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872. Medio millón de españoles se refugian en Francia





Una larguísima fila de soldados harapientos, de mujeres desoladas, de ancianos taciturnos, de niños abatidos por la fatiga, avanzan siguiendo la cinta de la carretera hacia la frontera francesa. Caminan lentamente. Llevan consigo en modestas maletas y en sacos o fardos lo que han podido salvar precipitadamente de sus hogares abandonados. La mayoría van envueltos en mantas para protegerse del frío. Numerosas mujeres llevan en brazos a sus hijos o arrastran detrás de ellas niños extenuados.

Entre La Junquera y Le Perthus los millares de coches, camiones, carretas, tartanas, bicicletas, ambulancias, caballos, que se abren paso dificultosamente entre la muchedumbre extenuada, provocan un descomunal embotellamiento.

El mismo espectáculo desolador puede verse en todas las carreteras que se adentran en los Pirineos.

La fila de fugitivos cubre kilómetros y kilómetros. La tétrica imagen que componen refleja la mayor hecatombe de la historia española contemporánea. Son los republicanos derrotados en la guerra civil que huyen a Francia tras la caída de Catalunya en el invierno de 1939.

La marea humana que se dirige a la frontera francesa tiene dimensiones de éxodo bíblico. Reina un grave silencio, roto únicamente por el ruido de los aviones «nacionales», (alemanes, italianos), que se acercan, y por la alborotada búsqueda de un refugio protector. Los aviones bombardean y ametrallan a la muchedumbre de refugiados hasta la misma frontera, bajando a veces a poca altura para ajustar mejor el tiro.

La toma de Barcelona por las tropas de Franco ha provocado pánico en las poblaciones que huyen en desbandada. Las atrocidades cometidas por los vencedores circulan de grupo en grupo. Llegan noticias del «matadero del Llobregat» donde la División mandada por el general Yagüe ha ametrallado a 500 civiles.


Con Antonio Machado y su madre en Banyuls.

Entre los fugitivos va un muchacho de 19 años, de Santander, oficial del Ejército derrotado. Se llama Eulalio Ferrer. Casi 50 años después, en 1988, se decidió a publicar el diario que escribió al filo de aquellos días. Este es su testimonio:

Nuestra retirada, desde Figueras, nos había conducido a Port-Bou el 5 de febrero de 1939. La evacuación a Francia ya estaba iniciada. Se asaltaban los camiones y los depósitos de víveres. Millares y millares de gentes en fuga. La ira y el pavor se confundían en los rostros. Jefes y soldados, mujeres y niños. Caravanas interminables de coches. Armas por doquier, cañones, ametralladoras, fusiles, tanques dinamitados. El túnel fronterizo fue el refugio general. Alcanzamos un vagón para dormir y esperar nuestro turno de salida.

Me he hermanado con Luis Cillán, compañero de guardia en el castillo de Figueras. También es capitán y socialista. Madrileño de pura cepa. Es seis años mayor que yo y yo le veo con cierto respeto. Atesora una experiencia que a mí me falta. Me atrae su vida aventurera y su confianza en el futuro, liberados por completo de la guerra. He conseguido provisiones para el viaje: galletas y carne enlatada. Andamos lenta e incansablemente. A primeras horas del 7 de febrero pisamos tierra francesa. Entregamos nuestras pistolas que hacen pirámide con otras. Tropas francesas distribuidas a todo lo largo de la cordillera divisoria. Junto a la bandera gala, la republicana. Muchos se cuadran ante ellas. Otros, lloramos por dentro en el choque silencioso de las miradas. Una idea nos obsesiona y puede más que las demás: ¡la guerra ha terminado! Pero sus canciones nos siguen cargadas de ecos melancólicos. Suenan a despedida. Pasamos Cerbère y acampamos en Banyuls. En la placita del pueblo, sentados en un banco, Luis descubre a Antonio Machado y a su madre. Nos miran con gratitud cuando les hablamos. Nos han prometido que vendrán a recogernos, dice don Antonio. Pero nadie sabe nada de nada. Observa mi capote militar y se lo entrego impulsivamente, como si así quisiera rendir homenaje a este gran poeta que tanto admiro. Lo junta a la manta que cubre los dos cuerpos, necesitados de más abrigo. Alguna palabra musitan, pero solo percibimos la luz que pasa de unos ojos a otros, patéticamente tristes, buscando la tranquilidad de la despedida. Andando sobre la carretera llegamos a Port-Vendres. El éxodo congestiona el lugar.

Me impresiona el cuadro de unos mutilados de guerra que piden angustiosamente espacio en un camión. Se acerca uno de los carabineros españoles mezclados con pilotos de aviación y los recogen. En otro nos hacen sitio a nosotros y seguimos adelante. ¿Adónde? A este campo de Argelès-sur-Mer. Luis Cillán se niega a entrar y huye. Yo no puedo seguirle porque me atrapan los gendarmes franceses y quedo dentro de un círculo de cientos más. Se nos conduce al otro lado de las alambradas. Allí nos esperan soldados senegaleses con bayoneta calada y gesto feroz, gritándonos: allez... allez... allez! Con nuestros macutos al hombro, nos formamos en grupos de ocho a diez. Trato de escaparme, pero fracaso una y otra vez. Hay alambradas por doquier. Nos llaman con silbatos y se forman filas para recibir pan. Largas filas que se dispersan y amontonan, según se reparten porciones de pan que no llegan a todos.

Al cambiar de fila me encuentro con el paisano Alfonso Orallo y le pregunto por mi padre. Me lleva a otro grupo cercano y allí lo abrazo. Está desde el día anterior en el campo y le siento muy decaído, sin saber nada de mi madre y hermanas. Le beso con cariño estrechándolo fuertemente. Para un hombre de su sensibilidad, forjado en el idealismo, el espectáculo que nos rodea tiene que sobrecogerle. Los pedazos de pan se lanzan desde los camiones de reparto y se disputan por la ley de la fuerza y de la habilidad, que no reconoce escrúpulos morales. Animo a mi padre y le prometo no separarme de él, lo que le tranquiliza. Estar juntos, compartiendo y desafiando los momentos más sombríos de nuestra vida, ha sido no sólo un bien para los dos, sino una satisfacción para mí en el cumplimiento de las obligaciones filiales.

También va entre los huidos un joven catalán, Esteban Pamies Raventós, que ha dejado también escrito su testimonio de aquellas jornadas:

Al llegar a la provincia de Gerona, los aviones enemigos se acostumbraron a barrer o ametrallar los convoys que desfilaban por las carreteras. Esteve recuerda la ciudad de Figueras como la última etapa de su peregrinación sobre asfalto. Allí perdió su maleta entre carretas, autocares y bicicletas, y muertos que yacían a su alrededor.

Al renacer la calma se escuchaban gritos de dolor y de espanto que surgían del fondo de unas cunetas repletas de heridos y mutilados indefensos. En los momentos cruciales de una retirada global y desorganizada, no hay médicos ni ambulancias que se presten para auxiliar a los desvalidos.

El temor a caer prisionero, el miedo de ser rechazado en la frontera, el egoísmo que se respira entre miles de fugitivos que parecen competir a quien llega primero, todo influye en la ansiedad del que escapa sin mirar para atrás. (...)

Entre resbalón y caídas, aquella muchedumbre seguía penosamente su único itinerario anhelado por todos. Unos vestidos con uniformes andrajosos. Otros, con sus ropas habituales de paisano, campesino, citadino o aldeano, se movían como una avalancha desorientada por carreteras, caminos, trillos y también escalando montañas o bordeando lagos y ríos. Había niños, ancianos, mujeres embarazadas, heridos malcurados, mutilados de guerra y moribundos desatendidos. (...)

Antes de alcanzar la cordillera pirenaica, Esteve se había unido a un grupo de pilotos que optaron por escalar montañas en lugar de arriesgarse cándidamente entre el «rebaño» de peatones que persistía en seguir por la carretera central hasta la frontera.

Al llegar a 2000 metros de altitud, se encontraron con un pastor que custodiaba un centenar de ovejas con la ayuda de tres fieles perros amaestrados para esa labor. Uno de los aviadores sin avión, preguntó al buen guardián de venderle un cordero para asarlo allí mismo. El pastorcillo calculó el precio del animal y recibió el doble de lo que pedía.

Juntándose con ellos, el pastor cooperó en la preparación y horneada del borrego, que supo riquísimo a todos los comensales famélicos y friolentos. La temperatura había bajado a 15 grados bajo cero al caer el sol por el horizonte lejano. La nieve de enero se había congelado y los pocos árboles existentes, lucían fantasmagóricos revestidos de estalactitas que colgaban de sus ramas desnudas.

Aquella noche sería la última estadía en España para aquellos jóvenes oficiales de corta edad. El más viejo contaría con 26 años. Esteve no había cumplido los 20 todavía. Con la barriga contenta, la alegría regresó a las caras de aquellos alpinistas improvisados. Alguien ofreció su bota de vino para regar aquel banquete sin pan ni alioli. Otro sacó una cajetilla de cigarrillos para invitar a los fumadores, y hasta hubo uno que se puso a entonar una bella canción acompañada por su armónica de bolsillo. Hacia las 9 de la noche, todos aquellos aventureros dormían dentro de una manta individual que les tapaba de pies a cabeza. Colocados en círculo alrededor de una pequeña fogata moribunda, los futuros refugiados ilegales roncaban y soñaban cerca de los perros y de la cabaña pastoril. (...)

El día 29 de enero de 1939, Esteve entraba en territorio francés. La borrasca ayudaba a los intrusos, que bajaron hasta el llano sin mayores inconvenientes. Nadie del grupo iba preparado para traspasar una aduana legalmente. (...) Cuando más confiados estaban aquellos catalanes, aparecieron tres gendarmes armados hasta los dientes y estaban apuntando directamente al grupito, gritando que se rindieran entregando las armas. Allí mismo se terminaba la peregrinación ilegal de aquellos atrevidos saltamontes o cruzafronteras.

Nunca en la historia de España se había producido un éxodo de tales dimensiones. Durante los meses de enero y febrero de 1939 cruzaron la frontera pirenaica por Cataluña en torno al medio millón de personas.


Brutalmente desengañados por la acogida francesa.

Aturdidos, desconocedores de la situación política que atraviesa Francia, los refugiados españoles cruzan la frontera con la esperanza de encontrar en el país vecino una tierra de asilo, paz, seguridad y ayuda. Pronto quedarían brutalmente desengañados.

En las fuerzas francesas del Frente Popular, ganador de las elecciones de 1936, se había producido una ruptura. En abril de 1938, los socialistas quedaron fuera del Gabinete presidido por el radical-socialista Edouard Daladier. Los comunistas habían sido excluidos de la alianza que apoyaba al Gobierno. En el Gobierno francés no quedaba ni rastro de simpatía hacia la República Española, ni la más mínima solidaridad con los republicanos derrotados. Al contrario: lo ocurrido les parecía «un ejemplo funesto de los errores que urgía evitar: la amenaza de la paz social por las exigencias de un proletariado levantisco, la carencia de autoridad estatal, la hegemonía creciente del aparato comunista en la Administración y el Ejército».

Así las cosas, la llegada de cerca de medio millón de refugiados españoles, presentados por los medios de comunicación como rojos e indeseables, apareció ante amplios sectores de la opinión pública francesa como un peligro. Ante la actitud inicial del Gobierno radical socialista de Daladier de cerrar la frontera, un grupo de personalidades francesas había lanzado un llamamiento en el que argumentaban que «Francia debe aceptar el honor de aliviar la espantosa miseria de los españoles que se dirigen hacia sus fronteras». Firmaban el documento el cardenal Verdier, arzobispo de París; Jacques Maritain, del Instituto Católico; el filósofo Bergson, premio Nobel; el marqués de Lilliers, presidente de la Cruz Roja francesa; León Jouhaux, secretario de la CGT; François Mauriac, de la Academia Francesa; el escritor André Gide; el poeta Paul Valéry y Henry Pichot, presidente de la Unión Federal de Ex combatientes. Contrastaba con la noble actitud de los firmantes del llamamiento, la de algún periódico, como el parisino Le Matin que propugnaba con vergonzosa sorna: «¿Por qué no enviar los refugiados a Rusia? La gente es allí muy amable y la tierra excelente... Francia puede encargarse de la organización, los Estados Unidos del dinero, Gran Bretaña de los barcos, Rusia de la hospitalidad y Ginebra de los discursos».

El Gobierno francés se vio desbordado por el río humano que cruzaba la frontera. Tenía preparados algunos campos con barracas para cinco o seis mil personas. Su desconocimiento de la verdadera situación española le condujo a adoptar la decisión de no dejar libres a los refugiados, a encerrarles como si se tratara realmente de seres peligrosos y no de refugiados, militares, y también, muchos, civiles, ancianos, mujeres y niños, que simplemente huían de la guerra y de la represión de las tropas de Franco.

En playas del Mediterráneo, próximas a la frontera, se instalaron los primeros campos. Todos ellos de pésimas condiciones. La vida en ellos era deplorable. Cercados por alambradas de espino, con separación de sexos, y por lo tanto, de las familias, con vigilancia militar ejercida con desprecio y brutalidad. Sin agua, sin condiciones higiénicas, sin asistencia sanitaria, sin alojamientos. No pocos morirían en esos campos.

El desengaño de los refugiados españoles fue tan fuerte que quedaría grabado en sus almas. Todavía hoy, tantos años después, algún superviviente de aquellos padecimientos se desahoga y expresa, incluso de manera brutal, sentimientos vindicativos provocados por la inesperada acogida de las autoridades francesas cuando, precisamente, más necesitados estaban de ayuda y solidaridad.


Franco rechaza la posibilidad de amnistiar a los refugiados en Francia.

Manuel Azcárate en su libro de memorias Derrotas y esperanzas desvela un episodio casi desconocido, reflejado en los diarios de su padre Pablo Azcárate: en el otoño de 1939, algunas semanas después de entrar Francia e Inglaterra en la guerra, Negrín ofreció a Franco, a través del embajador franquista en Londres, Lequerica, una considerable cantidad de bienes de los que aún disponía el Gobierno republicano -dinero en México y Londres, material de guerra, barcos y aviones- a cambio de que Franco decidiera una amnistía que permitiera volver a los españoles que estaban en Francia en unas condiciones terribles y con el destino incierto que les deparara el estallido de la guerra. Franco rechazó el ofrecimiento, gesto que revelaba -concluye Azcárate- su implacable inhumanidad «en esos momentos tan dramáticos para cientos de miles de españoles, que estaban ya derrotados, pero a los que se niega a dar la posibilidad de volver a vivir a su patria».

Las autoridades francesas ejercieron fuertes presiones sobre los españoles, a lo largo de la primavera y el verano de 1939, para que regresaran a España. Consiguieron persuadir a cerca de 200000. A los españoles que permanecieron en Francia el Gobierno francés decidió utilizarles como mano de obra para fines militares o económicos, para lo que promulgó el decreto-ley de 12 de abril de 1939 por el que dispuso la creación de compañías de prestatarios extranjeros, o CTE.


Felix Santos
Españoles en la liberación de Francia: 1939-1945 
Capitulo I















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