisano en el frente, gritaban: «Mirad a esos de la cumbre de la colina. ¿Cuándo atacamos? Decidnos cuándo podemos empezar». Estábamos sentados detrás de los árboles, árboles cómodos y gruesos, y veíamos partirse ramitas de sus colgantes ramas bajas. Observábamos a los aviones fascistas dirigirse hacia nosotros y corríamos a buscar refugio en un barranco lleno de surcos, pero solo para verlos dar media vuelta y describir círculos para bombardear las líneas del gobierno cerca de Concud. Sin embargo, avanzamos durante todo el día con la marcha continua e implacable de las tropas del gobierno. Por las laderas de las colinas, cruzando la vía férrea, capturando el túnel, subiendo y bajando por todo el Mansueto hasta el recodo de la carretera en el kilómetro dos, y subiendo, por fin, las últimas laderas hasta la ciudad cuyos siete campanarios y casas limpiamente geométricas destacaban contra el sol poniente.

El cielo del crepúsculo estaba lleno de aviones del gobierno, los cazas parecían dar vueltas y salir disparados como golondrinas, y mientras Matthews y yo observábamos su delicada precisión con los gemelos, esperando ver un combate aéreo, dos camiones llegaron ruidosamente, se detuvieron y dejaron caer las compuertas de cola para descargar una compañía de chicos que se comportaban como si fueran a un partido de fútbol. Hasta que vimos sus cinturones con dieciséis bolsas para bombas y los dos sacos que llevaba cada uno no nos dimos cuenta de que eran «dinamiteros». El capitán dijo: «Son muy buenos Obsérvenlos cuando ataquen la ciudad». Y bajo el breve resplandor del sol poniente y el de las bombas en torno a toda la ciudad, más amarillo que las chispas del tranvía pero igual de repentino, vimos desplegarse a esos chicos a ochocientos metros de nosotros y, cubiertos por una cortina de fuego de ametralladora y rifle automático, deslizarse sin ruido por la última pendiente hasta el borde de la ciudad. Vacilaron un momento detrás de una pared y entonces llegó el destello rojo y negro y el estruendo de las bombas y, después de escalar la pared, entraron en la ciudad.

—¿Y si entráramos con ellos? — pregunté al coronel.

—Excelente —dijo—. Un proyecto maravilloso.

Empezamos a bajar por la carretera pero ahora ya oscurecía. Vinieron dos oficiales que buscaban unidades dispersas y les dijimos que nos uniríamos a ellos porque en la oscuridad los hombres podían disparar con precipitación y aún no había llegado la contraseña. En el agradable atardecer otoñal bajamos la colina y entramos en Teruel. Era una noche pacífica y todos los ruidos parecían incongruentes. Entonces vimos en la carretera a un oficial muerto que había mandado una compañía en el asalto final. La compañía había seguido adelante y esta era la fase en que los muertos no merecían camillas, así que lo trasladamos, aún flexible y caliente hasta la cuneta y lo dejamos con su grave y céreo rostro donde los tanques ni nada más pudiera molestarle y seguimos hasta la ciudad.

Toda la población de la ciudad nos abrazó, nos dio vino, nos preguntó si conocíamos a su hermano, tío o primo de Barcelona. Fue muy agradable. Nunca habíamos estado en la rendición de una ciudad y éramos los únicos civiles del lugar. Me pregunto quiénes creerían que éramos. Tom Delmer parece un obispo; Matthews, un Savonarola, y yo, bueno, el Wallace Beery de hace tres años, de modo que tal vez pensaron que el nuevo régimen sería, como mínimo, complicado. Sin embargo, dijeron que éramos lo que habían estado esperando. Dijeron que se quedaron en sótanos y cuevas cuando llegó la oferta de evacuación del gobierno porque los fascistas no les permitieron marcharse. También dijeron que el gobierno no había bombardeado la ciudad, solo objetivos militares. Lo dijeron ellos, no yo, porque después de leer hoy en los periódicos recién llegados a Madrid desde Nueva York (que aún estaban en el coche) que Franco daba al gobierno cinco días para rendirse antes de iniciar la ofensiva triunfal definitiva, se antojaba un poco incongruente entrar esta noche en Teruel, esa gran plaza fuerte de Franco de la que iban a salir hacia el mar al cabo de treinta días.


Ernest Hemingaway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)


Fotografía: Hemingay en el frente de Teruel (Robert Capa)





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