Lo Último

2382. En el aire de Madrid





El ejército fascista alemán alargaba hacia Moscú sus tentáculos de negro pulpo sin sospechar la derrota que le esperaba. El avanzado otoño se había vestido ya de nieve. Los esbeltos álamos habían perdido sus hojas doradas. En las casas de las aldeas el humo del fuego se perdía en los grises tonos de la atmósfera.

Frente del Este. Una tarde, Anatolio Ivánovich, intrépido piloto de aviación, Héroe de la Unión Soviética, condecorado con la Orden de Lenin y la de la Bandera Roja, tuvo que realizar una misión urgente en Moscú. Ya cumplida, regresaba de nuevo al frente, en una moto con sidecar. En medio del camino se estropeó la máquina. Era casi de noche, y mientras el mecánico conductor buscaba ayuda para repararla en la base de tractores de un koljós próximo, Anatolio Ivánovich entró a resguardarse del frío en una casa próxima a la carretera.

La presencia del héroe produjo una viva curiosidad entre los habitantes de la casa. Estaba encendido el samovar y le obsequiaron con té caliente y barankis. La noticia corrió pronto por las casas de los alrededores, y al poco tiempo hacía compañía de honor al héroe un grupo de más de veinte campesinos, sin contar los muchachos, que eran muchos. En seguida se estableció entre todos una franca cordialidad. Anatolio Ivánovich, como todo gran hombre soviético, era sencillo, franco, accesible, sin orgullo alguno, sin presunción. Empezó a hablar familiarmente, y todos le rodearon, los niños en primera fila, casi abrazados a él. Habló de la guerra, del fascismo, de los deberes patrióticos del hombre soviético, de las atrocidades que cometían los alemanes. Contó episodios del frente, heroicidades de la aviación soviética.

Aquella tarde la moto no pudo ser reparada, y Anatolio Ivánovich y su compañero tuvieron que hacer noche en La acogedora casa de los campesinos. Después de cenar volvió a organizarse la tertulia, aumentada por algunos dirigentes del koljós, que llegaron a saludar al héroe. En la caliente atmósfera de la habitación, papirosi tras papirosi, Anatolio Ivánovich seguía contando interesantes episodios que todos escuchaban con vivo interés.

El tiempo iba avanzando. Ya en declive la velada, hubo un momento de silencio, como precursor de las «buenas noches» y la dispersión de los concurrentes. Anatolio Ivánovich tenía una cicatriz en la cara, que uno de los niños abrazados a él señaló con el dedo. Entonces, Nicolás Petrovich, el dueño de la casa, dijo:

—Esa cicatriz, camarada Anatolio Ivánovich, también debe tener su historia interesante. Usted no nos ha hablado nada de ella.

Entonces Anatolio Ivánovich perdió en la lejanía del recuerdo La mirada tranquila de sus ojos azules, y contestó:

—Sí, es un pequeño arañazo en el aire.

—Lo más natural en un aviador es que fuese en el aire —intervino el mecánico.

—Pero en el aire... ¡de Madrid! —recalcó Anatolio, consciente de la curiosidad que la palabra iba a producir.

Así fue. Se animaron todos los rostros, se produjo una viva expectación, se hizo absoluto silencio, y Anatolio Ivánovich tuvo que contar, con pormenores, la historia de aquel arañazo.


*

Anatolio y Mischa eran dos amigos íntimos. Anatolio tenía dos años más que Mischa —diez y siete éste, y diez y nueve aquél— y era más fuerte, más enérgico de carácter, motivo por el cual se consideraba protector de Mischa, que además no tenía padres. Los dos amigos, aficionados a la mecánica y a la aviación, habían hecho prácticas de planeadores y ahora estudiaban en una escuela de pilotos.

Era el verano de 1936. Allá en un país lejano, en España, el fascismo monstruoso se revolvía y se ensañaba contra un pueblo que sólo quería vivir libre y tranquilo. Los acontecimientos agitaban el aire en codas las direcciones del mundo. ¿Vencería el fascismo agresor y bárbaro? ¿Vencería el noble pueblo español? La pasión de la contienda, como el ulular de un fuerte viento, pasaba por los umbrales de la conciencia de todos los hombres y la agitaba.

«Diez mil obreros asesinados en Sevilla...» «Las hordas fascistas entran en Badajoz y los republicanos son lidiados en la Plaza de toros...» «Alemania e Italia intervienen en la guerra...» «Los fascistas avanzan por Talavera hacia Madrid...» «¡Madrid atacado...!» «¡Madrid en peligro...!» «¡Madrid en peligro...!» «¡Madrid...!» «¡Madrid...!».

Todas las mañanas, camino de la escuda de aviación que estaba algo distante, Anatolío y Míscha hablaban del fascismo, de los acontecimientos de España, del pueblo heroico que se defendía. Una de esas mañanas, en el claro verano, atravesando un bosque espeso, alegre de pájaros y de luz de amanecer, Anatolío echó un brazo sobre los hombros de su amigo Mischa y le habló confidencialmente

—Hace días, Mischa, que vengo soñando con España, ¡España! ¡España...! Ir allí, a luchar contra el fascismo, a defender Madrid, a ayudar al pueblo español... ¡He aquí lo que me gustaría hacer, he aquí que de buena gana hoy mismo emprendería el viaje!

Mischa le miró sonriente y contestó resuelto:

—¡Vamos los dos juntos! ¿Quieres? ¡Gran idea! ¿Qué otra cosa podemos hacer mejor? ¡Convenido! Ni una palabra más. ¡Hagamos las gestiones para la marcha!

Y se dieron la mano, como dos corazones que firman un convenio generoso.

Parecida escena se desarrollaba aquí y allá, en este país y en el otro, en esta y en aquella parte del mundo, entre los sencillos grandes hombres, todo corazón y sensibilidad humana y sentimiento de solidaridad, que por defender la noble lucha de un pueblo lejano dejaban la paz, los hogares, las familias, los amigos, y emprendían un largo viaje de clandestinas peripecias, muchos en busca de la muerte que les esperaba bajo la tierra de los campos españoles. ¡Eran los hombres de las gloriosas Brigadas Internacionales!

Anatolio y Mischa fueron a España, realizaron su generoso sueño.

El aire de Madrid, que es transparente y claro como el cristal, tenía un turbio enrarecimiento. El fascismo acosaba la ciudad por tierra y por aire. El pueblo, con su entusiasmo patriótico, había formado alrededor de la ciudad murallas de entusiasmo que el fascismo no podía cruzar. Pero esas murallas no subían al cielo. Los caminos del aire estaban libres para el fascismo, para la destructora aviación alemana, que pretendía romper desde lo alto el cerco que no podían franquear desde la tierra.

—¡Aviación! ¡Aviación!

Las sirenas alzaban su voz de peligro. Los aviones alemanes de bombardeos sin enemigo que les detuviera, venían por el claro cielo de Madrid, roncando como monstruos.

—¡Las «pavas»! ¡Ya están ahí las «pavas»! —decía la gente.

Y algún gracioso prevenía al que miraba hacia el cielo:

—¡Ten cuidado, no se estrelle en tu misma boca uno de los huevos que sueltan esas «pavas»!

Lo que soltaban los fascistas aviones alemanes eran bombas y bombas. Pero el pueblo de Madrid no se amedrentaba, por muchos que fuesen sus sufrimientos. Por las calles se oía cantar:

Con las bombas que tiran,
con las bombas que tiran,
con las bombas que tiran, mamita mía,
los aviones,
los aviones,
se hacen las madrileñas,
se hacen las madrileñas,
se hacen las madrileñas, mamita mía,
tirabuzones,
tirabuzones.

Y un día, los madrileños, que tienen fama de ser curiosos, desafiando el peligro se estacionaron en las calles para presenciar por primera vez en su vida una batalla en el aire.

—¡Los «chatos»! ¡Los «chatos»! —gritaban con algarabía jubilosa.

—¡Anda tú, «chato», límpiale el moco a esa «pava»!

—¡Otra «pava» al horno! —gritaban cuando algún avión alemán caía incendiado.

Era la nueva aviación de caza republicana que por primera vez salía al combate, salía a defender Madrid, a enfrentarse con la invasora aviación alemana.

El júbilo de la gente era debido a la victoria. Los aviones alemanes caían, muchos de ellos incendiados. El aire de Madrid, alegre de victoria, se volvía otra vez más transparente, azul. Desde abajo, el pueblo aplaudía lleno de gozo.

Dos de los intrépidos aviadores de la victoria eran Anatolío y Mischa. Cuando descendieron en el aeródromo, al encontrarse y marchar juntos, los dos amigos se abrazaron, también gozosos como todo el pueblo.

—¡Qué alegría, Mischa, la de derrotar a la criminal aviación del fascismo!

—Yo he derribado cinco aviones —refirió Mischa contento.

—Yo otros tantos, cuando menos. Pero el famoso «halcón» se nos ha escapado —aludió a un avión ya sobreentendido.

El comienzo de la historia de este avión fascista es poco más o menos así.

Un día apareció en el campo de aviación republicana un sobre, no se sabe si arrojado desde el aire o llevado por un espía. El sobre estaba escrito así:

Dentro del sobre venía una carta jactanciosa, con altisonantes frases como es costumbre en la literatura fascista, hablando del valor, del desprecio a la muerte, de la invencible aviación nacionalista. En realidad la carta era un reto de desafío, con pretensiones caballerescas» de un anónimo aviador que se denominaba «Halcón de la muerte» y que su aparato se distinguía, según confesaba, por una calavera que llevaba pintada en el fuselaje. La carta se recibió como una broma, sin darle importancia, Pero pocos días después los aviadores republicanos vieron, en efecto, al avión con el signo distintivo de la calavera.

Los combates sobre la ciudad eran cada vez más intensos, y la aviación fascista y la aviación republicana mantenían una encarnizada lucha por el dominio del aire de Madrid, En estos combates morían muchos aviadores fascistas alemanes, pero también caían aviadores republicanos.

Durante este tiempo de fuertes luchas, el «Halcón de la muerte» se dio a conocer por sus «hazañas». Se sabía el nombre del piloto. Era el capitán aviador alemán Muller, un criminal que se distinguía entre los criminales, y esto es ya un honorable mérito para el fascismo. Sus «hazañas» consistían, primero en eludir todo combare, y después dedicarse traidoramente a ametrallar a los aviadores que, inutilizado su aparato en el combate, descendían en el paracaídas.

Los aviadores republicanos tenían ganas de cazar a este «caballeresco fascista», pero él jamás presentaba combate y solía llegar al final, cuando los cazas, agotada la esencia, ya no estaban en el aire. Sólo por jactancia se denominaba halcón. Era más bien un cuervo. ¡El cuervo de la muerte!

En uno de los combates fue tocado el avión de Mischa y éste tuvo que tirarse en el paracaídas. Anatolio, también en el aire, le vio descender, y de repente el corazón le dio un golpe de angustia. No temía que se presentase, como de costumbre, el cuervo fascista, porque Anatolio se bastaba para entendérselas con el traidor. Le angustiaba que Mischa cayese en el terreno del enemigo. La perpendicular era dudosa. Lo mismo podía caer a un lado que al otro. Su suerte dependía del azar, tal vez de la caricia de un golpe de viento favorable. Los otros cazas marchaban al aeródromo a tomar tierra, agotados sus depósitos de gasolina.

Anatolio vio con inquietud que en el suyo tampoco quedaban más que unos pocos litros, Pero prefirió agotarlos antes que dejar a su amigo indefenso. Describió unas espirales de descenso y empezó a dar vueltas alrededor de Mischa en guardia contra la posible agresión traidora del halcón fascista,

Anatolio volaba con la presión angustiosa de tres inquietudes: miraba hacia la línea de trincheras, en los alrededores de Madrid, preguntándose hacia qué lado caería su amigo. Miraba al marcador de su propio aparato: ¡sólo tenía gasolina para unos minutos más de vuelo! Y por último miraba al horizonte despejado para ver si el enemigo —tal vez el traidor— se presentaba de nuevo antes que otros cazas republicanos pudieran alzarse.

El momento era decisivo. Su suerte y la de Mischa estaban en la encrucijada del azar. ¿Vivir? ¿Morir?

Un tercer dilema se presentaba: luchar, ¿Pero cómo luchar cuando sólo tenía gasolina para unos minutos? Dos cazas enemigos venían rápidos hacia él trepidando sus ametralladoras ya más cerca, Anatolio vio claramente la calavera dibujada en uno de ellos. ¡Ah, si pudiera darle un golpe certero, el golpe final de su agotado aparato!

Anatolio tomó altura, siempre sin perder la defensa de su amigo Mischa. Si el halcón venía a ejecutar sus remates traidores, Anatolio se lanzaría sobre él, chocaría su aparato con el suyo. Pero el halcón se quedó atrás y quien vino sobre Anatolio fue el otro. Entablaron combate y a los pocos momentos Anatolio consiguió derribar al primer enemigo. Le entusiasmó esta victoria rápida, porque sólo con el halcón, que ya se acercaba, podía realizar el choque y salvar al amigo. Pero su aparato también había sido tocado en el combate y comenzaba a cabecear. Un momento más y entraría en barrena. Con rabia y con dolor tuvo también que lanzarse al espacio en paracaídas. ¡Era probablemente la muerte de los dos amigos, la vida indefensa entregada a la avidez carnicera del cuervo fascista!

—¡Tienes suerte, traidor! —pensaba Anatolio mientras se lanzaba al espacio.

Cuando se abrió su paracaídas lo primero que hizo Anatolio fue ver la posición de su amigo Mischa. Le distinguió algo lejos, pero aún no lo suficientemente bajo para poder salvarse. Pronto vio que el avión fascista le rondaba. Anatolio se mordía los labios con rabia, hasta casi echar sangre. Era seguro que Mischa sería acribillado a balazos, ¡Ah, no poder volar hacia el amigo en peligro...! En ese momento, la seda y las cuerdas del paracaídas le parecieron una estúpida tela de araña en la cual estaba prisionero.

—¡Bandido! ¡Bandido! —exclamaba a cada momento, pensando en la triste suerte de Mischa, solo, en el aire, a merced de aquel traidor pájaro negro que le rondaba para devorarle.

Apenas pensaba en sí mismo, embargado por la inquietud de la vida de Mischa. Sin embargo su suerte no era mucho más despejada. El cuervo vendría sobre él cuando acabara con el otro.

Así fue. En seguida sintió el ruido del motor que se aproximaba. Empezó a funcionar la ametralladora. Pronto el pájaro hacía sobre él sus pasadas de muerte. Anatolio se fijó bien en la cara del cuervo fascista. Era de ancho rostro, con la barbilla saliente y labios muy largos. Su carne fofa, pálida a pesar de estar quemada por el aire, le daba un aspecto repugnante, de frialdad de asesino.

—¡Cuervo fascista! ¡Asesino...! —murmuraba Anatolio, rabioso. Y luego recordaba con tristeza a su amigo—: ¡Mischa! ¡Miseria...!

De pronto se sintió herido en la cara. La sangre le resbalaba hacía el cuello en pequeños hilos calientes. Pensó que su existencia acabaría antes de llegar al suelo. Estaba sobre Madrid y el viento le empujaba hacia el sur. La vista se le iba nublando. En seguida oyó ruido precipitado de motores.

—¡Son nuestros, nuestros! —pensó con esperanza de salvarse.

Eran, en efecto, los cazas republicanos que se elevaban otra vez. El cuervo fascista huyó como siempre, como huye el alevoso criminal cuando se encuentra sorprendido. Poco después, Anatolio tomó tierra en las afueras de la ciudad. Una ambulancia le condujo a una clínica donde le operaron para extraerle la bala. Desde que recobró el conocimiento no hacía sino preguntar por su amigo, por la suerte de su cantarada:

—¡Mischa! ¡Mischa...! ¿Se sabe algo de Mischa?

Pero la suerte de Mischa había sido adversa y trágica. Lo que sucedió con él no se lo contaron a Anatolio hasta que salió del hospital. Fue así;

Dos días después de este combate, los fascistas dejaron caer sobre Madrid un pequeño paracaídas con una caja que llevaba escrita la dirección: «Urgente, Entréguese esta caja al jefe de Aviación de Madrid».

Se abrió la caja y apareció dentro de ella lo más inesperadamente monstruoso: ¡la cabeza de Mischa decapitada! Con ella venía un papel escrito así:

Cuando Anatolio supo este final de su amigo lloró, lloró a lágrima viva, como un niño. Juró vengar este crimen, juró que el carnicero cuervo fascista tendría que entendérselas con él. Pero después de sucedido todo esto, el famoso halcón criminal no volvió a aparecer en el aire de Madrid» sin que se supiera por qué.

Y pasado el tiempo, Anatolio tuvo que marcharse de España con la tristeza de haber dejado allí a su mejor amigo y con el remordimiento de no haber podido vengar su monstruosa muerte...


*

—Y he aquí. Esta es la historia de mi arañazo en el aire... ¡de Madrid! —terminó de contar el héroe.

La concurrencia de campesino, que habían seguido emocionados la narración, guardaron un silencio solemne.    Algunas mujeres lloraban. Uno de los niños besó a Anatolio cariñosamente en la cara, casi encima de la cicatriz.

—¡Qué mala gente son esos fascistas! —dijo uno.

—¡Unos monstruos!

—¡Unos verdaderos bandidos!

—¡Es lástima —añadió el presidente del koljós— que aquel pirata fascista que mató a Mischa y luego arrojó su cabeza en una caja, quedase sin castigo!

Entonces Anatolio sonrió satisfecho, y dijo:

—Esto que os he contado es la primera parte de la historia. Me falta narraros la segunda. Voy a ser muy breve porque ya es tarde. Escuchad, camaradas:


*

1941. Frente del Este, en tierras soviéticas. El ejército fascista alemán embestía en varias direcciones. Resistencia. Aniquilamiento de las divisiones invasoras. Duros combates en tierra. Duros combates en el aire.

Un día, en el aeródromo donde estaba Anatolio se comentó que había aparecido un avión de caza alemán, que tenía pintada en el fuselaje una calavera... A los demás no extrañó la noticia, porque ya se sabe la afición que los fascistas tienen a estos símbolos, pero Anatolio, sin decir nada, se acordó de Míscha, del cuervo, del combate sobre Madrid... Y por si el aviador fascista, ahora en territorio soviético, era o no era el mismo que años atrás había hecho sus fechorías en territorio español, Anatolio decidió comprobarlo y buscar el aparato con el distintivo de la calavera.

Una mañana, Anatolio le encontró. Se habían quedado los dos aparatos solos, como enemigos en el aire, predestinados a una cita. El aviador soviético se fue directamente a él con la audacia del dominio. Pero a pesar de que varias veces le enfiló certero, su ametralladora callaba. Lo que a Anatolio le importaba no era derribar un aparato más de los muchos que había derribado en su carrera de aviador, sino comprobar quién era este nuevo pirata, este nuevo cuervo.

Varias veces se lanzó sobre él, tan cerca que el fascista creyó que iba a chocar. Mas no era esto. Quería reconocerle bien, distinguirle. Por fin Anatolio tembló de gozo. Sonrió abiertamente, ¡Era él! ¡Él! Su misma boca grande, su misma cara, su inconfundible repugnancia... ¡Era el cuervo de otros tiempos! ¡El halcón criminal!

—¡Ahora te vengaré, Mischa, Míscha, lejano amigo asesinado en el aire de Madrid...! —pensaba Anatolio mientras se preparaba al ataque.

La acometida fue furiosa. La lucha sólo duró unos Instantes. Con la imponente fuerza del odio y de la venganza, Anatolio ametralló al avión fascista y pronto le vio caer hasta estrellarse en el suelo.

Así acabó.


*


—Tuve la curiosidad —dijo Anatolio terminado su relato— de ir desde el aeródromo al lugar donde había caído el aparato fascista para reconocer, si era posible, el cadáver del aviador. En efecto, por la documentación que recogimos en él, se trataba del mismo capitán Muller, famoso allí en España por la alevosía de sus crímenes.

—¡Menos mal —dijo un campesino—, después de este final de la historia ya me puedo ir a casa tranquilo!

—Sí, el fascista pagó sus culpas.

—Camaradas —dijo Anatolio levantándose—, nadie puede estar tranquilo hasta que no echemos a los fascistas de nuestro hermoso país soviético, y no pagarán sus culpas hasta que sean vencidos, aniquilados.

Y la velada acabó. Los campesinos se fueron a sus casas. Al día siguiente, al amanecer, arreglada la moto, Anatolio y el mecánico conductor regresaron al frente.


César M. Arconada
La Literatura internacional, 1942




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