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226. Carta de Miguel Hernández a Juan R. Jiménez




Orihuela, noviembre 1931


Venerado Poeta:

Sólo conozco a usted por su "Segunda Antología" que-créalo-ya he leído cincuenta veces aprendiéndome algunas de sus composiciones. ¿Sabe usted dónde he leído tantas veces su libro?. Dónde son mejores: en la soledad, a plena naturaleza, y en silenciosa, misteriosa, llorosa hora del crepúsculo, yendo por antiguos senderos empolvados y desiertos entre sollozos de esquilas.

No le extrañe lo que le digo, admirado maestro es que soy pastor, No mucho poético, como lo que usted canta, pero sí un poquito poeta. Soy pastor de cabras desde mi niñez. Y estoy contento con serlo, porque habiendo nacido en casa pobre, pudo mi padre darme otro oficio y me dió este que fue de dioses paganos y héroes bíblicos.

Como le he dicho, creo ser un poco poeta. En los prados por que yerro con el cabrío ostenta natura su mayor grado de belleza y pompa; muchas flores, muchos ruiseñores y verdores, mucho cielo y mucho azul, algunas majestuosas montañas tras las cuales rueda la gran era del Mediterráneo.

Por fuerza he tenido que cantar. Inculto, tosco, sé que escribiendo poesia profano al divino arte...No tengo culpa de llevar en mi alma una chispa de la hoguera que arde en la suya...

Usted, tan refinado, tan exquisito, cuando lea esto ¿qué pensará? Mire: odio la pobreza en la que he nacido, yo no sé por muchas cosas...Particularmente por ser causa del estado inculto en que me hallo, que no deja expresarme bien ni claro, ni decir las muchas cosas que pienso. Si son molestas mis confesiones, perdóneme, y ...ya no sé como empezar de nuevo. Le decía antes que escribo poesías... Tengo un millar de versos compuestos, sin publicar. Algunos diarios de la provincia comenzaron a sacar en sus páginas mis primeros poemas, con elogios... Dejé de publicar en ellos. En provincia leen poco los versos y los que lo leen no los entienden. Y heme aquí con un millar de versos que no sé qué hacer con ellos. A veces me he dicho que quemarlos tal vez fuera lo mejor. Soñador, como tantos, quiero ir a Madrid. Abandonaré las cabras-¡ oh, esa esquila en la tarde!- y con el escaso cobre que puedan darme tomaré el tren de aquí a una quincena de días para la corte.

¿Podría usted, dulcísimo Juan Ramón, recibirme en su casa y leer lo que le lleve? ¿Podrá enviarme unas letras diciéndome lo que crea mejor?

Hágalo por este pastor un poquito poeta, que se lo agradecerá eternamente.


Miguel Hernández



2 comentarios:

  1. Hace un par de años leí la biografía de Miguel Hernández. Luchó mucho por lo que quería, lo cual no me parece un delito. Es obvio que nadie llega a nada sin llamar a las puertas necesarias: también el poeta lo hizo. Y no debemos criminalizarlo por ello: se sabía poeta y quería que su obra fuera conocida. Y él era humilde, no como otros: así que tuvo que moverse más. Quien censure eso es sencillamente un hipócrita.

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  2. Fue ayer precisamente cuando tuve la oportunidad de leer esta preciosa carta en la misma casa natal de Juan Ramón Jiménez y no dejo de pensar en ella.
    Creo que hace justicia a dos grandes poetas, tanto al que la escribe como al que la recibe.
    Un gran homenaje a dos inmortales.

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