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2314. Despachos de la Guerra civil española V




Madrid, 11 de abril. 

El domingo, a dos kilómetros del frente, el estruendo llegaba como un ronco carraspeo desde la colina del otro lado, cuajada de pinos verdes, y solo un jirón de humo gris marcaba la posición de la batería enemiga. De pronto irrumpió el estridente sonido, como si se rasgara una bala de seda. Todo iba dirigido hacia el centro de la ciudad, así que allí no preocupaba a nadie.

En la ciudad, sin embargo, cuyas calles rebosaban de gentío dominguero, las granadas caían con el súbito destello de un cortocircuito, seguido del fuerte estallido del polvo de granito. Durante la mañana cayeron veintidós granadas sobre Madrid. Mataron a una anciana que volvía del mercado, lanzándola como un montón de ropa negra del que se separó de repente una pierna que voló hasta chocar contra la pared de una casa contigua. Mataron en otra plaza a tres personas que yacieron como sendos fardos de ropa vieja entre el polvo y los escombros donde los fragmentos de la «155» habían estallado contra el bordillo. Un coche que se acercaba por una calle se paró de pronto, viró bruscamente después del brillante destello y del estruendo, y el conductor salió despedido con el cuero cabelludo colgando sobre los ojos y se quedó sentado en la acera con la mano contra la cara, mientras la sangre le resbalaba hasta el mentón con un brillo suave. Uno de los edificios más altos fue acertado tres veces. Bombardearlo es legítimo porque se trata de un conocido medio de comunicación y un punto sobresaliente, pero el bombardeo que atraviesa las calles buscando a los paseantes domingueros no era militar.

Cuando hubo pasado, volví a nuestro puesto de observación en una casa ruinosa, solo a diez minutos a pie, y observé el tercer día de la batalla en que las fuerzas del gobierno intentan completar un movimiento envolvente para cortar el cuello de la cuña rebelde, introducida en Madrid el pasado noviembre. El vértice de esta cuña es el hospital Clínico de la Ciudad Universitaria y si el gobierno puede completar el movimiento de pinza desde la carretera de Extremadura hasta la de La Coruña, toda esta cuña quedaría cortada.

Una colina con una iglesia en ruinas —convertida en ruinas ante nuestros ojos hace dos días por racimos de granadas— es ahora tres paredes sin techo. Dos grandes casas en la colina de abajo y tres casas más pequeñas a su izquierda, todas fortificadas por las fuerzas rebeldes, detienen el avance del gobierno. Ayer observé un ataque contra estas posiciones durante el cual los tanques del gobierno, avanzando como mortíferos escarabajos inteligentes, destruyeron puestos de ametralladoras en la densa maleza verde, mientras la artillería del gobierno bombardeaba los edificios y las trincheras enemigas. Observamos hasta que oscureció, pero la infantería no avanzó para asaltar estos puntos de resistencia.

Hoy, sin embargo, tras quince minutos de intenso fuego de artillería que ha dado una y otra vez directamente en el blanco, envolviendo las cinco casas en una nube ondeante de polvo blancuzco y anaranjado, he observado el ataque de la infantería. Los hombres yacían detrás de una línea blanquecina de trincheras recién cavadas. De repente uno ha echado a correr desde el fondo, muy agachado; media docena lo ha seguido y he visto caer a uno. Entonces cuatro de ellos han vuelto y, agachados como hombres que caminasen por un muelle bajo una lluvia torrencial la línea irregular ha ido avanzando. Algunos se han desplomado para ponerse a cubierto. Otros se han dejado caer de repente para permanecer como parte de la vista, un punto azul oscuro en el  campo pardo. Luego han llegado a la maleza y se han perdido de vista, y los tanques han avanzado, disparando contra las ventanas de las casas.

Bajo una carretera hundida se ha elevado de pronto una llama, quemando algo que se ha vuelto amarillo y ha despedido un humo negro y grasiento. Ha ardido durante cuarenta minutos fuera de la vista, mientras la llama crecía, languidecía y volvía a crecer de repente, y al final ha habido una explosión. Probablemente era un tanque. Uno no podía ver ni estar seguro porque estaba debajo de la carretera, pero otros tanques han pasado por su lado y, torciendo a la derecha, han continuado disparando a las casas y a los puestos de ametralladoras entre los árboles. Uno tras otro, los hombres han pasado de largo la llama, corriendo por la ladera en dirección al bosque y muy cerca de las casas.

El fuego de ametralladora y rifle producía en el aire un murmullo sólido y crepitante y entonces hemos visto acercarse otro tanque seguido de una sombra móvil que, vista con los gemelos, ha resultado ser un sólido cuadrilátero de hombres. Se ha detenido, ha vacilado y ha torcido hacia la derecha, donde los otros soldados de infantería habían corrido agachados uno tras otro y habíamos visto caer a dos de ellos. Se ha internado en el bosque y perdido de vista con sus seguidores intactos.

Entonces ha vuelto el fuego graneado y hemos esperado el ataque mientras la luz se extinguía y con los gemelos solo podía verse el yeso convertido en humo de las casas donde explotaban las granadas. Las tropas del gobierno estaban a cincuenta metros de las casas cuando ya era demasiado oscuro para ver. El resultado de la ofensiva destinada a liberar a Madrid de la presión fascista depende de los resultados de la acción de esta noche y de mañana.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)





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