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2497. Lucha y muerte en España de Pablo de la Torriente Brau





Pablo de la Torriente Brau, héroe del pueblo español, murió en España en el año 1936 en la primera línea de fuego, frente al enemigo fascista, en la heroica defensa de Madrid.

Escritor y periodista, luchador enérgico, incansable y muy inteligente, Pablo, como un verdadero comunista, en los momentos más difíciles y de más peligro, siempre se encontraba en primera línea, animando y dando aliento a los soldados y oficiales, explicándoles el peligro que se cernía sobre Madrid, que de ninguna forma se podían perder las posiciones, que no se podía retroceder, que había que terminar «con los hijos de p... de los fascistas». Esta frase la empleaba muy a menudo, pero nadie piense que era una frase de autodefensa, como la solían emplear los fascistas cuando no tenían argumentos para continuar una discusión. Pablo de la Torriente Brau, además de ser muy valiente, muy instruido, era un gran orador que se basaba en la dialéctica marxista-leninista pura, en la realidad de los hechos prácticos y en su desarrollo histórico. Por esa razón, como veremos más adelante, los fascistas se veían obligados a escuchar silenciosamente los discursos que Pablo les dirigía desde los parapetos de la primera línea en el frente de Buitrago de Losoya —Sierra de Guadarrama— o lo mismo que en diciembre de 1936 desde las primeras líneas o en trincheras en la defensa de Madrid, frente a Majadahonda.

Era un hombre bastante alto, fuerte, su estatura era aproximadamente de 1,80 m a 1,95 m; en su aspecto físico era maravilloso, como decimos los españoles de un verdadero macho: moreno, con la frente despejada, el pelo y los ojos negros. Vestía curiosamente. Siempre iba bien peinado y afeitado. La primera vez que lo vi me pareció que era un hombre áspero, recio, afable y simpático.

Llegó al frente que pasaba por la Sierra de Guadarrama, los últimos días de septiembre o los primeros de octubre de 1936. Paco Galán era el jefe de aquel frente. Pablo estaba en el Estado Mayor de Galán, pero no solamente en el Estado Mayor, sino que subía junto con los milicianos a las trincheras y hacía guardia en los parapetos de la primera línea de fuego lo mismo que otro miliciano cualquiera. Cuando él echó sus primeros discursos a los fascistas, se corrió por todo el frente que a los parapetos de la derecha de la carretera de Madrid a Buitrago había llegado un cubano que por las noches echaba discursos a los fascistas, y que hablaba tan bien que hasta los mismos «fachas» pedían que hablara aquel cubano. Esos rumores fueron mis primeros conocimientos sobre Pablo de la Torriente Brau; sin conocerlo personalmente, muchísimos milicianos ya le teníamos un gran afecto.

Los parapetos estaban a la derecha de la carretera que pasaba por la ciudad de Buitrago de Lozoya, y se relevaban casi todos los días. Uno de ellos se encontraba en un montículo alto que se llamaba La Peña del Alemán, al que se le puso ese nombre porque allí murió heroicamente un miliciano que era alemán. En ese lugar echaba sus brillantes discursos Pablo de la Torriente Brau.

Estando nuestro batallón cubriendo en una sierra muy larga, delante de la cual se encontraba el pueblo de Lozoya, un día me invitó a comer el camarada Candón, cubano que era jefe de la Primera Compañía, y me presentó al camarada Pablo de la Torriente Brau, que había venido a visitar a Candón y a nuestro frente. Tuve la suerte de conocer personalmente al cubano que echaba los discursos a los fascistas. En aquella conversación Pablo expresó su deseo de marcharse para el frente de Madrid. Le pregunté por qué quería irse a Madrid, y me contestó que para él estaba claro que los fascistas por este frente no pasarían, y que sobre Madrid recaía un gran peligro. Esto sería aproximadamente en los últimos días de la primera quincena del mes de octubre de 1936. Primero Pablo y un poco después Candón, salieron para los frentes de Centro. En la segunda quincena de octubre nuestro batallón fue trasladado al frente de Madrid.

En los días más difíciles para nuestra capital, los días 5, 6 y 7 de noviembre de 1936, por segunda vez vi en primera línea a Pablo, en el frente de Retamares, que se encontraba delante del pueblo de Pozuelo de Alarcón. Estaba con las fuerzas que mandaba Galán y enlazaban con nosotros por el flanco izquierdo. En los combates de los días 5, 6 y 7 de noviembre de 1936, nuestro batallón sufrió muchas bajas y tuvo que reorganizarse sobre la marcha. Fue relevado del frente de Retamares y Pozuelo de Alarcón y se le mandó a cubrir entre el caserío de Romanillos y Boadilla del Monte, pero este último lugar ya estaba ocupado por el ejército enemigo. Pablo de la Torriente Brau, que había ido destinado como Comisario Político del Primer Batallón Móvil de Choque, y el camarada Candón, nombrado Comandante de dicho batallón, se incorporaron en la primera quincena de diciembre de 1936, trayendo consigo dos compañías de infantería: la cuarta compañía y una de reclutas campesinos andaluces —por cierto muy valientes. Con la mayoría de ellos se completó la segunda compañía de nuestro batallón, bajo mi mando. Como ya dije anteriormente, nuestro batallón pasó a ocupar la línea del frente entre el caserío de Romanillos y un bosque que había delante de Boadilla del Monte, cortando una gran parte del camino que va desde el caserío a Boadilla.

Teníamos las posiciones en una loma larga, delante de la cual se abría un gran llano. Como de costumbre, nuestro querido Comisario se dirigía con discursos a los soldados del ejército fascista diciéndoles por qué luchaban ellos y por qué luchábamos nosotros, aclarándoles lo que representaba el fascismo para el pueblo español. Allí me convencía de que los rumores que corrían sobre la brillantez de la elocuencia de Pablo eran ciertos. Hablaba tan bien que el último tiroteo de la noche se apagaba, reinaba un silencio mortal y no se oía nada más que la voz del orador cubano. Era verdad que a veces los mismos «fachas» gritaban: «¡Que hable el cubano!»

En esta línea del frente los fascistas desarrollaron una gran ofensiva; durante más de una semana hubo combates encarnizados. Pablo demostró no sólo ser un comisario político de alta categoría, sino que tenía las dotes de un buen militar. Sabía planear sobre el terreno las tareas y objetivos que los soldados, clases y oficiales debían cubrir y defender para que el enemigo no rompiera el frente y avanzara hacía Madrid. Por el día y por la noche, en los momentos más arduos del combate, Pablo, con gran valentía, recorría las primeras líneas de fuego, animando, orientando y preocupándose por los soldados, haciéndoles ver la necesidad de no perder las posiciones para no permitir que el enemigo se acercase a Madrid.

Era físicamente muy fuerte, pero yo tengo la impresión de que era mucho más fuerte en lo moral, por su espíritu revolucionario, tenía una gran fe en la victoria del pueblo español. Con su actitud y su firmeza demostraba ser más español que algunos españoles, y digo esto porque había españoles —claro está, no muchos— que en la retaguardia gritaban ser más revolucionarios que nadie, dispuestos a dar la vida por la patria, pero cuando llegaba la hora de la verdad trataban de enchufarse en los servicios de intendencia, lo más lejos posible del frente, y hasta el día de hoy gritan haber hecho un gran sacrificio por la patria «viendo los toros desde la barrera», como se dice en España.

Pablo tenía gran confianza en la victoria del pueblo cubano. Decía que no estaba muy lejos el día en que su pueblo, que vivía en la pobreza y no quería ser esclavo, rompería las cadenas y establecería un régimen democrático. Me hablaba mucho de José Martí y también de otros revolucionarios contemporáneos; muy a menudo me contaba de las buenas relaciones que tenía con Raúl Roa, a quien elogiaba como revolucionario. Al compañero Raúl Roa lo conozco desde el año 1936, por las conversaciones que tuve con Pablo.

Después de estar todo el día peleando, por la noche tampoco descansaba, preocupándose de que los soldados se relevaran para que todos pudieran descansar y estar en condiciones para el día siguiente continuar la lucha; de que por la noche se llevara comida a los soldados, se les abasteciera de municiones, se retirara a los heridos a la retaguardia. Para nosotros no era solamente nuestro comisario, sino que lo queríamos todos como cuando de verdad se quiere a un padre. Pablo era el hombre que tenía una gran preocupación por nuestra salud y por nuestra vida, por la defensa de España. Así era nuestro querido Pablo, que mostrando el verdadero internacionalismo proletario, dio hasta la última gota de sangre por defender en tierras lejanas de su patria la libertad del pueblo español.

Yo muchas veces me preguntaba y me sigo preguntando: ¿cuándo descansaba ese hombre?, ¿cuándo podía hacer otras cosas competentes a su cargo? Porque lo mismo lo veías en primera línea por el día que por la noche.

El 18 de diciembre, aproximadamente entre las 12:00 y las 14:00 horas, nuestro batallón perdió al hombre más querido, nuestro comisario, nuestro Pablo, como nosotros lo llamábamos.

(Digo que murió a esa hora porque antes lo había visto varias veces y sobre esa hora empezó la retirada de nuestras fuerzas.)

Este día, desde las 5:00 a las 6:00 de la mañana los fascistas emprendieron una gran preparación artillera contra nuestras posiciones. El Comandante Candón, jefe de nuestro batallón (Primer Batallón Móvil de Choque), tenía el puesto de mando en el mismo caserío de Romanillos, muy cerca de la primera línea de fuego. Después de los primeros cañonazos de la artillería enemiga, Pablo se presentó en la primera línea; de antemano determinó que iba a haber un combate muy fuerte, y fue por toda la línea dando instrucciones a los capitanes de compañías, entre ellos a mí, que era capitán de la segunda. Rápidamente, después de la preparación artillera, aparecieron los tanques y tanquetas del enemigo, detrás de los cuales avanzaba la infantería fascista, en su inmensa mayoría moros. Fue un combate terrible, todo era polvo y llamas de las bombas de mano y proyectiles. En las primeras horas resistimos los ataques de las fuerzas superiores del enemigo, y Pablo de la Torriente estaba, como siempre, en los sitios de más peligro, dando ánimo para que las posiciones no se perdieran. A media mañana de este día 18 nuestras tropas hicieron intentos de retirarse de las posiciones ocupadas, fundamentalmente por ambos flancos. Gracias al esfuerzo de Pablo se organizaron contraataques y las posiciones fueron recuperadas de nuevo. Allí se recogieron muchos moros muertos.

Pablo de la Torriente me llamó y me dijo que había la necesidad de dividir el frente entre los dos. Así lo hicimos: él me destinó la mitad izquierda y escogió la otra mitad, la parte de la derecha hasta el caserío que era nuestro límite. A pesar de que ofrecimos una gran resistencia al enemigo y contraatacamos varias veces, los fascistas rompieron el frente por los dos flancos, fundamentalmente por el frente de otra unidad que se defendía a nuestra izquierda por la orilla de un bosque que llegaba hasta cerca de Majadahonda; los tanques y las tanquetas con infantería enemiga se metieron por el camino que iba de Majadahonda a Romanillos y nos atacaron por la espalda. Nuestras fuerzas retrocedieron de 2,5 a 3 kilómetros y se estableció la línea en unas lomas. Al atardecer, entre dos luces, el camarada Candón vino a mi compañía y me preguntó si había visto a Pablo, si sabía dónde estaba; le contesté que no sabía nada de él, que desde por la mañana no lo había visto. El camarada Candón, muy preocupado, llamó por teléfono al mando superior, preguntando por Pablo: nadie sabía nada. Candón, que tenía mucha amistad conmigo, me dijo: «Oye, viejo, hay que buscar a Pablo.» Yo, como sabía en qué parte del frente él había estado, inmediatamente le contesté: «Si me dejas elegir una sección de infantería de los andaluces, me introduzco en la retaguardia enemiga y trataré de buscarlo.» Candón me dijo que podía. y así lo hice. Me presenté en el sector que ocupaba la sección de los soldados andaluces y les dije que teníamos la misión de buscar a Pablo en la retaguardia enemiga, y que si lo encontrábamos muerto o vivo había que traerlo a nuestras líneas. Con una gran moral combativa la sección aceptó. Durante la noche lo preparamos todo cuidadosamente; Candón y yo estudiamos el camino por el cual debíamos introducirnos en la retaguardia (cualquier imprudencia podría costarnos la vida y no recuperar a Pablo). Serían las 3:00 de la mañana, todo estaba preparado, los soldados sabían dónde y cómo debíamos ir. Se establecieron algunos puestos de seguridad y a los demás compañeros les dije que me siguieran en fila india.

Al lado de donde había estado la línea de fuego el día anterior, había una pequeña casilla en lo alto de la loma. No era posible buscar a Pablo sin reconocer aquella casucha. Lo primero que hicimos cuando llegamos a este lugar fue, con las bombas de mano preparadas y a bayoneta calada, entrar en la casucha. Había un moro en la ventana con el fusil preparado de la misma forma que si estuviera en el parapeto. Ni tiros ni bombazos podían sonar; había que decidir rápidamente y así se hizo: cuando el moro se dio cuenta y quiso volverse hacia nosotros, una bayoneta ya le había atravesado el cuerpo.

Había que buscar a Pablo rápidamente. Yo, que sabía con exactitud por dónde pasaba la línea de fuego, establecí la vigilancia y empecé a buscar a Pablo. Lo encontré: estaba tendido en el suelo triparriba, su cuerpo todavía estaba caliente; lo llamé «¡Pablo!», pero no contestó. Le desabroché el cinto, le quité la chaqueta y la camisa y vi que una bala le había entrado por el mismo corazón y salido por la espalda. Cuando lo levantamos vi que debajo de él asomaba un papel blanco; lo cogí: era un documento que estaba medio enterrado, se veían los arañazos de sus dedos en el suelo. Inmediatamente me di cuenta de que en la agonía de la muerte quiso enterrar sus documentos, y empecé a mirar a su alrededor. A unos dos o tres pasos vi tierra recién arañada, escarbé, y de aquel pequeño hueco saqué su cartera, llena de documentos. Lo cogimos entre cuatro camaradas y lo sacamos a nuestra línea. Yo personalmente se lo entregué al camarada Candón, y lo mismo hice con los documentos. El día 19 de diciembre de 1936, por la mañana temprano, Candón se hizo cargo de nuestro inolvidable y querido Pablo y de su documentación. Posteriormente le pregunté y me dijo que el cadáver de Pablo de la Torriente Brau había sido entregado al mando superior. Más tarde me dijeron que estaba enterrado en Barcelona.


Justino Frutos Redondo, combatiente español
Publicado en Unión, La Habana,  julio-septiembre de 1966





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