Lo Último

2290. Amarás a tu prójimo

―La niña se criaba de maravilla, a pesar de las duras condiciones de la prisión. Nos ayudábamos mucho entre las reclusas del pabellón de lactantes, cuando alguna niña estaba enferma tratábamos de curarlas por nuestros medios sin recurrir a las monjas, nos daba asco que tocaran a nuestros hijos. Una noche la nena empezó a llorar, acababa de cumplir cuatro mesecitos, traté de silenciarla por todos los medios; paseándola, dándola el pecho, pero nada, no paraba de llorar y se retorcía como si algo la incomodara. Comenzó a subirla la fiebre, la pusimos paños húmedos para que la bajara, pero la niña no se calmaba con nada. Durante cinco largas horas me resistí a avisar a las monjas, pero el estado de mi hija me asustó y finalmente accedí a llamarlas. La funcionaria de guardia las avisó, éstas tardaron un buen rato en llegar. Una vez en la galería me preguntaron por el tiempo que llevaba la niña en ese estado, contesté que lo desconocía, que me habían despojado hasta del reloj que llevaba al ser detenida. La monja se ofendió y me cruzó la cara de una bofetada, llamándome soberbia y llevándose a la niña. Quedé rota, las compañeras se pasaron toda la noche consolándome. A la mañana siguiente nos trasladaron a los servicios religiosos, pregunté a varias monjas por mi hija, y la única respuesta que recibí fue que no me preocupase; pronto estaría de vuelta. Pasó una semana y seguía sin saber nada de mi hija, ya no pude más y me rebelé. Partí la cabeza a una cuchara y limándola con la aspereza del suelo conseguí que cortara como una navaja. Cuando la monja vino a darnos el servicio religioso la agarré del cuello y puse el filo de la cuchara apretando con fuerza sobre su garganta. Llamé a la funcionaria, cuando ésta entró, dio un grito y la voz de alarma. Amenacé con rajar el cuello a la monja si no traían pronto a mi hija. El pabellón se llenó de guardias, obligaron a salir a empujones de la galería a todas mis compañeras quedándome sola con la jauría uniformada. Hizo su aparición la monja que se llevó a mi hija, me comunicó que estaba enferma de meningitis y que luchaban y rezaban por su vida. La dije que quería verla, no les creía, me contestó que eso no podía ser, estaba en cuidados intensivos y que cualquier contacto con el exterior podía matarla. Me juró que si soltaba al rehén, no habría represalias contra mi porque entendían mi desesperación, y que en el momento que lo autorizara el médico me dejarían ver a la niña. Caí en su trampa; me chantajeó emocionalmente y accedí. Solté a la monja y a continuación cuatro guardias se abalanzaron sobre mi, moliéndome a garrotazos y patadas hasta que perdí el conocimiento. Pasé un mes en aislamiento creyendo que me volvía loca, lo único que me mantenía con vida era la esperanza de ver a mi hija de nuevo. Salí del hoyo, las compañeras me esperaban con impaciencia, a mi regreso me dieron un muñeco de trapo que habían realizado a mano entre todas, aún lo conservo con mucho cariño. Una semana después, vino una monja a comunicarme que mi hija había fallecido, habían hecho todo lo que habían podido pero que al ser tan pequeña no resistió. No me hundí, el fondo de mi corazón me decía que estaban mintiendo, y que mi hija vivía en alguna parte. 


Agustín Romero Encinas
















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