Lo Último

13 Rosas Rojas.





Que sus nombres no se borren en la historia



Julio Gálvez Barraza*

El 4 de agosto de 1939, mientras el "Winnipeg" zarpaba de Trompeloup con más de dos mil refugiados españoles con destino a Valparaíso, la prensa derechista chilena atacaba duramente el asilo otorgado a los republicanos. Si los refugiados no hubieran cometido crímenes ni delitos no huirían hoy de la justicia de Franco, ni hubieran tenido que salir de España. Esta aseveración se caía al momento; en la España de la posguerra, en la España de Franco, los fusilamientos a los vencidos era el pan de cada día.

Al día siguiente, la mañana del 5 de agosto, en el paredón del madrileño cementerio del Este, luego de una atronadora descarga que resonó en los oídos de las presas de la cárcel de Ventas, situada a 500 metros del cementerio, se escucharon trece disparos. Eran los trece tiros de gracia que remataban, una a una, a trece muchachas inocentes. Sus compañeras reclusas supieron que ya habían sido fusiladas. Que a partir de ese momento, las jóvenes pasarían a formar parte de la memoria colectiva de la lucha contra el franquismo como Las Trece Rosas. Su delito: ser rojas. Fue uno de los episodios más viles de la represión franquista.

Entre los años 1939 y 1945, más de 2.500 personas fueron ejecutadas en las tapias del cementerio. Más que la cantidad de muertes solamente el 14 de junio de 1939 habían sido ochenta los fusilados- quizá lo que más impresiona de los muertos el 5 de agosto, fuera la juventud de la mayoría de ellos. Esa madrugada, sólo en el paredón del cementerio del Este, fusilaron a 56 personas. Antes que las muchachas, habían dejado su vida 43 hombres por el mismo "delito". Todos habían sido juzgados por los tribunales de Franco: Reunido el Consejo de Guerra Permanente Nº9 para ver y fallar la causa Nº30.426 que por procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra las procesadas responsables de un delito de adhesión a la rebelión. Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de las acusadas a la pena de muerte, dice la sentencia dictada sólo el día anterior a las ejecuciones. A una de ellas la acusaban, además, del grave delito de haber sido cobradora de tranvías durante la dominación marxista.

El 28 de marzo de 1939, cuando las tropas nacionales entraron en Madrid, la práctica totalidad de dirigentes comunistas se encontraban en el exilio. Ante esta situación, un grupo de muchachos, que se habían batido contra el enemigo en diferentes frentes, comenzó a hacerse cargo de la reorganización clandestina del Partido Comunista de España y de la Juventud Socialista Unificada (Organización que nació de la fusión de la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas). El objetivo era ayudar a los compañeros presos y a sus familias, esconder a los perseguidos e intentar recomponer los restos de la derrota. Relata una de las protagonistas que: "lo principal en aquellos momentos era esconderse, y después ver si la gente a la que conocías y lograbas localizar estaba dispuesta a seguir en la lucha. De vez en cuando paseaba por la calle por ver si me encontraba con alguien. Se trataba de ir captando a jóvenes y de reorganizar la JSU, ni más ni menos.

A los cuatro meses de terminada la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco. Era una ciudad inhóspita y peligrosa para los enemigos del régimen, en la que las delaciones estaban a la orden del día. Denunciar era una obligación patriótica, una forma de extirpar el cáncer del comunismo y, sobre todo, la manera más clara y directa de demostrar la adhesión al nuevo Estado. La capital era barrida calle por calle en busca de enemigos de la patria con un odio sin precedentes.

Durante los meses de abril y mayo, cuando aún no habían tenido tiempo para integrarse en la organización, o apenas acababan de hacerlo, la mayor parte de los jóvenes ya habían sido detenidos. Las nuevas autoridades lo tuvieron muy fácil para identificarlos y capturarlos, para ello solo habían tenido que consultar los ficheros de militantes que no llegaron a ser destruidos por el efímero gobierno del coronel Casado. Entre ellas: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Adelina García, Elena Gil, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero, Victoria Muñoz y Luisa Rodríguez de la Fuente, que así se llamaban Las Trece Rosas. No habían cometido más delito que defender la legalidad republicana contra el golpe de estado y todas, salvo Blanca, la mayor de ellas con 29 años y la única casada y con un hijo de 11, militaban en la JSU, en el PCE, o en ambas organizaciones a la vez. Varias de ellas eran menores de edad. No eran protagonistas de la historia, ni lo pretendían, aunque los acontecimientos les reservase ese papel.

Su destino fue la prisión de Ventas, inaugurada en 1933 como un centro pionero para la reinserción de reclusas, que los vencedores transformaron en un enorme almacén humano en el que se hacinaban 4.000 mujeres cuando su capacidad máxima era de 450. De los acusados en el consejo de guerra celebrado durante los días 1º y 2 de agosto, solamente una de ellas, de 19 años, se libró de la ejecución para ser condenada a doce años de cárcel. Quizá para justificar la severidad de las penas impuestas, el caso se asoció con el complot contra Franco, descubierto el mismo día 1? de abril, en el desfile de la Victoria, por la explosión de una bomba en la tribuna presidencial. En realidad no hubo ni bomba ni plan, la precaria red de militantes era tan débil que ni siquiera consiguieron atracar una tienda de comestibles. También se les vinculó con el atentado contra el comandante de la guardia civil Isaac Gabaldón, ocurrido el 27 de julio. Como encargado del Archivo de Masonería y Comunismo, Gabaldón disponía de miles de documentos incautados a los partidos y organizaciones republicanas, que servían de base para la tramitación de denuncias. Sin embargo, la mayor parte de las personas juzgadas el 1º y 2 de agosto, habían sido detenidos meses antes del atentado contra Gabaldón. Ante tamaños despropósitos, la acusación definitiva fue la de "reorganización de elementos de la JSU y del PCE para cometer actos delictivos contra el orden social y jurídico de la nueva España".

La madrugada del 5 de agosto fueron llamadas a cumplir la sentencia. Una testigo relata que estaban diseminadas por toda la prisión. Una de ellas, con sus dos hermanas, también encarceladas; tres en el departamento de menores, otras en pasillos, sótanos y galerías. Después de conversar hasta muy tarde con Ana López, una de las sentenciadas, pensando que esa noche ya no ingresarían en el antiguo salón de actos convertido en capilla, evoca: Con nuestra charla ya habían dado las doce y nos pusimos a dormir, cuando sentimos que llaman a nuestro departamento. Nuestra mandanta, que se llamaba Pilar y era una buena persona, bajó a abrir la puerta y se presentó con la funcionaria teresiana que sacó a estas chicas con una lista en la mano. Recuerdo que a esta mandanta, a Pilar, la oí decir: Por Dios, señorita María Teresa, esto es horroroso, esto es un crimen. Entonces Anita se dio cuenta rápidamente de que venían a por ellas, se puso en pie y dijo: No, no llame a las otras, ya las llamo yo. Ella misma las despertó. De estas dos compañeras, a una de ellas hacía muy pocos días que le habían fusilado a un hermano. Recuerdo que lo único que dijo fue: ¡Pobrecilla, mi madre!

En la capilla, si se confesaban y comulgaban, se les permitía despedirse de la familia mediante una carta. Otra testigo relata que: Todas las condenadas escribían cartas a la familia. Daba la impresión de que entrabas en una clase de niñas. Julia Conesa, a quien semanas antes le habían fusilado a su padre y a un hermano, escribió a su familia: Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermano y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar. La misiva concluía con un ruego: Que mi nombre no se borre en la historia.

De madrugada, salió de la prisión de Porlier el camión para transportarlas. Los verdugos llevaban la orden de fusilamiento. En Porlier, por esos días, estaba preso nuestro Juvencio Valle, acusado de antifascismo y de mantener relaciones con escritores republicanos. Había sido detenido por un policía de civil a comienzos del mes de julio. En la Comisaría lo interrogaron, y para su desgracia, llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con gestiones que debía realizar para lograr la libertad del poeta Miguel Hernández. De ahí pasó a la Dirección de Seguridad y luego a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.

En la madrugada llegó la hora de sacar a las muchachas al paredón. Una presa se hallaba en aquel momento asomada a la ventana de su celda y las vio salir: Pasaban repartidores de leche con sus carros. La Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos; tres guardias civiles escoltaban a cada pareja. Las presas fueron subidas en grandes camiones. Desde donde yo estaba, en el cuarto piso, no se las podía ver con claridad. Pero parecían tranquilas. Llevaban la cabeza muy levantada.

Virtudes García tenía a su novio encausado en el mismo proceso. Una de sus compañeras dice que mantuvieron contacto por escrito mientras estuvieron encarcelados sobre todo por intercambio de mensajes en donde se celebraban los consejos de guerra y que ella confiaba en poder verlo antes del fusilamiento. No pudo ser. Cuando llegaron al paredón, los 43 jóvenes habían sido ya fusilados.

Los familiares de las chicas nunca fueron informados de la fecha de la ejecución. María, hermana de Dionisia Manzanero, relata que llegó a la cárcel la mañana del día 5, para recoger firmas solicitando el aplazamiento de la sentencia. Ahí supo que su hermana ya había sido fusilada. De la cárcel fueron inmediatamente al cementerio: No había nadie por allí. Los guardias no estaban y entramos al depósito, sin que nadie nos viera. Entonces, ¡Dios mío!, las vimos metidas en las cajas de madera. No me fijé en cuántas eran, sólo buscaba a mi Dioni. Tampoco sé el tiempo que estuvimos allí. Sólo sé que llegó un cura y al vernos llorando y dando gritos, nos obligó a salir.

La ejecución de Las Trece Rosas se convirtió en una suerte de leyenda, en un relato que fue corriendo de boca en boca hasta el punto de que cada presa recién ingresada en la cárcel de Ventas lo hizo suyo y se dedicó a transmitirlo a su vez. La dictadura franquista no consiguió borrar sus nombres de la historia. En España se han escrito decenas de artículos, se han estrenado obras de teatro y una película con su estremecedora historia.

La vida siguió sembrando vida. Al día siguiente de las ejecuciones, 6 de agosto de 1939, a bordo del "Winnipeg" nacía Agnes América. Veinte días después, ya en aguas del Pacífico, frente a las costas de Ecuador, nació Andrés Martí. Fueron las primeras criaturas nacidas en el exilio republicano español.



* Julio Gávez Barraza es autor de los libros "Neruda y España" y "Winnipeg. Testimonios de un exilio"



No hay comentarios:

Publicar un comentario