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2464. Moderna inquisición

Dibujo de Mercedes Nuñez Targa. Cárcel de Ventas, 1940



Hallar una reclusa en Ventas que haya sido maltratada y torturada, no es difícil; lo difícil – por no decir imposible – es encontrar una que haya podido escapar sin recibir siquiera las bofetadas de ritual.

Palos y corrientes eléctricas son las dos variantes más comunes de tortura. En general, las torturas están destinadas a “hacer cantar” a las victimas, a tratar de obligarles por estor procedimientos a denunciar a otros antifranquistas. Pero hay muchas veces en que las torturas tienen un carácter simplemente gratuito y son la expresión de un odio feroz y de un sadismo rayando en la locura.

He aquí algunos botones de muestra:

He estado hablando con Elena Cuartero. Elena, que tiene más de cincuenta años de edad, anda por la cárcel apoyándose penosamente en una silla que empuja ante si, ya que no posee las muletas que le serian indispensables. A cada paso que da, su rostro se crispa de sufrimiento y se muerde los labios para no gritar de dolor. Le rompieron la columna vertebral por tres sitios. Elena Cuartero, anarquista, está condenada a muerte.

- Varios policías me pegaron hasta cansarse – me explica. Destrozadita por los palos, me obligaron a subirme a una escalera de mano para limpiar una claraboya. Cuando estuve arriba, me quitaron la escalera. El resultado, ya lo ves. Los policías pretendieron que había intentado suicidarme. Sé que me matarán, que no me salva ni la Paz ni la Caridad, pero quiero que todo el mundo sepa lo que han hecho conmigo.

En otra galería se encuentra Nieves C. A esta mujer le hicieron numerosas incisiones en la vulva, con ayuda de una navajita le rociaron las heridas con vinagre y sal. Desnuda y a vergajazos, entre risotadas y obscenidades, la obligaron a correr, divirtiéndose al ver como andaba con las piernas muy abiertas. – Pareces una rana – le chillaban.

A una abuela de más de setenta años la obligaron a montar en bicicleta. La pobre anciana se caía una y otra vez, llenándose de contusiones. El suplicio continuó así hasta que le fracturaron un brazo.

A Maruja G. le pegaron sin cesar para que dijera el paradero de su marido, antifascista destacado. Hartos de pegarle sin resultado, la rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Uno de los policías, horrorizado, le echó encima una chaqueta y esto le salvó la vida, pero su cuerpo, sus manos y el cuello, no son más que costurones informes. Sus senos, sobre todo, no tienen forma humana. – Si algún día tengo un hijo – me dice con tristeza – jamás podré amamantarle. Maruja tiene veintitrés años.

Se han ensañado, sobre todo, con las mujeres embarazadas. A muchas de ellas las han hecho abortar a palos. “Lo echarás por la boca” – le gritaban a una mujer joven, en avanzado estado de gestación, mientras le propinaban numerosas patadas en el vientre. La mujer, Carmen P., abortó y desde entonces sufre de horribles dolores abdominales.

En cuanto a las corrientes eléctricas en las muñecas, en los dedos – “te vamos a regalar pulsera y anillos” acostumbran a anunciar a las victimas – en los órganos genitales o en los pezones, acompañadas de un buen cubo de agua para aumentar la potencia de la corriente, eso es cosa tan frecuente que seria imposible citar todos los casos.


Mercedes Núñez Targa
Cárcel de Ventas, 1967





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