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2499. Esperanza

Ilse Kulcsar y Arturo Barea


Llevaban días y noches encerrados en un salón del edificio de la Telefónica en Madrid. Un salón que era simultáneamente oficina, comedor y alcoba. En medio una mesa grande, de consejo de administración. A lo largo de una pared, tres camas de campaña con un jergón encima, sin sábanas, dos de las camas para ellos, la tercera para el ordenanza de guardia.

Función de guerra. Llevaban días y noches durmiendo a ratos, sosteniéndose con bocadillos, tazas de café espeso y tragos de coñac. Llevaban días sin desnudarse, sin mudarse de ropa, sin lavarse. Días de tensión máxima en que los «junkers» volaban sobre el edificio queriendo destruirle. En que los cañones, con el edificio como blanco, lanzaban obuses y shrapnels. Era inútil refugiarse porque entonces el trabajo hubiera tenido que detenerse y la única protección era trabajar detrás de las ventanas abiertas al frente, a la luz de un portátil con la bombilla envuelta en papel carbón. Una luz que no se extendía más allá de un círculo estrecho, que ponía tonalidades cadavéricas con sus reflejos morados; que olía a la cera recalentada como si fuera un cirio. Fuera del círculo de luz la sala quedaba oscura. 

Eran un hombre y una mujer tan agotados que, aquella noche acordaron cerrar la oficina desde la una de la madrugada hasta las ocho de la mañana. Era imposible resistir más y a la una y cuarto ellos y el ordenanza dormían pesadamente. 

Se encontraban los dos despiertos simultáneamente. Él, miró la hora; faltaban pocos minutos para las tres. Les había despertado el ruido intenso y múltiple del fusil, de la bomba, de la ametralladora, del cañón, de los aviones. El ordenanza dormía y roncaba como un cerdo. Se miraron y tendieron las orejas hacia el frente, hacia el frente que llamaba a los cristales de las ventanas. Se levantaron sin hablar y él abrió una de las ventanas, dando paso a un bocanada de aire frío de noviembre. Húmedo, buen conductor del sonido, metió dentro agrandados, amplificados y rebotados contra la bóveda húmeda de la niebla, los gritos, los ruidos, las explosiones, la mecánica de la guerra. Oyeron los dos el sonido metálico chirriante, alucinante, terrible de los monstruos — entonces para ellos desconocidos— que avanzan arrastrándose sobre cadenas de hierro aplastando todo. Los monstruos de hierro se oían y sonaban calle arriba, ya sobre las piedras de la ciudad. Dentro de la ciudad. 

—Ésos son los tanques — susurró ella bajito como si temiera ser oída. 

Tendieron el cuello en la oscuridad tratando y temiendo verlos surgir allá abajo en el final de la calle, de donde venía el ruido. Con el ventanal abierto, con el ruido de la batalla dentro de la sala, comenzaron a pasear ambos uno al lado del otro. De vez en cuando se cruzaban frases cortas ajenas a las ideas que les llenaban el cerebro. Comentarios sobre incidentes del trabajo en el curso del día. Él comenzó a hacer una descripción de un nuevo tipo de mechero. Ella pretendió conducir el interés de él a una discusión sobre la técnica publicitaria. No lograban anudar las conversaciones. Recaían en silencios, y en éstos el hilo de sus ideas se sintonizaba totalmente. 

Sabían que era un momento de prueba definitiva. Que el enemigo atacaba con todos los medios un Madrid indefenso, que sólo podía oponer hombres y más hombres, carne contra máquinas. Si entraran en Madrid, si llegaran a esta Telefónica, ratonera de hierro y cemento, sin salida, situada en el camino de la invasión, los fusilarían a ella y a él. No tenían ni el recurso del combate en el que el espíritu y el cuerpo se desorbitan, y se muere luchando sin sentir que uno se muere; habían de estar allí, en la sala oscura, oyendo roncar al ordenanza, midiendo con el oído la distancia del combate, imaginando dónde y cómo se encontraba la lucha. Esperando, esperando en la noche el destino. 

Cuando se espera la muerte, la vida se convierte en simple y clara. Se revisan los valores tradicionales y se desechan, se dejan caer como un traje viejo. Se siente el ansia de vivir no la vida anterior, de vivir la vida nueva, limpia y sincera. 

Los dos pensaban esto e iban soltando frases cortas como chispas que traducían en palabras sus impulsos paralelos. Se cogieron del brazo inconscientemente y comenzaron a hablar bajito. Se explicaban el uno al otro sus angustias y sus ansias, lisamente con una franqueza primitiva, enseñándose mutuamente sus ilusiones y su fe.

Vino el día, despacito como viene siempre, con un pequeño reflejo luminoso allá, en el este, donde el azul profundo del cielo comienza a diluirse en una claridad. Se manchaban las calles de un azul gris, sucio, oscuro, borroso. Es difícil ver un hombre en la calle cuando nace el día. En la noche la luz de la luna lo convierte en una silueta negra. Cuando no hay luna, la silueta es más negra que la propia oscuridad y siempre se ve al hombre. Pero al amanecer no se ve nada. El gris azul hace todo gris azul, y los hombres y las cosas se confunden en esta luz carente de luz. En la noche se oyen los ruidos, durante el día hay ruidos, pero al amanecer se apagan y se mueren los ruidos. No hay ruidos. Y hay una hora enorme, no una hora, unos minutos, o tal vez unos segundos, aquéllos en que el día pasado se va y el día viviente viene, unos instantes de transición en que no hay ni luz ni ruidos. Unos instantes, en que los hombres y las cosas se sienten fuera de la vida, y a la vez dentro de la vida. Formando parte de la vida pero sin vida, ajenos a su vida propia, sin voluntad, sin luz, sin sonoridad: vacíos, huecos. 

Es la hora de nadie. 

Aplastados los dos en la ventana, sentían esto muy hondo, en la piel, en la carne, en los huesos, en los nervios y en las almas. Se sentían juntos en esta soledad inmensa, carente de luz y de ruido. 

Hasta el frente se había callado, cortado el ataque. Pero ellos aún no habían oído este silencio. Fue al romper el día, al romper este encantamiento, cuando notaron que había cesado el combate. 

Y la nueva vida, la esperanza y la fe en esta nueva vida, en este nuevo día que nace sin combate, los lanza al uno en brazos del otro.


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938. Capítulo XIX - Esperanza


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.






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