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2206. Juguetes

Un bombardeo más, ya no tiene importancia. Pero el bombardeo que he soportado hoy en la Puerta del Sol, me ha tocado algo hondo de mí. Las raíces tienen origen en mi infancia. 

Iba yo de la mano de no sé quién. Me quedé mirando la pelotita flotante de colorines. Resistí la tracción de la mano que me conducía, situándome frente al juguete. Era un tubito de hojalata rematado por una espiral de alambre en forma de copa. Al soplar por el tubo, una pelota diminuta flota y gira en el aire cayendo en la copa cuando el soplo se interrumpe. Exigí la entrega inmediata del juguete y me lo compraron. Entonces me fijé en el vendedor. Su visión me hirió la imaginación, y el choque ha perdurado toda mi vida. Era un niño como yo, en edad. Pero la cara era distinta de todas las caras de niño que conocía: la boca torcida, entreabierta en uno de sus extremos; labios húmedos, mirada inexpresiva. El movimiento lento y torpe de sus brazos y el temblor de su mano al entregarme el juguete y recibir el dinero, me retuvieron frente a él contemplándole con asombro. 

Ambos hemos crecido, viviendo ambos nuestra vida: él sin moverse de donde le conocí, pegado a la fachada de una perfumería en la Puerta del Sol, en el trozo de acera que va de la calle Mayor a la calle de Correos. Siempre igual; inmóvil, dejando transcurrir las horas, con un brazado de juguetes baratos en una mano, accionándolos con la otra.

Vestía siempre un blusón blanco como de tendero; hacía flotar la pelotita polícroma en el aire, sonaba cornetas diminutas, imitaba el piar de pájaros con pequeños artilugios metidos en su boca, vendía el mono de trapo que trepa por un hilo. 

En Reyes, de golpe, su comercio humilde de «camelot» de treinta céntimos adquiría ínfulas de vendedor rico. Era el automóvil mecánico que ponía en marcha sobre el asfalto de la acera; el pájaro que salta y picotea el grano; el aeroplano que no vuela, pero corre y hace girar su hélice. Siempre a su lado había un familiar vigilante. No voceaba; hacía obrar a sus juguetes y se limitaba a pedir en lengua torpe el precio de ellos cuando alguien le preguntaba. 

Sigue con su cuerpo y su cara torcidos y sus labios húmedos, indiferente a la vida intensa y vibrante que pasa a su lado en esta Puerta del Sol, centro y corazón de Madrid. También a él le ha afectado la guerra. Ignoro por qué desapareció la compañía de su lado y las exigencias del negocio, paralelas a la guerra, transformaron la venta de juguetes en la de insignias de todos los partidos, de todas las asociaciones y de todos los grados militares. 

Están clavadas en una placa de madera forrada de terciopelo morado montada sobre un palo que sostiene con su mano derecha. Indudablemente, él ignora la guerra y sus cambios. Sigue allí inmóvil e indiferente. Frente a sus ojos inexpresivos se levanta el cascarón de la casa de la esquina de la calle de Preciados que vació una bomba en noviembre de 1936. Pero él no parece verla. 

En la mano izquierda tiene una pelota de caucho que representa la cara grotesca de un hombre. La boca y los ojos son de caucho más fino, y cuando se oprime la pelota surge una lengua roja, larga, y unos ojos saltones que se hinchan y dilatan por la presión del aire. Parece la cabeza de un ahorcado. El movimiento constante de la lengua y de los ojos, sugestiona a los chicos que se quedan mirando absortos durante minutos los gestos desorbitados del muñeco.

Los hombres se detienen y aun se agrupan alrededor de las insignias que sustenta su mano derecha. Los niños se paran y también se agrupan alrededor del juguete que sustenta la mano izquierda. 

En medio está la figura inexpresiva del idiota indiferente a unos y otros. Sólo parece que le anima la idea de que el juguete funcione. Y toda su acción se concentra en abrir y cerrar rítmicamente su mano, multiplicando las gesticulaciones de la cabeza de goma. 

Le he visto muchas veces y siempre he pensado porqué seguirá en su puesto. Se han evacuado muchos, mujeres, niños y enfermos; pero el idiota ha seguido pegado a la fachada, cariátide trágica y grotesca. Hoy le he vuelto a ver. Como siempre, oprimiendo la pelota de goma y con un chiquillo delante que la contemplaba entusiasmado.

Al chiquillo le conozco también. En una calleja, a espaldas de mi oficina, se agrupan los golfillos del barrio, juegan el dinero — perras chicas y alguna que otra perra gorda— haciendo un hoyo en el suelo, en el cual ha de entrar la moneda para que el tirador la gane. Disputan las jugadas, se insultan y a veces acaban a pedradas. Cuando no riñen, suelen tirar las piedras contra algún farol o alguna ventana. La guerra los ha hecho libres, con una libertad salvaje. Los padres trabajan o están en el frente, las madres en las colas. Las escuelas están cerradas en este barrio en guerra, y los nuevos centros están en el interior de la ciudad; los chicos pretextan el peligro para no ir. Pero cuando hay bombardeo, en el callejón se reúne el cónclave y todos acuerdan marcharse a verlo de cerca y recoger cascos de granada todavía calientes. 

Vuelven después alborozados al amparo del callejón protegido y se disputan la posesión de los trozos de metralla para sus colecciones. Se los cambian y se los venden. El feliz poseedor de una espoleta llegó un día a obtener por ella el pago de una peseta por otro chico, tal vez menos arriesgado, pero más rico. El vendedor explicaba entusiasmado cómo se arrojó a recogerla ardiente del suelo. El comprador mostraba su peseta nueva, dorada, en la mano, como tentación al valiente. La espoleta aquella era de un obús de 22,5. El vendedor de la espoleta aprovechó la admiración de la banda para proponer un bombardeo serio de la casa de la «tía fulana» a quien llamó bruja y beata. 

—Cuando bombardearon ayer—proclamaba severo— esa tía fascista se estaba riendo detrás de los visillos. En la casa no la puede ver nadie.

En un montón de escombros próximo, escombros de un obús, se proveyeron de cascotes y desplegados en fila india se llegaron cautelosamente ante una ventana cerrada de un piso bajo de la esquina. Allí en semicírculo, a la voz del capitán, descargaron sus municiones contra la ventana sombría.

El silencio de la calle se llenó de ruido de cristales, de pataleo de chicos corriendo, de voces agudas de mujeres y de abrir de balcones y ventanas de vecinos curiosos.

Y mi capitán estaba hoy, riendo las muecas de la pelota de goma. 

Reconocí a los dos: al vendedor de juguetes y al cazador de espoletas.

Me interesó tanto el chico, que me paré, simulando ver las insignias, en contra de la repulsión instintiva que durante treinta años, me había hecho pasar rápido por delante del paralítico. 

El obús cruzó silbando y estalló allá, en el lado opuesto de la Puerta del Sol. La gente se disolvió. En segundos desapareció la muchedumbre que llena siempre la gran plaza, sin prisa, pero empujándose. Nos quedamos solos, el idiota, el chico y yo. Le cogí del brazo y, escoltado por el chico, le conduje a la inmediata calle de Correos, al abrigo de nuevos disparos. Íbamos despacio por el torpe andar del inútil; yo temiendo el próximo obús, él ignorante de todo, oprimiendo rítmicamente su pelota de goma; el chico prendido en el imán de la lengüecita roja que se estiraba y encogía. 

En el portal ya, la pelota ha caído al suelo y ha rodado hasta la mitad de la calle. El chico ha saltado ágil hasta ella y ha vuelto lento, con ansia de poseerla breves momentos.

Deslizo en la mano del idiota un billete pequeño. Se calma su inquietud al contacto y reanuda el rítmico movimiento de su mano. El billete parece una cara grotesca que saca la lengua y mueve los ojos en gesto burlón. Por un momento, la pelota en la mano del chico, el billete en la mano del tonto se hacen muecas. Mira alegre el idiota el billete, olvidado de su mercancía perdida y de los obuses que estallan. 

El chico corre hacia la Puerta del Sol, temiendo le reclame el juguete, olvidando el obús. Yo no puedo olvidar nada.

Y surge ante mí, la niñez: la bola de mil colorines, flotando y girando en el aire.


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938. Capítulo IX - Juguetes

Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.

Capítulo VI. Carabanchel
Capítulo VII. Las botas
Capítulo X. El sargento Ángel
Capítulo XI. Las manos
Capítulo XII. La mosca
Capítulo XIV. Los chichones
Capítulo XV. Refugio
Capítulo XVII. Piso trece
Capítulo XIX. Esperanza




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