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77 aniversario del bombardeo de San Felipe Neri





"Avui han mort uns infants,
amb la cara trossejada.
Tenien sota la sang
la boca oberta en rialla.
Avui han mort uns infants,
digue-ho de banda a banda" 
Conrad Lladó





María Torres / 30 enero 2013 (Actualizado 30 Enero 2015)

Franco y su séquito nacional-católico pusieron todo su empeño en que entendiéramos que el dios que le otorgó la gracia de nombrarle caudillo de España era el único que decídía sobre la vida y la muerte. Desconozco a partir de qué fecha se implantó esta doctrina que no fue aplicada durante la Guerra, ni durante los cuarenta años de su dictadura.

El 30 de enero de 1938 el dueño de la vida y la muerte era la aviación fascista, que como tantas veces no dudó en masacrar a la población civil cumpliendo el “convenio” establecido por el Duce y el pequeño dictador y violando la Convención de la Haya de 1899 y ampliada en 1927, vigente en España en los años 1938 y 1939,  que prohibía "el bombardeo aéreo con motivo de aterrorizar la población civil, así como también la destrucción de sus propiedades y la agresión a los no combatientes".

La población de Barcelona fue junto con la de Gernika y Madrid, una de las más castigadas por la aviación franquista y sus aliados. Barcelona fue la primera ciudad occidental bombardeada sistemáticamente durante casi dos años a pesar de encontrarse en posición de retaguardia y se convirtió en escenario de pruebas del bombardeo por saturación, que no tenía otro objetivo que causar el mayor número de víctimas posible.


El espeluznante procedimiento era muy simple: Lanzamiento de bombas, pausa para facilitar que las personas salieran de sus refugios a socorrer a los heridos y cuando esto se producía, se lanzaban más bombas.


"En caso de que los objetivos especificados estén situados de manera que se imposible diferenciar la población civil de la instalación militar, el avión se abstendrá de bombardear". Leyes internacionales para tiempos de Guerra (Artículo 24, La Haya, 1927).

El 30 de enero de 1938 era domingo. Los bombarderos de la Aviazione Legionaria delle Baleari partieron del aeródromo de Mallorca, a sólo media hora de vuelo de Barcelona. Alrededor de las nueve de la mañana sonaron las sirenas que avisaron a la población de un inminente bombardeo. Pasaban once minutos de las nueve cuando una bomba de 250 kilos rompió el silencio de la mañana en la Plaza de San Felipe Neri. Un grupo de civiles corrieron a refugiarse al sótano de la iglesia del mismo nombre. La primera bomba entró por un ventanal, explotó en la sacristía destruyendo la totalidad del techo del sótano que hacía de refugio. Murieron treinta niños huérfanos en ese lugar. Todos alumnos de la escuela de san Felipe Neri.

Cuando se intentaba rescatar a los muertos y auxiliar a los heridos estalló una segunda bomba en medio de la plaza. Eran las 11:11 horas, dos horas exactas después del primer artefacto. La aviación italiana a las órdenes del conde Rossi se despachó a placer. El saldo final de muertos fue de 42, la mayoría niños.


Fue una masacre fotografiada, ya que la aviación fascista se encargaba de tomar imágenes de los espacios antes, durante y después de los bombardeos. Fue un crimen de lesa humanidad y no olvidemos que los crímenes deben ser castigados por la Ley, por cualquier Ley, en todo tiempo y lugar, porque la historia y la verdad no prescriben.


Al finalizar la contienda, el dictador intentó borrar el rastro de los bombardeos tergiversando la historia. La versión franquista del bombardeo de San Felipe Neri señalaba que no se trataba de agujeros ocasionados por la metralla, sino por impactos de bala de fusilamientos llevados a cabo por republicanos.


Lo cierto es que las huellas de esa matanza aún permanecen en los muros de la iglesia setenta y siete años después. Las heridas de la piedra, memoria de la barbarie humana, no han cicatrizado y no cicatrizarán nunca.


Sobre uno de los muros, una pequeña placa colocada 69 años después de la tragedia insinúa un tibio recuerdo a las víctimas que hace pensar que si nos empeñamos en olvidar el pasado, estamos hipotecando nuestro futuro.







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