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664. Proeza

Fotografía de Fernando Del Río Ruiz



El niño de la imagen es Ciriaco Melanda Garrás. La metralla de una bomba que impactó en la calle Orioles del madrileño pueblo de Vallecas el 20 de enero de 1937,  le amputó uno de sus piés y le causó graves daños en la espalda.

Su historia y la de su familia fue contada por Arturo Barea en el cuento "Proeza", incluido en el Libro "Valor y miedo" (cuentos de la Guerra Civil), editado en 1938.



"El 20 de enero de 1937, aproximadamente a las once de la mañana, volaba sobre Vallecas una escuadrilla de trimotores fascistas. Bombardearon el pueblo al pasar.

Ya fuera del núcleo de la población, sobre as casitas sueltas, diseminadas por los campos baldíos, un junker se destacó de los otros y descendió rápidamente sobre una explanada soleada.

Las mujeres toman el sol sentadas en sillas bajas de paja, formando un semicírculo irregular. Cosen y charlan, y de vez en cuando, una de ellas se levanta, penetra en una de las casitas cercanas y da una ojeada a la comida. Alrededor de ellas un enjambre de chiquillos que juegan sobre la tierra dura.

No hay hombres. Unos se fueron al frente, otros al trabajo en Madrid. Ahorrando duro, todos ellos, habían llegado a ser dueños de las casitas humildes que rodean la explanada. Algunas fueron construidas por la propia mano del hombre en los domingos y las horas libres. Se destacan de las demás por las líneas algo abombadas de los muros y este defecto se convierte en orgullo para sus dueños. Casi todos emigraron de las tierras áridas de la Mancha y habían venido, años hacía, a conquistar Madrid. De esta corriente emigratoria nació Vallecas. No se puede saltar de un pueblo de barro, perdido en la meseta, a la capital. Los emigrantes se paraban en las puertas de Madrid y allí acampaban, tomaban fuerzas y planeaban el asalto. Así, Vallecas, en principio, fue un grupo de ventas de arrieros. Después, un grupo de barracas de latas y maderas viejas. Más tarde, a la vez que Madrid se extendía y se aproximaba al arroyo Abroñigal, sucia frontera sobre la que había un puente mísero, Vallecas creció, edificó calles sólidas, cegó el arroyo y se convirtió en uno de los barrios obreros más populosos de Madrid. Aquellas casitas de las afueras eran patente de independencia. Sus dueños eran modestos comerciantes y obreros especializados.

Las explosiones recientes y el rápido descenso del avión sobre la explanada proyectaron a las mujeres y los chicos en todas direcciones. Algunos se tiraban al suelo. Otros buscaron el cobijo de sus casitas. De una de aquellas salió una mujer con un niño de pecho en brazos, llamando a sus hijos. Los cinco hijos venían ya corriendo hacia la casita, cogidos a su hermana mayor.

En aquel momento el avión vació su carga sobre la explanada y las casitas.

Tomó nuevamente altura y desapareció del horizonte.


María Melanda Garras en el hospital
Fotografía de Fernando del Río Ruiz


Quedaron en la explanada veintitrés cadáveres y tres heridos. La mujer cayó muerta en la puerta de su casa. Los trozos de la carne del niño mezclados con los trozos de la carne de la madre. La hija mayor -dieciséis años- cayó muerta sobre el cadáver de su hermana de doce. Uno de los niños, de seis años, quedó tendido en el suelo, vivo, falto de un pie y la espalda abierta, Otro de diez años, ileso, pero echando sangre por sus orejas, reventados sus oídos por las explosiones, salió corriendo, llevando a través del campo el cuerpo de su hermanita menor de cuatro años. Lo llevó él mismo hasta la casa de socorro: había recibido el polvo de la metralla y tenía más de cien heridas diminutas en su cuerpecito.

La niña estaba en la sala cuatro del Hospital Infantil del Niño Jesús. El niño cojo estaba en la cama cuatro de la sala treinta y uno del Hospital Provincial de Madrid.

El padre, como todas las mañanas, se había ido con un carro tirado por un borriquillo al mercado central de Madrid. Allí, compraba cajas de pescado que después revendía en Vallecas. Así, mantenía a sus seis hijos y levantó la casita, ladrillo a ladrillo.

Él mismo me ha contado la historia, sentado a la cabecera de la cama del niño que me miraba con los ojos oscuros muy abiertos.

El padre se llama: Raimundo Melanda Ruiz.

La madre se llamaba: Librada Garrás del Pozo.

Las ruinas de la casita herida por siete bombas conserva aún el número veintiuno de la calle de Carlos Orioles en Vallecas.

El avión era un trimotor junker alemán

Los asesinos no tienen nombre."


Arturo Barea.
Valor y Miedo, 1938. Capítulo V - Proeza


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea en 1938. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.


Capítulo III. Coñac
Capítulo VI. Carabanchel 
Capítulo VII. Las botas
Capítulo X. El sargento Ángel
Capítulo XI. Las manos
Capítulo XII. La mosca
Capítulo XIV. Los chichones
Capítulo XV. Refugio
Capítulo XVII. Piso trece
Capítulo XVIII. Argüelles
Capítulo XIX. Esperanza 



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