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2666. La historia del deportado Aurelio Díaz Horta

Ilustración de Ioannis Ensis en 'Deportado 4443', de Carlos Hernández y Ioannis Ensis. Ediciones B


El pasado mes de mayo nuestro amigo José Manuel Sánchez Mesejo de A Coruña, nos hizo llegar el texto que trascribimos y que le fue entregado en mano hace unos años. El título del documento es "Aurelio Díaz: actor y memoria de nuestro siglo". Creemos que se trata de la historia del deportado Aureliano Díaz Horta, nacido en Outeiro de Rei (Lugo).

En el artículo "La memoria del espanto nazi", publicado por ABC Galicia, se recoje, junto a otros, el testimonio de su hija Encarna.


“Soy hijo de campesino. Nací en Lugo en 1905. Mis padres trabajaban la tierra en una época en la que todo el trabajo se hacía a mano y era muy duro. Comencé a trabajar muy joven en el campo, pero no quería bajo ningún concepto permanecer como un “esclavo” toda mi vida y fundar una familia allí.

Tengo cinco hermanos y dos hermanas, dos de los cuales emigraron: uno se fue a Argentina y está casado allí, otro se marchó a Cuba y el otro se quedó en casa. Yo me fui a La Coruña con la intención de ampliar mi cultura, que era muy pobre, pero me di cuenta de que lo mío no eran los libros. Por eso me presenté a las pruebas para entrar en la Policía, que aprobé en 1934. Fui destinado a Barcelona, donde conocí a la que sería mi futura esposa, Isabel, que iba para monja. Una persona que yo conocía me había prestado su apartamento en Barcelona. Durante la guerra convivimos varios en esa casa hasta que un día no quedamos más que Isabel y yo. Yo le dije: “Tenemos casi la misma edad, creo que podríamos hacer una pareja”. Ella me abrazó y me dijo: “Nunca crei que podría encontrar un hombre tan respetuoso como tú”. Nos casamos en Barcelona en 1938, pero acordamos no tener hijos hasta que terminase la guerra.


Grupo de choque

Pertenecí a un grupo de choque de la Policía. Hubo muchas víctimas en nuestro grupo. Interveníamos en el frente, allí donde flaquease el ejército republicano. Fui herido cuatro veces, dos de ellas de gravedad. Una vez una bala me atravesó el antebrazo. Fui al hospital pero no quise ocupar una cama porque había otros hombres más gravemente heridos que yo. Un día Isabel vino a verme al frente. El resultado de la guerra era incierto, y yo estaba muy expuesto y ella tenía miedo de quedarse sola, o sea que deseaba un niño.

El primer acto importante en el que participé fue el día de la declaración de guerra de los generales insurrectos. Mi cuartel estaba rodeado por militares. Algunos de nosotros salimos para cogerlos por la retaguardia. La mayor parte de los policías de mi cuartel estaban a favor del gobierno legal republicano. Mi primera acción en el frente consistió en rodear una posición del ejército fascista para tomar un puesto de ametralladora. Les disparamos y ellos huyeron precipitadamente. Al día siguiente, la radio dijo que A. Díaz, con un grupo de dos hombres, había tomado una ametralladora y hecho huir al enemigo. Hubo muchos golpes de mano como éste.


Una moral extraordinaria

Tuve muy poca relación con las Brigadas Internacionales, pero cuando Madrid estaba amenazada y miles de voluntarios extranjeros se movilizaron para salvar a la República, eso nos dio una moral extraordinaria."

Se vinculó a la política bien avanzada la guerra. Al principio no pertenecía a ningún partido político. Pero Díaz fue toda su vida un revolucionario.

“En mi condición de policía no levanté la mano nunca ni amenacé con mi revólver a la clase obrera, ni siquiera en las grandes manifestaciones del Frente Popular. Siempre fui fiel a mi origen”. Desde que empecé a trabajar estuve afiliado a un sindicato. Con frecuencia me pidieron que me adhiriera al Partido Comunista español, pero siempre me negué. No quería obtener galones por pertenecer a un partido, era cuestión de amor propio. Sin embargo, el partido me confió grandes responsabilidades durante la guerra, que terminé con el grado de teniente. No me adherí al PCE hasta que estuvo claro que nuestra causa estaba perdida.


Refugiado en Francia

Al final de la guerra de España me refugié en Francia, disfrazado de civil. Nos llevaron a la playa de Argeles, y nos dejaron tirados sobre la arena como bestias. Había muchos heridos, incluso yo mismo en la pierna izquierda. Con los otros republicanos españoles, fui enviado por las autoridades francesas al noreste del país para trabajar en la fortificación de la línea Marginot. Era considerado como un prisionero civil exiliado por causas políticas. Cuando el ejército alemán derrotó al francés fuimos evacuados con la población civil a Epinal. Allí fuimos encerrados en un campo de prisioneros de guerra. Franco había pedido al gobierno francés la repatriación de los refugiados españoles a su país de origen. Pero alegamos que, en nuestra condición de exiliados políticos, el gobierno francés era responsable de nosotros. Según las convenciones internacionales, debía darnos 48 horas para abandonar el país.

Los alemanes no quisieron saber nada del tema. Un día, un comandante alemán se acercó a mí con una pistola. Llegó a mi altura y me apuntó con el arma. Le di un manotazo y la pistola cayó a tierra. El alemán la recogió. Mis amigos dijeron: “Estás loco, vas a hacer que te maten de inmediato”. Me levanté y le dije al comandante: “Soy un oficial del ejército republicano español”. El alemán me hizo un saludo militar y me dijo “váyase”. Ni yo mismo me lo creo todavía.


Deportado en Mathausen

El 24 de enero de 1941 fui deportado a Mathausen (Austria) con mi hermano, que murió allí. Poco tiempo después recibí una carta que me informaba de la muerte de mi mujer en España y de que mi hija de 6 meses había sido confiada a mi otro hermano. Nunca supe cómo murió. Lloré. Un soldado alemán se echó a reír: “ninguno de vosotros saldrá vivo de aquí”. Yo le dije: “No tan de prisa: la guerra no ha terminado y a lo mejor va usted antes que nosotros”. Creí que había llegado mi última hora. Entonces llegó el comandante de campo. Me preguntó en español si ocurría algo. Había combatido con Franco. Yo le respondí que era un oficial republicano español. Le pregunté si tenía hijos y le tendí la carta. El comandante dijo a sus hombres: “Es un combatiente español. No es un ignorante, no le toquéis."

Una vez ocurrido, este episodio me permitió estar relativamente protegido. Ni los soldados alemanes ni los kapos se atrevieron a acercarse a mí por las posibles represalias del comandante. Yo trabajé durante muchos meses en condiciones extremadamente difíciles en la construcción de carreteras. Un día los alemanes buscaban un carpintero para construir una puerta. Yo me ofrecí para realizar este trabajo, aunque no sabía nada del oficio. Después de la batalla de Stalingrado unos soldados del frente vinieron al campo con un nuevo comandante. Un día él pasó por delante de mí, me miró fijamente y me preguntó: “¿Tú has estado en la guerra de España?” “Sí, le contesté, desde el primer hasta el último día”. “¿Cómo va a terminar esta guerra?” me dijo él. Yo le respondí: “Mi comandante, usted sabe perfectamente que se nos ha prohibido leer y recibir información del exterior. Yo no sé nada de lo que pasa en el sur del frente”. El me dijo: ”Has respondido muy bien, pero yo sé que estás más o menos informado ¿habla!”

“Cualquiera que sea el fondo de mi pensamiento, tengo derecho a decir que Alemania va a ganar la guerra”. Me respondió: “Muy bien dicho”. Me apartó del grupo y me dijo: “ahora estamos tu y yo, no se trata de un jefe alemán y un prisionero español. Puedes hablar”. Yo le dije: “No son Franco, Mussolini o Hitler quienes van a ganar la guerra, sino el gran capitalismo mundial, que es el que tiene todos los medios para dominar el mundo. Llegará un día en el que, en función de la situación, este gran capital se volverá hacia los que tienen más oportunidades de ganarla”, “Muchas gracias”, me dijo él. A la mañana siguiente el comandante se dirigió a sus hombres y a los prisioneros y les dijo: “Nosotros estamos aquí para proteger a unos hombres que trabajan para nuestro país. A partir de ahora no quiero que los trabajadores sean maltratados. No soy un SS sino un oficial del Ejército alemán”. Creo que pensaba lo que decía pero que quería, sobre todo, desligarse de las atrocidades que ocurrían dentro del campo.

La exterminación por el trabajo

En consecuencia, fui enviado a una gran fábrica de armamento y material de guerra. Trabajaba en un torno para fabricar piezas. Un oficial me ordenó un día aumentar la producción. Yo le dije que era imposible porque repercutiría en toda la cadena. Unas horas después me envió a controlar el material con el supervisor del taller. En esa fábrica había un kapo que golpeaba a los obreros cuando querían ir a mear. Tomé la iniciativa de correr la voz para que la gente mease en las máquinas. Pasé así tres semanas y le pedí al kapo para ir a mear. Claro está, me golpeó. El subdirector pasó y me vió “mosqueado”. “¿Por qué?” Le expliqué que el kapo nos golpeaba cada vez que íbamos a mear y que por miedo los hombres meaban en las máquinas. Los desperfectos fueron importantes y motivaron el cierre de la fábrica durante una semana para reponer las máquinas. El kapo fue colgado. Fue una de las operaciones de sabotaje mas importantes que he intentado.

Después del bombardeo de esta fábrica volví cerca de Mathausen. Pude haber sido gaseado poco antes de la liberación del campo, pero algunos soldados alemanes se tomaban las cosas con cuidado porque los americanos estaban muy cerca. Los americanos llegaron al campo una tarde y se fueron enseguida. Fueron los comités de prisioneros formados por nacionalidades los que tomaron todo en sus manos, especialmente hacer fosas y enterrar a las numerosas víctimas. Con una cuarentena de camaradas decidimos abandonar el campo. En un gran barco, viajamos por el Danubio hasta que reencontramos las tropas rusas que nos llevaron a Viena. Me quedé allí tres meses, el tiempo de reponerme un poco porque estaba muy debilitado.


Las ganas de vivir

Después de haber pasado cuatro años y medio deportado, estoy todavía allí. He visto a hombres a los que metían la cabeza en alquitrán hirviendo. Vi a hombres entrar en el crematorio y a otros enterrados vivos. Vi a mis camaradas morir convertidos en esqueletos. Para darse cuenta de lo que pasó en los campos es necesario haberlo visto, porque todo aquello sobrepasaba lo comprensible. ¿Qué me salvó? Las ganas de vivir, de resistir y la confluencia de circunstancias excepcionales. Yo he ocupado siempre puestos de trabajo en los que supe hacerme “indispensable” y que me permitieron seguir vivo en el campo. Yo era el carpintero y me pude adaptar a numerosas situaciones. Sin embargo, siempre he formado parte de comités clandestinos de prisioneros que había para misiones esenciales, como informar sobre lo que pasaba en el exterior o intentar conservar la moral de los camaradas.
    

Estatuto de trabajador extranjero

Volví a Francia y regresé muy enfermo. Me hicieron numerosos exámenes y me aplicaron distintos tratamientos por mis problemas intestinales debido a la deportación y malnutrición. Después de que mi estado de salud mejorase, encontré un trabajo en una empresa de carpintería. Mi patrón me envió a la región de Grenoble donde me encontré con el subdirector de la “Empresa Industrial” en Sechilienne. Fui contratado bajo el estatuto de trabajadores extranjero. Entonces todavía había necesidad de allos”.

En esa época conoció en Vizille a Hélene Blanc, que formaba parte de la asociación de deportados. Su marido había muerto en el campo de concentración de Buchenwald. Ella sabía un poco de español y le ayudó a aprender francés.

“Helene Blanc me aconsejó vistara al doctor Fugain, también miembro de la resistencia. Me explicó que mi intestino se había convertido en una esponja, que no cumplía su función, pero me desaconsejó operarme. Fui tratado poco a poco con aceite de oliva que tomaba puro."

Trabajó en construcción de túnel, cantera y empezó a ganarse la vida con dignidad. Entonces a Aurelio, le propusieron ir a trabajar a una cantera en Argelia.

Aurelio Díaz posee doble nacionalidad, española y francesa desde 1966. 

“Yo me entendía muy bien con los trabajadores argelinos de la empresa porque no permitía que se les tratase de forma diferente a los otros. Un hombre que hace correctamente su trabajo debe ser respetado. Es preciso darse cuenta del contexto de la época, en pleno conflicto sobre la Argelia francesa. Cuando fui a arreglar mis papeles para ir a Argelia me dijeron: “Ya tenemos bastantes revolucionarios en Argelia, no nos hace falta un republicano español”. Estas circunstancias me llevaron, para evitar trabas administrativas de la policía, a pedir la nacionalidad francesa.

Pasó 7 años en esta empresa. Un día su jefe le preguntó si quería volver a trabajar en París pero lo rechazó porque no quiso alejarse de su familia.

“Cuando murió mi hermano, mi hija de 12 años vino a reencontrarse conmigo en Francia. Yo no la había visto nunca. Temblaba como una hoja. Conservo de nuestro primer encuentro el recuerdo de una fuerte emoción. Decidí que se quedase conmigo para que aprendiese francés. Aprendió el oficio de peluquera. Después volvió a España para trabajar en Madrid pero se quedó poco tiempo. En la actualidad tiene 57 años y posee un salón de peluquería en París.

Volví una vez a España clandestinamente a Zaragoza para llevar unos papeles confidenciales de los que ignoraba todo para un farmacéutico. Después volví varias veces mas tras la muerte de Franco.

Acabé mi carrera profesional en Grenoble en una empresa de relojes. Me jubilé a los 58 años.

Aurelio Díaz ha sido presidente regional de la Federación Nacional de Deportados. Residentes Internados y Patriotas con Helene Blanc. Ella fue concejala durante tres mandatos.

A los 85 años Helene es ingresada en la casa de jubilados de Vizille por graves problemas de salud. Él la visita todas las tardes. Entre ellos hay una verdadera historia de amor. Actualmente el vive en su calle de Julienne Grimau, con la ayuda de una sistente social.

Hoy Aurelio Díaz, observador del transcurso de la historia y memoria viviente de la marcha del mundo, quiere transmitir un mensaje a las nuevas generaciones sobre la tierra en la que miles de hermanos de combate reposan para siempre. 

“Pienso que es más que necesario darse la mano, hay todavía demasiada pobreza y destrucción de este planeta. De forma distinta al pasado, alguno grandes poderes económicos representan una amenaza por su voluntad de dominar el mundo. La lucha de oprimidos contra opresores, contra el fascismo que se expresa de nuevo día a día, queda siempre de actualidad”.










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