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2329. Despachos de la Guerra civil española VIII

Madrid, calle Costanilla de los Angeles con Caños del Peral




Madrid, 30 de abril

Tras dieciocho días de intenso bombardeo de artillería, los muertos de la población de Madrid son, según las cifras oficiales que hoy se me han facilitado en exclusiva, 312, de los cuales 183 son niños, y los heridos pasan de tres mil. Hoy Madrid está tranquilo, como lo ha estado el frente central durante los diez últimos días, salvo algún cañoneo esporádico. Es posible que la artillería de Franco esté reservando municiones para el bombardeo de mañana, día 1 de mayo, pero aprovechando la oportunidad de reflexionar sin el efecto ligeramente inquietante de demasiadas bombas excesivamente personales, el observador militar imparcial debe considerar la nueva táctica de Franco en esta campaña contra los leales al gobierno y la posibilidad de su éxito o fracaso.

Ahora los fascistas atacan Bilbao en una ofensiva importante. Nadie en Madrid intenta ocultar la gravedad de esta ofensiva. Si Franco consigue tomar Bilbao, los fascistas obtendrán un puerto importante y una rica región minera y dispondrán de aviación, artillería y quizá veinte mil hombres para atacar Madrid. También recuperarán el prestigio internacional perdido desde Brihuega y una nueva victoria, además de eliminar la vergüenza que siente el autodenominado general, aniquilador de rojos, al bombardear y matar a nacionalistas católicos vascos.

Bilbao está rodeado de colinas y si las tropas de Franco llegan a esas colinas, pueden bombardear la ciudad hasta destruirla. Sin embargo, ni la destrucción ni la conquista de Bilbao pueden dar la victoria a Franco en esta guerra. Bilbao ha sido impotente para ayudar a Madrid, y viceversa, desde el pasado agosto. Bilbao está en un extremo de un frente aislado de 255 kilómetros a lo largo del mar Cantábrico. Madrid no puede enviar otros refuerzos que aviones y por consiguiente los vascos deben luchar por su cuenta, y Madrid solo puede ayudar atacando el frente central, como hizo tres semanas atrás en la Casa de Campo, para atraer a las tropas del norte.

Madrid es la posición clave en un frente de 1300 kilómetros. Un frente de esta extensión, gran parte de ella ocupada sin firmeza y cuyas posibilidades militares son bien conocidas y apreciadas desde las guerras napoleónicas, brinda grandes oportunidades para una guerra de movimiento cuando las nuevas divisiones del gobierno estén lo bastante entrenadas para hacer posible este tipo de guerra.

El entrenamiento dé estas nuevas tropas, reforzadas por tropas de mucha experiencia en el combate, se está llevando a cabo diariamente, formándose así un ejército que hará sin duda de España una potencia militar en Europa. No obstante, hombres de la más alta inteligencia militar saben que el ejército aún no está preparado para una ofensiva a esta escala. Será posible dentro de unas semanas y seguro dentro de unos meses.

Mientras tanto Franco intenta, bombardeando la población civil de Madrid, obligar al gobierno a atacar las posiciones casi inexpugnables de la colina de Garabitas, infligiendo así bajas inevitables en las tropas gubernamentales que realizan ataques frontales al viejo estilo de la guerra mundial contra posiciones de ametralladoras, que luego podrían usarse o reservarse para una guerra de movimiento.

Todas las fuerzas defensivas tienen una enorme ventaja en las posiciones cuidadosamente fortificadas de los alrededores de Madrid. La situación puede compararse a la de dos púgiles, ambos maestros en el contragolpe, que intentan obligar al adversario a tomar la iniciativa. Cualquier persona sentada junto al cuadrilátero ha oído lo que un boxeador dice al otro para inducirle a comenzar, y el bombardeo de Madrid ordenado por Franco es, en la mortandad de la guerra, un paralelo de los insultos que un púgil ofrece al otro en sus esfuerzos por enfurecerle hasta que se exponga a un ataque.

Para aliviar la presión sobre Bilbao, el gobierno puede verse obligado a atacar antes de estar preparado para una gran ofensiva, pero también sería una posible táctica, en el peor de los casos, dejar caer a Bilbao y esperar un ataque fascista contra la meseta castellana, donde la guerra se decidirá en última instancia. Este corresponsal cree que si los fascistas toman Bilbao, la guerra durará dos años, pero el gobierno acabará ganando. Si Franco no consigue tomar Bilbao, el gobierno debería ganar la guerra la próxima primavera.

Este corresponsal ha pasado diez días muy duros visitando cuatro frentes centrales, incluyendo todas las posiciones elevadas, horas a caballo y trepando hacia posiciones importantes a mil cuatrocientos metros de altura en las montañas del Guadarrama que, con la nieve fundida, pueden estudiarse inteligentemente. Tanto las posiciones fascistas como fas gubernamentales en este sector clave de las montañas, ahora verdaderas fortalezas, recuerdan a este corresponsal las partes fuertemente aisladas del viejo frente de los Dolomitas en Italia. Encontré a las tropas de montaña españolas, entrenadas por viejos oficiales del ejército regular, las más disciplinadas y eficientes que he visto nunca. A fin de llegar a un sector desde el cuartel general de la brigada, tuve que pasar por una carretera bajo fuego de artillería en un vehículo blindado que fue acertado cuatro veces por ráfagas de ametralladora en el camino de subida, pero el impacto agudo y metálico de estas ráfagas contra el coche oscuro y resonante no me impresionó nada en comparación con las treinta y dos bombas que cayeron a doscientos metros de mi hotel antes de dejar la ciudad a las seis de la mañana.

Al llegar al hotel ya bien entrada la noche, con el aire todavía lleno de denso polvo de granito y humo de altos explosivos y las aceras surcadas de mellados agujeros recién hechos y con huellas de sangre que conducían a la mitad de los umbrales ante los que pasé, el frente se me antojó un lugar agradable; incluso los moros sitiados en la Ciudad Universitaria recibían menos castigo que la población no combatiente de Madrid.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)





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