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11. Las maestras de la República - 1ª parte.


 



La educación constituyó uno de los compromisos sociales de la II República cuyo fin era lograr la democracia, garantizar los derechos de todos los ciudadanos y ciudadanas y modernizar el país. Se trataba de configurar el estado docente, la defensa de una República capaz de educar a ciudadanos y ciudadanas comprometidas con la construcción de una nueva sociedad, que dejara atrás el obscurantismo y las desigualdades de otras épocas.

Una educación pública, obligatoria, gratuita, activa, laica, bilingüe y solidaria que intentaba terminar con siglos de discriminación por razón de sexo o de clase social.

Desgraciadamente, los planteamientos de la II República tuvieron una plasmación incompleta y efímera. La sublevación fascista cercenó las ilusiones de cambio social y la actividad reformadora en todos los terrenos, entre ellos, el de la educación.

Dentro de este proyecto de educación de la ciudadanía ocupaban un lugar privilegiado las maestras republicanas, que encarnaban el modelo de mujeres modernas e independientes. Ellas serían las responsables, en buena medida, de la construcción y difusión de la nueva identidad ciudadana, al educar a su alumnado en los valores de igualdad, libertad y solidaridad, tanto a través de la transmisión de contenidos en las aulas como, sobre todo, con sus vivencias personales.

Sin embargo, muy poco sabemos de estas mujeres comprometidas y valientes que trabajaron por llevar la educación a todos los rincones de España, por muy perdidos y aislados que estuvieran, o por muchas dificultades que encontraran ante una sociedad que, en demasiadas ocasiones, las observaba con recelo, ante su posición libre e independiente y unas prácticas educativas que introducían la coeducación en el aula, y el aprendizaje práctico y experimental, frente a los métodos memorísticos y mecánicos.

Sus nombres, vidas y obra, tienen que ser restituidos en la memoria, formando parte del legado de nuestra historia educativa.


El cambio de la situación de la mujer en la II República.

Para las mujeres españolas, la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 iba a significar un cambio profundo en todos los ámbitos: en la esfera pública y en la vida privada, en la política, la economía, la cultura y la educación.

Estos cambios fueron mucho más lejos de lo que muchos de los mismos hombres de la República habían planeado e incluso más lejos de lo que muchas de las mujeres de la República podían haber soñado. Las reformas de la II República que, directa o indirectamente impactaban en las mujeres, suponían una transformación cultural de la sociedad española tan profunda que puede ser calificada de trascendente.

Con la Constitución de 1931 las mujeres obtuvieron la ciudadanía civil y la ciudadanía política. La Constitución establecía la igualdad jurídica de hombres y mujeres (artículo 25) y los mismos derechos electorales para hombres y mujeres (artículo 36). Por primera vez en la historia de España, las mujeres pudieron gozar de los derechos que posibilitaban el ejercicio de una libertad personal básica, lo que, a su vez, las capacitaba para participar en el ámbito público, incluido el ejercicio de los derechos políticos y en concreto del derecho al voto. Más de cien años después de la Constitución de Cádiz de 1812, el ordenamiento jurídico español reconocía que las mujeres formaban parte de una “comunidad de iguales”, con plenos derechos y deberes de ciudadanía.

La II República terminaba así con la exclusión de las mujeres de la ciudadanía civil y política consagrada en las constituciones anteriores (de 1812 a 1876) y en la legislación, especialmente en los códigos civil, mercantil y penal. En estos códigos del siglo XIX, en vigor hasta las reformas republicanas y retomados posteriormente por el franquismo, se fundamentaba la falta de derechos y libertades individuales y la dependencia con respecto a padres y esposos (la “necesidad de protección”) de las mujeres, consideradas legalmente menores de edad.

Todas las mujeres se encontraban en una posición de desigualdad civil y política con respecto a los hombres, pero sobre todo las casadas, que eran representadas legalmente por sus maridos, no tenían la patria potestad sobre sus hijos, necesitaban autorización del marido para trabajar, para comprar y vender, para ir a juicio en defensa de sus intereses, entre otras disposiciones que contemplaban incluso que los padres y maridos pudieran “limpiar su honra con sangre” en caso de adulterio de la mujer.

El triunfo de la plena incorporación de las mujeres a la ciudadanía aceleró el proceso de transformación de la sociedad española y fue uno de los principales rasgos distintivos de la II República.

Las reformas que daban significado a la condición de ciudadanas de las mujeres impulsaron la igualdad efectiva de hombres y mujeres en el ámbito privado y en la familia, así como en la vida pública y profesional. La propia constitución estipulaba el acceso de todos los españoles, sin distinción de sexos, a los empleos y cargos públicos según su mérito y capacidad (artículo 40), en tanto los viejos códigos civil, mercantil y penal se vieron profundamente modificados por la nueva legislación sobre el matrimonio civil, el divorcio, la igualdad entre los hijos legítimos e ilegítimos, la protección de menores y la investigación de la paternidad.

El estímulo público a la educación y a la cultura y el ambiente de modernidad favorecieron la presencia de mujeres en una amplia gama de carreras y profesiones, incluso en algunas que antes eran totalmente masculinas, como la arquitectura.

Muchas mujeres formaron parte de asociaciones femeninas y/o feministas y se movilizaron políticamente, incluso accedieron al gobierno, como Federica Montseny ya durante la Guerra Civil, siendo la primera mujer ministra de Europa, con el objetivo de avanzar en la consecución de la igualdad real, no sólo la jurídica. Durante la guerra civil, en la zona republicana las mujeres participaron activamente en múltiples tareas, principalmente en la retaguardia, pero también como milicianas en el frente de batalla.


La República de los maestros y las maestras.

La definición que de la II República hizo Marcelino Domingo, su primer ministro de Instrucción Pública, como “la República de los maestros”, expresa con claridad la gran importancia que el nuevo régimen republicano instaurado en 1931 concedió a la educación en general, y a la educación primaria, en particular. Los maestros, –y también las maestras, habría que añadir-, iban a ser considerados los funcionarios más importantes del Estado. Sobre ellos recaía la tarea fundamental de formar y educar a la infancia, a los niños y niñas que eran los que habían de constituir, en el futuro, la ciudadanía nueva de España.

El 14 de abril de 1931, la República encontró una España tan analfabeta, desnutrida y llena de piojos como ansiosa por aprender. Y los más ilustres escritores, poetas, pedagogos, se pusieron manos a la obra. De pueblo en pueblo, con a cultura ambulante.

Remediar esta situación se convierte en denonado propósito de los gobernantes republicanos: Marcelino Domingo, radical socialista y antiguo maestro en el período constituyente, Fernando de los Ríos en el gobierno Azaña, con Rodolfo Llopis, socialista y maestro, como director general. Azaña, exaltando el empeño emprendido, afirmaba que “la escuela pública debía ser el escudo de la República”

El proyecto educativo de la II República conjugaba la renovación pedagógica procedente tanto del ideario liberal de la Institución Libre de Enseñanza como del programa educativo que propugnaba la escuela única del partido socialista, y configuró un modelo de educación caracterizado por ser público, laico, obligatorio y gratuito en la enseñanza primaria, en el que se facilitaba el acceso a las personas económicamente necesitadas a la enseñanza secundaria y a la universitaria, y en el que se instituía la coeducación en los tres grados de la enseñanza. La coeducación y el carácter activo y creador eran concebidos como principios pedagógicos fundamentales.

La coeducación, y, en general, el proyecto educativo de la II República, tuvo un impacto diferenciado y específico en las niñas y en las jóvenes debido a que pudieron acceder a la instrucción pública en las mismas condiciones que los niños, lo que potenció la igualdad en materia educativa y, con ello, abrió expectativas hasta entonces desconocidas de acceso de las mujeres a la instrucción, a la vida pública y al mundo profesional.

A la espera de que se aprobara la Constitución, en diciembre, el Gobierno tomó, mediante decretos urgentes, las primeras medidas: se reconoció el Estado plural y las diferencias lingüísticas (se respeta la lengua materna del alumnado) y al frente del Consejo de Instrucción Pública que haría caminar las reformas se nombró a Unamuno.

Los alumnos y las alumnas salían al campo para estudiar ciencias naturales, se trataron de sustituir los monótonos coros infantiles recitando lecciones de memoria por el debate participativo y pedagógico; en muchos casos los niños y las niñas se mezclaron en las mismas aulas, donde se educaban en igualdad, y se favoreció un tránsito sin sobresaltos desde el parvulario a la universidad.

Fue una escuela en la que se educó a los niños atendiendo a su capacidad, su actitud y su vocación, no a su situación económica. La educación pública recibió financiación para ello, y eso era algo que la escuela privada miró con recelo.

Todo tenía el aroma pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza, que fue el soporte intelectual en el que se apoyó la República. Aunque diseñó una escuela más laica.

Se proyectó la creación paulatina de 27.000 escuelas, pero mientras, los ayuntamientos adecentaron salas donde educar a los niños. Y a los mayores. Hubo incluso alguna escuelita en las salas de autopsia de los cementerios. Donde se podía. Entonces las maestras desempeñaron un papel primordial: enseñaban en sus casas con la subvención del Ayuntamiento.

Las Misiones Pedagógicas desempeñaron un importante papel de fomento de la cultura en los pueblos y aldeas de España. El objetivo de las Misiones Pedagógicas era llevar a todas las zonas rurales y aldeas aquello que se desarrollaba en las ciudades, para que disfrutaran de ello como españoles y españolas que formaban también parte de la sociedad, mediante bibliotecas populares, organización de lecturas, sesiones cinematográficas para conocer otros pueblos, sesiones musicales de coros y orquestas, audiciones por radio, exposiciones de arte con museos circulantes.



Fuente:  Esta  Unidad didáctica se ha realizado de manera conjunta maestras de FECCOO, FETE-UGT y STESi, con la Colaboración del Instituto de la mujer.

SINDICADAS:http://www.sindicadas.es/pdfs/UnidadMaestrasB.pdf




4 comentarios:

  1. Buenisimo post que con tu permiso lo enlazo con el mio para "hacer" memoria histórica.
    Saludos.

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  2. Tienes mi permiso Ysupais.
    Hoy he publicado la segunda parte de las Maestras de la República.
    Queda una tercera, donde hablaremos de ellas con nombres y apellidos.
    Un saludo.

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  3. Me lo llevo al gallo multicolor, a facebook y lo twiteo. Me parece muy importante en este momento. Un abrazo. Es la segunda vez que te robo algo. Si publicas algo de o sobre Neruda avísame.
    Un abrazo republicano.

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  4. Mateo, que todos los robos sean como éste. Tenemos la obligación de difundir esto, y como tu dices, más en momentos como el que vivimos en relación con la Enseñanza.

    Abrazo republicano.

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