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796. "Las sacas"



 





"Me llamaron al vestíbulo donde recibí un colchón, una manta y cigarrillos. El resto de la tarde la pasé con Policarpo, al que todos llamábamos Poli. [...]. Al anochecer un suboficial gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

- ¡Rancho, a formar!


Entró un pelotón del cercano cuartel de artillería con inmensos calderos. Cuando destaparon las coberturas vimos una masa fría y nauseabunda de garbanzos con patatas. Una expresión triste de las caras acompañó el comentario en las colas: "Otra vez frío". Posteriormente comprendería yo el significado profundo de aquellas palabras. EL rancho, aunque de pésima calidad, podía comerse cuando estaba caliente; frío, ni los presos más hambrientos se llevaban a la boca media docena de cucharadas.


Llegó la hora de acostarse. A la voz de mando cogimos nuestras colchonetas para extenderlas sobre el suelo en los sitios indicados. Entre cada dos filas de lechos dejábamos un angosto pasillo de acuerdo con las instrucciones recibidas de los cabos de varas. Las potentes bombillas del techo, que antes iluminaban los partidos de pelota, quedaban encendidas toda la noche. El fuerte reflejo hería los ojos con tal intensidad, que aún cerrándolos era difícil evitar la molesta impresión en la retina. Pero otras razones impedían el sueño.


Hacia las diez de un silencio profundo cubrió la cancha donde yacían unos novecientos hombres. Era la calma precursora de la hora de la "Saca". Pasarían unos treinta minutos cuando oímos el ruido de un motor acompañado del chirrido de frenos al parar frente a la puerta exterior. Un pelotón de "camisas azules" entró en la cancha por la puerta del fondo, formando en doble fila. El suboficial que dirigía la prisión voceó lentamente de una lista nombre tras nombre, hasta hacer un total dieciocho libertades provisionales firmadas por Bellod, el gobernador civil. La firma de la autoridad parecía dar garantías de no tratarse de un asesinato colectivo, aunque el método era una mejora técnica de la "Ley de Fugas". [...].


Pero entonces no sabíamos la suerte fatal de los nombrados en la lista de saca, con la certeza que tendríamos poco después. Muchos, con la esperanza de poder defenderse en el supuesto juicio nocturno, salían confiados y la escena de la partida era corta. El ruido del camión al alejarse daba una tranquilidad relativa. Por los negros agujeros de las claraboyas del techo entraba la tristeza de la noche, cientos de ojos se clavaron en esos rectángulos, que al perder su negrura traían el sueño para la mayoría de los presos. A cualquier hora de la noche podría reaparecer el camión de la muerte, "el veintiocho", como era llamado allí, pero al amanecer, el crimen huía de la luz.


Pasada la tensión del momento me pareció estar en alguna tenebrosa caverna de la cual habían salido dieciocho figuras pálidas, algunas tan flacas que parecían espectros. Poco después tuve que ir a las letrinas. El espectáculo que contemplé hubiera despertado náuseas en cualquier estómago por fuerte y sentado que fuera. Dos pequeños lavabos y dos retretes formaban la instalación sanitaria en la planta baja. [...]. A las seis de la mañana un penetrante toque de trompeta nos puso en pie. Inmediatamente después de recoger las colchonetas y arrimarlas contra las paredes, comenzaron las faenas de limpieza. La capa de pelusas medio podridas, revuelta con papeles, escupitajos, colillas, tenía en algunos sitios varios centímetros de espesor. Un baldeo seguido con lenta sedimentación de polvo dejó el local preparado para otra jornada, la primera completa para mi."


Extracto de "Las Sacas"
Patricio P. Escobal.


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