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2588. El hogar destruido



Entre tu esposo y tu, compañera, amasasteis con sudor y sangre el yeso de las paredes de tu hogar. Entre tu esposo y tu, en las mejores horas robadas al sueño, después de las largas jornadas de trabajo, fortalecisteis con piedras, cimientos y umbrales. Vuestros cuerpos pulieron son su planta el portal, y por las habitaciones respirabais el aire íntimo y querido de vuestra historia de casados. Era un hogar abrazado a vuestra piel como una piel mayor, conyugal, adornada de techos y lámparas, con los balcones ahogados de flores. Vuestro hijo redoblaba la alegría de la vida sencilla, iluminando las penumbras y las sombras de los días y los malos días con su niñez.

¿Qué pasó? El fascismo. El hogar quedó arrasado bajo el bombardeo. Mi compañera contempla de ruina, desde lo que ha sido umbral, de lo que fue su casa. El estupor le hace llevar un puño a la boca y sus ojos se golpean desiertos contra las piedras y se pasean por el hogar desolados como por una gran ciudad hermosa y derrumbada. Todo ha sido víctima de la metralla. Dan ganas de decir: ¿Qué han hecho las inocentes sillas, las mesas inocentes para que se las atropelle de este modo? No existen las habitaciones donde se amó mi compañera con su esposo, y sobre un trozo de pared que queda se ven grabadas las entrañas de su hijo. El esposo duerme a pedazos bajo un armario caído, que ha vomitado en su caída fotografías, encajes, ropas olvidadas. El verderol que alejaba el silencio de las conversaciones y las siestas, ametrallado en su jaula, clava en quien le mira unos ojos horrorizados, inmóvilmente ingenuos, y la violenta muerta ha vuelto pálido su verde plumaje. Un colchón se desangra generoso bajo los cascos ruinosos del yeso seco... Mi compañera lo ve todo como si lo hubieran destrozado contra su cabeza: siente arder, quemar, agonizar cada mueble roto en su alma. Y los restos de su hogar reciben un llanto desesperado.


Miguel Hernández
Frente Sur, 15 de abril de 1937








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