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2495. Las manos


Prisioneros del ejército franquista llegando al Palacio de Justicia de Madrid (Fuente: rayosycentellas.net)



Brunete ha adquirido de golpe un renombre en Madrid, en España y en el mundo. Nunca fue nada importante Brunete, y ahora menos porque sólo es ya un montón de ruinas. Raro destino el de este pueblo. Vivo, era desconocido. Destruido, se ha incorporado a la historia de España. Queda de él sólo su laguna, un charco sucio, y un grupo de casas de adobes deshechas. 

Tres veces tomado, tres veces perdido. Doscientos aviones sobre él en el aire, día y de noche. Cientos de cañones vomitando metralla sobre él día y noche. Millones de balas cruzando y cayendo sobre él, de día y de noche. Muertos y muertos y muertos en sus calles de polvo, en sus casas de barro, en sus campos quemados del sol. 

Caían las bombas sobre Madrid y la gente medía la intensidad de los bombardeos como señal de victoria. Seguía su vida y se resignaba a su muerte que podía llegar en cualquier momento silbando por el aire. 

Y en la calle de Alcalá se arremolinaba alrededor de unos camiones, abiertos y cargados de gente. De pobre gente de ojos bovinos, sin afeitar, negros de mugre, arracimados de pie en las plataformas. Prisioneros de guerra. Acababan de llegar de los campos de Brunete y esperaban ante el Ministerio de la Guerra que se organizara su entrada. 

Rodeaba la gente los coches y los miraba como a bichos raros. Se preguntaban unos a otros los transeúntes: ¿Son éstos los que iban a conquistar Madrid? 

Se reían y lanzaban al grupo de hombres temerosos pullas sangrientas. Los prisioneros callaban. Podía en ellos el miedo de verse linchados por la multitud. ¡Les habían contado tantas cosas! Pero, dentro de la actitud del insulto, el madrileño prendía aquí y allá la chispa del diálogo. Un prisionero audaz pidió un pitillo. Entonces surgieron los pitillos tan escasos en Madrid y treparon por todos los lados del camión. Se había roto el hielo. 

Una comadre descarada se encaró con los prisioneros: 

—Pero bueno, ¿vosotros sois fascistas? 

Hubo un silencio de miedo. A empujones desde el centro del camión un hombre se abrió paso entre sus compañeros. Se inclinó sobre el borde, la camisa rota, el pecho peludo, la cara tostada por todos los soles. Se golpeó el pecho furioso: 

—¿Yo? ¿Fascista, yo? 

Extendió dos manos rugosas y nudosas como raíces. Negras, sucias, deformadas por los sabañones de niño y por callos de hombre. Las metió materialmente dentro de los ojos de la mujer, y aulló: 

—¡Mira mis manos! He trabajado y me he muerto de hambre. Puedo aún trabajar. 

Y entonces los bordes del camión han comenzado a llenarse de manos tímidas, sucias, grandes, con arrugas, con tendones, con callos, puercas, manos duras y fuertes de trabajo. 

Se hizo un segundo silencio. Se pusieron en marcha los camiones. Penetraron uno a uno bajo las arcadas del Ministerio. 

Les hizo escolta la multitud hasta la puerta, en silencio.


Arturo barea
Valor y miedo, 1938. Capítulo XI - Las manos


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.






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